la diaria Medio Oriente

La Gran Mezquita, el 20 de octubre, en La Meca. Foto: s/d de autor, AFP

El devenir del reino saudí

Arabia Saudita ha estado en el centro informativo en los últimos meses, en particular desde la agresión estadounidense-israelí a Irán de fines de febrero, pues en su territorio se ubican varias de las bases utilizadas. Asimismo, los saudíes reiniciaron en julio su propio y antiguo conflicto con el gobierno rebelde yemení de Saná, que respondió contraatacando exitosamente aeropuertos, centros petroleros y oleoductos del reino.

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El origen del reino saudí

El actual reino saudí se fundó en setiembre de 1932, bajo el liderazgo de Abdulaziz bin Saud, conocido como Ibn Saud, de cuyo apellido deriva el término saudí. Una antigua alianza político-religiosa, reactivada indirectamente por Reino Unido, dio base a este proceso. A mediados del siglo XVIII, la familia Al Saud y el teólogo Muhammad ibn Abd al-Wahhab se aliaron para expandir el control territorial saudí, legitimado por el denominado wahabismo. Esos intentos precedentes de Estado saudí fueron destruidos por el Imperio otomano.

En 1902, Ibn Saud regresó de su exilio en Kuwait, capturó la ciudad de Riad e inició una campaña de 30 años para conquistar y unificar diferentes regiones de la península –en particular, donde se ubican las ciudades sagradas de La Meca y Medina– y expulsar a los otomanos y a dinastías rivales, como los hachemíes. Para eso, Ibn Saud se apoyó en tribus beduinas radicalizadas bajo la ideología wahabí y recibió apoyo financiero de Gran Bretaña. Luego firmó un tratado en el que se reconocería como reino a cambio de garantizar estabilidad a los británicos en sus rutas coloniales.

Oro bajo la arena

En 1938 se descubrieron gigantescas reservas de petróleo en el subsuelo saudí, lo que sentó las bases para la transformación económica del reino, que hasta ese momento dependía de la agricultura de subsistencia y de las peregrinaciones a La Meca.

En febrero de 1945, el rey Ibn Saud y el presidente estadounidense Franklin D Roosevelt firmaron el Pacto del USS Quincy a bordo del crucero estadounidense homónimo, estacionado en el canal de Suez, sellando una alianza estratégica que perdura hasta hoy. Se otorgaron derechos preferenciales para la exploración y extracción de petróleo a empresas estadounidenses, garantizando el suministro de combustible para las Fuerzas Armadas y la economía de Estados Unidos. A cambio, Estados Unidos se comprometió a defender la integridad territorial del reino y garantizar la supervivencia de la Casa de Saud (la familia real) frente a amenazas externas o internas. El pacto tenía una vigencia original de 60 años y, en 2005, bajo la administración de George W Bush, se prorrogó por otros 60 años. Este acuerdo estableció las bases estructurales del mercado energético global moderno, ligando el destino del petróleo saudí al dólar estadounidense y a la estrategia de seguridad nacional de Washington.

La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) se creó en 1960, y Arabia Saudita se convirtió rápidamente en su líder. Más tarde, durante la crisis de 1973, el reino utilizó el “oro negro” como arma geopolítica para determinar su precio e influir en Occidente. Tras ello, los masivos ingresos producidos por el petróleo financiaron grandes inversiones de infraestructura, al tiempo que el reino se consolidaba como un régimen autoritario absoluto con una aplicación muy estricta de la ley islámica (sharía).

Tribus y príncipes

El gobierno saudí reconoce oficialmente 18 tribus principales, que se dividen en cientos de clanes menores de carácter patriarcal. Estas redes constituyeron la base de la supervivencia, la identidad y la estructura de poder en la península. Aun con disputas entre ellas por los recursos, las tribus coexistían bajo un sistema de acuerdos y negociaciones. Cuando el rey Abdulaziz fundó el Estado, unificó estas facciones mediante alianzas matrimoniales políticas. El rey tuvo decenas de esposas y alrededor de 45 hijos varones, y estableció una sucesión agnaticia u horizontal que durante décadas pasó el trono de hermano a hermano entre sus hijos sobrevivientes. La Casa de Saud es una de las dinastías más numerosas y ricas del mundo. Cuenta con más de 15.000 miembros, pero el núcleo que ostenta el poder real y económico se reduce a unos 2.000 príncipes.

El wahabismo radical: base de Al Qaeda e ISIS

La revolución chiita en Irán de 1979 instauró una república teocrática que desafió abiertamente a las monarquías del Golfo, a las que acusó de corruptas, proccidentales e ilegítimas. La cuestionada monarquía saudí utilizó sus masivos ingresos petroleros para exportar su doctrina puritana, el wahabismo, con el objetivo de frenar la influencia iraní. Se estima que entre 1980 y principios de la década de 2000, Arabia Saudita invirtió entre 75.000 y 100.000 millones de dólares en esa campaña, financiando miles de mezquitas, centros culturales y madrazas en todos los continentes, además de distribuir millones de ejemplares del Corán y libros de texto wahabíes con una visión estrictamente puritana e intolerante hacia otras ramas, como el chiismo y el sufismo (corriente mística y espiritual).

Precisamente de esta corriente islámica ultraconservadora derivarían las versiones aún más ultras, como Al Qaeda e ISIS (Estado Islámico). Sin embargo, existe una diferencia clave: para el wahabismo oficial saudí, la violencia o la yihad armada solo pueden ser declaradas legítimamente por el rey o el jefe de Estado –lo que es utilizado para la represión interna–, mientras que para Al Qaeda e ISIS la yihad no requiere la aprobación de ningún Estado (menos aún del que consideran el “corrupto régimen saudí”) y es un deber individual y obligatorio de cada musulmán.

Mohamed bin Salman, el mandamás saudí y su prontuario

Las duras críticas internacionales por la falta de derechos humanos y por la exportación global del wahabismo radical, especialmente tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, aislaron a la monarquía a inicios del siglo XXI. El rey actual es Salman bin Abdulaziz; tiene 90 años y en la práctica casi no se lo ve públicamente. En este contexto ocurrió el ascenso fulminante y violento del príncipe Mohammed bin Salman, séptimo hijo del monarca y conocido como MBS. Veamos ejemplos.

La purga del heredero original

En junio de 2017, Muhammad bin Naif, entonces príncipe heredero y primo de MBS, fue convocado al palacio real, retenido y presionado durante horas para que renunciara a sus derechos al trono. Finalmente, cedió y MBS asumió el cargo de príncipe heredero. Bin Naif fue despojado de sus puestos oficiales –incluido el estratégico Ministerio del Interior– y sometido a un arresto domiciliario que en 2020 pasó a ser definitivo bajo la acusación de traición. Hasta ese momento, Bin Naif fue considerado durante años el aliado más cercano y confiable de la CIA y de Estados Unidos en el mundo árabe; de hecho, en febrero de 2017, meses antes de ser derrocado, el director de la CIA viajó a Riad para otorgarle la medalla George Tenet por su desempeño en operaciones contraterroristas. MBS lo percibe como la principal amenaza interna a su legitimidad; actualmente se encuentra totalmente aislado y se desconoce su ubicación.

El secuestro en el Ritz-Carlton

En la noche del 4 de noviembre de 2017, decenas de príncipes, ministros, magnates y altos funcionarios fueron convocados a reuniones oficiales urgentes en Riad. El lujoso hotel Ritz-Carlton fue desalojado por completo y transformado en una prisión de máxima seguridad de cinco estrellas. A los invitados se les confiscaron sus teléfonos, se les prohibió el contacto exterior y fueron distribuidos en habitaciones. Un comité anticorrupción recién creado, liderado por el propio MBS, dirigió los interrogatorios. Esta operación buscaba dos cosas: primero, eliminar cualquier oposición interna dentro de la familia real que desafiara el ascenso de MBS tras haber desplazado a su primo meses antes; segundo, ante el enorme déficit fiscal provocado por la caída del precio del petróleo, recaudar activos para financiar su plan de modernización económica, denominado Visión 2030. Príncipes multimillonarios y jefes de seguridad fueron obligados a entregar miles de millones de dólares en activos y a prometer lealtad absoluta para ser liberados. Investigaciones posteriores confirmaron que varios de los detenidos fueron torturados e incluso un alto general murió bajo custodia. Al concluir la operación, nominada de anticorrupción, el gobierno saudí anunció la recuperación de más de 106.000 millones de dólares.

Un periodista descuartizado

Jamal Khashoggi era un influyente periodista y escritor saudí, que incluso había trabajado muy cerca de la Casa de Saud. Sin embargo, tras el meteórico ascenso de MBS en 2017 y la subsecuente oleada de represión contra intelectuales y activistas, Khashoggi optó por exiliarse en Estados Unidos, donde se convirtió en columnista de The Washington Post. Desde ese medio criticó las políticas autoritarias de MBS y la intervención militar en Yemen. Como Khashoggi planeaba casarse nuevamente, necesitaba un certificado de su previo divorcio en Riad. Al solicitarlo fue derivado al consulado saudí en Turquía. El 2 de octubre de 2018 acudió a su cita, ingresó al consulado y su prometida quedó afuera. Nunca salió del edificio. Dado que los servicios secretos turcos habían intervenido el consulado con dispositivos ocultos, se pudo saber lo ocurrido. Un comando de inteligencia saudí, que incluía un médico forense, había arribado a Turquía previamente y se encontraba en el consulado. De acuerdo con las grabaciones obtenidas, el periodista fue asfixiado, luego descuartizado y sacado del consulado en bolsas.

Inicialmente el gobierno de Arabia Saudita negó cualquier implicación, pero luego fue cambiando su versión hasta que, finalmente, ante las pruebas filtradas por Turquía, terminó admitiendo que fue un asesinato como parte de una “operación no autorizada”. Para la CIA, con un “alto grado de certeza”, fue MBS quien ordenó personalmente el asesinato. Una investigación independiente de la ONU calificó el hecho de “ejecución extrajudicial del Estado saudí” y señaló que había pruebas creíbles para investigar formalmente la responsabilidad de MBS.

El crimen congeló temporalmente las relaciones de Occidente con Arabia Saudita. Sin embargo, poco después el rol del reino en términos geopolíticos y energéticos se impuso: el presidente estadounidense Joe Biden y otros líderes restablecieron el diálogo con MBS. En 2022, el gobierno de Estados Unidos le concedió formalmente inmunidad soberana frente a las demandas civiles interpuestas por la prometida de Khashoggi.

La modernización: Visión 2030

Visión 2030 es un ambicioso plan impulsado por MBS en 2016 que tiene como objetivos reducir la dependencia del país del petróleo, promoviendo otros sectores productivos y el desarrollo tecnológico, así como la concreción de planes fantásticos. Por ejemplo, una megaciudad (Neom) que incluya una estructura urbana lineal y vertical sin automóviles (The Line), con una extensión original de 170 kilómetros de longitud, o estaciones de esquí en montañas provistas de producción industrial de nieve artificial. Los recursos financieros para esas propuestas derivan de un fondo soberano constituido con cientos de miles de millones derivados de la exportación de hidrocarburos. Junto con esas propuestas, y con el objetivo de obtener adhesiones sociales –particularmente entre los jóvenes– y cambios en la percepción internacional del reino, se concretaron modernizaciones culturales: se habilitaron cines, conciertos y espectáculos, así como ciertas reformas, por ejemplo, poner fin a la prohibición de que las mujeres condujeran e incentivar su integración en la fuerza laboral.

El futuro saudí en el nuevo contexto

Diez años después, y a cuatro de 2030, varios de los proyectos han sido reformulados, recortados parcialmente o incluso descartados, no necesariamente por temas financieros. Otras propuestas, como la organización del Mundial de Fútbol de 2034, han cobrado relevancia y ocupan un lugar prioritario.

El objetivo implícito de blanquear internacionalmente la realidad del país es claro y reconocido en voz baja, aunque eso signifique convalidar un régimen de centralización autoritaria absoluta en una persona que no ha tenido reparo alguno en ejercer la violencia directa en sus disputas por el poder. La crisis energética global, la situación regional que ahuyenta a inversores, el fracaso de la “acción bélica corta” contra Irán y la respuesta no suficientemente ponderada de los rebeldes hutíes yemenitas vienen provocando un evidente impacto en la situación económica (el FMI pronostica una caída del 3,3% del PIB) y la estabilidad interna saudí. Los análisis sobre el futuro de la Casa de Saud están divididos. Mientras los organismos internacionales prevén que el reino mantendrá su resiliencia estructural, diversos analistas económicos y geopolíticos advierten que la acumulación de estas crisis debilitará al gobierno saudí de manera irreversible en el corto plazo, socavando en particular la legitimidad y el liderazgo del príncipe heredero MBS.

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