No es no: Elba Norberta, una niña uruguaya que no llegó a ser canonizada

Pedro Peña recrea la historia de una víctima.

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Dice Pedro Peña que aprendimos a hablar para decir NO. Que la primera palabra, seguramente un grito, un sonido acompañado por el movimiento del cuerpo, fue una advertencia. Una forma de salvar a alguien de un peligro, de alertarlo, de indicarle que no debía tocar alguna cosa, que no debía comerla; que estaba, por así decirlo, prohibida. De ese impulso gregario y amoroso podría suponerse que derivaron las mucho más sofisticadas formas que a lo largo del tiempo confluyeron en la habilidad que nos distingue de los demás animales y nos permite habitar, además de en el espacio, en el tiempo.

En julio de 1902, en la pantanosa región de Ferriere di Conca, cercana a Roma, moría asesinada María Goretti, una niña de 12 años. Había perdido a su padre, víctima de la malaria, tres años antes, y desde entonces se ocupaba de cuidar de sus hermanos menores mientras la madre trabajaba en el campo. María era, según dicen, profundamente religiosa, y había manifestado desde muy chica la voluntad de dedicarse a Dios. Pero no le importó mucho esa vocación a Alessandro Serenelli, su vecino de 19 años. El 5 de julio, mientras la madre de María estaba trabajando, Alessandro, armado con una lima afilada, intentó aprovecharse de la niña. La resistencia de ella fue tan decidida que no lo consiguió: la abandonó herida de muerte, con 11 puñaladas frontales y tres en la espalda, y se escondió en su casa resignado a que vendría la policía a buscarlo. María, aunque fue trasladada a un hospital, murió al día siguiente. Dice la historia que antes de morir tuvo tiempo de perdonar a su asesino dos veces: la primera, en medio del ataque, y la segunda, en conversación con el sacerdote que la asistía en sus últimos instantes. En 1950, el papa Pío XII canonizó a María y se dispuso que fuera celebrada cada 6 de julio.

La canonización de vírgenes no es excepcional en la Iglesia católica. Son varias las “mártires de la pureza” que han alcanzado la categoría de santas por haber defendido su virtud incluso bajo persecución y tortura, y hay algunas que, aunque todavía esperan una resolución institucional favorable, ya atienden pedidos e interceden ante el Altísimo en favor de sus devotos.

La ciudad de Rodríguez, en San José, pudo haber tenido su propia santa. De hecho, en las afueras de la ciudad, al final del camino vecinal que hoy lleva su nombre, una gruta consagrada a la virgen de Lourdes recuerda a Elba Norberta Martínez Álvarez, muerta a los 15 años a manos de un acosador que la siguió por el campo, la alcanzó, la violó y terminó con su vida.

La historia de Elba Norberta no es larga. No podría serlo, ya que su vida fue corta, pero además ocurre que quienes conocieron de primera mano los hechos de junio de 1963 han ido muriendo, y los que los recuerdan no están completamente seguros de los detalles. Como suele ocurrir en los pueblos chicos, los sucesos vergonzosos que afectan a las familias bien queridas se cubren discretamente de silencio y acaban por diluirse en el olvido.

En suma, lo que se sabe (lo que Peña pudo reconstruir) es que Elba Norberta, única hija mujer del matrimonio Martínez Álvarez, fue una alumna destacada en la escuela y luego en el recién inaugurado liceo de Rodríguez, que tenía amigas con las que pasaba el rato, que atrapaba perdices y las vendía en el pueblo para tener plata para sus gastos, que participaba normalmente en las actividades sociales de la zona, que era, en suma, una adolescente normal que aún no pensaba en tener novio. Menos se sabe del hombre que a la tarde del día más corto de ese año la siguió por el camino de regreso a casa, la corrió cuando se vio descubierto, la atrapó, la violó, la mató y la dejó abandonada entre los pastos. La discreta memoria de la comunidad no guarda de él ni siquiera la certeza del apellido: Techera, o Domínguez Morales, o Domínguez, el que vivía en lo de Techera.

Cuando ocurrió la tragedia, Elba Norberta acababa de cumplir los 15 años y había ofrecido la fiesta de rigor, dentro de las modestas posibilidades familiares. El ataque que truncó esa vida (esas vidas) solo puede pensarse en los términos del lugar común, de la figura cursi de la paloma abatida en vuelo, de la promesa rota y manchada por el mal. Pero hay que admitir que esas figuras no surgen de la nada: son la forma en que se puede simbolizar algo demasiado horrible, un real imposible de soportar sin sublimarlo. Algo así debió haber sentido el cura Juan –un sacerdote italiano llamado en realidad Giovanni Salerno– cuando asoció la circunstancia de la muerte de Elba con la historia de María Goretti, convertida en santa por el papa Pío XII en 1950, poco más de diez años atrás.

Fue Juan Salerno el primero en experimentar una cura que atribuyó, sin vacilaciones, a la influencia benéfica de Elba Norberta, y el que instó a los vecinos de Rodríguez a pedir favores a Dios a través de la jovencita asesinada. La canonización, sin embargo, nunca se produjo, y aunque se conserva todavía la gruta al final del camino, lo cierto es que no hay ni hubo una santa oriunda de Rodríguez.

En algunas entrevistas, Pedro Peña dijo que este es el libro más triste que le tocó escribir, y eso sin dudas puede deberse a que se trata de una historia real. Pero también, seguramente, a que es inevitable pensar en las razones por las que la Iglesia católica, tan amiga de reclutar santos (el año pasado, sin ir más lejos, el papa León XIV canonizó a Carlo Acutis, santo millennial cuya principal obra fue evangelizar en Tiktok), no mostró interés en nuestra joven mártir. Tal vez el hecho de no haber podido impedir la violación haya sido decisivo. O pudo haber sido el origen de la muerta, nacida en un lugar perdido de América Latina, lo que le terminó bajando el precio. La cosa es que Elba Norberta, pese a los desvelos del cura Juan, no llegó a santa, y hoy son muy pocos los que conocen su historia, tan similar, por otra parte, a la de tantas mujeres y niñas violentadas todos los años sin más consecuencia que la de integrar las estadísticas.

Este libro, cuya génesis estuvo en la práctica docente del autor, fue escrito, ilustrado y diagramado en familia: las fotografías que acompañan el texto son de Santiago Peña, hijo de Pedro, y el diseño gráfico es de Alejandra Gutiérrez, su esposa. Y el sello por el que sale también es parte de un proyecto personal: Ediciones del Kabalí. Con numerosos libros publicados en Uruguay por distintas editoriales, e incluso varios en el exterior, Peña eligió darle a este trabajo un marco íntimo. El Kabalí es un personaje mitológico creado por el propio Peña en su novela Eidor hace ya muchos años. Un ser cuya tragedia radica en la comprensión de su propia naturaleza. Se puede leer este libro, atravesado por la compasión, como una búsqueda menos de justicia que de dignidad; como una forma de reconocer mediante el lenguaje el sacrificio inútil y olvidado de una de tantas jovencitas avasalladas por la furia y la violencia de los hombres.

Elba Norberta, la mártir olvidada, de Pedro Peña. 86 páginas. Ediciones del Kabalí, 2026.

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