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La escuela: una red sin algoritmos

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Intento acordarme de qué sentía cuando se terminaba el verano y se acercaba el comienzo de clases. Sobre todo, recuerdo los contrastes. La alegría de volver a jugar con mis pares. El miedo a lo nuevo. La intriga por lo que iba a aprender. Lo que creía que iba a pasar. Los recuerdos de lo que había pasado en años anteriores. Recuerdo también la certeza de que era ineludible. Que sintiera lo que sintiera, quisiera lo que quisiera, las clases iban a empezar e íbamos a tener que ir: todos, mis compañeros y yo.

Esa es la magia de los primeros días de clase. Van a pasar. Un montón de niños y niñas, con historias distintas, con experiencias distintas, con realidades afectivas distintas, se van a volver a encontrar en un único espacio en el que tienen que convivir, crecer y aprender en conjunto. Todos esos seres sociales van a volver a formar una red. Una red tridimensional: que ocupa un espacio físico, que transcurre en un tiempo determinado, que precisa energía para subsistir, para mantenerse viva, para evolucionar.

En este último tiempo se ha debatido mucho acerca del uso de redes sociales digitales en edad escolar. A nosotros, los adultos, nos preocupan –con razón– los efectos en la atención, en la disponibilidad, en el vínculo con los demás. Nos preocupan los intereses restringidos en contenidos que son infinitos. Nos preocupa el alcance del algoritmo. Nos preocupa la bidimensionalidad de la experiencia digital: todo es rápido, todo es descartable, nada se termina, nada es aburrido, todo se ajusta a mí. Y nos preocupan sus efectos tanto en los niños y niñas como en nosotros mismos.

Creo que, como adultos, tenemos la oportunidad de ocuparnos de la escuela –red social humana de los niños y las niñas por excelencia– para modelar otra forma de vida.

En primer lugar, la escuela no es opcional. Es un derecho de todos los niños y niñas; una obligación de todas las familias y del Estado. Valga una aclaración: esto debería aplicar para aquellos que se adaptan fácilmente al sistema educativo tal como lo conocemos y para aquellos que no. Y esa responsabilidad no les corresponde a las infancias ni puede ser a costa suya. Ir a la escuela debería ser un aprendizaje para la vida: saber que hay sucesos que son universales e ineludibles, que no son de diseño algorítmico.

Los tiempos escolares están marcados por un principio y un fin. El recreo, momento favorito de varios, está acotado, no puede durar para siempre como el escroleo. Lo mismo sucede con las tareas “entretenidas” y con aquellas que son más desafiantes. Lo fácil, divertido, interesante tiene su tiempo y también lo tiene lo difícil, lo nuevo, lo que trasciende los intereses propios. Aprender a respetar esos límites es otra forma de escapar a los mandatos de la vida digital.

De la misma forma, la vida escolar no siempre es rápida, como tampoco lo es la vida en sociedad. Hay temas urgentes, temas importantes y hay momentos para distintos temas. Hay tareas para las que hay que esforzarse, dedicar tiempo, frustrarse y volver a empezar. Hay momentos en que hay que esperar porque están ayudando a otro, o en que los otros tienen que esperar porque me están ayudando a mí. Todo esto puede parecerse mucho al aburrimiento. Todo esto puede ser aburrido. Y está bien que haya que aprender a lidiar con ello. Pero para aprender, alguien lo tiene que enseñar, cosa que sin duda no pasa en las redes digitales.

Frente a la discusión de las redes sociales, siempre me resuena esta idea: la escuela debería ser la red social de los niños y las niñas por excelencia. Lo ha sido desde sus orígenes.

Ahí entra en juego uno de nuestros roles más importantes como adultos, que contribuye directamente a hacer de la escuela una red social tridimensional: enseñar a interpretar. Aprovechemos la oportunidad de ayudar a los niños y las niñas a trascender las correlaciones biunívocas y de pocos caracteres (te aburriste <—> fue un día perdido) (no hicieron nada <—> te aburriste). Démosles el poder de la palabra: ¿te aburriste o te resultó difícil?; ¿qué estaba pasando cuando tuviste que esperar?; ¿qué hubiese pasado si la situación fuera al revés?; ¿qué creés que podés hacer la próxima vez que pase?; ¿te quedaste con ganas de decir algo sobre eso?

Los conflictos también nos brindan una oportunidad de ver “más allá de la foto”. Ayudar a un niño o niña a comprender la complejidad de un hecho puntual es una oportunidad espectacular para aprender a interpretar las complejidades de la vida, que dista de ser biunívoca. Lo primero es escuchar lo que tiene para decir. Eso suele quedar cubierto. Nuestra responsabilidad viene después, al momento de intentar entender todo lo que sucedió, de ayudarlos a discernir lo que pasó de lo que sintieron, de ayudarlos a revisar su propio accionar y a pensar futuros pasos a dar u otros caminos posibles.

Las redes digitales nos enseñaron que todo se puede resumir en una foto, en 140 caracteres, en un video de TikTok, en un mensaje de audio. Por eso nos toca mostrar la importancia de un diálogo cara a cara, de ver cómo se siente el otro y cómo me siento yo, de dedicarle tiempo a algo que podría ser resuelto de forma inmediata, de habitar una conversación que no siempre resulta cómoda, de saber pedir perdón y aprender a aceptar disculpas y de tomar conciencia de que todo eso es parte de crecer. Es nuestra responsabilidad acompañarlos en ese proceso y no dejar que los conflictos se conviertan en algo descartable. No todos los conflictos pueden ser resueltos en un día ni tienen una solución fácil. Tampoco podemos garantizar que no se vayan a repetir.

Como sociedad tenemos conflictos porque somos distintos, porque queremos cosas distintas, porque reaccionamos de formas distintas. Porque nos podemos rodear de gente que es distinta a nosotros. En la escuela, el otro es una parte tan importante como el yo. Eso no siempre es fácil, pero brinda una riqueza innegable. Animemos, entonces, a los niños y las niñas a encontrarse con otros, a jugar con varios, a invitar a casa a alguien nuevo. Muchos de esos encuentros saldrán bien, muchos saldrán mal y muchos tendrán altibajos. Acompañémoslos en todos los casos: cuando haya que trascender dificultades y cuando haya que valorar la magia del encuentro. Ayudemos a darle a todo su justo peso, a poder observar los contrastes. Eso no lo hace un algoritmo.

Frente a la discusión de las redes sociales, siempre me resuena esta idea: la escuela debería ser la red social de los niños y las niñas por excelencia. Lo ha sido desde sus orígenes. Ocupémonos de que lo siga siendo. Démosles importancia a los vínculos que allí se generan, a las experiencias que nos brinda, a las huellas que deja. Regalemos, en este año escolar, el tiempo y la energía que la escuela se merece, para que pueda ser una experiencia rica y compleja. Esa es la parte que nos corresponde a los adultos. Tanto en las instituciones educativas como en los hogares, como en el gobierno. Entonces, así también, nos estaremos ocupando de las otras redes.

Inés Ham es maestra y coordinadora del área de informática en el Colegio del Sur.

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