Las trampas de la soberbia imperial

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La invasión de Ucrania fue, para muchos, el error de cálculo político-estratégico más importante en décadas; eso fue así hasta que el 28 de febrero de 2026 el propio Donald Trump decidió disputar el podio de la clarividencia estratégica lanzando la operación Epic Fury.

Vladimir Putin y Donald Trump subestimaron al adversario con una condescendencia casi escolar, asumieron una debilidad estructural que solo existía en sus propios mapas y dieron por sentada una victoria relámpago que se resolvería en cuestión de días. En ese tablero, el beneficiario principal no es un actor en disputa, sino Xi Jiping, que sin mover un solo peón contempla cómo las piezas de este ajedrez geopolítico terminan sirviendo a sus objetivos. El petróleo ruso, más barato, alimenta su parque industrial en tanto que Donald Trump tuvo que rendirle pleitesía en su última visita para volver a la Casa Blanca con las manos vacías.

La eficacia de una estrategia jamás se ha medido por la nobleza de las intenciones o las virtudes de un sistema político, sino por el rigor de sus resultados en el mundo real, y ese planeta no es muy visitado por Trump últimamente. Putin es un realista que, desde su jugada para recomponer el imperio ruso, aceptó correr el riesgo de apostar todo, incluyendo su caída cuando no pueda ganar esta guerra.

Es en este punto donde la ceguera ideológica une a los extremos. Los defensores de la operación Epic Fury sostienen que el conflicto en el Golfo Pérsico era inevitable, provocado por las características intrínsecas del régimen iraní. En la otra vereda, los sectores de la izquierda radical-ortodoxa y la extrema derecha occidental aplicaron un determinismo idéntico para justificar el zarpazo ruso en Ucrania, reduciendo la soberanía ajena a un mero detalle geográfico.

Ambas lecturas padecen la misma amnesia voluntaria: eluden el principio elemental de respetar los derechos de los pueblos. Ucrania, una sociedad que mediante el voto popular y sistemático eligió gobiernos contrarios a la tutela de Moscú y que, a lo largo de décadas de transas diplomáticas, vio esa voluntad soberana traicionada en los despachos de las grandes potencias. La movilización social puso fin a los gobiernos traidores, como tantas veces ha sucedido y sucede en América Latina, por ejemplo. Washington y Tel Aviv argumentan a favor de un cambio de régimen en Irán, cuando esa decisión corresponde solamente a los iraníes.

Estamos, en definitiva, ante dos guerras de elección nacidas del voluntarismo, tan caro a los extremismos irracionales. La brecha entre los objetivos trazados en el papel y la realidad efectiva es tan profunda para Trump en el Golfo Pérsico como lo es para Putin en el Donbás. Ninguno de los dos logra escapar de los escenarios que ellos mismos diseñaron con tanto entusiasmo. Para Putin, el fracaso de su “operación militar especial” significa reconocer el fin de su régimen. En Trump, el bloqueo es fundamentalmente de orden político y narcisista. Ningún despliegue de propaganda puede ocultar la ironía de tener que capitular y negociar con un gobierno que él mismo aseguró haber destruido. Al forzar ese pacto, no hace más que consolidar el peso de Teherán en la región, un resultado ciertamente curioso para una campaña que prometía la destrucción de una civilización.

Kiev también aprendió a construir una posición de fuerza frente a la administración Trump. Antes de que el Pentágono comenzara a agotar sus reservas de misiles y sistemas de defensa en el Golfo Pérsico, el ejército ucraniano ya había reescrito las normas de la guerra moderna mediante la innovación tecnológica de bajo costo. La asimetría cambió de signo: la capacidad de neutralizar proyectiles rusos de alta tecnología con interceptores de fabricación local y artesanal transformó la economía del conflicto. Un fenómeno similar ocurre en el estrecho de Ormuz con el uso de drones baratos por parte de Irán. En este nuevo estilo de guerra asimétrica, los costosos armamentos estratégicos corren el riesgo de convertirse en artefactos inútiles y anacrónicos. Volodímir Zelenski, a quien la Casa Blanca pretendía dejar sin opciones, tiene ahora un capital de innovación táctica que el Pentágono está sufriendo en Irán.

Ojalá se aprenda la lección, se rectifiquen errores de interpretación, se dejen a un lado las ideologías inservibles o insólitas para poder reconfigurar el internacionalismo, no para lograr un mundo ideal, pero sí un poco más justo.

El error geoestratégico ruso logró el prodigio de que vecinos históricamente neutrales, como Suecia y Finlandia, se incorporen a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), duplicando la frontera de la Alianza con Rusia por pura iniciativa del Kremlin. Por su parte, la premisa de Trump de que la presión sobre Irán forzaría la emergencia de un liderazgo dócil resultó ser una ficción voluntarista que desoyó todas las advertencias. Hace días nos enteramos que su líder alternativo era Mahmud Ahmadineyad, una jugada increíble, inexplicable, demencial.

Este proceso de desgaste intelectual y político afecta a diversas escuelas de pensamiento. Queda desarticulada la tesis de los extremos de derecha e izquierda que reduce a la OTAN a una mera conspiración de Washington para asfixiar a Moscú. La guerra de “OTAN contra Rusia” o de Moscú contra los “nazis” de Kiev no resiste ya ningún análisis. Los teóricos nacionalistas que elaboran la línea del Kremlin supusieron que relanzar la expansión contra Europa amedrentaría a la Unión Europea, pero luego de cuatro años el bloque se fortalece y se define con gran contundencia ideológica y estratégica. En el otro imperio, los neoconservadores caen en el descrédito por avalar otra intervención en Medio Oriente mal calculada y peor ejecutada, y los defensores del America first quedan como tontos por su fe ciega en la capacidad intelectual de Donald Trump. Incluso la escuela del realismo político se enfrenta a un escenario imprevisto: si bien China capitaliza los errores de sus competidores, son las potencias medianas las que emergen como ganadoras de esta transición, con la clara excepción de Israel.

Mientras tanto, Europa recompone su lugar en el mundo, reduciendo la importancia de la OTAN y reconsiderando la creación de una fuerza militar exclusivamente europea. Asimismo, la socialdemocracia reconfigura su rol político, poniéndose al frente de la resistencia contra el imperialismo estadounidense, ante la abdicación de los que fueran tan radicales hasta que los helicópteros entraron con total libertad a secuestrar a Nicolás Maduro.

La hegemonía estadounidense en Medio Oriente muestra signos de deterioro o de agotamiento; el tiempo dirá. Irán se perfila como un actor regional ineludible, para espanto del Consejo de Cooperación del Golfo y de su nuevo socio, Israel. Desde Tel Aviv a Doha todos deberán articular los nuevos equilibrios. Ucrania, por su parte, se constituirá en un actor atendible para cualquier arquitectura de seguridad europea posterior a la presencia hegemónica norteamericana y ante el desgaste de Moscú. Por vías divergentes, Kiev y Teherán están ofreciendo una lección histórica sobre los límites del poder de los grandes imperios y, también, del fracaso de las extremas derechas que los gobiernan. Una lección que, por razones evidentes, se estudia con máxima atención en Taipéi.

Cuando esto termine se deberían abrir discusiones importantes que proyecten el futuro en el largo plazo. Es imperativo pensar un nuevo pacto internacional, como los hubo en 1815 y 1945, pero ahora fundados en la vigencia de los derechos humanos y de las garantías democráticas. El mundo estuvo al borde del abismo por culpa de los extremos, de las ortodoxias, de los liderazgos megalómanos y de los intereses de nuevas clases que, gracias al dominio tecnológico, creyeron poder arrasar los logros humanistas de un plumazo. Parece que no se salieron con la suya, pero eso no significa que abdiquen de sus intenciones de instalar regímenes jerárquicos, elitistas y excluyentes. Ojalá se aprenda la lección, se rectifiquen errores de interpretación, se dejen a un lado las ideologías inservibles o insólitas para poder reconfigurar el internacionalismo, no para lograr un mundo ideal, pero sí un poco más justo.

Fernando López D’Alesandro es historiador.

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