Abelardo de la Espriella, del movimiento Salvadores de la Patria, detrás de un vidrio a prueba de balas, el 9 de junio, en un acto de campaña en Cartagena, Colombia.

Foto: Manuel Pedraza, AFP

El verdadero partido de Colombia se juega el domingo

Entre el Mundial y las urnas.

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No soy colombiana, tampoco fanática del fútbol. Sin embargo, cuando el candidato Iván Cepeda destinó tiempo de su conferencia en el día posterior a las elecciones para referirse al uso de la camiseta de la selección, con fines electorales, por parte de su contrincante, supe que aquello era un error.

Concluí que se equivocaba en darle trascendencia a ese elemento cuando estaban en juego asuntos tanto más importantes. También consideré que haría crecer a su opositor.

En lo primero fallé y, por eso mismo, acerté en lo segundo. Con lo relevante que es el fútbol en algunas sociedades latinoamericanas, criticar a su contendiente por utilizarla solo le permitiría erigirse como representante de todo un país.

Un abogado presentó una demanda para que se le prohibiera su uso. Un juez falló a su favor, pero el abogado, contra todos sus principios, tuvo que retirarla. Lo hizo con la valentía de informar a la ciudadanía que su decisión respondía a las amenazas que él y su familia recibieron por parte de la extrema derecha. Desde entonces, el ultraderechista solo ha exacerbado el uso de ese símbolo. Ha llamado a su “manada” a utilizarlo.

Los cimientos de la construcción del candidato son los que rigen la cultura machista del fútbol. No es solo la camiseta. Es jactarse de cuánto ejercicio hace al día, mostrar sus brazos bien marcados como señal de fortaleza y virilidad. Son las letras y melodías de sus canciones de campaña las que equivalen a los cánticos de una hinchada: “Petro, decime qué se siente tener al tigre frente a vos”; “vamos, vamos, colombianos, contra Petro, por nuestra nación”. Es la retórica contra el “enemigo acérrimo”, en su caso la izquierda, la misma de los hinchas contra su rival.

Como si los vínculos entre fútbol y política fueran pocos, las elecciones en Colombia y los mundiales, ambos cada cuatro años, suelen coincidir. Sin ir muy lejos, en 2018, la segunda vuelta ocurrió tres días después de empezado el campeonato, pero nunca fue la disputa por la camiseta un elemento tan central como ahora.

Una bogotana me dijo días atrás que no se pondría un buzo con la bandera colombiana para que no la confundieran con los electores del candidato de la extrema derecha internacional. Si la encontrara hoy, con certeza, no tendría claro si ponérselo o no, porque, aunque Cepeda no usa la camiseta, su entorno se vistió con ella en clara respuesta a la estrategia de su contrincante. Uno de los últimos spots de su candidatura toma como eje discursivo, precisamente, la competencia futbolística.

“La patria es un concepto nuestro, no de los llamados defensores de la patria, que son los traidores de la patria”, dijo el candidato izquierdista en su acto final. En este momento, la derecha resume o disuelve la patria en una disputa deportiva, escondiendo las decisiones sustantivas para una nación.

El discurso del ultraderechista se sustenta en “derrotar y destripar” al otro, como si en Colombia no se hubiese derramado ya demasiada sangre, como si no se matara por el fútbol, como tristemente nos ha sucedido también en otros países. Tamaño odio me remite al asesinato de Andrés Escobar, el joven colombiano de 27 años que cometió el pecado de hacer un gol en contra en el Mundial 1994. La muerte lo esperaba a su vuelta, un veinteañero asesinado al retornar a su patria. Paradójicamente, ese fue un partido contra Estados Unidos jugado en Los Ángeles. No se le perdonó que su país perdiera ante la potencia del norte.

Hace tres semanas, en cambio, diez millones de colombianos dieron su voto a un candidato con ciudadanía estadounidense, que juró defender esa nación renunciando “completamente a toda lealtad y fidelidad a cualquier Estado” del que hubiese sido, hasta entonces, “súbdito o ciudadano”. No es solo la nacionalidad. Es la importación de un discurso belicista, la réplica del fin de las políticas ambientales, el retorno al fracking. Es la subordinación a una política de seguridad celebrada por la derecha regional, que responde a lógicas extranjeras y no a intereses nacionales.

Hoy la selección colombiana compite contra Uzbekistán, pero el verdadero partido, contra el auténtico adversario –que no es, al menos no solo, el empresario Abelardo de la Espriella–, lo pueden jugar 41 millones de colombianos el domingo.

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