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Estar en el mundo, estar con otros en el mundo: a más de 50 años de la muerte de Hannah Arendt

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En su texto Infocracia (2022), Byun-Chul Han escribe: “El big data y la inteligencia artificial ponen al régimen de la información en condiciones de influir en nuestro comportamiento por debajo del umbral de la conciencia. El régimen de la información se apodera de esas capas prerreflexivas, instintivas y emotivas del comportamiento que van por delante de las acciones conscientes. Su psicopolítica basada en datos interviene en nuestro comportamiento sin que seamos conscientes de ello”. A partir de allí y con una visión crítica sobre la realidad en la que vivimos, el filósofo surcoreano describe muy acertadamente cómo en el régimen social en el que vivimos se ha pasado de un capitalismo industrial a un capitalismo de información en donde los sujetos se creen libres y donde el interés está en el dominio de la psique y no del cuerpo. Si bien el abordaje de estas afirmaciones supondría un ensayo en sí mismo, vale la pena señalar que una de las consecuencias –a mi entender la más importante de todas– es la pérdida de interés por los temas de relevancia social o común.

En el régimen de la información, sostiene el autor, se observa una fragmentación social en la que cada tribu lleva adelante sus propias prácticas sin que haya comunicación con otras tribus, ya que no hay un mundo común sobre el cual interactuar. Por lo tanto, no sólo se elimina la posibilidad de llevar adelante diálogos racionales, sino que además los discursos que evocan son de carácter emotivo, en los que prima la comunicación afectiva por sobre la argumentación. En adhesión, el constante bombardeo de información al que estamos expuestos nos conduce a la suspensión del juicio racional con el cual poder distinguir los relatos veraces de aquellos que son falaces. De este modo, se generan las denominadas “cámaras de eco”, en donde cada uno escucha lo que quiere escuchar y esto favorece una endogamia cognitiva. Es evidente que estos no son los únicos factores que influyen en la pérdida de interés por temas sociales, ni tampoco hay un vínculo de necesidad causal. Pero sí entendemos que son los que mayor impacto tienen en la actualidad.

Ante esta realidad, merece la pena retomar el pensamiento de una de las filósofas más influyentes de los últimos tiempos –el pasado 4 de diciembre celebramos los 50 años de su fallecimiento–, Hannah Arendt. Pero, ¿por qué puede ser interesante volver sobre reflexiones realizadas de la sociedad de hace 50 años? ¿Cuánto hemos cambiado como para que estas reflexiones tengan sentido en la actualidad? Si bien es cierto que la sociedad de mediados de siglo XX en la que vivió Hannah Arendt era una sociedad muy distinta a la actual, marcada por la necesidad de reedificarse sobre los escombros luego de dos guerras mundiales, nosotros seguimos siendo los mismos y, así como Prometeo, repetimos una y otra vez nuestra agónica historia.

En 1958 Hannah Arendt escribía La condición humana, un texto profundamente filosófico en el cual se discute sobre las distintas formas de la actividad humana, sus implicancias en la vida pública, en la vida política, y la existencia del ser-hombre. Sin detenernos en un análisis técnico ni profundo del pensamiento de la autora, y con el peligro que conlleva cualquier síntesis que pueda hacerse, Arendt propone la labor, el trabajo y la acción como las tres actividades fundamentales de la vida activa, siendo la acción la más alta y elevada de estas. A través de la acción, las personas, desde su singularidad, hablan y deciden qué ser, y es a partir de allí donde se constituye la pluralidad. La pluralidad, entonces, se presenta como resultado del diálogo entre sujetos que se reconocen recíprocamente como sujetos racionales, que entran en diálogo y pueden alcanzar el estadio de igualdad política, no como un concepto previo que antecede al diálogo mismo, sino como resultado de este. Del mismo modo, el espacio público, como espacio de acción, se da una vez que se ha dado la pluralidad; es un espacio donde tienen lugar la igualdad y donde los agentes “tienen derecho a tener derecho”.(1)

Por otra parte, inspirada en el pensamiento de Martin Heidegger, Arendt sostiene que no hay una naturaleza humana previa o determinada, sólo hay una condición humana: estar-en-el-mundo. Pero, ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que las condiciones de la existencia humana no explican lo que somos, sino que el ser “alguien” es resultado de la acción desde donde nace el individuo, no en sentido biológico, sino en sentido social y político. Es decir, es mediante la acción que las personas muestran lo que son, aparecen, entran y son parte del mundo. Este aparecer, esta natalidad es, necesariamente, frente a un otro. En efecto, aparecemos cuando somos vistos y oídos por otros. Consecuentemente, la inacción supone una posición conformista y conlleva un peligro tanto ético como político, la no realización del ágora.

Si continuamos bombardeados por discursos orientados a la manipulación de nuestras intenciones y acciones, corremos el riesgo de que el espacio público no tenga lugar.

La no realización del espacio público, sostiene Arendt, la eliminación de la pluralidad dada por la preeminencia de sujetos aislados y sin diálogo entre sí, establece un terreno fértil para que puedan surgir regímenes totalitarios en los que los individuos son negados como sujetos singulares posibles de ser.(2)

En suma, la condición humana para Arendt es estar-en-el-mundo y no ante-el-mundo, el mundo no nos es algo ajeno, sino parte constitutiva de nuestro ser. No somos sujetos pasivos que recibimos un mundo dado de antemano, sino todo lo contrario. De este modo, la más alta de las actividades humanas es la acción y es esta la que da lugar a la natalidad entendida como la posibilidad de ser como algo nuevo, como la posibilidad de ser como sujeto racional, como resultado del ejercicio activo de nuestro pensamiento. De alguna manera, podríamos decir que el mundo que habitamos es resultado de las acciones humanas y son estas mismas acciones las que pueden cambiarlo.

En una realidad en la que, tal como lo ha descrito Han, no tenemos conciencia de cuánto interfiere en nuestras acciones la información que recibimos. y donde el escuchar está en una crisis cada vez más profunda, parecería por lo menos oportuno reflexionar sobre los potenciales riesgos de perpetuar esta organización. Si continuamos inmersos en un mar de información, bombardeados por discursos orientados a la manipulación de nuestras intenciones y acciones, corremos el riesgo de que el espacio público, entendido tal como Arendt lo propone, como parte constitutiva de las sociedades democráticas, no tenga lugar. No se trata sólo de una perspectiva subjetiva sobre qué tan inmersos estamos en nuestras redes sociales, es un hecho que la sociedad de hoy tiende cada vez más hacia un individualismo exacerbado. ¿Qué hacer entonces?

Sin caer en reduccionismos, si bien ambos autores dialogan entre sí a pesar de la distancia temporal de su pensamiento, mientras Han aboga por tomar una posición inactiva como mecanismo de rebeldía frente a la sociedad del cansancio y la producción, el pensamiento de Arendt parecería conducirnos a todo lo contrario. La vida activa, la acción como posibilidad de nacer, es lo que permite en el pensamiento de Arendt ser y construir. En ese sentido, el cambio no parecería estar en la no realización, sino en el ejercicio pleno de la racionalidad; el cambio sólo es posible a través del diálogo e interacción con otros, sólo a través de la acción. La posibilidad de dialogar con un otro que no sea igual a mí, sino un otro distinto, que, desde su otredad, pueda contribuir al espacio plural en donde todos podamos ser reconocidos y respetados como sujetos de derecho.

Por tanto, inspirados en el pensamiento de Arendt, podríamos sostener que, en una sociedad donde las campanas opuestas suenan cada vez con más fuerza y en donde el prejuicio y los diálogos sordos son cada vez más habituales, es necesario favorecer los espacios de intercambio e interacción. Es necesario favorecer y estimular el diálogo crítico y constructivo en el cual las personas se enfrenten, no para profundizar las grietas que los separan, sino para construir un espacio público en el cual cada uno desde su individualidad pueda ser reconocido como un sujeto con “derecho a tener derecho”.

Es evidente que, en la actualidad, los conflictos y prejuicios profundos, las desigualdades estructurales y la manipulación mediática hacen difícil que ese diálogo sea efectivo o genuino. La dificultad real ante la que nos encontramos radica en cómo facilitar espacios de diálogo, sean físicos o virtuales, que sean realmente inclusivos y efectivos en contextos donde la polarización y la desconfianza están muy arraigadas.

De esta manera, volver sobre el pensamiento de Arendt resulta imprescindible. No porque nos otorgue una respuesta definitiva de cómo poder solucionar los problemas actuales, pero sí puede otorgarnos una hoja de ruta para no volver a caer en los mismos errores del pasado.

  1. A diferencia del espacio público, el espacio privado tal como lo presenta Arendt es un espacio atento a las necesidades biológicas y por lo tanto no se logra la igualdad, sino que se reproducen las desigualdades naturales.
  2. Para profundizar en este contenido puede verse Los orígenes del totalitarismo, de 1948.

Karina Silva es doctora en Filosofía y docente.

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