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Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'Una sociedad mal atendida' · Ilustración: Federico Murro

Ilustración: Federico Murro

Una sociedad mal atendida

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La periodista Sofía Romano resumió bien los hechos ayer al comienzo de Segunda mañana, el programa que conduce en la diaria Radio: “Un hombre no responde la pregunta y habla de lo que tiene ganas. La mujer le pide que responda la pregunta. Un hombre hace un chiste; la mujer no se ríe. Ese chiste es misógino y la mujer exige cumplir con el cometido del programa: entretener hablando de fútbol. El hombre se ofende. A continuación sucede una dinámica ancestral: el hombre agravia a la mujer por su condición de género; la descalifica de una forma ordinaria, metiéndose con su sexualidad”.

La mujer era la propia Romano y el hombre era el exfutbolista y actual director técnico desocupado Juan Ramón Carrasco. Lo que contó la colega había pasado el día anterior, en el programa deportivo por streaming Llenos de mística de El Observador, que conduce Alejandro Fantino y en el que también trabajan, además de Romano, Rafael Cotelo y Ana Inés Martínez.

Habían transcurrido unos 45 minutos de charla deshilvanada. Hubo una intervención de Fantino (quien participaba por videollamada) con grandes elogios a Carrasco, autoelogios y una innecesaria referencia a “los felatistas profesionales de Guardiola”. Luego el conductor empezó a contar una anécdota de su profesor de lógica en el Liceo Militar. Antes de que terminara, el exfutbolista creyó oportuno intercalar un arcaico chiste de Jaimito “sobre lógica”. Romano pidió varias veces que volvieran a hablar de fútbol y Carrasco, buscando la complicidad del resto de sus anfitriones, dijo: “Se ve que esta muchacha está mal atendida”.

Romano le dijo que era un ordinario y Fantino le reprochó el exabrupto a Carrasco, quien terminó en un pedido de disculpas forzado, insistiendo en que había sido víctima de un malentendido. A instancias de Romano, se retomó la charla sobre fútbol durante unos cinco minutos, hasta que Fantino le dijo a Carrasco que había estado pensando y que no quería seguir con él al aire. El exfutbolista se fue y hubo una media hora de comentarios sobre lo que había pasado.

Contexto

Como señaló Romano ayer, hay una tradición cultural todavía vigente, que naturaliza y a menudo festeja el maltrato machista. Y como había dicho pocos minutos antes Martín Rodríguez, también colega de la diaria Radio, hay “un ecosistema mediático del deporte” que, en busca de “la audiencia, la repercusión y la polémica”, convoca reiteradamente a Carrasco y a otras personas sabiendo que van a decir disparates, y con frecuencia los alienta a decirlos. Basta con recordar lo que ocurría en los últimos años de vida de Fabián O’Neill.

No se trata solamente del periodismo deportivo. La práctica de entrevistar a gente que genera titulares y clics con sus previsibles desvaríos está muy extendida en los programas que tratan temas políticos. Como en otros países, se va imponiendo un criterio poco sano para atraer la atención del público, que enturbia la convivencia social y lleva a subir cada vez más la apuesta.

Muchos que quieren fama se esfuerzan por mostrarse como grandes energúmenos, y los propios comunicadores –no siempre periodistas– construyen su perfil público con la misma teoría sobre el camino hacia el éxito. Tradicionalmente, a quienes nos dedicamos al periodismo nos resultaba incómodo “ser noticia”. Ahora ganan terreno las figuras que día tras día opinan en forma tajante sobre los asuntos más diversos, como si participaran en el programa paródico Hablemos sin saber, y tratan de “derrotar”, descalificar o humillar públicamente a otras personas, incluyendo a las que convocan para entrevistarlas, a fin de acumular notoriedad y seguidores.

Antonio Maeso, panelista del programa de televisión Buscadores, se irritó la semana pasada porque su colega Daniela Bouret lo interrumpía y le preguntó a los gritos: “¿Cómo hace para hablar en su casa? ¿No la agarran a patadas? ¿No le pegan a usted? ¿No le pegan para decirle ‘callate’?”. Ayer pidió disculpas.

Límites

Fantino hizo bien el domingo en ponerle fin a la charla con Carrasco, pero deja mucho que desear como ejemplo de promoción del respeto, ya que en Argentina es notorio por festejar y proferir barbaridades en sus programas.

En esa emisión de Llenos de mística, al grupo de periodistas le resultó difícil decir “basta”, y vale la pena hacerle frente a ese problema, sin que nos amedrenten con tonterías sobre los méritos de la “incorrección política” y burlas a la “generación de cristal”.

No se trata de “cancelar” a Carrasco o a otras personas, pero es muy importante tomar conciencia de que las responsabilidades de nuestro oficio no consisten en facilitar que se difunda cualquier despropósito, en nombre de una concepción muy pobre de la libertad de expresión. Tampoco se trata de reaccionar solo cuando hay agresiones contra colegas. También corresponde frenar los agravios a otras personas, así como señalar lo que nos consta que es falso. De lo contrario, estamos atendiendo mal a la sociedad de la que formamos parte y a la que deberíamos cuidar, propiciando además que se cuide a sí misma. Incluso de nosotros.