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Tayyip Erdogan, Mohammed bin Salman yShehbaz Sharif, el 7 de agosto,en Arabia
Saudita · Foto: Presidencia de Turquía

Tayyip Erdogan, Mohammed bin Salman yShehbaz Sharif, el 7 de agosto,en Arabia Saudita

Foto: Presidencia de Turquía

Los avances del multilateralismo y el Pacto de La Meca

El tratado rubricado por Arabia Saudita, Pakistán y Turquía en la ciudad de Mahoma habla de “defensa colectiva” y suma puntos al fin de la pax unipolar sostenida por Washington.

El 7 de agosto, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron un pacto militar que ha venido teniendo importante repercusión internacional. El denominado Acuerdo Conjunto de Defensa fue rubricado por el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, y el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, en La Meca, lo que le dio una particular simbología. Como sabemos, esa ciudad es el lugar más sagrado del islam porque allí nació el profeta Mahoma y se encuentra la Kaaba, dentro de la mezquita Masjid al-Haram, hacia donde todos los fieles orientan sus oraciones diarias.

Entre las definiciones incluidas en el documento se jerarquiza la referida a “defensa colectiva”, es decir, considerar cualquier ataque armado contra alguno de los firmantes como un ataque contra todos. El acuerdo deja sin definir, al menos públicamente, el procedimiento operativo, es decir, qué asistencia está obligada a dar cada país. La Secretaría General Permanente estará ubicada en Arabia Saudita, habrá comités de ministros, político y militar independientes que estructurarán el intercambio de inteligencia, el planeamiento operativo conjunto, la transferencia tecnológica y la producción compartida de equipamiento de defensa.

En el acuerdo confluyen tres países que, en conjunto, tienen casi 400 millones de habitantes y una superficie de 3,8 millones de kilómetros cuadrados, lo que representa alrededor de un 80% de los valores correspondientes a toda la Unión Europea. Por su parte, la suma de los PIB es similar al de Francia. En términos militares sabemos que Pakistán cuenta con arsenal nuclear –si bien sus autoridades anunciaron que el pacto no involucra a esa tecnología– y que Turquía integra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y tiene el ejército más numeroso y preparado de la organización, luego del de Estados Unidos. Es su brazo más oriental y a la vez puente entre Europa y Asia. Arabia Saudita, el menos poblado de los tres y con pocas capacidades militares, tiene fortalezas económicas que pueden ser sostén financiero de la producción armamentista conjunta. El presidente Erdoğan y la diplomacia de los tres países han dejado claro que el acuerdo incluye una directriz de apertura: el bloque está abierto a la adhesión de otros países de la región que compartan los mismos objetivos de estabilidad. El principal candidato para la expansión es Egipto.

Para la mayoría de los analistas este nuevo pacto militar expresa la nueva realidad mundial, en la que el multilateralismo va emergiendo rápidamente frente a la decadencia de la pax unipolar estadounidense instalada desde los 90 del siglo pasado. Y que, en particular, se da en esta región del mundo por un conjunto de factores, entre ellos, el fracaso demostrado de la seguridad que, para ciertos países, Estados Unidos garantizaba. La veintena de bases de Estados Unidos diezmadas por las réplicas misilísticas iraníes son el preludio de una retirada militar del hegemón de la región, que, en la práctica, se iniciará el mes próximo en Irak.

¿Defensa frente a quién?

Los líderes destacaron el papel “disuasorio” y no ofensivo del pacto, que, insistieron, no se dirige “contra ningún país”. Ahora bien, aunque a priori no se defina un enemigo, entre los analistas la pregunta que surge refiere a de quién o quiénes deberían los pactantes eventualmente defenderse. Algunos rápidamente han postulado a Irán, dada la convergencia musulmana sunnita de los tres países firmantes y el devenir de la situación bélica en el golfo Pérsico. Es claro que Irán se consolida como un actor relevante tras la derrota estratégica sufrida por Estados Unidos. Ninguno de los anunciados propósitos del ataque del 28 de febrero se ha cumplido, y hoy los persas tienen, además, la llave del estrecho de Ormuz. Si bien los blancos de los iraníes han sido fundamentalmente las bases y contingentes militares de Estados Unidos instalados en los diversos países integrantes de Consejo de Cooperación del Golfo, incluida la propia Arabia Saudita, claramente preocupan esas acciones sobre sus vecinos. Sin embargo, no parece ser que el pacto esté direccionado contra Irán, por varios aspectos, entre ellos, las propias declaraciones públicas del canciller iraní y, sobre todo, el hecho de que se conociera que el canciller de Turquía había puesto al tanto a su homólogo de Irán de la inminente firma.

El ataque del 28 de febrero y la consecuente amplificación bélica a todo el golfo Pérsico ha sido un factor determinante en la concreción del nuevo acuerdo militar. Pero un dato nada menor ha sido conocer que los firmantes venían trabajando en la propuesta desde hace un año. Por tanto, resulta conveniente recordar algunos hechos acaecidos antes de esa fecha para dar contexto. En primer lugar, mencionar el anterior ataque estadounidense-israelí a Irán de junio pasado. Es decir, la llamada guerra de los 12 días que tomó por sorpresa a los iraníes y les provocó importantes bajas de militares y científicos cuando estaban en pleno proceso de negociación. Podemos agregar la eliminación de parte de la delegación de Hamas en Qatar del 7 de setiembre de 2025, que se encontraba reunida evaluando una propuesta de alto el fuego impulsada por Estados Unidos, mientras el país anfitrión oficiaba de mediador. Precisamente, una semana después, Arabia Saudita y Pakistán suscribieron un acuerdo bilateral de defensa recíproco, antecedente directo del actual Pacto de la Meca, ampliado ahora a Turquía. Recordemos, además, que desde febrero pasado distintos dirigentes israelíes, empezando por el ex primer ministro Naftali Bennett, y el propio informe de la Comisión Nagel de expertos en seguridad designada por el primer ministro Benjamin Netanyahu, vienen señalando que Turquía ha reemplazado a Irán como la principal amenaza estratégica de Israel.

El acuerdo no menciona a Israel, pero resulta llamativo que el ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, haya afirmado al día siguiente de su rúbrica que “el mundo islámico debe unirse para enfrentar la amenaza común que plantea Israel. Los países islámicos deben adoptar un enfoque coordinado para hacer frente a esta amenaza”.

Las repercusiones regionales y su ampliación

Hecho público el acuerdo, se generaron expectativas sobre los posicionamientos que los distintos países de la región podrían adoptar, ya sea de preocupación como, incluso, de potencial adhesión.

Trascendió que, en esta fase inicial, Arabia Saudita puso reparos al ingreso de Egipto, entre otros motivos, por la proximidad que tiene con Emiratos Árabes Unidos. Los saudíes tienen varias controversias con ellos y, por ejemplo, recientemente Emiratos Árabes Unidos se retiró de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Por el contrario, Turquía es un fuerte propulsor de la integración de Egipto, y el ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidán, aguarda que “Egipto sea un socio oficial y que el cuarteto continúe su labor”.

Como era de esperarse, Netanyahu y su Ministerio de Relaciones Exteriores han optado por mantener silencio oficial inmediato, pero los analistas de seguridad admiten que el pacto causa mucha inquietud en Tel Aviv ante el temor de una “OTAN musulmana”.

Por su parte, el canciller iraní, Abbas Araghchi, abogó por la unidad islámica a través de sus redes sociales y afirmó que cuando los musulmanes se mantienen unidos, “pueden enfrentar cualquier desafío de agentes externos maliciosos”, y que es momento de confiar en sus propias capacidades.

Según la cercanía o distancia histórica que se tenga con algunos de los tres firmantes, ha sido también el posicionamiento público adoptado o la reserva estratégica expresada por distintos países u organizaciones. Es el caso de Siria y Azerbaiyán con sus cercanos vínculos con Turquía, las preocupaciones de India y Afganistán por sus conflictos con Pakistán o el gobierno rebelde yemenita (hutíes) con su prolongado y reavivado enfrentamiento con Arabia Saudita.

Los rusos tienen vínculos con los tres actores. Cooperan con Arabia Saudita dentro de la OPEP+ para regular el mercado del petróleo, venden sistemas de defensa a Turquía e incrementan su relación histórica con Pakistán. En China se ve positivamente que Arabia Saudita busque alternativas de defensa fuera de la órbita de Washington, lo que consolida un mundo más multipolar, y Pakistán es el socio estratégico más cercano de China en el sur de Asia, conformando el centro del Corredor Económico China-Pakistán. Beijing valora sus relaciones energéticas y estratégicas con Teherán, por lo que cuidaría que el nuevo bloque sunnita no se convierta en una plataforma agresiva frente a Irán o afecte las rutas comerciales del golfo Pérsico.

Finalmente, Occidente empieza a asumir que países catalogados históricamente como “consumidores de seguridad” –dependientes del paraguas de Washington– buscan ahora convertirse en proveedores y gestores de su propia estabilidad regional mediante alianzas independientes. Si el ataque del 28 de febrero a Irán pretendía consolidar la hegemonía estadounidense y la posición estratégica de Israel, el resultado geopolítico está siendo diametralmente opuesto.