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Sos 50% menos fértil que tu abuelo

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El aumento feroz de los tratamientos de fertilidad asistida es ineludible. Como no sorprenderá a nadie, el discurso que pretende explicar este fenómeno se limita a que las mujeres priorizan su vida profesional, en lugar de “comenzar una familia”. Bueno, además de completamente machista, esta explicación es terriblemente superficial.

La dificultad para concebir no es una simple consecuencia de las decisiones personales de la mujer. No, mujer, no es tu culpa. La dificultad para concebir hoy es consecuencia del contexto de policrisis al que nos trajimos como civilización. Y, como demuestran varias investigaciones científicas referentes en el tema, uno de los factores principales es el alto impacto que tienen los tóxicos cotidianos en la fertilidad de hombres y mujeres por igual.

Pues sí, cuando se trata de lograr un embarazo saludable, la salud del varón es igual de importante que la de la mujer.

La crisis es real y global

Hace ya un par de décadas que estamos en un contexto de múltiples crisis entrelazadas: climática, económica, alimentaria, pero también de cuidados, relacional y de sentido.

La crisis de fertilidad (declarada crisis global por la Organización Mundial de la Salud en 2023) nos afecta socioeconómicamente, pero sobre todo emocionalmente. Si bien cada vez está más aceptado que la mapaternidad no es una obligación, sino un proyecto de vida posible entre otros, la experiencia de querer ser madre o padre y no poder hacerlo realidad conlleva un dolor muy profundo. “¿Y si soy infértil?” es una pregunta anticipatoria angustiante cada vez más frecuente.

Sin embargo, desde una mirada fríamente objetiva, en este contexto de policrisis, la crisis de fertilidad es completamente lógica. Según el informe Living Planet Report de WWF, publicado en 2024, en los últimos 50 años se ha perdido el 73% de las especies vertebradas en el mundo; somos parte de la naturaleza que estamos destruyendo.

En su libro Count Down (2017), Shanna Swan, doctora en epidemiología basada en Nueva York, documentó varios aspectos concretos de la crisis de la fertilidad humana.

Entre 1970 y 2020, el recuento de los espermatozoides disminuyó un 50%. De ahí el título de este artículo: un hombre hoy tiene la mitad de espermatozoides que tenía su abuelo. Este declive en la cantidad de gametos también se encontró en la mujer. En la actualidad, una mujer de 20 años es menos fértil que lo que era su abuela a los 35. Además, el nivel de testosterona disminuyó en hombres y mujeres por igual y eso conllevó a un aumento tanto de la disfunción eréctil como de los abortos espontáneos.

Entre 1970 y el 2000, este declive general en nuestra fertilidad sucedía en un 1% por año. A partir del 2000, está sucediendo en un 2,6% anual. Esta aceleración llevó a Swan a estimar que hacia 2045 la mayoría de las parejas tendrán que acudir a tratamientos de reproducción asistida para procrear. Con esta alarmante proyección, urge que como sociedad revisemos de manera profunda e integral qué significa la reproducción de la vida humana: ¿es consecuencia directa de un deseo: “quiero tener unx hijx”?, ¿es un derecho a garantizar?, ¿es un privilegio que creará una nueva brecha de desigualdad? Ese será el tema para un próximo artículo. Hoy quiero enfocarme en una de las causas silenciosas pero comprobadas de esta crisis global.

Hormonas y disruptores endocrinos

Además de documentar en qué aspectos está disminuyendo la fertilidad humana, las investigaciones de Swan demostraron el efecto directo de los disruptores endocrinos en este fenómeno.

Los disruptores endocrinos son químicos que toman el lugar de las hormonas en el cuerpo. Al ser sustancias tóxicas, generan efectos opuestos a los deseados: alteran los procesos hormonales. A grandes rasgos, estos tóxicos están en todos los cosméticos y productos de limpieza industriales, en la inmensa mayoría de contenedores alimenticios y hasta en los recibos de POS y boletos de ómnibus.

Sin ninguna duda, el efecto de estas sustancias en nuestra salud sigue siendo grotescamente subestimado. Lo más probable es que al leerme pienses algo del estilo: “Bueeeeeno, no debe de ser taaaan grave”, y que en las mesadas de tu baño y cocina tengas decenas de cosméticos y productos de limpieza con ftalatos y BPA. Alertar sobre el efecto nocivo de los disruptores endocrinos sigue pareciendo parte de una conspiración o de un retorno absurdo a valores naturistas. Pero, al igual que con la crisis climática –y muchísimos otros conflictos sociales–, el daño es mucho más real, masivo y profundo de lo que la sociedad quiere creer.

Concretamente, con relación a la fertilidad, los disruptores endocrinos no sólo dificultan las posibilidades de concebir un embarazo de forma mamífera (es decir, sin necesidad de tratamientos), sino que también aumentan las chances de pérdidas de embarazo.

La lista de disruptores endocrinos es infinita y completamente googleable. Sin embargo, ya que hablamos de sus efectos en la fertilidad, vale la pena dedicarle un par de párrafos a uno que, a pesar de tener un prospecto del largo de un pareo, sigue siendo recomendado por una vasta mayoría de profesionales de la salud. Me refiero a los anticonceptivos hormonales (aunque a mí me gusta llamarlos “farmacológicos”).

Tanto las pastillas como el implante, el parche, el anillo o el DIU Mirena están compuestos por hormonas sintéticas que buscan imitar el estrógeno y la progesterona naturales. Sin embargo, dentro de nuestro organismo, las hormonas sintéticas no sólo bloquean la fertilidad de manera temporal para cumplir con su función anticonceptiva, sino que también tienen un impacto significativo (y explicitado en su prospecto) en muchos otros procesos relacionados a la salud hormonal, como el metabolismo, la salud ósea o la salud mental. Su efecto no es “puntual” a la función reproductiva, sino sistémico, porque el sistema endocrino funciona como una red interconectada de procesos. Los anticonceptivos “hormonales” son disruptores endocrinos por definición: interrumpen un proceso endocrino natural, orgánico, saludable. Para leer más en profundidad sobre estos temas recomiendo mucho el trabajo de Lara Briden, Johele Brighten y Sarah Hill.

Dificultad y pérdidas

Como explican los trabajos de Swan –y tantas otras investigaciones de los últimos años–, los disruptores endocrinos aumentan las dificultades para concebir porque empobrecen la producción de espermatozoides y alteran su morfología y motilidad, a la vez que generan desórdenes en el proceso ovulatorio (por ejemplo: ciclos irregulares o anovulatorios y deficiencia de progesterona).

Hago una digresión para explicitar que, en otro nivel, la dificultad para concebir tiene que ver con el grotesco desconocimiento que hay sobre la fertilidad. La mayoría de las personas sigue sin saber que sólo hay chance de concebir durante seis días en cada ciclo y no tienen por qué incluir el famoso día 14. La fertilidad de la mujer es cíclica, no mecánica.

Es hora de que el discurso médico y mediático en torno a la (in)fertilidad comience a mostrar el tema en su totalidad, en lugar de concentrarse casi únicamente en la edad materna.

Retomo con las dificultades hormonales. Claro, no se trata sólo de cantidad de gametos, sino de su calidad, así como de la salud de cada proceso hormonal. Esto es importante aclararlo porque, entre tanto marketing de la (in)fertilidad centrado en que a las mujeres se nos acaban los óvulos, las propuestas que buscan cuidar y mejorar la calidad, es decir, la salud, de los gametos (óvulos y espermatozoides por igual) quedan terriblemente menospreciadas. Hablo más sobre esto en el artículo del 20 de junio sobre congelar óvulos.

Por su lado, las pérdidas gestacionales tienen más bien que ver con la salud integral previa de ambos miembros de la pareja. Nadie pone en duda que la buena salud de la mujer es indispensable para que esa nueva vida se geste de forma saludable. Sin embargo, poca gente sabe que la calidad espermática también está directamente relacionada con la salud del embarazo; un embarazo concebido con esperma de baja calidad tiene muchas más chances de terminar en un aborto espontáneo.1

Para retomar el hilo de los disruptores y dejar de hacernos lxs distraídxs: el Dove Crema, el Rexona Clinical y el Pantene Brillo Extremo (y todos sus amiguis) tienen un efecto nocivo directo sobre todos estos aspectos de nuestra fertilidad. Por suerte, nadie nos obliga a usarlos.

Sacame la culpa del útero

Hay muchísimas otras aristas del tema que me resultan fascinantes, como el rol de la tecnología, la analogía con las semillas en la agricultura, el útero como órgano transgeneracional (Florencia Carbajal tiene una conferencia disponible en Youtube excelente para explorar estas aristas). Elegí dejarlas fuera de este artículo para poner el foco en una idea y proclama: las mujeres no tenemos la culpa de la crisis de fertilidad.

Si sos mujer y les (atención al plural) está costando concebir: no es tu culpa. No es porque hayas priorizado tu carrera. No es porque no hayas sanado tu linaje materno. No es porque hayas tomado pastillas desde los 15 (bah, eso sí es significativo, pero tampoco es tu culpa, sino del profesional de la salud que te las recetó acompañado de un “no pasa nada”). No es porque hayas elegido abortar en otro momento de tu vida. La crisis de fertilidad es real, global y multifactorial. Sos parte de esta coyuntura y tu pareja también. Todxs lo somos.

En clave de solución

De la misma manera que la crisis climática no depende de que vos y yo reciclemos nuestros plásticos, sino de que grandes magnates dejen de ir al supermercado en jet privado y que corporaciones titánicas cambien los pilares de sus negocios a favor de la salud de la Tierra y de quienes la habitamos, la crisis de fertilidad global no va a revertirse por tu elección de desodorante.

Sin embargo, como bien dice la ecofeminista argentina Yayo Herrero: “La respuesta ‘no hay nada que hacer’ no solamente es inútil, sino también falsa”. Hay muchísimas decisiones a nuestro alcance para preservar, reconstruir y nutrir nuestra fertilidad. Aunque nos dé pereza, por lo sencillo que es, disminuir nuestro contacto con disruptores endocrinos es una de ellas.

Si hoy te resulta obvio que fumar cigarrillos aniquila tus pulmones, también podrás entender que todo lo que tenga ftalatos, BPA o pesticidas aniquila tus gametos, altera tus procesos hormonales y deteriora el potencial de salud de las próximas generaciones.2 Podés elegir usar menos cosméticos. Podés elegir priorizar tu salud por sobre mandatos de belleza.

Esto es especialmente importante durante la etapa de búsqueda de embarazo, ya que durante los tres meses previos a la concepción ocurre la última etapa de maduración del óvulo y los espermatozoides, y todo lo que suceda durante esos tres meses impactará significativamente en la salud de esa nueva vida. La mejor forma de promover un embarazo saludable (y prevenir pérdidas gestacionales) es crear un contexto de salud óptimo tanto en la mujer que gestará como en el varón que brindará su gameto como 50% del ADN de esta nueva vida (y en el hogar en el cual vivirá ese bebé). Empezar a buscar un embarazo es la excusa perfecta para sacar de tu casa todos esos productos que después te desaconsejarán explícitamente para el embarazo y la lactancia. La salud preconcepcional tiene un efecto en tres generaciones para adelante.3

Por supuesto que para revertir o por lo menos apaciguar este declive son necesarias acciones colectivas y políticas públicas. Es hora de que el discurso médico y mediático en torno a la (in)fertilidad comience a mostrar el tema en su totalidad, en lugar de concentrarse casi únicamente en la edad materna. Es hora de que las propuestas de cuidados pregestacionales de la parte de los equipos de salud se enfoquen en la pareja en búsqueda y no únicamente en la mujer. Es hora de traer la corresponsabilidad a la búsqueda de embarazo. Tanto desde el varón que quiere ser padre como desde los profesionales de la salud. Pues si bien la búsqueda de un embarazo siempre fue y será una montaña rusa emocional, cada vez está más profundamente en crisis.

Lucía Ruggia es socióloga y terapeuta Gestalt especializada en fertilidad. Acompaña a parejas en procesos de búsqueda de embarazo a través del registro del ciclo y la terapia Gestalt.


  1. 85% vs 33% según doi: 10.1186/1741-7015-11-154, 2023 

  2. Doi: 10.1371/journal.pone.0102091, 2014. 

  3. Doi: 10.1371/journal.pone.0102091, 2014. 

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