Damián Cabeza.

Foto: Cristina Silles, difusión

Libre de librero: el uruguayo Damián Cabeza, premiado en la Feria del Libro de Buenos Aires

Emergente de una forma alternativa de concebir el mundo de la lectura.

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Damián Cabeza es un personaje conocido entre los uruguayos del mundo de la cultura residentes en Buenos Aires por su actitud solidaria de compatriota “adelantado”, uno de esos que te introducen cuando llegás a un lugar nuevo, te explican las rutinas, te recomiendan a otros; un rol tan pocas veces reconocido, pero que todos los que hemos salido a hacer hogar por los caminos sabemos tan importante. Pero también es el que suma a la sociedad a la que llega, el que se involucra, aporta, entrega. No acepta las extranjerías, y por eso terminó convirtiéndose en un referente para el mercado de los libros alternativos y de los colectivos culturales en Buenos Aires.

Nació y creció en Cardal, un pueblo de poco más de 1.000 habitantes en el departamento de Florida, a decenas de kilómetros de cualquier ruta importante, pero que igualmente ostenta el título de “capital de la cuenca lechera” y tiene el récord del arroz con leche más grande del mundo. Se formó como librero trabajando en el circuito montevideano. Un día en que la vida le pedía un cambio urgente cruzó el Río de la Plata para sumarse al proyecto de La Libre, una librería cuyos sueños fundacionales no incluían premios ni galardones, sino más bien cubrir el margen, sacar a los suplentes a la cancha, difundir artistas y escritores que no pasan naturalmente por los grandes canales de la industria, democratizar el manejo del capital cultural y de la producción editorial. Y para sumarse a La Libre, tuvo que reaprender el oficio, recrear su forma de trabajar.

Esta preciosa librería y punto de agite cultural de Buenos Aires le debe su origen a la FLIA (aunque cuando sabés la historia te dan ganas de escribirlo con minúscula), que fue la Feria del Libro Independiente; ya no se acuerdan muy bien si la A era por artesanal, alternativo, autogestionado o anarquista, o quizás nunca lo supieron. Eran un conjunto de editoriales alternativas, cartoneras, rupturistas, queer. En la durísima primera década del siglo reunieron sus esfuerzos para armar esa feria y encontrarse con sus lectores en distintos lugares, en lo posible una vez al mes. Hasta que entendieron que tenían algo que no existía en el mercado y se les ocurrió probar establecerse como librería e intentar ganarse la vida compartiendo ese proyecto. Consiguieron un localcito que podría definirse mejor como un corredor para exhibir, una segunda planta a modo de depósito y un altillo que fungía de oficina, sala de asambleas y vivienda provisoria para los que lo fueron necesitando; entre ellos, Damián, recién llegado de Uruguay.

El capital inicial eran libros raros, nacidos de las crisis económicas y culturales, del cuestionamiento a los parámetros establecidos; gente rara, desconocida, joven en su mayoría y con la consigna de sumar, juntar, colectivizar, compartir. “Decían que éramos todos unos fumaporros, homosexuales y muertos de hambre... y tenían razón”, bromea Damián.

La Libre organizó eventos, discusiones, campañas por legislaciones que necesitaban para protegerse, publicó libros, invitó gente, hizo intercambios con editores y libreros de otros lugares de Argentina y de América Latina, intervino la vereda, la calle, la cultura, los modos de hacer. De a poco empezó a funcionar, se dieron cuenta de que se podía, de que era posible otra forma de vender libros que fuera más allá del intercambio comercial de un producto tan amado e importante, con todo lo que eso ya implica. Se organizaron, formaron una cooperativa y firmaron el alquiler de una casa antigua en San Telmo, con techos altos que llenaron de estanterías con títulos esperados e inesperados, con espacio para talleres, espectáculos, presentaciones, charlas formales e informales. Pusieron todos los huevos en esa canasta, y cuando terminaron de instalarse, llegó la crisis sanitaria de 2020 y les apretó el freno.

Tuvieron que reinventarse otra vez. Investigaron por dónde estaban los huecos, gestionaron permisos de delivery para poder salir a la calle a llevarle libros a la gente en su encierro, agitaron por las redes, las plataformas, sumaron más grupos, más perspectivas, integraron el mercado de libros usados, una editorial propia y una pequeña distribuidora al servicio de los proyectos independientes de todo el país y desde allí no pararon de crecer y cambiar. Todavía hoy, la mayoría de estas actividades no generan ganancias apreciables; lo único que mantiene la economía funcionando es la librería, pero es la suma de las partes lo que los hace existir.

Un punto de inflexión

Ser librero en La Libre es también ser gestor, editor, tejedor de redes, tutor de colegas, aprendiz de colegas al mismo tiempo, improvisador de estrategias culturales, desarrollador de alianzas. El chico de Cardal que dejó un empleo fijo a una hora de ómnibus de la familia para irse a la capital de las librerías sin más capital que sí mismo terminó poniéndole su nombre a esta forma nueva de gestionar el libro. Se convirtió, ante todo, en un hombre de diálogos, de contactos, de acumulación, de integración desprejuiciada de lo que tiene para aportar el otro. Ha estado en los movimientos que defienden y desarrollan políticas culturales; formó parte de la creación de la Cámara Argentina de Librerías Independientes, de los grupos que organizaron los stands compartidos en la Feria del Libro, creando un rincón de referencia en la esquina norte del Pabellón Amarillo; cursó una Diplomatura en Artes del Libro en la Universidad Nacional de las Artes y tiene siempre los ojos puestos un paso adelante.

La Libre no es un fenómeno aislado, es parte de una forma de desafiar los discursos y haceres hegemónicos que ha traído este siglo, y que brota y se nutre de los márgenes y las banquinas, mientras por la autopista principal avanzan las derechas y los belicismos. Las generaciones actuales de lo alternativo, de los transformadores del mundo están más centradas en estar en la ruta que en saber si alguien les da permiso, o si pueden arrebatarles a los poderosos el derecho a dar permisos, una forma de entender el desafío que, más que esforzarse en el reconocimiento y la expansión de su matriz ideológica, se centra en producir, vivir y trabajar para la gente que los apoya y los necesita. La autogestión como bandera.

En el mundo del libro en particular, los locos con proyectos rupturistas han existido e influido en el paisaje desde hace mucho tiempo, pero hay algo que está cambiando. En un mundo donde los “equipos grandes”, en todos los rubros, uniformizan su imagen y sus productos, los “clubes de barrio” cumplen una función cada vez más importante como garantía de la diversidad y del derecho a la libertad de expresión.

Es un secreto a gritos que la literatura interesante, novedosa, la que corroe las estructuras se está publicando, en su mayoría, en editoriales independientes nacidas en cuartitos del fondo, en librerías, en ferias o en centros vecinales. Muchos escritores sabemos que, para la difusión de cierto tipo de obras y discursos, ideas sobre la cultura y visiones del mundo, es más acertado, e incluso más prestigioso, publicar en una editorial independiente. Que los que escribimos y leemos tenemos allí un circuito interno para conocernos y dialogar. La estrategia de los márgenes ha evolucionado hacia un lugar expuesto, orgulloso de sí mismo, dueño de su discurso y unificador.

Si se quiere saber lo que realmente pasa en el mundo de los libros, hay que darse una vuelta, por ejemplo, por La Libre. Puede que esté Damián Cabeza sentado en el mostrador para presentarte un nuevo autor o una nueva editorial, aunque también puede que esté limpiando los baños, o en una reunión con un embajador.

Donde él se mueve hay un punto de encuentro. La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires le acaba de otorgar el premio Elvio Vitali 2026 al librero del año. Hay escasísimos antecedentes de librerías independientes que hayan recibido este galardón. Pero el caso de Damián es quizás un punto de inflexión, es el reconocimiento del valor cultural y estético de la gestión en sí, de los que hacen las cosas de otra manera, de los que logran tener una vida digna sin poner el rendimiento económico como objetivo, de lo que se construye solo con capitales humanos y un poco de osadía.

A cualquiera que le preguntes en ese mundillo de rincones autogestionados, te habla del premio como propio, lo siente como propio; lo llaman “uno de los nuestros”, un concepto que tiene más un valor intuitivo y humano que definible en términos teóricos. Se sienten parte de ese logro, porque también Damián Cabeza integra a todos los que están y han estado –pasado, aprendido– en los resultados obtenidos en más de diez años de trabajo y obstinación. Todo lo que cuenta sobre el proyecto, sobre el premio, sobre las ideas que hay detrás lo hace como si nos perteneciera a todos.

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