Opinión Ingresá
Opinión

Candombe, espacio público y el derecho a la ciudad

4 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

En las discusiones sobre urbanismo se suele hablar de calles, viviendas, servicios, movilidad, etcétera. Menos frecuente es pensar la ciudad desde sus prácticas culturales vivas, aquellas que no solo ocupan el espacio urbano, sino que lo producen, lo resignifican y lo disputan cotidianamente. El candombe es una de ellas, con una particularidad fundamental: no se agota en la música, sino que se organiza alrededor de un espacio sociocultural barrial, comunitario e históricamente situado, reconocido incluso como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la Unesco en 2009.

Cuando una cuerda de tambores ensaya en una esquina o recorre un barrio, no está simplemente “usando” la ciudad, está transformando, aunque sea de manera temporal, su funcionamiento. La calle deja de ser un espacio de circulación vehicular para convertirse en lugar de encuentro; la vereda se transforma en grada; la esquina, en centralidad. Sin planos ni autorizaciones visibles, se despliega una forma de urbanismo desde abajo, basada en el cuerpo, el sonido y la memoria. En estos gestos se expresa una concepción de la ciudad más cercana a la apropiación y al valor de uso del espacio que a la lógica del “uso permitido”, la ciudad entendida como obra colectiva antes que como mercancía.

Ese modo de habitar tiene, además, un fuerte potencial integrador. El candombe convoca a vecinos, familias, curiosos, generaciones distintas y, con frecuencia, a personas de clases sociales diversas que se acercan al ensayo o a la llamada. El sonido funciona como una puerta de entrada, no hace falta conocer a nadie para participar; alcanza con escuchar, acercarse, acompañar, mirar o bailar al ritmo de los distintos fraseos de chico, repique y piano. En ese sentido, el candombe actúa como una verdadera infraestructura social cotidiana, capaz de producir vínculos allí donde la ciudad muchas veces tiende a fragmentar.

Sin embargo, esta integración no es ingenua ni está exenta de tensiones. Las investigaciones sobre el vínculo entre patrimonio inmaterial y transformaciones urbanas muestran que el candombe está profundamente entrelazado con procesos de demolición, desplazamiento residencial y reconfiguración barrial. Integra, sí, pero también recuerda que muchas veces la ciudad integra desplazando, y que no todas las presencias tienen el mismo derecho a permanecer.

Desde esta perspectiva, el candombe puede leerse como una práctica concreta del derecho a la ciudad, entendido, siguiendo a Henri Lefebvre, no solo como acceso a servicios o a una vivienda, sino como la posibilidad real de producir, habitar y apropiarse colectivamente del espacio urbano con sentido y disfrute compartido.

Esa apropiación cultural del espacio público tiene una dimensión política muy actual. En muchas ciudades, lo popular es tolerado cuando se convierte en evento festival, desfile, atractivo turístico, etcétera, pero resulta incómodo cuando persiste como práctica barrial cotidiana. Las regulaciones horarias, las quejas por “ruidos molestos”, los controles y permisos no discuten solo decibeles, discuten quién puede ocupar la calle, cómo y en qué momentos.

Mirar el candombe desde el urbanismo es reconocer su fuerza social y simbólica, pero también cuidar que no se lo vacíe de sentido y se lo convierta solo en imagen.

El tambor, además, produce territorio de una manera particular: a través del sonido. El candombe no delimita un adentro y un afuera con muros, sino con un radio acústico que envuelve, convoca y organiza la presencia. En ese territorio sonoro se construye comunidad: quien escucha participa, aunque no toque; quien se acerca se integra, aunque no conozca a nadie. La ciudad, tantas veces pensada como suma de trayectorias individuales, se vuelve experiencia compartida.

Este territorio sonoro no es homogéneo. El candombe “suena distinto” según los barrios, ciudades o pueblos, no solo por estilos o toques, sino por la propia morfología urbana y social. Calles angostas, fachadas continuas y veredas habitadas intensifican la experiencia; calles y avenidas abiertas y espacios fragmentados dispersan el sonido y modifican la forma del encuentro. Hay barrios donde las puertas de las casas se abren y salen las sillas; y otros donde predominan el cierre, la denuncia y la queja. El mismo toque, ciudades distintas.

Mirar el candombe desde el urbanismo es reconocer su fuerza social y simbólica, pero también cuidar que no se lo vacíe de sentido y se lo convierta solo en imagen. En contextos de revalorización inmobiliaria y “turistificación”, el candombe puede transformarse en símbolo deseable mientras se debilitan las condiciones de permanencia de quienes lo sostienen cotidianamente. Se celebra en el desfile, pero se problematiza en la esquina; se aplaude como espectáculo, pero se cuestiona como forma de habitar.

De allí surge una pregunta urbana clave: ¿qué usos del espacio público consideramos legítimos? ¿Solo aquellos que generan consumo y orden, o también los que producen identidad, memoria y vínculos sociales? Una ciudad verdaderamente integrada no es la que elimina el conflicto, sino la que admite la diversidad de formas de estar, de sonar y de encontrarse.

La integración urbana no se logra solo con obras físicas. También se construye garantizando que las prácticas culturales populares tengan lugar en la ciudad, sin ser empujadas a los márgenes ni reducidas a eventos controlados. Una ciudad integrada es, también, una ciudad que suena, que acepta el tambor como parte de su vida cotidiana.

Este texto quiere ser, además, un reconocimiento y una dedicatoria. Porque estas reflexiones no nacen solo de la teoría, sino también del compartir. Están inspiradas en las cuerdas que ensayan, en los barrios que resisten y, en particular, en la experiencia viva de la comparsa Herencia Africana de Treinta y Tres, que con cada toque vuelve a decir, sin discursos formales, que la ciudad también se construye desde la memoria, el cuerpo y el sonido.

Cuando el tambor suena, nos recuerda algo fundamental: la ciudad no es solo lo que se planifica desde un escritorio. Es, sobre todo, lo que se vive, se camina, se baila y se toca. Defender el candombe en el espacio público es, en definitiva, defender una idea de ciudad más abierta, más justa y más fraterna.

Diego Duarte Calleja es especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales y doctorando en Estudios Urbanos.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura