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Compra, conquista y olvido: la primera expansión de Estados Unidos fue gracias a Haití

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En momentos en que el presidente Donald Trump anuncia su intención de comprar o conquistar por la fuerza Groenlandia, sin haber renunciado a su pretensión de convertir a Canadá en el Estado número 51 de la Unión, vale la pena recordar la historia de la primera gran compra de territorio por parte de Estados Unidos. En 1803 James Monroe, enviado especial del presidente Thomas Jefferson a París, le compró la Luisiana por 15 millones de dólares a Napoléon… quien no tenía derecho a venderla.

Así llamada en honor al rey Luis XIV, la Luisiana abarcaba los actuales estados norteamericanos de Luisiana, Misisipi, Arkansas, Oklahoma, Missouri, Kansas, Nebraska, Iowa, Illinois, Indiana, Míchigan, Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte y Dakota del Sur. Durante el siglo XVIII y avanzando hacia el norte a partir de Nueva Orleans, los colonizadores franceses abrieron un corredor que buscaba unir el Golfo de México con su colonia del Quebec, sobre los Grandes Lagos. En 1763, tras la Guerra de los Siete Años, Francia cedió al imperio británico todo el territorio al este del río Misisipi, y a España los situados al oeste.

En 1800, ya consolidada la independencia de las 13 colonias británicas en América del Norte, Carlos IV de España y Napoleón Bonaparte firmaron un tratado secreto por el cual España devolvía a Francia la Luisiana, con la condición de que esta no podría ser cedida a su vez a ninguna otra potencia y que en el caso de que Francia deseara desprenderse de ella, debería reintegrarla a España.

Según el periodista e historiador argentino Gregorio Selser, “el argumento de Napoleón parecía convincente a Carlos IV: España no iba a estar por mucho tiempo en condiciones de resistir al empuje avasallador de su vecino de la América anglosajona: ni la amistad de las tribus indias, ni los apresurados colonos traídos de España eran barrera suficiente para resistir la marcha en dirección al Virreinato de Nueva España y sus incalculables riquezas. Con la Luisiana y las Floridas en manos francesas, quedaba establecida la valla tras la cual quedaría asegurada la intangibilidad del reino de México. Además, en compensación, Napoleón le ofrecía coronar a un Borbón de los de Carlos IV en un imaginario reino de Etruria, en la Toscana”.

El proyecto napoleónico incluía retomar, primero, el control sobre Haití, donde en 1791 los esclavos, liderados por Toussaint-Louverture, se rebelaron, abolieron la esclavitud y fundaron la primera república negra del mundo y la primera independencia latinoamericana. Para ello, en 1801, Napoleón restableció la esclavitud y envió a su cuñado, el general Charles Leclerc, a reconquistar la isla, al mando de 35.000 hombres. Pero el ejército francés fue diezmado por la heroica resistencia haitiana y la fiebre amarilla. Con decenas de miles de bajas, ya no pudo doblegar a Haití ni, menos aún, instalarse en la Luisiana para hacer efectivo el control.

Antes de conocer este desenlace, el presidente Jefferson envió al diplomático James Monroe a París con propuestas que Selser califica de “tímidas y temerosas”: Monroe podía ofrecer la compra de Nueva Orleans o un lugar adecuado en la desembocadura del Misisipi por 10 millones de dólares; si Napoleón no aceptaba, se debía obtener que este otorgara la libre y permanente navegación por el río; si tampoco esto era admitido por París, se debía quedar a la espera de nuevas instrucciones.

En momentos en que el presidente Donald Trump anuncia su intención de comprar o conquistar por la fuerza Groenlandia, vale la pena recordar la historia de la primera gran compra de territorio por parte de Estados Unidos.

Estas ofertas habían sido rechazadas por el ministro de Relaciones Exteriores, Charles de Talleyrand, pero apenas llegado Monroe a París, Napoleón, derrotado en Haití y necesitando dinero para la guerra contra Inglaterra, cambia de opinión y ofrece en venta, no ya el puerto de Nueva Orleans o el libre tránsito por el Misisipi, sino toda la Luisiana, por 60 millones de francos (15 millones de dólares).

“Casi sin salir de su estupor –narra Gregorio Selser en su monumental Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina–, el plenipotenciario Monroe demoró menos de tres semanas en suscribir con las autoridades francesas el tratado por el cual Estados Unidos se convertía en dueño y señor del inmenso territorio de la Luisiana”. ¡Con una operación inmobiliaria, Estados Unidos duplicó su territorio!

Pero no sólo no tenía Napoleón derecho a vender, sino que tampoco tenía Jefferson derecho a comprar, ya que la Constitución, que el propio Jefferson había corredactado, definía a la Unión como un contrato entre estados soberanos, con sus pueblos como titulares de esa soberanía. Sin embargo, los habitantes españoles, franceses, nativos o afrodescendientes de la Luisiana jamás fueron consultados. Jefferson despachó tropas para hacer efectiva la adquisición el 20 de diciembre de 1803. Y cuando esta se hubo consumado, negó a esos nuevos ciudadanos los derechos de que gozaban los restantes estadounidenses al gobierno propio, estatal o territorial, con el argumento de que “son todavía incapaces de gobernarse a sí mismos como los niños”. La expansión al Oeste fue muy barata en términos de dinero, pero muy cara para los ideales que Jefferson debió dejar por el camino, entre ellos, su propia afirmación de que “todos los hombres y todos los grupos de hombres sobre la tierra tienen derecho a ejercer el gobierno propio”.

Pocos años después, Monroe llegó a la presidencia, adquirió la Florida de España, a cambio de asegurar la soberanía hispano-mexicana de Texas, promovió una sociedad de colonización para llevar a África a los esclavos libertos, y puso su nombre a la doctrina de que los europeos no tienen derechos sobre el nuevo mundo, dejando por el camino la memoria de a quién le debe Estados Unidos esa idea y gran parte de su territorio: como dijo Henry Adams en su History of the United States, escrita antes de finalizar el siglo XIX, “sólo el prejuicio de raza ha cerrado los ojos del pueblo americano a la deuda de gratitud que tiene contraída con el desesperado coraje de 500.000 negros haitianos que se negaron a dejarse reducir de nuevo a la servidumbre”.

Roberto Bissio es coordinador de la red mundial Social Watch.

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