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Ser católico y de izquierda

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La característica distintiva entre la especie humana y otro ser vivo es la capacidad de pensar, y con ella la búsqueda de significados o fundamentos a los enigmas que nos presenta nuestro planeta. He aquí la aparición de uno o varios dioses, quienes fueron “creados” para buscar respuestas como la creación de la Tierra o simplemente para pedir que llueva en tiempo de cosecha. Ya más adelante, en tiempos premodernos, las religiones eran responsables de solucionar una amplia gama de problemas técnicos tan prosaicos como la agricultura. Viviera uno en el antiguo Egipto o en la Europa medieval, si se encontraba herido o enfermo era más probable que se dirigiera a una parroquia que al médico.

Sin embargo, en la actualidad, Dios y las religiones ocupan un lugar más “versátil”. Ese rol de buscar explicaciones, curar enfermos o aprender a producir mejores cosechas lo ha ocupado la ciencia. El triunfo de la ciencia ha sido tan rotundo que nuestra idea misma de religión ha cambiado. Al día de hoy y ya desde el siglo XVI, el principal cometido de la religión –especialmente el catolicismo, rama del cristianismo a la que pertenezco– es la búsqueda de una identidad única basada en los valores de cada doctrina.

Antes del siglo XVI, prácticamente toda Europa occidental era católica. No había una gran necesidad de “buscar identidad” porque la Iglesia católica era la única iglesia cristiana dominante. Ahora bien, en 1517, Martín Lutero inició la Reforma protestante, cuestionando la autoridad del papa y varios dogmas católicos. Esto provocó una gran crisis dentro del cristianismo. En respuesta, la Iglesia católica emprendió una búsqueda de su propia identidad, tratando de reafirmar qué la hacía diferente del protestantismo.

Reafirmando lo dicho, esa época estuvo marcada por fuertes desigualdades y conflictos en el viejo continente. “El poder humano depende de la cooperación de las masas, la cooperación de las masas depende de fabricar identidades de las masas, y todas las identidades de las masas se basan en relatos de ficción, no en hechos científicos, y ni siquiera en necesidades económicas”, escribió Leo Harari en su libro 21 lecciones para siglo XXI. Cito este fragmento –aunque con algunas discrepancias– para llegar a la respuesta más práctica de la permanente exploración por una identidad distinta de la de los demás.

No obstante, pese a que a los católicos nos resulte incómodo reconocerlo, es la realidad. Y no solo fue ahí, sino que este mismo discurso reapareció en la Guerra Fría. Un cristiano podía ser tanto capitalista como socialista, y aunque la mayoría de las cosas que dijo Jesús suenan a comunismo total, durante la Guerra Fría buenos capitalistas estadounidenses seguían leyendo el Nuevo Testamento usando las palabras de Jesús para defender su sistema económico.

Los jesuitas y sus valores

Desde mi inicio en la institución en la que aún me educo, me inculcaron un valor principal: la empatía. Según la Real Academia Española (RAE), esta es “la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. Sin embargo, es mucho más que eso: es sentirse interpelado por el de al lado; no es simplemente entenderlo, sino que es verdaderamente ponerse en sus zapatos. Esa es la base del jesuitismo: el servicio al más débil y la búsqueda incansable por la justicia social.

Asimismo, se fomenta la excelencia académica, la responsabilidad, la exigencia y el diálogo –este último punto es clave en el desarrollo histórico de esta rama–. San Ignacio de Loyola, fundador y principal ideólogo de la Compañía de Jesús, propuso una forma más abierta y reflexiva de vivir el Evangelio, una fe comprometida con la realidad humana. Su visión fue, en muchos sentidos, progresista para su tiempo, al promover una Iglesia activa, crítica y cercana a las personas.

En el último siglo, estamos viviendo una desigualdad e injusticia muy grande en todo el mundo. Los ricos se hacen todavía más ricos y esa brecha con gente vulnerable se agranda cada vez más. Y ahí llegó el papa Francisco, abriendo varias cabezas cerradas por el conservadurismo clásico de la Iglesia. No flexibiliza la fe, flexibiliza el modo de acompañar y comprender la realidad. Abierto al cambio climático y al cuidado de la casa común, y dándoles voz a los homosexuales. “¿Quién soy para juzgar?”, dijo sin miedo. Y, quizás lo más importante, impulsó una evangelización centrada en la pobreza, la dignidad humana y la justicia social, por encima de la defensa exclusiva de la familia tradicional o el debate sobre el aborto.

Cuando le pregunté a Agustín Borba, director de Pastoral del Colegio Seminario y sacerdote de la comunidad jesuita, qué distingue al jesuitismo de otras ramas del catolicismo en su modo de vivir la fe y de relacionarse con la realidad social, su respuesta no me decepcionó. Abarcó algunas ideas que ya fueron mencionadas y otras nuevas. Borba no solo hizo énfasis en implicarse en la sociedad, sino que resaltó la idea de tomar decisiones sobre la base de escuchar la realidad. Además, remarcó la importancia de formarse académicamente y aseguró que la excelencia académica es clave para sostener decisiones o ideales personales.

Una clara demostración de esto último es la cantidad de estudios que deben cursar quienes quieran ser sacerdotes, incluyendo el noviciado (dos años), estudios de Filosofía y Magisterio (años intermedios), y unos tres a cinco años de Teología a nivel de posgrado. Recalco esto ya que tener guías espirituales con esta formación académica hace que los seguidores puedan encontrar mayor claridad espiritual y racional.

Es verdad que mi edad, mi familia y, sobre todo, el contexto en el que vivo tienden a llevarme a la izquierda. Ahora bien, yo creo que mi base de argumentos –más allá de lo estrictamente académico– la encuentro en Jesús. Sí, aquel que se atrevió a tocar a un leproso, a escuchar a los excluidos, a perdonar a los pecadores y a acoger a los señalados.

Ser católico y de izquierda no es vivir en contradicción, sino rechazar los extremos que olvidan al otro. El fanatismo –sea devoto o militante– rara vez es beneficioso para la sociedad.

No obstante, me encuentro con contradicciones entre mi ideología y mi religión –el aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario–. He aquí que encuentro mi principal respuesta frente a este enigma: la tolerancia. Ni yo ni nadie tiene que estar de acuerdo con todas las convicciones de su partido o ideología política. Pero ¿sería pecador o menos creyente si estoy a favor de la muerte digna o el matrimonio igualitario? Desde mi perspectiva, profeso que no, creo en el Dios que no juzga a un hombre homosexual o a un enfermo que sufre y pide morir dignamente. Mi mirada cristiana pone a la misericordia y el amor al prójimo como valores fundamentales. Entonces, uno podría preguntarse: ¿qué es más misericordioso, darle a una persona que sufre la posibilidad de morir dignamente, o prolongar su dolor hasta el final? Si entendemos la vida como un don, también podríamos entender que el respeto por esa vida incluye el respeto por su dignidad, incluso en el momento de la muerte.

Ni la fe debe volverse un instrumento político, ni la política un sustituto de la fe. Ambas deberían encontrarse en el mismo punto: el ser humano. Cuando la fe y la política se vuelven barreras, el ser humano deja de ser el centro. He visto tanto a creyentes juzgar con el Evangelio en la mano como a militantes despreciar cualquier forma de espiritualidad por considerarla un obstáculo. En ambos casos, se pierde lo esencial, la compasión. Ser católico y de izquierda no es vivir en contradicción, sino rechazar los extremos que olvidan al otro.

El fanatismo –sea devoto o militante– rara vez es beneficioso para la sociedad. La izquierda moderna, a mi entender, ha aprendido a escuchar. Esa es su clave: no encerrarse en un único punto de vista, sino abrirse al diálogo y a la diversidad. En un mundo donde muchos creen poseer la verdad absoluta, escuchar a los débiles vale más que todo el oro del mundo.

El auge del odio y los extremos

Vivimos tiempos en los que las ideas parecen haberse convertido en silos de ego. Los extremos, tanto de derecha como de izquierda, se alimentan del mismo veneno: el odio al que piensa distinto. Es curioso –y preocupante– cómo la política, que debería ser el arte de convivir en la diferencia, se ha vuelto el campo donde más se juzga y menos se escucha. En realidad, no es tan sorprendente, en esta era de redes sociales y fake news: da mucha más prensa y repercusión predicar algo polémico que defender ideas con argumentos sólidos. “La política de hoy piensa en la próxima elección, no en la próxima generación”, le escuché decir a Juan Grompone, uno de los principales ideólogos del Plan Ceibal. Y así es, se han perdido las ganas de ayudar a la población. Nos hemos convertido en principales consumidores de campañas de “politiquería barata” y de discursos de odio disfrazados de convicciones.

Como abordé anteriormente: los discursos de odio, el populismo de derecha y las ideas extremistas y sumamente peligrosas se están propagando por todo el mundo. Los alegatos antisistema y los argumentos fascistas son cada vez más recurrentes en líderes como Javier Milei, Donald Trump, Nahib Bukele.

Me pareció interesante preguntarle a Borba cómo debería posicionarse un jesuita ante estos políticos. Borba insistió en que la esencia del cristianismo es la dignidad humana, el respeto y la búsqueda del bien común. Por eso, cualquier discurso que degrade, ataque o excluya a personas contradice directamente el Evangelio.

Además, agregué a la discusión el hecho de que muchos de los políticos de este calibre utilizan la religión para atacar a quienes luchan por los derechos del colectivo LGTB+ o por razones medioambientales –llamándolos “wokes” y haciendo un llamamiento a los valores tradicionales de la Iglesia–. Su respuesta fue muy atractiva; explicó que cuando la religión se vuelve ideología, se pierde el espíritu del Evangelio y surge el fanatismo. La fe inspira valores, pero no se debe usar como bandera partidaria o arma política.

Borba sostiene que la fe no puede usarse como arma ideológica ni como justificación de discursos de odio. Para él, transformar la religión en ideología produce un extremismo insano y contradice cualquier valor cristiano. Afirma que un cristiano puede comprometerse políticamente, pero siempre desde valores como la justicia, la dignidad humana y el diálogo, nunca desde el odio o la exclusión.

Si algo aprendí de los jesuitas es que no existen transformaciones sin escuchar primero al que sufre. Y si algo aprendí de la política es que no hay progreso posible sin tender la mano incluso a quienes no piensan como uno. Ese es el punto donde ambas convicciones se encuentran: en el otro.

Embarrarse no es fácil; sin embargo, es la única manera de ayudar a cada uruguayo a vivir cada día mejor. Sacarse esos trajes costosos, remangarse esas camisas de marca y realmente acompañar a los más vulnerables.

Borba afirma que los objetivos de un cristiano son imitar a Jesús, buscar el bien común, discernir cada decisión desde la oración, vivir en servicio y amor hacia los demás, construir comunidad y superar el ego a través de una vida interior honesta. Para él, el cristianismo es inseparable del compromiso con la dignidad humana y la justicia.

Ser católico y de izquierda, para mí, no es una contradicción: es una responsabilidad. Es intentar que la fe no se vuelva un escudo y que la política no se transforme en una excusa. Es creer que la misericordia puede convivir con la justicia social y que la compasión es tan revolucionaria como cualquier programa económico. Mientras la fe me exija misericordia y la política me reclame justicia, voy a seguir caminando hacia un país donde nadie quede atrás.

Franco Borsani Danza es estudiante del Colegio Seminario.

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