La evolución acelerada de las tecnologías de la información y la comunicación marca la pauta contemporánea, pero fue a finales de 2022 cuando se produjo un auténtico punto de inflexión. La popularización masiva de ChatGPT y otras herramientas de inteligencia artificial (IA) generativa puso al alcance de millones de personas posibilidades que hasta hace muy poco parecían inaccesibles. Como sociedad, hemos descubierto su inmenso potencial, al tiempo que encaramos los interrogantes profundos que plantean para la vida cotidiana, el ámbito laboral y los escenarios educativos.
Si buscamos algún precedente histórico de disrupción tecnológica a escala masiva, podríamos remitirnos a la llegada de las redes sociales a principios de los años 2000. Y unos años más tarde, por 2007, la popularización de los smartphones, que descentralizaron el acceso a la información y comunicación, como dispositivos de uso personal con alto grado de portabilidad. Aquellas plataformas y dispositivos electrónicos que las materializan transformaron de raíz nuestros modos de comunicarnos, informarnos y construir lazos sociales. Hoy, la IA representa un salto de otra magnitud: no solo expande nuestras posibilidades de producción y acceso al saber, sino que redefine drásticamente nuestra interacción con la información y construcción del conocimiento.
Sin embargo, las redes sociales y la IA comparten un motor común: la lógica de la “economía de la atención”. Cada segundo frente a una pantalla se traduce en una oportunidad de monetización para corporaciones, plataformas e influencers que compiten por capturar nuestro interés. La IA ha perfeccionado esta dinámica al hiperpersonalizar los contenidos mediante el monitoreo constante de nuestros hábitos digitales. Nos expone a estímulos diseñados para atraparnos, ya sea mediante el placer, la curiosidad o la indignación. Para estos sistemas, lo relevante no es la naturaleza de nuestra emoción, sino la permanencia de nuestra conexión.
Los dilemas de la práctica educativa
Frente a este escenario, la educación formal enfrenta un reto sin precedentes. Si bien el sistema educativo ha debido absorber múltiples transformaciones tecnológicas a lo largo de su historia, la velocidad de la IA exige una respuesta pedagógica, y particularmente didáctica, mucho más profunda. No basta con adoptar nuevas herramientas digitales; resulta imperativo formar ciudadanos capaces de comprender su funcionamiento, utilizarlas de manera crítica y actuar con responsabilidad ética ante ellas.
En el plano local, Uruguay no ha permanecido al margen. Existen esfuerzos sostenidos por integrar las tecnologías digitales y promover competencias fundamentales para el siglo XXI. Un claro ejemplo es Ceibal, reflejado en sus instancias de formación docente en competencias digitales, ciudadanía digital, y sobre IA generativa, y en la provisión de versiones avanzadas de herramientas corporativas como Gemini y NotebookLM, entre otros abordajes. En 2024, la Administración Nacional de Educación Pública propuso orientaciones para que el uso de la IA en la educación sea seguro, crítico y responsable. Por otro lado, la política institucional de IA de la Universidad de la República, adoptada en 2026, representa un antecedente más reciente que busca orientar cómo incorporar y utilizar estas tecnologías. Si bien es un camino incipiente y valioso, resulta necesario seguir profundizándolo para que se convierta en práctica.
En las aulas, es cada vez más frecuente observar no solo el uso, sino también el abuso de la IA generativa para resolver tareas y evaluaciones en prácticamente todos los niveles de enseñanza. Ante esta realidad, una respuesta habitual del profesorado ha sido rediseñar las consignas para intentar eludir las respuestas que brindan dichas plataformas. Sin embargo, la propia evolución de estas tecnologías demuestra que dicha estrategia es efímera. La IA perfecciona constantemente su desempeño y resuelve con notable eficacia tareas que hasta hace poco exigían procesos cognitivos complejos.
Prohibir la IA o desterrarla de las instituciones educativas puede interpretarse como una solución simplista que elude la responsabilidad fundamental del sistema educativo: enseñar a convivir críticamente con las tecnologías que reconfiguran la cultura.
Hacia una pedagogía del proceso y la significación
El verdadero cambio paradigmático no radica en prohibir su uso, sino en educar para un abordaje responsable. El núcleo del problema consiste en promover una ética del aprendizaje que comprometa al estudiante con la construcción genuina de su conocimiento. Capacidades como reflexionar, contrastar fuentes, formular preguntas, argumentar y crear siguen siendo prerrogativas profundamente humanas que ninguna aplicación debería suplantar.
Cuando un estudiante redacta un texto, ya sea mediante un procesador digital o con papel y lápiz, en ese instante aparentemente simple, se desencadena un entramado complejo de procesos cognitivos. Cada palabra elegida, cada relación establecida entre los saberes previos y el nuevo contenido, moviliza la comprensión de la tarea, la asimilación de nueva información, el sostenimiento de la atención, la evocación de ideas y la creatividad. Se trata de un acto de apropiación de sentido.
Prohibir la IA o desterrarla de las instituciones educativas puede interpretarse como una solución simplista que elude la responsabilidad fundamental del sistema educativo: enseñar a convivir críticamente con las tecnologías que reconfiguran la cultura. Del mismo modo que la alfabetización tradicional abarcó la lectura y la escritura, hoy resulta ineludible alfabetizar y civilizar en IA.
La resistencia como acto pedagógico y humano
Desde la confluencia de la pedagogía, la psicología cognitiva y la didáctica, se reafirma un principio rector: el aprendizaje no reside exclusivamente en el producto final, sino fundamentalmente en el proceso que lo hace posible. Cuando el alumno transita ese camino –atraviesa dudas, revisa sus hipótesis, tropieza con errores y reconfigura sus esquemas conceptuales– es donde realmente germinan el pensamiento crítico, la creatividad y la autonomía. Para comprender e interactuar con la sociedad es necesario resignificar los diálogos y los hechos sociales que nos atraviesan.
En una era en que la IA puede arrojar resultados en segundos, la educación posee la oportunidad y el deber de reivindicar aquello que ninguna máquina puede automatizar: la experiencia humana de aprender. Es en ese trayecto, con nuestras fortalezas y limitaciones, donde ejercemos la libertad de pensar, crear y proyectar un futuro que no dependa pasivamente de la eficiencia tecnológica, sino de las decisiones éticas que tomemos como personas.
Reivindicar el proceso por encima del producto en una sociedad hipermaterialista y meritocrática constituye un auténtico acto de resistencia y rebeldía. Supone desafiar la “tiranía de la inmediatez” y la falsa eficiencia que nos impone la cultura del escrol y de lo efímero. Implica recuperar el valor de la concentración, del tiempo dedicado al estudio autónomo y del saber estar en la tarea. En el uso de la IA como asesora, apoyo o incluso como coautora –según cómo se quiera denominar su función–, es necesario asumir, en primer lugar, que la tarea es propia. Para que pueda existir una coautoría primero debe existir un autor; del mismo modo, para que la IA pueda actuar como asesoría o apoyo debe haber una persona que dirija, cuestione, tome decisiones y se haga responsable del proceso.
Las tecnologías no son neutrales; adquieren sentido y densidad cultural únicamente a través de nuestra interacción con ellas. La IA es, sin duda, uno de los grandes hitos de la inventiva humana y posee un potencial inagotable, tanto dentro como fuera de la educación. El desafío actual es asegurarnos de que la tecnología potencie nuestra humanidad, y no a la inversa.
Brian Lanfranco es profesor de Historia y magíster en Tecnología Educativa. Actualmente se desempeña en secundaria pública y privada y es docente de Historia de la Educación e Informática Educativa en el IPA y los Institutos Normales.