Moviéndose por los márgenes del sistema comercial de la distribución librera, por fuera del alcance de la mercadotecnia, de los espacios contratados en grandes superficies y la parafernalia propia de los títulos de estación y las tiradas masivas, la poesía persiste en estos tiempos tan escindidos de introspección y abstracción, en los que parece que todo debe ser mostrado, exhibido y subrayado bajo la lógica perversa de las redes sociales. A esa marea de impulsos variopintos, que establece un zapping permanente, donde parece dar lo mismo un barrido que un fregado, hay que sumarle la creciente y sostenida falta de concentración del lector promedio, un fenómeno que viene siendo estudiado a nivel social y que repercute, necesariamente, sobre la posibilidad de aprehender no ya las particularidades propias del lenguaje y el pesaje emocional a la interna de un poema, sino su propia disposición en la hoja o en la pantalla.
Podrá decirse, y con razón, que para la poesía esto no es nada nuevo, que los poetas siempre han enfrentado de una u otra forma la indiferencia del mercado, asumiendo cierta condición de parias, situación que no hace más que reforzarse en esta era líquida que habitamos. En ese contexto hay que celebrar la aparición de todo libro de poesía que revoluciona el género, no ya desde el sitio de enunciación de quien lo escribe sino desde su posición propositiva. Esto es lo que ocurre, justamente, con Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada, la más reciente obra de la poeta y periodista uruguaya Ana Lissardy, un volumen que no debe (y no puede) ser leído como un poemario al uso.
De igual forma a como ocurría en Agua (Versolari Ediciones, 2023), el anterior libro de Lissardy, comentado en estas páginas, hay en Cómo se quita el anzuelo... un trabajo sobre la estructura, pautado primero por una unidad de sentido que apuesta a la lectura de la obra como un todo y no como una mera suma de partes. En Agua la unidad la conformaba la omnipresencia del líquido elemento, auténtico leitmotiv que asumía formas diversas y que atravesaba desde el primero hasta el último de los poemas; en Cómo se quita el anzuelo..., en cambio, la unidad adopta otra modalidad discursiva, bajo la impronta de una construcción novelística.
Hay en el libro una primera división visual, notoria, entre páginas blancas y páginas negras. La distribución no es correlativa sino arbitraria, pautada por las necesidades que plantea la historia que se va desarrollando. Así, en las páginas blancas asistimos gradualmente al derrotero de un personaje, una mujer en principio innominada que se mueve por diversos espacios y cuyas acciones son referidas por una voz en tercera persona, aséptica y cuasi científica (“Rompe su inmovilidad / en la sala / Mueve un pie lentamente / luego el otro / chilla su carcasa de mil quilos / iiipú, iiipú / Qué hacer con esos hierros retorcidos / que aprietan, que ahogan / ya casi no puede escuchar su respiración / Que no se vaya el dolor, el filo en la carne / lacerada, la única voz que escucha / el único indicio / de que sigue viva”).
En las páginas negras, en cambio, se manifiesta de forma gradual una serie de irrupciones que tienden a alterar el relato episódico de las páginas blancas, adquiriendo diversas variantes expositivas: puede ser un poema breve, un texto en prosa, una serie de acotaciones escénicas, noticias policiales, avisos fúnebres, las líneas de un guion e, incluso, las coordenadas geográficas de la mujer a la que seguimos en los textos de las páginas blancas. La perturbación ascendente de las irrupciones en las páginas negras otorga al conjunto una tensión asentada en lo doméstico, como los videos que recibe el saxofonista encarnado por Bill Pullman en la película Lost Highway (David Lynch, 1997): en un silencio aterrador, la cámara filma el frente de su casa, se introduce por la puerta principal, deslizándose hacia el dormitorio donde él duerme junto a su esposa. Esa misma sensación de extrañeza se desarrolla sutilmente en los textos fijados en las páginas negras, alcanzando cimas de asombrosa condensación: “El pez sigue vivo en la asadera, boquea, mira con sus ojos de agua extraviada. Se sacude y siente que es el aceite su mar. Hasta que empiezan a quemarse sus escamas. Entonces comprende que ha sido engañado. Los coletazos se convierten en movimientos leves. Los ojos perforan la nada. Porque ya no hay visión posible en esa tumba de gas”.
El otro aspecto a señalar en Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada es, desde luego, la prodigiosa disposición del lenguaje, un sistema escritural que se despliega sobre lo prosaico para, desde ahí, elaborar imágenes tan poderosas como la que le da nombre al libro, esas “uñas largas y curvas del águila pescadora / (que) rompen los músculos de la trucha”, o una “cadencia lenta, de soul envejecido”. También hay una proliferación de vocablos que acrecientan su sonoridad al insertarse en el núcleo de un verso, tales como pavorreal, volados, torcazas, verderío, sierra, chimango, dondolar, esfumaturas, glaciar, etcétera.
Con su segundo poemario-río, Ana Lissardy no solo refuerza el poderío de su voz en el panorama de la poesía escrita en nuestro idioma, sino que, además, y sobre todo, tensa las fronteras del género, lo que no es poco decir en una época demasiado dada a las convenciones y las comodidades.
Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada, de Ana Lissardy. 154 páginas. RIL Editores-AErea, 2025.