El escritor Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979) estuvo un par de días en Montevideo para presentar su última novela, El contrabando ejemplar, que obtuvo el Premio Herralde 2025, de la editorial española Anagrama.
Graduado en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, realizó un máster en Griego Bizantino en la Universidad de Londres y se doctoró luego en Literatura Comparada en la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos. Radicado desde hace años lejos de Argentina, reparte su tiempo entre Florencia, donde vive la mitad del año, y Estados Unidos, donde dicta clases a nivel universitario. Es autor de varios ensayos, como El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto (2015), La carne viva (2018) y Atlas ilustrado del cuerpo humano (2023), entre otros, y de dos novelas, la premiada La migración (Mardulce, 2020) y La niña de oro (Anagrama, 2024).
La conversación con la diaria se centró en un universo de ficción que tiene el epicentro en su ciudad natal, aunque las derivas de la charla gravitaron hacia los cruces de la literatura con la historia, el trabajo sobre los géneros y la omnipresencia de Borges, entre otros asuntos.
En tus tres novelas, la ciudad de Buenos Aires está ubicada en el centro, como espacio de la acción y, en un punto, como protagonista. ¿Cómo es tu relación con la ciudad, en el entendido de que vivís hace muchos años lejos de ella, y cómo la abordaste desde la ficción?
Yo me fui de Buenos Aires hace 22 años. Es una ciudad en la que nací, crecí y viví 25 años, y cuando escribo ficción automáticamente voy a Buenos Aires como espacio de ficción. No es una decisión voluntaria, sino que las historias nacen y crecen ahí. Lo que me sucede con cada año que pasa y vivo afuera es que cada vez que vuelvo me siento un poco más extranjero, algo más alejado de la ciudad, pero a la vez sigue siendo el lugar más familiar que conozco. Se produce una especie de disonancia: una ciudad familiar, entrañable, un lugar de mil recuerdos y, a la vez, un sitio cada vez más extraño para mí. Esa sensación es un combustible para mi imaginación literaria. Y la ciudad ficcional de mis novelas surge de esa sensación de extrañamiento.
Aunque la respuesta a esta pregunta puede leerse un poco en las páginas de El contrabando ejemplar, quisiera saber qué es lo que hace un novelista con la historia, con los hechos registrados y datados por los manuales. Te lo pregunto porque en la novela, por ejemplo, un personaje canta “Mil horas”, de Los Abuelos de la Nada, en el año 1600 y pico.
Me interesa la historia y, guiado siempre por lo que me interesaba para escribir una novela, leí mucho sobre el asunto, nunca con la idea de reproducir con cierto rigor histórico lo que fue la Buenos Aires del siglo XVII. En todo momento la historia está al servicio de la ficción; si se tiene que doblar y tergiversar la historia, se la dobla y se la tergiversa. Entonces aparecen anacronismos muy deliberados, como que dos personajes se encuentren en la calle Perón en el año 1630. Es una forma de situar al lector en la historia sin esas vueltas molestas de decirle “en ese momento se llamaba la calle tal y etcétera”’. También pienso en el espacio como algo que acumula: lo que hoy es la calle Perón antes fue muchas otras cosas, pero, a la vez, siempre fue la calle Perón. Estuvo ahí siempre. Los tiempos se superponen. O sea, la historia me interesa y tomé muchas notas sobre el período, pero siempre con la idea de escribir una novela y que todo estuviese a su servicio.
La protagonista de El contrabando ejemplar es la ciudad de Buenos Aires, pero quisiera saber cuál fue el génesis de la escritura.
La novela nació a partir de la frase “el contrabando ejemplar”, que es algo que descubrí como parte de la historia de la ciudad. En los 200 años de historia de Buenos Aires como puerto cerrado, la ciudad tuvo que contrabandear para subsistir, desde finales del siglo XVI hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776. En ese tiempo la ciudad comerciaba de forma ilegal y es a eso a lo que se le llama contrabando ejemplar; ejemplar en el sentido de que estaba totalmente oficializado, lo hacían todos.
El factor Simenon
Hablemos del policial, género en el que puede inscribirse con comodidad La niña de oro. ¿Sos un lector frecuente de policiales? ¿Cuál es tu relación como escritor con el género?
En algún momento de mi infancia leí todo Sherlock Holmes, pero después nunca más leí policiales. Sin embargo, en un momento tuve una idea para un policial, aun no siendo lector de policiales. Me dije que no podía escribir un policial porque no conocía el género. Los géneros son escuelas; hay que ir a la escuela del género, leer mucho, ver cómo evoluciona, cuáles son sus características. Me dije entonces que nunca escribiría ese policial porque no me daban ganas de leer sobre el género; pero en pandemia sucedió que empecé a leer policiales y no pude parar. Entonces llegó un punto en el que volvió la idea para la novela policial, un día me propuse intentarlo y me lancé. Desde entonces leo muchos policiales, como Simenon, del que siempre tengo alguna novela a mano. También me gusta la variante de la crónica policial, la no ficción policial.
Para La niña de oro no solo leíste policiales. Se ve que estuviste muchas horas leyendo sobre los albinos, por ejemplo.
Sí, de igual forma a como ocurre con El contrabando ejemplar, La niña de oro también se gestó de manera heterogénea: surge una idea, luego, otra, después una tercera y de pronto me doy cuenta de que van juntas las tres. Una de las ideas en esta novela es el crimen de un profesor de Biología que está obsesionado con los albinos. Eso es algo que descubrí leyendo un libro sobre monstruos, una teoría obsoleta de Carl Linneo, según la cual los albinos serían descendientes de una rama alternativa del Homo sapiens. Estaría el Homo sapiens diurno, que somos nosotros, que vivimos de día y dormimos de noche y que practicamos la ganadería, la agricultura y todo lo demás, y después está el Homo sapiens nocturno, que vive de noche, duerme de día y vive en las cavernas. Por supuesto que se trata de una idea que no es cierta, que está totalmente desestimada por la comunidad científica, pero que a mí me fascinó y, a partir de eso, se me ocurrió lo de un tipo que quiere revivir esa idea, que la estudió y que está convencido de que es así.
Tengo entendido que tu arranque en la escritura fue en la ficción, pero que empezaste publicando ensayos...
En realidad, empecé escribiendo ficción, pero publicando no ficción. Mis primeras publicaciones fueron en periódicos, en la sección Turismo, luego en Cultura, después artículos académicos y después ensayos, sin las ataduras del paper académico, con más libertad, pero siempre anclados en ciertos temas y con la idea de la argumentación, no para demostrar algo sino como un hilo conductor. Y cuando empecé a publicar ficción hubo una suerte de liberación de esa última atadura que tiene el ensayo, que es la claraboya del tema, del argumento, del texto. Se trata de un proceso de liberación de ciertas ataduras que me llevó a escribir pura ficción.
¿Cómo te posicionás como autor ante los temas marcados por la agenda actual de intereses que parecen, en un punto, copar el mercado literario? Me refiero a las nuevas sensibilidades, la tensión del lenguaje, etcétera.
En términos muy generales, te podría decir que no me interesan demasiado, no porque sea un nostálgico, sino porque por naturaleza siempre me atrajo lo remoto, tanto geográfica como históricamente. Siempre me atrae más leer un libro sobre historia bizantina que un libro sobre política del siglo XX o de sociología. Siento también que uno es irremediablemente contemporáneo haga lo que haga, pues vive y escribe en su propio tiempo y no puede saltar por sobre su propia sombra. El tema contemporáneo, la coyuntura, me puede interesar para charlar, pero cuando escribo no me interesa demasiado.
¿Cómo alimentan la escritura de ficción tus escritos de no ficción, los ensayos, por ejemplo, o las colaboraciones en prensa, así como tu trabajo docente?
Yo creo que viene todo del mismo lugar –mi pedagogía, mi trabajo como docente, mi escritura de no ficción– y se manifiesta de distintas maneras, dependiendo de las necesidades del momento. En su origen no hay distinción; de hecho, mis novelas tienen mucho de no ficción y juegan con el ensayo, mientras que mis ensayos en general son narrativos porque tiendo a contar algo. Y lo mismo me pasa cuando doy clases, porque me gusta contar un cuento. Todo está mezclado y todo se retroalimenta.
El factor Borges
La pregunta es medio obvia porque a) sos argentino y b) se cumplieron recientemente 40 años de su muerte. ¿Cómo gravita Jorge Luis Borges en tu condición de escritor y de lector?
Antes de esta entrevista almorcé con Pedro Mairal, otro escritor argentino que vive en Montevideo, y durante la mitad del encuentro hablamos sobre Borges. Me pasa mucho eso, de encontrarme no solo con otros escritores, sino también con amigos y hablamos de Borges. Es inevitable Borges, está siempre ahí. No sé, en mi caso, si tiene que ver con el hecho de que yo sea de Buenos Aires, que sea un autor porteño y relativamente contemporáneo. También oscilo mucho con Borges: hay momentos en los que lo leo mucho y otros en los que me harta y lo dejo de leer por un tiempo. Pero se trata de una presencia constante, muy potente, como un horizonte en las letras, al menos para mí.
La referencia a Borges también venía por el lado de que leyendo El contrabando ejemplar sentía cierta respiración borgeana, no por el tono de la escritura, por supuesto, sino por ciertos temas, por esa idea de la fundación e, incluso, por el peronismo, muy presente en tu novela.
Todo lo que leí de Borges me afectó y, para bien o para mal, cuando uno escribe está como regurgitando. A Borges lo leí mucho, lo mamé, y está por todos lados. No diría que El contrabando ejemplar es una novela borgeana, pero tiene muchas cosas que vienen de ahí, como la idea de una Buenos Aires primitiva, casi mítica o, como hablábamos antes, esa superposición de los tiempos y los espacios, de cómo en un espacio en particular está contenida toda su historia. Esa es una idea que reconozco en la manera de ver el mundo de Borges, como ese amontonamiento de “El Aleph”.
Leyendo tus novelas en el orden inverso a su escritura y publicación, percibí una complejidad argumental importante (saltos en el tiempo, cambios de punto de vista, etcétera) que se desliza a través de una escritura límpida, cristalina, digamos. ¿Cómo establecés el tono de la escritura?
Para mí eso es muy importante porque escribo como lector, pues soy el primer lector de mis textos. Vos leíste las novelas una vez cada una; yo las leí cien veces, y antes que nada me tienen que gustar a mí. Eso me pasó durante años con lo que empezaba a escribir: no me gustaba. Como lector, una de las características que me gustan de la escritura es la claridad. No me gusta la literatura que es deliberadamente retorcida, engañosa, oscura, que juega a las escondidas con el lector. Será por eso que me gusta tanto la literatura del siglo XIX, con esa idea de claro, distinto y transparente, en plan “estamos en tal año, en tal lugar, los personajes son estos y está pasando esto”. Esa idea de claridad tiene que ver con el hecho de que me gusta contar cuentos, y cuando te cuentan cuentos de chico, todo resulta muy claro.
El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette. 344 páginas. Anagrama, 2025.