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Frontera entre los Altos del Golán y Siria, el 9 de abril.

Foto: Ilia Yefimovich, AFP

Colombia e Israel: la cínica diplomacia del desastre

Bajo el manto de la respuesta al terremoto, el presidente colombiano Abelardo de la Espriella revirtió de manera drástica la postura de Colombia hacia Israel, al reconocer los controvertidos reclamos israelíes sobre los Altos del Golán ocupados.

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En la mañana del 10 de agosto, un poderoso terremoto de magnitud 7,4 sacudió el oeste de Colombia, dejando cerca de 300 muertos, 4.000 heridos y, según el último conteo, potencialmente miles de desaparecidos más. La crisis representó una prueba temprana para el nuevo presidente de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, quien había asumido días antes. Pocas horas después del sismo, mientras los colombianos aún yacían bajo los escombros de edificios destruidos, el gobierno publicó un extenso comunicado en el que reconocía la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, un territorio sirio ocupado ilegalmente por ese país desde 1967. El comunicado, que desató una crisis diplomática con los Estados árabes, ubicó a Colombia junto con Estados Unidos como el único otro país del mundo en reconocer el reclamo de Israel sobre ese territorio.

Si bien el gobierno colombiano fue justamente criticado tanto puertas adentro como en el exterior por el momento elegido para su anuncio, este no fue casual. Aunque el deseo de De la Espriella de profundizar los lazos con Israel es anterior al terremoto, los movimientos de la nueva administración desde el desastre demuestran que planea utilizar la crisis para justificar su mayor acercamiento con el país de Medio Oriente. Esta dinámica ya se dio en Venezuela, donde la provisión de ayuda humanitaria por parte de Israel tras los mortíferos terremotos allanó el camino para el restablecimiento de las relaciones consulares entre los antiguos enemigos.

El acercamiento entre Colombia e Israel resulta especialmente difícil de digerir dado el rol reciente del primer país como líder del movimiento global de solidaridad con Palestina bajo la presidencia de Gustavo Petro, predecesor de De la Espriella. No obstante, forma parte de una tendencia regional más amplia en la que los gobiernos de extrema derecha exhiben su lealtad a Israel o hacen gestos de acercamiento inmediatos hacia sus dirigentes apenas asumen el poder.

Diplomacia del desastre

El terremoto del 10 de agosto causó daños intensos en los departamentos de Chocó (el epicentro), Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y Caldas. Se cortó la energía eléctrica, se derrumbaron edificios y el saldo humano continúa en aumento. El gobierno, luchando para hacerle frente al caos, movilizó recursos estatales y se apoyó en las propias comunidades locales para gran parte del auxilio inmediato ante el desastre. Las primeras 72 horas se consideran esenciales en la respuesta a un terremoto para preservar la vida de los sobrevivientes atrapados, y sin embargo, le tomó tres días al Estado aceptar formalmente equipos internacionales de rescate. Cuando finalmente lo hizo, se limitó a colaborar únicamente con aliados de derecha: Estados Unidos, Ecuador, El Salvador e Israel.

Si bien este último caso podría resultar una sorpresa, es un papel familiar para los israelíes en la región. Durante décadas, el país ha brindado ayuda humanitaria y equipos de rescate tras desastres naturales. En años recientes, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y el Foro Israelí para la Ayuda Internacional (IsraAID) se desplegaron en Perú, México y Haití tras terremotos, así como en Brasil después del colapso de una represa en 2019.

Esta ayuda funciona como una forma de diplomacia del desastre que busca lavar la imagen de Israel en el escenario internacional, incluso mientras simultáneamente utiliza la ayuda humanitaria en Gaza como un arma de guerra contra los palestinos. Por estos medios, el Estado israelí busca mejorar las relaciones diplomáticas con países cuyos gobiernos alguna vez pudieron haber sido más críticos.

En la vecina Venezuela, la provisión de ayuda israelí tras los devastadores terremotos gemelos sentó las bases para el restablecimiento de sus vínculos consulares. Como informó recientemente Simón Rodríguez en Nacla, la misión de rescate de Israel fue enmarcada explícitamente por ambas partes como una forma de reiniciar los lazos diplomáticos que habían sido cortados bajo el gobierno de Hugo Chávez. Desde un principio, la presidenta interina, Delcy Rodríguez, expresó su esperanza de que la ayuda “abriera nuevos caminos y puertas” con “países con los que no tenemos relaciones diplomáticas”; el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu por su parte, agradeció al equipo de rescate israelí por “reconstruir ruinas y relaciones”.

En Venezuela, los mismos actores humanitarios que participaron de la misión desempeñaron un papel activo a la hora de justificar y luego perpetuar el genocidio en curso de Israel en Gaza. Como señala Rodríguez, ZAKA, una ONG fundada en la década de 1990 por un excomponente de una organización terrorista ultraortodoxa, estuvo presente en el terreno poco después de los terremotos. La organización, que se especializa en respuesta de emergencia y operaciones de rescate en Israel y en el exterior, fue una fuente primordial de muchos de los mitos que los medios estadounidenses utilizaron para justificar el genocidio en respuesta a los ataques del 7 de octubre, incluido el relato de los bebés decapitados. Yosef Garmon, su director para América Latina, publicó en una ocasión un video de sí mismo hablando en español desde las ruinas de Gaza, apelando al apoyo de los sionistas cristianos. En Caracas, se reunió con estudiantes universitarios, a quienes filmó uniéndose torpemente a él en un canto de “Am Yisrael Jai” (“El pueblo de Israel vive”).

ZAKA elogió el anuncio de que Israel y Venezuela restablecían formalmente las relaciones consulares. También se atribuyó su parte del mérito, señalando su misión como una parte esencial del proceso.

El manual venezolano en Colombia

Ya en el país, tras haber llegado a Bogotá horas antes, Garmon concedía entrevistas a la televisión israelí desde Colombia poco después de que el terremoto golpeara, en la mañana del lunes. Días antes, había estado en la ciudad de Cali, donde alguna vez se desempeñó como rabino, con motivo de la asunción presidencial de Abelardo de la Espriella.

De la Espriella definió el acercamiento con Israel como una prioridad. Antes de su asunción, había anunciado su intención de trasladar la embajada de Colombia a Jerusalén y de suspender la apertura prevista de una embajada en Ramala, además de reunirse con el canciller israelí Gideon Sa’ar. También anunció la creación de una comisión económica bilateral y una visita formal al país de una delegación colombiana en octubre.

Bajo el manto de la respuesta al terremoto, Colombia llevó su apoyo a Israel a nuevos niveles, incluido un comunicado en el que reconocía la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. De manera más sustantiva, el gobierno aprovechó el desastre natural para revocar dos decretos que habían prohibido la exportación de carbón colombiano a Israel. El plazo obligatorio de cinco días para presentar comentarios sobre la legislación propuesta comenzó al día siguiente del terremoto, cuando la atención estaba puesta en otro lado.

Estas acciones fueron cálidamente recibidas por el gobierno israelí. El martes, un día después del terremoto, el primer ministro Benjamin Netanyahu publicó un video agradeciendo a Colombia por su reconocimiento del reclamo israelí sobre los Altos del Golán, diciendo que así como el “pueblo está con los Altos del Golán”, hoy el “pueblo está con Colombia”. Al día siguiente, tras un pedido de De la Espriella, Netanyahu ordenó el envío de una misión humanitaria formal.

Israel fue uno de los pocos países a los que se les otorgó permiso para enviar un equipo de rescate, junto con Estados Unidos, Ecuador y El Salvador. Si bien el gobierno negó que estuviera en juego alguna consideración ideológica –alegando en cambio que esas misiones fueron las únicas que “cumplen con los protocolos internacionales”–, resulta claro que solo estaban dispuestos a aceptar la ayuda desesperadamente necesaria de sus aliados de derecha. El rechazo del gobierno a un equipo de élite de búsqueda y rescate proveniente de México –cuyo ingreso al país, según reveló la presidenta Claudia Sheinbaum, fue denegado– dejó en claro la politización de la ayuda.

La misión de ayuda formal de Israel complementará el trabajo de ZAKA, que ya se encuentra sobre el terreno en ciudades afectadas como Cali y Pereira. Tal como hicieron en Venezuela, los israelíes ya están compartiendo con los medios historias sobre la recepción positiva que están teniendo por parte de los ciudadanos colombianos. Un empresario israelí que también había asistido a la asunción de De la Espriella relató que colombianos se le acercaban para pedirle su bendición tras los terremotos. Fue “lo opuesto al odio”, dijo. Los políticos colombianos de derecha también elogian públicamente a organizaciones israelíes como ZAKA, destacando sus proezas tecnológicas y el aporte esencial que harán a las tareas de recuperación.

La ayuda israelí bien puede ser un componente esencial para salvar vidas en una situación que sigue siendo peligrosa; hay personas que continúan atrapadas bajo los edificios, y la ventana para encontrar sobrevivientes entre los escombros prácticamente se ha cerrado. Del mismo modo, para muchos colombianos, la creencia en la destreza tecnológica de Israel probablemente sea apolítica, una respuesta a una situación cada vez más grave. Sin embargo, el rechazo del gobierno a misiones de rescate extranjeras como la de los brigadistas mexicanos –una fuerza con mucha más experiencia en operaciones posteriores a terremotos– sin duda derivará en muertes innecesarias.

La atención del gobierno colombiano a las cuestiones israelíes ha contrastado marcadamente con la coordinación de sus propios esfuerzos de rescate.

Una tendencia regional

Bajo Gustavo Petro, Colombia fue un líder global en la lucha por hacer responsable a Israel de sus crímenes genocidas. Petro cortó las relaciones diplomáticas y prohibió la exportación de carbón a Israel. Su franca defensa de la causa palestina también lo colocó firmemente en la mira de la administración Trump, que en un momento le revocó la visa estadounidense por sus críticas.

Aunque llegó más lejos que cualquier otro líder de la región, Petro no estuvo solo en criticar el genocidio de Israel. En ese momento, los líderes de Bolivia, Chile y Honduras hicieron lo mismo, a menudo uniendo fuerzas en organizaciones como el Grupo de La Haya, dedicado a buscar formas de hacer que Israel rinda cuentas. América Latina estuvo a la vanguardia del movimiento de solidaridad con Palestina: además de sus líderes de voz firme, los estudiantes encabezaron acampes de solidaridad, los sindicatos lanzaron campañas innovadoras para boicotear productos israelíes y los grupos indígenas vieron sus propias luchas reflejadas en la difícil situación de los palestinos.

No obstante, en el último año, una serie de triunfos electorales de derecha cambiaron drásticamente el panorama, a medida que estos nuevos líderes revirtieron rápidamente cualquier política pro-Palestina. En el último año, presidentes recién electos como Rodrigo Paz en Bolivia, el ultraderechista José Antonio Kast en Chile y Nasry Asfura en Honduras (quien, casualmente, es de ascendencia palestina) reabrieron o fortalecieron activamente sus vínculos con Israel desde que asumieron el poder.

Un año antes, con el gobierno israelí cada vez más aislado en el plano global, este volcó su atención hacia América Latina, y sus esfuerzos parecen estar dando resultado. A fines del año pasado, el canciller israelí Gideon Sa’ar declaró que 2026 sería el “año de América Latina” para Israel. Desde entonces, ha trabajado para hacer realidad ese sueño, reuniéndose con cancilleres aliados y visitando la región en persona.

En los casos de Venezuela y Colombia, la ayuda ante desastres naturales le proporcionó al Estado israelí un vehículo para conectar directamente con las poblaciones locales. También permitió que estos gobiernos legitimaran sus acercamientos a un Estado ampliamente denunciado por la mayoría de la población.

Las misiones de ayuda exterior desde hace tiempo se entienden como una extensión de la diplomacia. Sin embargo, una ayuda impulsada principalmente por objetivos políticos antes que humanitarios –ejemplificada por el rechazo de la administración colombiana a las misiones de rescate provenientes de países no alineados y por el encuadre que hace Israel de la ayuda humanitaria como un vehículo para alcanzar objetivos geopolíticos y asegurar el acceso a recursos– no hace más que reflejar la aversión de los líderes de derecha a la cooperación diplomática en favor del transaccionalismo.

Este artículo fue publicado originalmente por Jacobin.

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