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Libros Entrevistas
Laura Escudero. · Foto: Rodrigo Viera Amaral

Laura Escudero.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Laura Escudero Tobler: “Los libros te escuchan como pocos seres humanos: son silenciosos”

La escritora argentina opina sobre el conservadurismo en la literatura infantil y juvenil, y explica la importancia del lenguaje poético y de los mediadores.

Laura Escudero Tobler nació en Córdoba y, después de varias mudanzas por distintos lugares de Argentina, vive desde hace años en las sierras de su provincia natal. Es docente y psicóloga, escribe poesía, narrativa y ensayo, pero, antes que nada, su vínculo con la lengua está atravesado por una mirada poética; define su vínculo con los libros como “una relación de amor”. Comenzó a publicar en 2005, cuando su novela Encuentro con Flo ganó el premio de literatura infantil Barco de Vapor, de la editorial SM, y desde entonces construyó una trayectoria en ese campo que incluye El camino de la luna, El rastro de la serpiente, Ema y el silencio y, publicado en el sello colombiano Babel, La noche de las cosas, novela que presentó en una reciente visita a Montevideo.

¿Cómo fueron tus comienzos en la escritura? Hiciste un taller con Laura Devetach.

En Córdoba, en el Cedilij [Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil], hice un taller que ella daba en distintos lugares, que se llama “El camino lector”, con el que después hizo un libro. Empezó diciendo “el futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, que es una cita de Roberto Arlt, y contó que esa cita era un epígrafe de todas las revistas del Centro de Estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba [UNC], donde yo estudié. Contó que no tenía ningún ejemplar de la revista, pero que para ella seguía haciendo sentido tener el mismo epígrafe para todos sus trabajos. En ese momento me acordé de que en la biblioteca de mi mamá –que murió cuando yo era muy chiquita y que estudió Letras en la UNC– había un ejemplar de la revista del centro de estudiantes con esa cita. Busqué la revista y se la llevé. Esa situación armó una intimidad entre las dos. Le conté que me gustaba escribir, pero que la escritura me parecía una cosa idealizada, y ella me dijo: “Si querés escribir, escribí: no hay más que eso”. Decirlo me hizo hacerme cargo del asunto, algo pasó de un lugar a otro.

Y tomaste la decisión de dedicarte a la escritura...

Mi relación con los libros no tiene nada que ver con el deber ser, es una relación de amor. Mi mamá estudiaba Letras; cuando yo tenía 5 años se enfermó de una enfermedad tipo covid y se murió, de un día para el otro. A mí me quedaron su biblioteca y un montón de prohibiciones acerca de hablar de eso, porque todo el mundo se ponía triste. Pero ir a la biblioteca a buscar un libro, donde había flores secas que había puesto ella entre las páginas o notitas que había escrito, fue mi modo de seguir una conversación con ella mientras no estuvo. Me volví una loca lectora solamente porque en los libros buscaba a mi vieja.

¿Cómo era su biblioteca?

Tenía la biblioteca de una estudiante de Letras, libros de los que yo no entendía nada. Para mí la biblioteca era el altarcito de mi mamá. Siempre me ofrecía a limpiarla: pasar la franela y sacar los libros, mirarlos. Eran los objetos lo que me atraía; al principio no era que los leyera, los fui leyendo de a poco. Tuve mi propia biblioteca, pero fui conectando las dos. Cuando me mudé a la última casa, hace cinco años, me cayó una flor seca de la época en que mi mamá leía, cortaba flores del jardín de mi abuelo y las guardaba en los libros. Los libros son cajitas de memoria no solamente por lo que tienen escrito, sino por todas las lecturas que tienen adentro. Son objetos muy enigmáticos, muy mágicos. Los tenemos definidos tan materialmente, puestos en una cosa de bronce, pero son objetos que van mutando, que se vuelven otra cosa.

¿Qué libros te marcaron al empezar a leer?

Tengo distintas escenas. Por un lado, mi mamá leyéndome, de muy chiquita, poesía de Gabriela Mistral; teníamos un disco. Tenía todos los discos y libros de María Elena Walsh. También los libros de Polidoro. Pero hubo un momento, después de que mi mamá murió, en que mi papá trató de hacer el puente, se dio cuenta de que ahí faltaba algo. Yo amaba Las mil y una noches, entonces él me contaba esas historias; es un libro que me quedó muy marcado. El primero que leí yo sola fue Alicia en el país de las maravillas, que me abrió la cabeza, me alucinó. Me sentía Alicia: entendí que me había escapado por un agujerito a otro mundo en un momento y que nada era lo que parecía. Después, tuve dos momentos. Cuando encontré un libro que se llama Bonjour, tristesse, de Françoise Sagan, tendría 12 o 13 años, y lo leí y me rompió la cabeza ese deseo de comerse la vida en una mujer y cierto desdén por la pose burguesa que tenía ese libro, muy existencialista. Después, cuando empecé la facultad leí La plenitud de la vida, el segundo libro de la trilogía de Simone de Beauvoir, y pensé: “Es mi vieja que me está diciendo ‘no te tragues toda esta historia’”, porque además era un libro muy leído por ella, muy gastado.

Las bibliotecas de nuestra generación son anteriores a la etiqueta LIJ, entonces te enfrentabas, siendo niña, a la literatura a secas. Eran otras experiencias lectoras.

Yo tenía toda la Biblioteca Robin Hood; atrás, en la lista de los libros publicados, por autor, iba tachando a medida que leía. Como en ese momento vivía en el interior, me iban a comprar los libros de a muchos, tuve la suerte de que me los compraban y tenía la colección completa. Pero mi papá se volvió a casar con una señora que era psicopedagoga y cuidaba las buenas costumbres y la moral, que no era lo que había en la biblioteca de mi mamá, pero como nadie leía esos libros, nadie sabía. Entonces, me acuerdo de una escena: encontré un libro de Colette, Claudina en la escuela, y pensé que era un libro para niños, tendría 10 años. Empecé a leerlo y rápidamente me di cuenta de que no era infantil, pero estaba buenísimo; tenía todo el erotismo de Colette, que atraviesa el amor en todas sus formas: en una aldea de Francia, una niña se enamora de otra chica, de su maestra, de un chico. Me encantó. Entonces agarré un libro de la colección Robin Hood –Heidi, ponele–, metí el otro libro adentro y lo leí completo así. Era una suerte que las categorías adulto, infantil, juvenil no estuvieran tan firmes.

Has hablado de la importancia de la desobediencia. ¿Tiene lugar en la LIJ actual? ¿Cuáles son los conflictos y tensiones?

No es una pregunta simple porque la palabra desobediencia habría que abrirla, no dejar que se cierre tan rápidamente y entender tan rápidamente qué quiere decir. Voy a volver dos casilleros atrás. En un texto que se llama “Las tretas del débil”, Josefina Ludmer analiza el intercambio de correspondencia entre sor Juana Inés de la Cruz y el obispo de Puebla: cómo sor Juana, puesta en un lugar de subalterno con relación al obispo, le contesta, sin desobedecer, con desobediencia, y va haciendo lo que tiene ganas. Muchas veces es lo que hacemos las mujeres con los discursos machistas, lo que hacen los niños con los discursos adultos. Me encanta la idea de las tretas del débil porque, muchas veces, la desobediencia como consigna políticamente correcta te lleva a ser políticamente correcto con lo que tenés que decir de la obediencia. En la LIJ, que es súper conservadora, las consignas de corrección política empaquetan todo, hacen un enlatado de lo que debe ser para los chicos: es políticamente correcto que el mundo sea políticamente incorrecto. Eso es una trampa. O gente que sigue pidiendo que se escriba como Roald Dahl. Roald Dahl ya vivió, ya murió. Podemos conversar con su obra, pero no vamos a escribir como él. Encontraremos otras maneras de incomodar, otras tretas del débil para burlar el poder político, el autoritarismo.

Eso se relaciona con cuál es la infancia a la que se dirige la literatura y qué infancia es la que se representa en la literatura.

Y eso no es ingenuo. La literatura va abriendo espacio para lo no dicho. Nosotros tenemos un montón de narrativas informativas que construyen una realidad; la realidad es ficcional, pero la literatura –y todo el arte– es una de las cosas más poderosas para desarmar esa narrativa de lo que debe ser y proponer fugas. Me parece que hay que aligerar, porque si te vas a hacer cargo de todas las demandas de afuera, no escribís. Por ejemplo, en Argentina hubo un momento de mucha novela realista, mimética. El discurso directo, el diálogo, es muy revelador de qué estás escuchando. Casi todos los chicos en la LIJ argentina hablan como porteños de clase media que viven en ciertos barrios, y todo el resto tiene que acomodar su imagen de juventud e infancia a un estereotipo ajenísimo a la vida de un chico en la sierra de Córdoba que cría cabras, por poner un ejemplo. No digo que haya que escribir sobre esta otra realidad, sino que cuanto más se abre esa comprensión de la realidad a mundos inventados, a voces que son mezcla de voces, que no son voces miméticas, es más interesante, hace más resonancia en muchos cuerpos, abre las identidades en vez de cerrarlas.

Vivís en Córdoba y has vivido en distintos lugares del norte de Argentina, algo que te dio un panorama bastante amplio. ¿Cómo juega eso en tu literatura?

Siento que tengo una relación con la lengua muy atravesada por el cuerpo y por las experiencias del cuerpo, por los paisajes. Por ejemplo, hay algo con lo que he conversado y que forma parte de mi vida: un silencio extraño en el norte argentino. No es verborrágico, habla de una manera muy condensada, y eso tiene su belleza. El paisaje también es muy condensado, porque no hay agua, porque hay sequía; lo que crece lo hace resistiendo esa sequía. Eso me encanta. Si yo puedo trasvasar la experiencia física con la cosa –porque la lengua es un medio para llegar a la cosa, que es imposible, pero sí me permite llegar lo más cerca posible–, esas experiencias me hicieron entrar al mundo de una forma muy física. De la literatura me interesa mucho eso porque es lo que me toca el cuerpo, lo que me conmueve, lo que me hace cambiar.

En todos tus escritos, sean del género que sea, está muy presente una mirada muy poética, un trabajo de buscarle la vuelta a la palabra.

Me gusta mucho una idea de los japoneses: la atención a la cosa hasta que deje de ser plana. Eso es hermoso porque te acompaña a desarmar el mundo, a desaplanarlo, a encontrarle una profundidad. Eso es la poesía, tiene que ver con un detenimiento en la lengua. Es nada más que parar un poco y dejarla ahí. Es una relación amorosa con la lengua y con las palabras, pero esto también tiene que ver con que cuando yo digo lengua y digo palabras pienso en mi vieja y en esa relación de amor con las palabras.

Mercedes Calvo vincula la poesía con las infancias en tanto la poesía es una manera de mirar. ¿Qué pasa con los niños y la poesía?

Cuando la poesía no es un rótulo con todo lo que lo cargamos desde el mundo adulto, con todas esas capas culturales que tiene encima –que es “solo para algunos”–, los chicos son poesía porque tienen una relación muchísimo más fresca, menos distante, con el mundo natural, con los animales, con las plantas, con la vida, con los objetos. Piensan en clave de poesía, todavía son parte de un mundo en el que la palabra no está fija, se puede mover. Tienen una relación muchísimo más sensorial con el mundo, están más conectados. Cuando un nene chiquito te mira a los ojos, hay pocos adultos que te miren a los ojos de esa manera. Te das cuenta de que no hay un telón, no hay velos de miedo, de defensa, de distancia. Me parece que la poesía es una práctica de cercanía –no de distancia– con la lengua, con los objetos, con el mundo, con los otros. Entonces los chicos rápidamente juegan con las palabras, con los objetos, se conectan. Y creen.

Vos hacés formación de mediadores. ¿Qué importancia tiene la mediación, en particular, en relación con la LIJ?

Todo lo que te dije antes aplica a mi idea de trabajar en mediación. Me parece que cuando uno tiene más respuestas cerradas acerca de qué hay que hacer con los chicos y con los libros, más artificial se vuelve la relación entre el mediador y los chicos. Se repiten fórmulas vacías, y esas estrategias que pudieron ser hermosas en un momento terminan siendo la cáscara de algo que no representa una relación con el libro, con la lectura, con la escritura, con la creación. Otra cosa que me parece muy fuerte es que nos ocupamos muchísimo de decirles a los chicos que tienen que leer, qué es buena y qué es mala literatura, cómo leer, y no habilitamos espacios para que ellos escriban sobre lo que leen. La mejor manera de relacionarte con un libro es conversar con ese libro: la lectura es una conversación con lo que leés. Se trata de autorizar la escritura, es una práctica muy económica y muy potente para la subjetividad, para tu entendimiento de vos con vos misma. Me interesa mucho, y hay algo de mi vida por lo que, sin el apoyo que tuve en los libros, a los 5 años me hubiera muerto de tristeza. Mi mamá se encargó de mostrarme esos objetos que son una casa, un lugar donde vivir y sentirte cuidada, sentirte escuchada. Los libros te escuchan como pocos seres humanos: son silenciosos.