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Martín Mosquera.

Foto: Laura Sosa

Martín Mosquera: “Con Mamdani se consolida la idea de que la oposición a Trump es la izquierda, y no el Partido Demócrata”

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Con el editor de la revista Jacobin en su edición para América Latina.

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La revista política Jacobin surgió en 2010, en Nueva York, como una expresión “de ese ciclo de movilización que tiene su epicentro en Occupy Wall Street”, y desde entonces se expandió con ediciones en varios países y regiones, recordó su editor para América Latina, el argentino Martín Mosquera.

De visita en Montevideo para participar en una conversación sobre “Extrema derecha y crisis global”, organizada por la Fundación El Puente, Mosquera conversó con la diaria sobre fenómenos como la llegada al poder y el respaldo que recibió en octubre el presidente argentino, Javier Milei, pero también sobre nuevas figuras de la izquierda mundial, como el alcalde electo de Nueva York, Zohran Mamdani, o sobre cómo Gaza ha movilizado a la izquierda.

Mosquera afirmó que ante gobiernos de extrema derecha, la izquierda “tiene la doble tarea” de “formular coaliciones sociales y políticas lo suficientemente competitivas”, en el aspecto social y el electoral, y de “reconstruir un proyecto” que recoja “reivindicaciones económicas universales”, como lo hizo, por ejemplo, el dirigente neoyorquino.

Sobre la discusión acerca de si estamos ante nuevos fascismos, señaló que los riesgos de aplicar esa definición a los autoritarismos actuales incluyen el de perder de vista sus particularidades.

¿Cómo se puede leer el fuerte apoyo electoral que tuvo Javier Milei en las legislativas de octubre, en un momento de gran malestar con muchas de sus políticas?

Evidentemente, la extrema derecha es un fenómeno global que está indicando una tendencia general al crecimiento del autoritarismo en el mundo. En Argentina hubo una gran subestimación del fenómeno Milei. Primero me remito a la elección presidencial de 2023. Casi todo el arco político e intelectual descartó que pudiera ganar. Si ganaba, se descartaba que pudiera gobernar o aplicar una parte de su programa, y si lo hacía, se daba por sentado que iba a enfrentar un estallido social. No sólo no pasó eso, sino que logró aplicar lo que el Financial Times llama “el ajuste fiscal más grande de una economía en tiempo de paz”, sin enfrentarse a una presión social fuerte, y afirmándose en el gobierno. Entonces, algo importante pasó en un país con fuertes tradiciones combativas, de movilización callejera, donde ajuste y represión eran tabúes. Es muy significativo comparar en este aspecto el gobierno de Milei con el gobierno de Mauricio Macri, que tuvo muchísimas dificultades para aplicar un programa de ajuste y para reprimir la movilización social.

¿Qué pasó? Yo creo que para responder eso voy a seguir a un amigo colaborador de la revista, que se llama Adrián Piva, que es un sociólogo marxista: hubo una derrota social previa que, como no tomó las formas más convencionales, tal vez no fue tan estridente.

Es decir, ¿en qué contextos la sociedad suele permitir la aplicación de políticas muy agresivas o muy antipopulares? Por ejemplo, después de una gran derrota testigo de un sector de la clase trabajadora, como la de los mineros en 1984-1985 en el gobierno de [la primera ministra británica Margaret] Thatcher. Una derrota de un sector estratégico muy fuerte disciplina y desmoraliza toda la clase trabajadora. Eso no sucedió ahora en Argentina. Otro contexto que permita esto es una crisis económica disciplinadora de efectos devastadores. Por ejemplo, la hiperinflación argentina de 1989 es la que abrió paso al menemismo. Pero si bien hay un estancamiento económico, la crisis inflacional tampoco llegó a esa magnitud en Argentina.

Tal vez el proceso argentino se parezca un poco más a la crisis de la izquierda en los años 80 en Europa. ¿En qué sentido? Se combinaron varios aspectos de un estancamiento económico muy prolongado, que se extendió por 15 años. Un chico que tiene 25 años no vio crecer al país en su tiempo de conciencia política. Esto tiene un efecto objetivo, limita la capacidad de acción colectiva. En el largo plazo, aumenta el desempleo, o mejor dicho en este caso, el pluriempleo, y crea desmoralización. Eso fue limitando la capacidad de movilización. A eso yo le agregaría dos factores. Uno es la dimensión de la crisis económica: muchos años de inflación muy alta y muy agotadora.

Hay una frase de Perry Anderson, el famoso historiador inglés, que pronuncia en Argentina en 1992, analizando los planes de estabilización en América Latina. Dice: la hiperinflación es el equivalente funcional a una dictadura militar en su capacidad para disciplinar a la sociedad y aplicar políticas antipopulares por medios no coercitivos. Estoy citando de memoria, pero creo que más o menos así es la frase. Si bien en Argentina no hubo una hiperinflación en sentido estricto, como la hubo en 1989 y 1991, sí hubo una larga y agotadora crisis inflacionaria que tuvo efectos disciplinantes.

El otro factor que explica esta derrota social es el efecto devastador que tuvo el gobierno del Frente de Todos, que impulsó un gran desprestigio de todas las ideas asociadas no sólo al peronismo, sino al progresismo en general: la distribución del ingreso, la intervención del Estado en la economía, la movilización social. Fue un gobierno que dejó indicadores sociales peores que el gobierno de derecha anterior, pero en nombre del Estado presente y de una política progresista. Eso generó un impacto muy negativo.

Por esos tres factores –el estancamiento, la crisis inflacionaria y el efecto negativo del gobierno de Frente de Todos– creo que se explican las condiciones para la radicalización derechista y autoritaria de un sector de la sociedad que se politiza en un sentido autoritario.

¿Se dio una politización?

Milei no fue un voto bronca, de gente que estaba enojada y agarró la primera papeleta que encontró, del tipo que gritaba más fuerte. Expresó un fenómeno ideológico. Hay estudios empíricos serios que muestran que para cuando se inicia la presidencia de Milei, una parte muy importante de su electorado coincidía en la idea de que había que hacer un gran esfuerzo económico de corto plazo para tener una retribución, para poder salir de la crisis. Es una situación bastante excepcional en la que la gente está dispuesta a soportar un deterioro de su vida material.

Ahora, saltemos dos años [hasta las legislativas de octubre]. En un contexto de dos años de retroceso de los ingresos, un ajuste brutal que no da beneficios económicos más que la moderación de la inflación, ¿cómo puede ser que Milei tenga una victoria tan rutilante?

Más aún si le sumamos los fenómenos de corrupción, ante los cuales las sociedades en general son muy ambiguas en su tolerancia. Si la cosa marcha bien, sobre todo en lo económico, puede ser completamente prescindente. Pero cuando se combinan ajuste y corrupción, se ve como un doble agravio que potencia el malestar social. Entonces muchos pensamos que Milei iba a acusar un golpe electoral fruto de todo esto, y, sin embargo, no ocurrió.

Yo creo que responde a dos tipos de razones. Unas son las razones estructurales que te mencionaba antes, y luego, hay que sumarles razones coyunturales. Las principales creo que son dos. Una es que Milei logró movilizar el temor antikirchnerista o antiperonista, porque la elección del 7 de setiembre en la provincia de Buenos Aires, donde el kirchnerismo había ganado por mucho, removilizó un sector del votante que estaba desmoralizado, pero que estaba dispuesto a ir a votar de vuelta a Milei con tal de que no volviera el kirchnerismo. Un segundo elemento es la crisis económica, el retorno a las tensiones cambiarias previo a la elección, que dio una sensación de crisis mayúscula. Y de hecho lo era, se estaba incubando una crisis mayúscula, y el rescate de [el presidente estadounidense, Donald] Trump, que puso un límite a eso, generó en un sector de la sociedad la sensación de que si Milei perdía se iba a una crisis catastrófica. Fue un voto defensivo frente a esa posible catástrofe. Yo creo que estos dos factores coyunturales, y los anteriores factores estructurales, explican este resultado electoral, que es casi una excepcionalidad sociológica. Es difícil registrar que con tal deterioro de la vida material el gobierno sea recompensado con un respaldo electoral. Creo que esto es una explicación posible.

En alguna ocasión has cuestionado el debate sobre si ciertos gobernantes o dirigentes actuales son o no fascistas. Esto pasa con Milei y también con otros gobiernos de ultraderecha. ¿Podrías desarrollar eso, hasta qué punto es aplicable el término y en qué medida puede bloquear el debate?

Yo creo que, como decía alguien recientemente, dejaría descansar un poco el debate sobre el fascismo para dirigirnos más a la especificidad de este tipo de autoritarismo que estamos viendo. No es que no le vea utilidad a la comparación con el fascismo, ni tampoco pienso que estamos exentos de una radicalización neofascista. No creo que ni en Argentina ni en el mundo se pueda descartar esa hipótesis, pero las analogías históricas a veces tienen el problema de que enfatizan las similitudes e invisibilizan las diferencias.

Creo que, a diferencia del fascismo histórico, la extrema derecha actual asume otra forma, su proyecto es diferente, su utopía política es diferente. Es más la Hungría de [Viktor] Orbán de los últimos años y menos la Italia en los años 20. No veo por el momento mucho espacio histórico para partidos únicos o para estados totalitarios corporativos como fueron Italia y Alemania en los 20 y los 30, pero sí para una forma de gobierno que combina autoritarismo y democracia en dosis variables. Eso es lo que vemos en lo que Orbán mismo llama “democracia iliberal”, que es el régimen político que él supuestamente desarrolló en Hungría, que consiste en una cierta conservación de los mecanismos formales de la democracia electoral, hay elecciones periódicas, hay pluripartidismo, etcétera, pero hay también un vaciamiento interno de la sustancia democrática real, por ejemplo, por medio de la persecución política, judicial, y a veces directamente por la manipulación de las elecciones. De este modo puede convivir un régimen político que se endureció en un sentido autoritario con ciertos mecanismos de la democracia liberal. Si tuviera que describir cuál es el proyecto de Milei, de Trump, de la extrema derecha actual, se parecen más a eso que a los años 20 en Italia.

Creo que el debate sobre el fascismo corre un riesgo: o bien se le dice fascismo a cualquier forma de política reaccionaria y eso hace perder especificidad, o si concluimos que algo no es fascismo con todos sus rasgos, pensamos que es democracia liberal. Una alternativa tan rígida de democracia liberal y fascismo pierde de vista las características específicas que tiene el autoritarismo en este momento, que el “orbanismo” condensa bastante nítidamente.

En este momento se está dando ese avance de la ultraderecha en varios países, y a la vez surgen fenómenos como el de Zohran Mamdani o quizás el de Jeremy Corbyn, y hay algún caso más.

[Jean-Luc] Mélenchon en Francia.

¿Ves alguna expectativa en esto, la posibilidad de que se expandan, o son muy puntuales o excepcionales?

Yo diría dos cosas. Muchas veces, cuando se ve la extrema derecha, y sobre todo cuando se la compara con los años 30, se piensa en un fenómeno de polarización. Es decir, hay fuga hacia los dos polos. Mucha gente analiza así la situación política actual. Entonces, por ejemplo, está el debate sobre si la rebeldía se volvió de derecha, como si hubiera una rebeldía políticamente vacua que podría ser disputada por la derecha o la izquierda. Yo creo que esto es un diagnóstico malo de la situación. Más bien lo que hay es una radicalización de la derecha y un campo social progresista muy golpeado, en una situación defensiva. Por otro lado, la extrema derecha, excepto en algunos países periféricos, no estabilizó su proyecto. No impuso una derrota catastrófica a sus adversarios. Con algunas excepciones: [Narendra] Modi en India, [Recep Tayyip] Erdoğan en Turquía, Orbán en Hungría, [Nayib] Bukele en Salvador, sí son gobiernos estabilizados y que concretaron un cambio de régimen político.

Ahora, Jair Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Trump en Estados Unidos, [Giorgia] Meloni en Italia son procesos todavía abiertos. Esto significa que hay un malestar social que todavía está en disputa y puede haber fenómenos de radicalización a la izquierda.

La gran tendencia que está politizando la izquierda, sobre todo en la sociedad europea y estadounidense, es la lucha contra el genocidio en Gaza. De esa tendencia Mamdani es una expresión: musulmán, pero que surge un poco bajo el impulso de esa lucha. También el partido que intentó impulsar Corbyn en Inglaterra sería otro ejemplo de una respuesta por izquierda a la crisis actual. Abramos un paréntesis para decir que su partido está con muchísimas dificultades por disputas internas, pero cerrando esa cuestión, parece navegar en el ciclo de movilización social abierto por la lucha contra el genocidio en Palestina.

Pero incluso antes había fenómenos. Mientras se mantenga abierta la situación no estabilizada, es un campo de disputa a la situación política. Y eso significa que hay fenómenos que pueden ir creciendo y ser un punto de apoyo para cambiar el signo de la etapa. Creo que hay fuerzas sociales para resistir a la extrema derecha, y acá me voy a referir a un aspecto de la estrategia de la extrema derecha que yo creo que visibiliza algo que puede mantenerse oculto. La extrema derecha tiene como estrategia la polarización. No es un recurso secundario, sino que galvaniza y homogeniza su base social en un combate permanente contra los inmigrantes, contra la izquierda, contra cualquier tipo de chivo expiatorio que encuentre. Pero esa estrategia de polarización, si bien constituye el campo propio, también tiende a constituir el campo ajeno, en el sentido de que no es una estrategia de mayorías, sino más bien es una estrategia de constituir una minoría robusta, que en un contexto de crisis general puede ser suficiente para gobernar. Pero eso está mostrando también que hay fuerzas sociales para dar la pelea. Entonces, Mamdani, Mélenchon en Francia, las luchas contra el genocidio en Gaza, etcétera, creo que está mostrando una situación que todavía está abierta.

Ante gobiernos de extrema derecha, ¿qué tipo de proyectos puede presentar la izquierda, qué respuesta puede dar?

Hay un discurso liberal convencional que diría: ante la extrema derecha lo que hay que hacer es girar al centro, aislar a la ultraderecha y construir una mayoría electoral sobre esa base. Ese tipo de discurso, que propone moderar las políticas, al punto de volverse casi indistinto del liberalismo convencional, puede tener alguna victoria electoral coyuntural pero a la larga termina fortaleciendo a las fuentes sociales de las cuales se nutre la extrema derecha. Un ejemplo claro es Joe Biden, derrotando a Trump [en 2020], pero permitiendo que por las limitaciones de su gobierno vuelva fortalecido posteriormente.

Creo que hay una doble tarea en este momento. Por un lado, formular coaliciones sociales y políticas lo suficientemente competitivas como para derrotar tanto en el terreno social como en el terreno electoral a la extrema derecha, y por otro, la necesidad de reconstruir un proyecto de izquierda recogiendo reivindicaciones económicas universales. Esto, por ejemplo, es muy claro en Mamdani y antes en Bernie Sanders. ¿Cuál es la consigna de Sanders, su caballito de batalla? Expandir la cobertura médica, algo que toca a todo el mundo. En Mamdani fue la discusión sobre la asequibilidad de Nueva York. Sobre la base de recuperar un programa de reivindicaciones universales, creo que puede empezar a reconstruirse un proyecto de izquierda que pueda ser una alternativa estratégica y no coyuntural a la extrema derecha, lo cual es una tarea que va a demandar un tiempo, de mediano o largo plazo.

¿Tanto Sanders como Mamdani son fenómenos muy acotados o te parece que pueden generar un proyecto para Estados Unidos?

Sanders no fue tan acotado. Dos veces compitió en las primarias nacionales demócratas con muchísima fuerza. Contra todo el establishment demócrata hizo dos elecciones muy dignas. Y con Mamdani se consolida la idea de que la oposición a Trump es la izquierda y no el Partido Demócrata. La oposición a Trump es Bernie Sanders, es Alexandria Ocasio Cortez y es Zohran Mamdani, y no el centrismo convencional. Así que yo creo que ahí anuda una oposición política nacional posible para Estados Unidos.

En el caso de Argentina, ¿se puede visualizar que el peronismo vuelva a ser a corto plazo un proyecto que aglutine la mayoría de los votos? ¿Qué expectativas hay de una alternativa para Milei?

Diría dos cosas en direcciones contrarias. Por un lado, el peronismo está en una crisis que es posiblemente la peor de su historia. Si se ven los indicadores electorales, hay una tendencia a la contracción. Eso tiene razones constitucionales, pero también estructurales. Es la crisis del sujeto social del peronismo. Por ejemplo, el peronismo tuvo su base en la clase trabajadora formal, en los sindicatos. Hoy hay una tendencia a la dualización de la fuerza de trabajo entre un sector formal y otro informal. O una gran heterogeneidad, porque lo que llamamos “informalidad” agrupa fenómenos muy diferentes. Ese cambio está afectando al peronismo y está erosionando su base. Por otro lado, el peronismo sigue siendo la primera fuerza de oposición a Milei. Y si la utopía movilizada del próximo ciclo va a ser cómo derrotar a Milei, el peronismo en algún momento va a tener que cumplir un papel. En un sentido similar al que cumplió [Luiz Inácio] Lula da Silva en Brasil. La crisis del PT era muy grave, Lula estaba preso, y, sin embargo, fue irremplazable. No me imagino que en un proceso de dos años, o seis incluso, si hubiera una reelección de Milei, haya una fuerza política que reemplace al peronismo en Argentina.

La crisis es muy seria, pero el peronismo tiene mucha resiliencia, todavía mantiene una presencia en los sectores populares muy relevante. Ahora, el riesgo que tiene el peronismo es adaptarse al clima derechista. Puede seguir el curso que representa Mamdani: tomar reivindicaciones de reformas significativas para la clase trabajadora y con eso salir a disputarle a la extrema derecha. Pero no podemos descartar que la hipótesis que desarrolle el peronismo sea la inversa. Esto sería tomar buena parte del programa de la derecha y de la extrema derecha de una forma más convencional; es un riesgo serio. Recordemos que el peronismo ha tenido muchísimas caras: el peronismo clásico de [Juan Domingo] Perón, la resistencia peronista de los años 50, el giro revolucionario y guerrillero en los años 70, pero también la tercera presidencia de Perón, la extrema derecha de la Triple A, [Carlos] Menem en los años 90, que fue un peronismo neoliberal, es decir, es un partido muy complejo con una capacidad adaptativa enorme.

En la disputa entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof, ¿vislumbrás una salida mejor que la otra?

Es muy difícil darle a esa disputa un contenido programático. Es muy difícil. Me parece más bien una disputa entre una vieja jefa política que no quiere resignar su papel y un aspirante al liderazgo que necesita matar a su madre, digamos. Posiblemente en Kicillof esté la hipótesis de que si quiere ser candidato y presidente no puede quedar en el mismo lugar que Alberto Fernández, como una especie de figura de segundo orden, subordinada todavía políticamente a la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Pero es difícil darle un contenido programático. Primero, porque programáticamente esa disputa todavía es muy ambigua.

Cristina escribe algunas cosas, con mucha ambigüedad, en las que a veces sugiere un curso de adaptación al nuevo clima político, a veces se coloca en una posición más combativa. Kicillof es un poco parecido. Entonces, parecería más disputa de aparatos y de liderazgo que una disputa programática. Eso tiene un efecto muy negativo, porque si una de las ventajas que tiene Milei es que no tiene nada enfrente, y si enfrente tiene un peronismo en crisis, que además está en una disputa interna, la posibilidad de ser competitivos y de ofrecer una alternativa que sea vista como socialmente deseable por la población se dificulta.

¿Ves algún otro elemento que haya que atender para entender qué esperar del gobierno argentino actual o de su continuidad?

Tal vez el vínculo con Estados Unidos. Lo que pasó con el rescate de Trump es un hecho bastante inédito. Si uno busca un antecedente, pensaría en la crisis del tequila y el rescate de Estados Unidos a México. Pero México era el principal socio comercial de Estados Unidos, en el contexto del Nafta, que se acababa de constituir, y en el marco de una crisis que se estaba extendiendo a nivel global.

En el caso de Argentina, el solo anuncio del rescate estabilizó la situación económica. La plata finalmente no fue necesaria. Una intervención de esta magnitud en la política doméstica de un país, que coloca al Tesoro estadounidense, como garante en última instancia del financiamiento, lo cual da una señal de que prestarle a Argentina es prestarle a Estados Unidos, es bastante inédito. Porque si el garante en última instancia es el Tesoro estadounidense, a quien le estás prestando es a Estados Unidos, no a Argentina.

Como una forma de resolver la inestabilidad crónica y los problemas de deuda, de restricciones del sector externo, etcétera, es un nivel de intervención en la política local que no tiene antecedentes, que puede estar mostrando una ofensiva extremadamente agresiva de Trump sobre la región. Puede ser un ejemplo más de esa política, que tiene el otro exponente clave en la ofensiva sobre Venezuela y la posibilidad de un ataque directo. Pero va a tener una cierta importancia determinar si el apoyo de Trump a Milei va a tomar la magnitud de un financista en última instancia a largo plazo o no. Eso no es claro. Incluso tiene problemas con el Congreso para ir a fondo en una política de ese tipo.

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