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Julia Mengolini. Foto: Nora Lezano, difusión

Julia Mengolini. Foto: Nora Lezano, difusión

Julia Mengolini y las redes afectivas

En los ensayos de La cara del monstruo, la comunicadora argentina reflexiona sobre el odio y las redes sociales, la extrema derecha y el feminismo, la militancia y las drogas.

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Protagonista de su época, la comunicadora argentina Julia Mengolini publicó en 2024 Las caras del monstruo. Se trata de un conjunto de ensayos en primera persona que reflexiona sobre el odio y las redes sociales, la extrema derecha y el feminismo, la militancia y las drogas. Es un libro valiente que repasa diversas polémicas de los últimos años y abre nuevas miradas para seguir pensando y haciendo

¿Cómo venís con el insomnio?

No he mejorado. Pasan cosas: tenés cada tanto una semana en la que dormís muy mal, una semana en la que dormís bien. Por ahí un día sin dormir y es terrible. Pero más o menos regulando. Siempre con una pastillita, tratando de regular también la dosis para no hacerte adicto. Esa historia sigue igual.

¿Qué hacés los 8M?

En realidad, recibo muchas invitaciones de un montón de actividades y decidí no hacer mucho. En el último me enfoqué en el programa Segurola y Habana y en la programación de la radio, con el reflejo para tener buenas conversaciones sobre el tema. Sabía que en todos los programas iba a haber muy buenas invitadas y mesas de debate. Me parece que la herramienta principal que yo tengo de expresión, que es mi programa y la radio en general, está muy atenta a cuáles son las cosas que hay que conversar y debatir. Hacer una buena cobertura de la marcha, y que se converse mucho esos días con gente interesante.

¿Hay otras radios que sean feministas como Futurock en Argentina? Hay un montón de medios progres; pienso en Gelatina, por ejemplo, pero no son tan feministas como ustedes.

Es verdad que nosotros tenemos una identidad más nítida sobre eso. Pero al final la identidad la hacen quienes componen una programación y también quienes la lideran. En este caso creo que podemos decir con más nitidez que somos una radio feminista. Pero también creo que es algo que empezó a permear en un montón de otros medios de comunicación. Ningún medio que hoy esté un poco del lado de enfrente del gobierno de Milei tiene un discurso antifeminista. Ya hay cosas que van quedando más blanco sobre negro. El feminismo ya es una marca de identidad dentro del progresismo. Hubo un momento de confusión al principio, algo expresado desde una falsa ortodoxia en la que el feminismo había servido de chivo expiatorio para echarnos la culpa de la desgracia que es el gobierno de la ultraderecha. Eso pasó de moda. Ahora volvió a quedar claro que la herramienta política que significa el feminismo es muy potente y muy necesaria para pensar de qué manera nos vamos a parar frente a lo que está pasando, cómo nos vamos a oponer.

¿Cómo fue el trabajo que hiciste con Fabián Casas? ¿Por qué lo elegiste a él para hacer el libro?

De Fabián me gustaban varias cosas. Por un lado, cómo escribe. Tiene un tono por el que parece fácil lo que hace, pero no lo es. Es de esos escritores que invitan a escribir. También tiene una picardía que me gusta mucho. Y además tenía cierta distancia: yo lo conocía poco, no éramos amigos. En términos políticos tiene posiciones, pero con más distancia y muy verde respecto de las redes sociales. No tiene Twitter [X], no tiene Instagram ni Tik Tok. Sentía que al contarle a alguien con esas características las cosas que yo tenía para contar en el libro, junto a sus herramientas, podía haber un buen trabajo. Le dije que estaba escribiendo, le pedí que leyera y que si le entusiasmaba fuera el editor. Me dijo enseguida que le encantaba. Su entusiasmo fue clave para que yo dijera: listo, ya tengo un libro. Había que imprimirlo, lo que me obligaba a poner puntos a los capítulos para poner print. Fue re lindo porque me lo devolvía con mucho entusiasmo y buen gusto. Me decía: “Todo este párrafo no, acá te diste manija al pedo”. O me decía que describiera a una persona. Me invitaba más a la literatura, a salir un poco del ensayo de ideas y a que me animara, por ejemplo, a describir un juguete o la forma de ser y hablar de una persona. Creo que eso le terminó dando más hermosura al libro.

Al inicio escribís que el hostigamiento a veces se pone duro y pesado, pero que te acostumbraste, que no te asusta. Te han pasado cosas mucho peores luego de publicado el libro. ¿Seguís pensando igual?

Creo que esa parte la podría cambiar hoy. La cosa se puso más aterradora, la verdad, porque llegaron a unos niveles de hostigamiento con otras herramientas, como el uso de la inteligencia artificial, y con una persistencia y una virulencia que hasta el momento del libro yo no había conocido. Después del libro, además, pasé por episodios por los que anduve con custodia un tiempo y después me la saqué de encima porque me pareció espantoso, como si fuera una encarnación del conflicto; no quería andar todo el tiempo con esa sombra.

Pero sí, se puso todavía peor. Todo eso que yo escribo en el libro es casi una preparatoria para lo que pasó el año pasado. Fue mucho más heavy. Sentí otras cosas en el cuerpo que no había sentido. Después me volví a armar. Sería falso si te dijera “me quebraron”, porque acá estoy.

Parece que se experimenta contigo, como si fuera un laboratorio del odio hacia tu persona. Al mismo tiempo, te fui a ver acá en Uruguay en la Noche de las Librerías y es impresionante cómo te quiere la gente. Siento que, como vos hablás públicamente, se aprende mucho, porque estamos todos aprendiendo en estos momentos a cómo lidiar con el odio. Vos apelás a tus convicciones y decís lo importante que es que te muestren apoyos.

Gracias por decirlo. Eso podría ser la respuesta a la pregunta que todo el tiempo me hacen cuando me hablan del tema del odio: “¿Cómo hacés para bancarla?”. Tengo dos respuestas. Una son las convicciones y, por otro lado, ese cariño es como una especie de domo. Esos domos que ahora sabemos que existen allá en Medio Oriente. Claramente es un domo contra los misilazos. Sentís que todo el tiempo están bombardeando y ese cariño opera como un protector recontra potente. A veces lo siento casi físico. Es metafísico y al mismo tiempo hay algo físico.

Por contarte una historia: una vez yo estaba en la calle caminando, iba a buscar a Rita [su hija] a taekwondo, y me increpa un tipo. Yo le contesto mal; me sale contestar mal, no me asusto. Muchas veces la gente se caga, pero este tipo fue al frente. Terminamos gritándonos de cerca, en una situación que si hubiésemos sido varones nos pegábamos. Después se acerca otro para ponerse de su lado y terminan siendo dos contra mí. En ese momento pasa una piba y me rescata: me agarra del brazo, me saca de ahí, caminamos 30 metros, frenamos, me abraza y me lleva a mi casa. Yo siento que eso es lo que todo el tiempo está pasando. Como si esa fuese una imagen totalmente real, pero también metafórica. Siento que si alguien me va a venir a hacer algo, alguien me va a defender.

Eso también habla de una situación bastante tensa, pero el cariño funciona como un protector contra el odio. Funciona al nivel del corazoncito y en términos reales. Y creo que esto opera para todos, para cualquier persona que se salva porque se refugia en algún lugar de los afectos: en su casa, en su esfera privada, o en su laburo y la esfera pública, en la comunidad a la que pertenece. Las redes afectivas son redes de contención, son tu sindicato. Para mí un modelo muy perfecto de comunidad organizada es un sindicato: donde trabajás, compartís preocupaciones, tiempo y cariño con otra gente y te juntás para defenderte de un interés opuesto al de esa comunidad. Hay que refugiarse ahí para después salir y avanzar. Cualquier individuo que se encuentre demasiado solo en este momento está aterrado de que cualquier cosa le pueda pasar, porque nadie lo va a ayudar. Quienes sabemos que, si nos pasa algo, alguien nos va a ayudar vamos más tranquilos por la vida. Ese alguien puede ser tu grupo de amigos, tus compañeros de laburo, tu sindicato.

Foto del artículo 'Julia Mengolini y las redes afectivas'

Me pareció un gran hallazgo intelectual del libro observar que no se está pensando en la pandemia.

Lo sigo confirmando, el subdiagnóstico de la pandemia. La gente se está rompiendo la cabeza pensando por qué las ultraderechas, por qué juntaron tanto poder las grandes [compañías] tecnológicas, por qué todo se fue de control. Hay millones de libros sobre las ultraderechas y ahora también sobre la tecnología. Y pocas veces entra en ese análisis la pandemia. No digo que ahí estén todas las respuestas. Yo escribí un ensayo posible sobre cosas de la pandemia, casi misceláneas. Pero de lo que sí estoy segura es de que hay que pensar en ese factor. Y posiblemente falten muchos años para tomar suficiente distancia y darnos cuenta de qué carajo pasó en la pandemia que arruinó todo.

En el libro hay una gran preocupación por la salud mental de la sociedad.

Creo que es algo tan evidente que es loco que no lo podamos ver más científicamente, porque la prueba está ahí todo el tiempo. Basta con entrar a Twitter un ratito. Explorás un minuto y salís envenenado. Ese resentimiento y esa ira que la pandemia terminó de profundizar o acelerar explican en buena parte el surgimiento de las nuevas derechas, así como en su momento explicaron el surgimiento del fascismo, el ascenso de Hitler y el Tercer Reich. Y está todo escrito en las redes sociales. El resentimiento es claramente el sentimiento de esta época. En algún momento tenemos que pensarlo más en serio.

El feminismo evidentemente ha sido un gran chivo expiatorio y aparece todo esto de que se pasaron dos pueblos. Me pasa algo particular con esta expresión. Si busco en Google quién dice que las feministas se pasaron dos pueblos, no encuentro más que feministas diciendo que no se pasaron dos pueblos.

Es que nadie lo dijo. Apenas ganó Milei, hubo un cuestionamiento dentro del campo nacional y popular de que el feminismo había sido el sector que había generado rechazo. Esto es más el sector [de Guillermo] Moreno y todo un piberío de peronistas de Perón, seguidores de [Tomás] Rebord, aunque no es que Rebord lo haya dicho. Es un universo que estaba buscando algún tipo de explicación, pero no hay una fuente clara.

Al mismo tiempo, vos has dicho un montón de veces que el feminismo no se pasó ningún pueblo, pero cuando uno te lee, por ejemplo, lo que decís sobre la política de la cancelación, hablás de punitivismo de derecha, de jacobinismo, de violación de los derechos humanos, parece que se pasaron dos o tres pueblos.

Sí y no. Nosotras estábamos en tiempo real discutiendo eso. No es cierto que nos pasamos porque nadie le cortó la cabeza a nadie en la plaza. Lo más duro que exigimos es castigo a los culpables, que en definitiva no deja de estar dentro del marco de las instituciones. Yo fui muy cuestionadora de la práctica del escrache y muchas lo fuimos. Todo eso se estaba debatiendo en ese momento. Hay que dar cuenta de cuál fue la conversación. Siento que hay gente que se quedó mirando la conversación de más lejos y se quedó discutiendo solo con el eslogan, o con el peor argumento que hay de este lado. Y de este lado había una gran conversación.

El feminismo no es dogmático, es dinámico y flexible. Había un montón de posturas. Y cuando los conflictos se ponen sobre la mesa hay quilombo y la gente no sabe bien cómo se tiene que resolver. Tenías el problema de los secundarios, donde cualquier pibe que se encaraba a una piba terminaba cancelado. Entiendo que ahí empezó a pasar algo medio vigilante que nada que ver. Pero en ese momento nosotras nos alertamos por eso y tratamos de incidir en la conversación para torcerla hacia un lado menos punitivista o más controlado, pero en las revoluciones las cosas se descontrolan.

Ya no existe la práctica de andar cancelando, y creo que como resultado de todo ese bardo, las relaciones entre varones y mujeres quedaron mucho mejores. Quedó un trato mucho más igualitario en las relaciones personales. Y eso me parece un saldo espectacular, del que se habla poco. ¿Qué quedó del feminismo? Algunas cosas muy tangibles, como el derecho al aborto, pero también nos quedaron relaciones mejores.

¿Qué te están devolviendo otras feministas cuando, por ejemplo, escribís de incorporar a los varones?

Se armó bastante quilombo, pero ya tiene un tiempo el libro. La primera gran conversación que se armó fue el planteo de la inclusión de los varones. Se sigue debatiendo. Pero ya es una conversación abierta si los varones entran o no entran en nuestra discusión feminista. Con que ahora sea una inquietud, yo ya estoy contenta, porque cada vez hay más habilitación para decir que los varones deben ser parte.

En el episodio de “el culo de Jimena Barón” te metiste con dos temas sensibles: el mandato de belleza y las redes sociales. Decís algo muy impactante: que en términos de mandatos de belleza, las mujeres de hoy están peor que nuestras abuelas. A quienes tenemos en la familia niñas chicas o adolescentes nos preocupa muchísimo ese tema. ¿Vos con tu hija cómo lo llevás?

Rita no tiene complejos ni vanidad. Todavía no sabe que la comida engorda. Tiene muy claro que todos los cuerpos son igualmente válidos. Nunca la escuché reírse de nadie ni comentar sobre la pinta de nadie. No me preguntes cómo, pero esta nena viene con esa estrella. Espero que sea siempre así, y espero no trasladarle mis mañas, que las tengo. Pero me cuido. En casa no tenemos comentarios sobre el cuerpo de la gente tipo: “estoy más gorda”, “estoy más flaca”, “esto engorda”. Eso no sucede. Por ahora, pero tiene 6 años, es muy chiquita todavía. Sí tengo sobrinas y el mandato es una poronga total. No hicimos nada por ensanchar esos márgenes, o hicimos muy poquito. Hay cada vez más tratamientos, una industria fenomenal, es un sinfín de locura. No sé qué va a pasar. Yo dejé dicho mi manifiesto señalando que no estamos haciendo nada y que cuando confundimos nuestro discurso, contaminándolo de liberalismo, haciendo del “mi cuerpo, mi decisión” cualquier cosa, una justificación para una consiencia totalmente individualista, no, no se trata de eso. Hay que empezar a observar que está pasando algo. Detrás del falso “no opinar de los cuerpos ajenos” tampoco podemos hablar de un fenómeno social en el que hay cada vez más desórdenes alimenticios, y tratamientos y cirugías que empiezan a homogeneizar la idea de belleza. Todas las pibas están iguales porque se hacen lo mismo, y ya no hay caras que puedan envejecer.

El libro también es un elogio a la militancia. Lejos de los estereotipos banales que vinculan militancia con grisura, dogmatismo o pesadez, vos encontrás entusiasmo y hasta amor. ¿En qué anda tu militancia hoy?

Depende de lo que entiendas por militancia. Yo no tengo una militancia orgánica en este momento, y hace mucho. No pertenezco a un partido ni a una organización. Pero hay una actitud militante que no se pierde en la vida. Tiene que ver con sentir un compromiso, con que las cosas que hacés las hacés con un sentido, con que te sentís parte de un nosotros más grande. Que lo que más te calienta no es tu propio destino o tu realización personal, sino una realización colectiva. Eso es una forma militante de estar en la vida. Y yo soy de ese equipo. Yo siempre me siento una militante, porque siento que todo lo que hago forma parte de algo más grande, tiene un objetivo. Yo en este momento me siento directamente una combatiente.

Las caras del monstruo. 224 páginas. Futurock, 2024.