En un período de nueve días, las elecciones en tres países tendrán un fuerte impacto sobre las relaciones internacionales. El domingo habrá segunda vuelta por la presidencia de Brasil, entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Dos días después se renovarán los 120 integrantes del parlamento de Israel, quienes decidirán si Benjamin Netanyahu continúa como primer ministro o se forma un nuevo gobierno. Una semana después, los comicios de mitad de período presidencial en Estados Unidos pondrán en juego la titularidad de las 435 bancas en la Cámara de Representantes y de 35 de las 100 que tiene el Senado.
Las elecciones estadounidenses determinarán si el presidente Donald Trump mantiene el control de ambas cámaras parlamentarias o afronta la segunda mitad de su mandato con una oposición capaz de frenar o modificar sus iniciativas. Esto tendrá obvia importancia para las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo, que en los últimos dos años se han caracterizado por la modificación unilateral de acuerdos comerciales, a menudo para presionar a otros gobiernos, la embestida contra el multilateralismo en varias otras áreas clave y un intervencionismo militar desbocado.
En Israel se abre la posibilidad de cambios en las políticas de expansión territorial y matanza impulsadas por el gobierno de Netanyahu, que tienen su expresión más escandalosa en Gaza. Lo que ocurra en Brasil será crucial para el futuro inmediato de los vínculos de América Latina con Estados Unidos.
Lo primero que corresponde destacar es que en los tres casos tendrá la palabra el voto popular. No es poca cosa en el mundo actual, donde muchas cuestiones relevantes para la convivencia dependen de las decisiones de regímenes autoritarios.
Lo segundo, sin embargo, es que la calidad de los procesos democráticos en los tres países, como en muchos otros, se ve afectada por el modo en que la tecnología modifica con rapidez la convivencia humana. No se han asentado criterios de regulación que permitan aprovechar el potencial de esa tecnología con un equilibrio prudente entre la prevención de manipulaciones y la protección de libertades y derechos.
Las decisiones políticas de las personas se basan cada vez más en los insumos que reciben mediante redes sociales, controladas por megaempresas que pueden disminuir o aumentar el acceso a cualquier contenido. El uso de inteligencia artificial potencia los peligros de la información falsificada y de los mensajes diseñados para sesgar la visión del mundo, azuzando la polarización. Las candidaturas de influencers son exitosas y los elencos partidarios adoptan comportamientos de influencers.
Las nuevas tecnologías de marketing político aprovechan necesidades y urgencias de los pueblos, pero prometen en falso y terminan aumentando la frustración y el descreimiento. Además de desear que en Brasil, en Israel y en Estados Unidos ganen las opciones que preferimos, urge que reflexionemos sobre las nuevas prácticas para ganar y que contribuyamos al saneamiento de las relaciones políticas, empezando por las locales.