La visita del presidente Yamandú Orsi al portaaviones estadounidense Nimitz, el sábado de la semana pasada, lo dejó bajo fuego cruzado y merece una reflexión de fondo, sobre la ausencia de acuerdos actualizados en materia de relaciones internacionales.

Desde el Partido Nacional, Orsi fue acusado nada menos que de violación constitucional, con el argumento de que quienes tripulaban la aeronave que lo llevó al Nimitz eran “tropas extranjeras”, cuyo ingreso al territorio uruguayo requiere autorización de la Asamblea General. Desde filas del Frente Amplio (FA) fue cuestionado en nombre de los principios antiimperialistas, la defensa del derecho internacional y el rechazo al intervencionismo militar de Donald Trump. El Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT combinó las dos críticas en una declaración difundida el domingo.

Orsi no posee un blindaje de trayectoria y mando como el de los anteriores presidentes frenteamplistas, quienes más de una vez incursionaron en las relaciones exteriores con dichos y actos desagradables para personas que los habían votado.

Navegaciones

La política internacional, como todas las demás, se desarrolla en un espacio determinado por lo que quiere y lo que puede hacer un gobierno. Debe tener en cuenta datos duros de la realidad, como la ubicación geográfica y el peso relativo de Uruguay en el mundo. Pero también hay variables e incertidumbres, especialmente durante cambios de época como el que vivimos, y “los intereses del país” no son los mismos desde todos los puntos de vista ideológicos.

Al considerar esto último, es fundamental reconocer que las diferencias no delimitan solo dos campos opuestos, equivalentes a los del oficialismo y la oposición.

Desde convicciones democráticas y progresistas, compartidas por muchas personas que no votaron ni apoyan al gobierno del FA, lo que está haciendo Trump en su segunda presidencia repugna: es un despliegue insolente de políticas criminales, orientadas por una ideología criminal. Desde posiciones de izquierda, hay motivos adicionales para la indignación.

Desde una valoración gubernamental, el rechazo airado y activo a esas políticas es sumamente riesgoso para Uruguay. Hoy no existe un bloque internacional capaz de frenar a Trump o de proteger con eficacia, desde lo comercial hasta lo militar, a países pequeños que lo desafíen abiertamente. Gobiernos mucho más relevantes que el nuestro dosifican, con cautela, sus cuestionamientos al imperialismo de Estados Unidos y se mueven ante todo en el terreno de lo declarativo.

En la intersección de lo ideológico y las responsabilidades de gobierno, bajo presión estadounidense como tantos países, hay que tomar decisiones difíciles e implementarlas con grandes dosis de prolijidad y astucia. Quienes no asumen esas responsabilidades pueden reclamar gestos audaces sin hacerse cargo de sus probables consecuencias, en algunos casos para defender altos principios y en otros apenas por oportunismo político.

Debates pendientes

A mediados de enero, Orsi le encomendó al Centro de Formación para la Integración Regional (Cefir) que elaborara, con el aporte de especialistas, propuestas para una política exterior de Estado. Las primeras reacciones desde la oposición fueron críticas y rechazos. La semana pasada, Cefir le entregó al presidente el primer producto de sus trabajos, y está por verse en qué medida será viable avanzar hacia un acuerdo multipartidario.

En un diálogo formal y público, ningún partido propondría seriamente que Uruguay se alineara por completo con una sola potencia, rompiendo sus vínculos con las demás. Es evidente que todos se manifestarían, con matices, a favor de mantener la diversidad actual de relaciones internacionales, tratando de no perder lo que nos aporta el intercambio con Estados Unidos (el mayor consumidor de nuestros servicios), con China (nuestro mayor socio en el comercio de bienes) o con la Unión Europea (la región de la que recibimos más inversiones).

Nadie habla de dejar de venderle arroz a Irán, ganado a Turquía, celulosa a Argentina o lácteos a Brasil por diferencias ideológicas con los gobiernos de esos países.

Sin comprometerse a iniciar un diálogo, ni siquiera es preciso dejar constancia ante la ciudadanía de cuáles son las discrepancias en el área de las relaciones internacionales. Cualquier partido, sector o dirigente queda con las manos libres para reclamar lo que quiera cuando le parezca oportuno.

Dentro del oficialismo tampoco hay un consenso integral en la materia, pero la ciudadanía sabe a qué atenerse. Desde la fundación del FA, los sectores se reservaron el derecho de actuar como quisieran en el escenario internacional, dentro de un marco de definiciones comunes que no violentara sus identidades históricas.

En el ejercicio del gobierno nacional, el frenteamplismo ha aceptado que la política exterior represente sus acuerdos internos y los que sea posible alcanzar con el resto del sistema partidario. No para estar bien con todo el mundo, sino para que Uruguay esté bien en el mundo.