Poco conocido en Uruguay, el minuano Amílcar Leis, cuya muerte ocurrió el jueves, hizo la primera parte de su carrera en México, donde se exilió en 1975, a pocos meses de haber abandonado su ciudad natal para trasladarse a Montevideo. Allí escribió, durante un mes intenso, Las ventanas del silencio, que le valió el Premio Juan Rulfo para Primera Novela en 1983, en una edición cuyos jurados fueron Vicente Leñero, Aurora Ocampo y Felipe Garrido.
La historia describe la resistencia cotidiana a los primeros años de la dictadura en una ciudad pequeña del interior. “Minucioso, preciso, pero sobre todo cruel –tiernamente cruel–, Amílcar Leis Márquez transita con su prosa los renovados caminos de un realismo que en su cotidianeidad y en su verismo nos transparentan el mundo que irremediablemente vivimos”, dijo sobre la novela Vicente Leñero.
No es casual que haya sido otro escritor oriundo de Minas, Milton Fornaro, quien saludara la llegada de la novela a Uruguay un tiempo después, en 1985, cuando Leis regresó al país. “Resulta asombrosa la madurez del novelista en una obra de largo aliento, escrita a los 27 años”, anotó Fornaro en las páginas del semanario Opinar.
“Si bien todas las lacras del despotismo aparecen en la novela, Leis no se detiene en el mero hecho de denunciar una situación que conoció bien, sino que a partir de ello se proyecta para describir, para recrear una realidad que desgraciadamente es común a los latinoamericanos. Si bien existen en la novela los efectos de la dictadura (muertos, exiliados, encarcelados, destituidos, amedrentados, y obviamente los serviles de turno), Las ventanas del silencio no es únicamente una novela de denuncia. Es la dictadura en el infierno grande que son los pueblos chicos. Es la dictadura con su pesada carga de incertidumbres haciendo más irrespirable aún el aire ya enrarecido de nuestros pueblos, cada vez más alejados de Montevideo”, decía Fornaro.
Años después, Fornaro conectaría la obra de Leis con la de otro recreador de “infiernos chicos”, el floridense Mario Delgado Aparaín, especialmente con La balada de Johnny Sosa.
Nacido en 1956, Leis fue también autor de un volumen de cuentos, No obstante la noche, publicado por Banda Oriental. En México estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, se desempeñó como periodista y realizó varias entrevistas a artistas, como la premio Cervantes Elena Poniatowska. Según sus palabras, nunca se sintió cómodo en el ambiente de los exiliados uruguayos, a la vez que lo sorprendía la apertura cultural mexicana, que contrastaba con la cerrazón montevideana de esos tiempos.
En una entrevista realizada por el investigador Daniel Vidal, publicada en el volumen Ocho escritores uruguayos de la resistencia (2001), editado por Sylvia Lago, Leis reveló algunas circunstancias de la génesis de su novela más conocida. “Busqué contar la historia desde los personajes, desde la gente, y sin hacer un panfleto político de lo que estaba pasando, si bien era consciente de que quería contribuir a una causa”, dijo.
También le contó a Vidal que, tras insistir, consiguió un mes de licencia para escribir una novela que le parecía necesaria. “Sentí la necesidad de contar la historia de lo que había sido la dictadura en un pueblo chico del interior. No era un deber moral, era una necesidad artística y era una necesidad crítica”, dijo. “Busqué contar la historia desde los personajes, desde la gente, y sin hacer un panfleto político de lo que estaba pasando, si bien era consciente de que quería contribuir a una causa”.
“El método era riguroso. Yo me levantaba a las siete de la mañana y trabajaba hasta las nueve o diez de la noche. Después de ahí me tomaba un par de brandis y entonces de pronto tenía aliento para trabajar un par de horas más. Durante ese mes fue así. Todos los días”, agregó.
“Era riguroso pero me divertía muchísimo. Yo no puedo decir, desgraciadamente, que soy el escritor sufriente que se enfrenta a la página en blanco y sufre. Yo no escribo todos los días, no escribo todas las semanas, ni siquiera todos los meses y a veces no escribo todos los años. Pero cuando escribo me siento muy feliz de escribir, independientemente de que se trate de un tema tan desgraciado como este”, confesó Leis a Vidal.
En esa entrevista, el escritor dio a entender que no solo se basó en recuerdos de la vida en Minas, sino también en el presente de la ciudad de México, en lo que escuchaba en las calles y en el restaurante que había en la planta baja del edificio donde vivía: “El libro se llama La ventana del silencio y de algún modo es esto: es la ventana abierta a la gente que comía tacos abajo, y por esa ventana entraban sus conversaciones, sus borracheras, lo que vos quieras. Y el silencio es mi hija, que entonces tenía cinco años y a la que yo le tenía que imponer un silencio total”.
Además, comentó la metáfora central de su novela: “En los pueblos la ventana es un ámbito de comunicación: la gente mira a través de los visillos, sabe lo que le pasa al vecino porque está mirando a través de la ventana. Y la ventana cerrada, la ventana en silencio, es la ventana de la dictadura”.