Escritora, editora y traductora, Cecilia Pavón es un nombre ineludible de la poesía argentina actual. Ya había un aura de brillo alrededor de la figura de Pavón, que cobró dimensiones míticas gracias a la publicación de Belleza y felicidad: autobiografía de una amistad (Penguin, 2026), su correspondencia con Fernanda Laguna, la otra fundadora de la galería de arte que se inauguró en 1999 en el barrio bonaerense de Almagro y que sirvió de plataforma para la difusión de nuevos artistas y escritores. En librerías uruguayas se puede conseguir su antología Las reglas de la poesía contemporánea (Forma, 2022).
Por unos días, Pavón estará en Montevideo. El viernes a las 19.00, en Génesis, dará un taller de escritura (con cupos agotados) organizado por el sello discográfico y editorial Recuerdos Humanos. El sábado a las 17.30 será parte de una edición especial de No siempre leen lxs mismxs, el ciclo que lleva adelante la poeta y gestora cultural Ana Ró. Será en Montevideo al Sur.
Viene, además, a dos eventos que tienen lugar este jueves: la inauguración de la retrospectiva de Dani Umpi a las 19.00 en el Subte y la presentación del libro Una pequeña felicidad a las 19.30 en la Alianza Francesa. “Me encanta tener una excusa para venir porque me encanta la ciudad y me encanta cruzar el río, me parece mágico ese cruce”, dice.
En varias entrevistas comentás que a fines de los 80 y principios de los 90 no había casi ninguna mujer escritora o poeta en Argentina. ¿Quiénes eran tus referentes? ¿Quiénes son hoy tus referentes?
Había, pero no eran muy importantes, siempre eran como secundarias, o una sola mujer entre diez varones. De niña leí a Silvina Ocampo y me gustaba mucho, y cuando me mudé a Buenos Aires, a los 19, leía a Alejandra Pizarnik. Después mis referentes empezaron a ser las chicas de mi edad: Gabriela Bejerman, Marina Mariasch, Fernanda Laguna...
Quiero más detalles de aquel viaje que hicieron Fernanda Laguna y vos a Brasil, que las inspiró a abrir Belleza y Felicidad. ¿Es cierto que la abrieron con 3.000 dólares cada una?
Sí, teníamos esa plata que habíamos ahorrado durante el uno a uno, esa fantasía que duró casi diez años, en la que los argentinos creímos que nuestro dinero era igual al dólar. El viaje a Bahía fue porque todo el mundo hablaba de Bahía y yo justo tenía unas millas y le dije a Fernanda que le cambiaba el pasaje por un cuadro, y todo se dio así. Nuestro proyecto tenía que ver con la fantasía, y Brasil era un lugar perfecto para conocernos más antes de abrir el local, porque lo abrimos unos meses después de conocernos.
Tradujiste a autoras como Chris Kraus, Eileen Myles, Lorrie Moore, etcétera. ¿Cómo te vinculaste con la traducción?
Siempre busqué traducir cosas que me interesaban y que no estaban en español. Cuando encuentro algo que me gustaría traducir, busco a la autora por Instagram y le escribo y después lo propongo en editoriales que conozco. Creo que la traducción es una parte esencial de mi escritura, me ayuda a pensar otras ideas y encontrar fórmulas que nunca se me habrían ocurrido.
Das talleres de escritura, muchos de ellos online, con gente de todo el mundo. ¿Qué método utilizás?
Mis talleres son como una larga charla de amigos donde leemos autores que yo propongo y consignas de escritura que se pueden tomar o no y vamos siguiendo como grupo la producción de los participantes e intentamos tomar conciencia de qué estamos haciendo al escribir. Una pregunta que surgió hace poco, por ejemplo, fue ¿a qué autoridad le hablás inconscientemente en tu poema o relato? ¿Quién querés que te apruebe? Hablamos de cosas así y también de política, porque todos los textos son políticos en la medida en que contienen una visión del mundo, aunque no de forma explícita. Pero, en realidad, lo que siempre digo es que lo más importante es mantenerse escribiendo.
Leí que no te interesaba mucho la ficción. Escribís casi siempre desde la primera persona. ¿Por qué?
Porque siento que ya la primera persona es una construcción o una ficción y también me interesan las obras que me enseñan a vivir de otra forma. Entonces suelo inclinarme por textos autoficcionales. Igual me gusta leer de todo, no estoy en contra de nada, es más bien que desde siempre tuve afinidad con esa clase de textos.
En una conferencia que dieron con Fernanda Laguna dijeron que la idea de “genio artístico” no les convencía, entonces crearon la posibilidad de “artista múltiple” ligado a los demás, que creaba colectivamente. También dijeron que cualquier persona que entraba al centro pasaba a integrar el star system de ustedes, fuera quien fuera. ¿Qué pasó con la gente que las rodeaba en aquel momento? ¿Qué trayectoria siguieron sus vidas, sus carreras?
Mucha gente siguió haciendo cosas, otros no, pero seguimos todos más o menos en el medio del arte de Buenos Aires cruzándonos o dejando de vernos, como todas las familias.
Dijeron en la misma conferencia que el personaje más conocido que iba a la galería era Dani Umpi. ¿Cómo es el vínculo que los une con Dani, cómo empezó?
Llegó a nuestro local con otros artistas uruguayos del colectivo Movimiento Sexy y fue una afinidad estética inmediata. Mostraron en nuestra galería y después ellos nos invitaron a mostrar en la Intendencia de Montevideo, fue muy lindo.
¿Qué quiere decir “montarse de poeta”? ¿Qué significa el concepto de “chocar el poema” que manejan en el libro de las cartas con Laguna?
Sería algo así como ponerse una máscara o un disfraz y empoderarse como poeta para tomar la palabra o para jugar con las palabras, y chocar el poema también tiene que ver con eso, con entender que todo es un juego al final: podés relajarte y dejar que el poema vaya para cualquier lado, lo que sería como chocarlo.
Has hecho obras conceptuales, como intervenir diarios tuyos haciéndoles preguntas.
Estefanía Papescu, que tiene un proyecto de cuadernos de artistas, me propuso hacer uno. Entonces se me ocurrió agarrar todos mis cuadernos escritos a mano desde los diez años y hacerles preguntas e ir anotando como una crónica de ese recorrido. Fue divertido. En el cuaderno también hay imágenes y dibujos. Después, eso lo transcribí y se transformó en el libro Poesía estructurada.
Con Belleza y Felicidad se habían propuesto democratizar el arte y también elevar el estatus de objetos vistos como “baja cultura”. Más allá de que no existe un manifiesto, tenían un credo que las sustentaba, basado en la amistad y en el “hazlo tú mismo”, en la irreverencia. Reivindicaban lo queer, el feminismo. ¿Por dónde pasa tu militancia en la actualidad?
Hoy tengo un espacio en el centro de Buenos Aires, llamado Microcentro, donde organizo lecturas y talleres con escritores invitados. Hace unas semanas, por ejemplo, estuvo Agustín Lucas dando un taller sobre fútbol y poesía y pasaron cosas muy geniales con gente de todo tipo escribiendo de fútbol y dándose cuenta de que el fútbol era más poético de lo que pensaban. Creo que mi militancia siempre pasó por el intento de crear comunidades y entender la cultura como un lugar de redes más que de individualismos.
No siempre leen lxs mismxs. Sábado a las 17.30 en Montevideo al Sur (Paraguay 1150).
