Amo los libros. Mucho más los libros físicos. Los 600 libros digitales que tengo no me dan la felicidad de ver los otros tantos en los estantes de la biblioteca. Mis padres tenían una biblioteca enorme con cientos de libros. Me encantaba subir a la biblioteca, que estaba en un altillo, y ver las tapas, hojear los libros, leerlos. Me sentía acompañado y conectado con un mundo mucho más amplio que aquel al que tenía acceso en esos tiempos.
Cuando era chico iba solo en el ómnibus a la Biblioteca Nacional de niños, que estaba detrás de la Biblioteca Nacional, y entrar ahí me producía una felicidad increíble. En esa época, a principios de los 80, oscura por varias razones, increíblemente allí había muchos más libros de los que podría leer en varias vidas. Allí se podía soñar otros mundos. En efecto, soy de los que piensan que el “objeto” más importante del hogar es la biblioteca.
Todo lo que siento por los libros me ha mostrado algo inocultable: en Uruguay los libros son carísimos. Como comprador –compulsivo– de libros, nuestro país no resiste comparación: cuestan el doble que en Estados Unidos. Y lo más interesante es que los libros no pagan impuesto alguno en nuestro país. No están gravados por IVA ni pagan impuestos a la importación. ¿Cómo puede ser que sean tan caros entonces?
Últimamente ha cobrado estado público el pedido de un conjunto de librerías cuyo objetivo es que los libros se vendan al mismo precio. En una sociedad democrática, todos los colectivos tienen derecho a expresarse. Sin embargo, resulta preocupante que haya legisladores que utilicen estas reivindicaciones para obligar a la sociedad, o a una parte de ella, a asumir el costo de decisiones ajenas. Los mercados cambian, hay ganadores y perdedores, y la clave es entender quiénes se benefician. Lo interesante de este mercado es que no hay impuestos ni “multinacionales” a quienes culpar por los precios. Para entender por qué son caros o qué está pasando, hay que comprender el funcionamiento del mercado.
Los libros son objetos únicos. Los autores son, por suerte, todos diferentes. Cuando se compran libros, no se compra “un” libro, es decir, el único que existe. Se compra una novela de Leonarod Padura, la Ilíada o El bosque oscuro, de Liu Cixin.1 La venta del libro incluye el pago para el que lo escribe, la impresión en papel –si así fuera– y la distribución al consumidor. En general, la editorial asume el riesgo de publicar e imprimir el libro. Esos libros luego van a distribuidores mayoristas que los reparten a las librerías para que las personas los compren.
Si usted quiere comprar un libro de Jo Nesbø, el autor está con una editorial en particular. Por tanto, es poco probable que haya competencia por ese libro en particular. Eso tiene sentido, dado que el autor quiere obtener el mayor beneficio posible de su obra creativa. Todo lo que viene después –como la distribución y las librerías– se encarga de estoquear diversos libros para que el consumidor los compre.
Recuerde que el libro no paga impuestos. ¿Sabe cuánto cobran las librerías por los libros que usted compra? El último dato que tenía, de hace varios años, era del 30%. Sí, casi un tercio del valor del libro que usted compra es lo que la librería le cobra por exhibirlo. No es para el autor ni para la editorial que asumió el riesgo: es para quien lo exhibe. Claro, las librerías y los buenos libreros muchas veces dan un valor agregado importante: transmiten información.
Al exhibir los libros, nos dicen qué productos están disponibles, quizá porque son nuevos, o también nos sugieren cuáles podrían gustarnos con base en las compras que hayamos hecho antes. Esto es un servicio muy valioso, pero también uno que hoy está perdiendo valor, dado que en internet se puede obtener la misma información. Y con IA eso es aún más fácil. Naturalmente, para algunos lectores, este servicio puede seguir siendo valioso, más allá de estas transformaciones.
El mercado de las librerías en Montevideo ha cambiado sustancialmente. En primer lugar, han surgido los libros digitales, lo que ha reducido la relevancia de la venta de libros físicos. La irrupción del libro digital, en sí misma, tiene varios efectos. Por un lado, reduce significativamente los costos de producción y distribución de los libros. Por el otro, hay menos demanda de libros físicos.
Este segundo efecto implica que los libros que antes debían conseguirse en formato físico hoy están disponibles en formato digital. Eso tiene un efecto colateral: reduce el valor de contar con determinados libros usados, que formaban parte del negocio de las librerías. En segundo lugar, el modelo de negocio anterior, en el que el valor residía en conseguir un libro o en contar con información sobre lo que podía gustarnos, como dijimos, está desapareciendo. Y, en tercer lugar, la introducción de servicios de distribución y venta online hace que el lector no necesite desplazarse al lugar para comprarlo, lo que reduce algunas de las ventajas de la venta presencial.
Estos cambios, sumados al ingreso de nuevas librerías a un mercado relativamente acotado, han incrementado sustancialmente la competencia y han reducido el valor de la información o de la cercanía. Las librerías perdieron gran parte de sus ventajas comparativas. Algunas han expandido sus negocios, por ejemplo, a las cafeterías. Pero en lo que respecta a los libros físicos, la competencia se ha desplazado fuertemente hacia el único factor que puede atraer al lector: el precio. Algunas librerías comenzaron a ofrecer descuentos en el precio de sus libros físicos, a veces asociados al uso de una tarjeta bancaria específica.
Esta rebaja de precio no es mala. Es la ganancia del personaje más importante de esta historia: el autor. Si los precios más bajos aumentan las ventas, los autores también se beneficiarán. Los beneficios que reportaba la librería han desaparecido. Salvo amistad, poco se puede hacer cuando el mercado se mueve por el precio. No hay un extra que el lector quiera pagar; compra donde es más barato. Querer proteger a algunas librerías subiendo los precios es más que un error, es un peligro, porque perjudica a dos grupos que no están en la mesa en la que esto se discute: los autores, que van a ganar menos por ventas menores, y los lectores, a los que nadie preguntó si les servía comprar lo mismo más caro.
Un argumento habitual a favor del precio único es que permite proteger la diversidad de libros disponibles: que las librerías pequeñas sobrevivan y que el mercado no se concentre en unos pocos libros exitosos. Es un argumento atendible. Pero, para aplicarlo, hay que demostrar que fijar precios aumenta efectivamente esa diversidad y no que simplemente protege una forma de intermediación. En particular, en Uruguay, donde los libros ya son caros y el mercado es pequeño, la pregunta relevante es si la solución para fomentar la lectura puede ser impedir que algunos vendedores reduzcan los precios. El problema no es si las librerías tienen valor. Muchas lo tienen. Una buena librería recomienda, descubre autores y construye espacios de encuentro en torno a la lectura. El problema es otro: si ese valor debe sostenerse eliminando la competencia de precios y obligando a todos los lectores a pagar más por los libros.
Además, hay otro problema colateral en cuanto al precio. Muchas librerías tradicionales viven de comprar y vender libros usados. Este negocio funciona si se cumple el precio final. Ese esquema funciona mientras el precio del libro nuevo se mantenga alto. Si algunas librerías empiezan a vender libros nuevos con descuento, el precio de los usados cae. Eso puede afectar a quienes tienen mucho capital inmovilizado en libros usados. Pero ese es un riesgo empresarial privado, no una razón suficiente para prohibir descuentos por ley.
Se podrá pensar que esta nota trata de un problema elitista. Quizá. Por desgracia, los libros han pasado a ser un objeto de las minorías. Hay muchas explicaciones, entre ellas, cambios en los hábitos y en lo cultural. Pero también es responsabilidad de quienes ahora piden que se los proteja y que, con sus precios, han fomentado el elitismo.
Si se quiere revertir este fenómeno, subir el precio del libro no lo hará menos elitista. Proteger a un grupo para perjudicar a quienes necesitan acceder a él, menos. Una decisión de esta naturaleza, si se aplica, tendrá un impacto muy relevante en el mercado, pero no va a revertir los cambios que se han producido. Solo aumentará el elitismo del producto. Si se va por ese camino, que se asuman las responsabilidades en materia de cultura general.
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Técnicamente, el mercado de los libros es de competencia monopolística. Cada autor es un monopolista, en términos de que es único y diferente del resto, pero los géneros tienen muchos autores que se diferencian un poco entre sí, lo que lo vuelve muy competitivo. ↩
