Opinión Ingresá
Opinión

“David estubo ak”

3 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

David, según la Biblia, fue el segundo rey de Israel, y su nombre en hebreo antiguo significa “amado”. Pero quizás lo más conocido de su historia es el tan mentado enfrentamiento con el gigante Goliat, que enseña cómo el débil y desvalido puede, con inteligencia y astucia, enfrentarse con éxito al poderoso.

Pero no es la intención de esta nota discurrir por la historia que reseña la Biblia, sino dar cuenta de una experiencia personal reciente y muy conmovedora.

Por la zona en la que realizo mis caminatas tempraneras no es habitual cruzarse con personas en situación de calle, cosa muy habitual en varias zonas de Montevideo. Esta realidad cada vez más dramática es un paisaje habitual para aquellos que vivimos o circulamos por la capital. El impacto sobre la convivencia es cada vez más notorio y genera primero preocupación, luego malhumor y parece que cada vez más indiferencia.

Como decía, en mi zona se han visto pocos casos de personas en situación de calle. Algunos han intentado instalar algún campamento en los montes de la angostura costera, pero son desalojados rápidamente por Prefectura, dado el riesgo de probables incendios que eventualmente provocaría cualquier imprudencia. Pero hubo una persona que durante varios días anduvo en la vuelta, con su bicicleta al costado. Conversaba en voz alta consigo mismo, y el color ocre de su piel denotaba años de abandono.

Hace unos días, en mi recorrido habitual, vi a esta persona parada en la ciclovía señalando con su dedo índice el suelo y murmurando cosas ininteligibles. Como otros, pasé por el costado, intentando no importunar, pero también evitando cualquier probable inconveniente. De regreso por el mismo camino, esta persona ya se había ido, por lo que me detuve a ver qué había en el suelo, y la pintada que descubrí me provocó un estremecimiento. Era un texto en pintura naranja que decía: “David estubo ak”.

Creo que lo primero que sentí fue tristeza, pero también un poco de vergüenza de que, frente al dolor y la soledad de una persona, lo que prevalezca sea la indiferencia.

En estos tiempos en que predominan el individualismo y el narcisismo por sobre lo colectivo y comunitario, resuena la afirmación de Ernesto Sabato de que a veces lo moderno es reaccionario y lo viejo, progresista.

La hospitalidad, según el diccionario de la Real Academia Española, es una virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, recogiéndoles y prestándoles la debida asistencia a sus necesidades. Recuerdo que era una palabra que se usaba frecuentemente en mi infancia, era muy habitual escucharla y practicarla en el interior del país, pero también en la mayoría de los barrios de la capital; todo esto me llevó a reflexionar que hace demasiado tiempo que no escucho esa palabra.

En estos tiempos en que predominan el individualismo y el narcisismo por sobre lo colectivo y comunitario, resuena la afirmación de Ernesto Sabato de que a veces lo moderno es reaccionario y lo viejo, progresista.

La hospitalidad, junto con otras virtudes, fue siempre reivindicada por las grandes religiones. Concepciones laicas como la de John Rawls defienden que la justicia es una idea política y no metafísica. Aristóteles estaba convencido de que lo que nos hace buenos, lo que nos convierte en mejores personas es reconocernos como seres sociales, como animales políticos, seres que dialogan y aprenden a convivir con sus semejantes. Por eso, para él era indistinto hablar del bien del individuo o del bien de la polis, porque la mejor vida para el individuo sólo es posible en la ciudad, entre los demás hombres.

Hay muchos David que andan reclamando, probablemente sin expresarlo, ser vistos, ser reconocidos como personas, que como todo ser humano pretenden dejar una huella, por pequeña que sea, en esta tierra.

El sentido de esta nota era más que nada compartir un hecho que provocó en mí la necesidad de contarlo y aprovechar para reflexionar en voz alta sobre alguna de las cosas que nos vienen pasando como sociedad.

Por otra parte, soy consciente de la complejidad del problema, de cómo afecta a los vecinos de varias ciudades del país que también ven distorsionada su vida cotidiana, y lejos está de mi intención proponer una visión naíf para abordarlo. Pero también estoy convencido de que no es un problema sólo del gobierno, más allá de que se pueda hacer mucho más de lo que se hace; es una realidad que de alguna manera deberemos, si queremos resolverla, abordarla entre todos.

En todo caso, seguir comprometidos con la construcción de un modelo de sociedad donde a la mesa siempre se pueda agregar otro plato. Para reconocer, en definitiva, que David estuvo acá.

Marcos Otheguy es integrante de Rumbo de Izquierda, Frente Amplio, y presidente del Banco de Seguros del Estado.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura