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Basta de violencia en todas partes

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Hoy quiero hablar no solamente como legisladora. Quiero hablar como mujer. Como madre. Como abuela.

Desde ese lugar quiero hacer un ruego: que termine esta locura. Que terminemos de una vez por todas con esta espiral de violencia que viene creciendo alrededor del fútbol, especialmente, y que parece no encontrar freno. Además, como si precisáramos pretextos para la brutalidad, la violencia contra las mujeres es de todo tipo. Vivimos en una sociedad que ya tiene generaciones y generaciones de niños huérfanos por femicidios y que aún no encuentra cómo hacer desaparecer ese flagelo.

Paremos por favor con las batallas campales en medio de lo que deberían ser fiestas familiares. Ya no estamos hablando de deporte ni de pasión. Ya no estamos hablando de rivalidades deportivas. Estamos hablando de amenazas de muerte. De amenazas de homicidio y de homicidios. De agresiones planificadas. De personas organizadas para delinquir. De grupos que utilizan el fútbol o lo que sea como excusa para sembrar miedo, violencia y destrucción.

Mientras tanto, miles de ciudadanos y ciudadanas que solo quieren disfrutar de un espectáculo deportivo quedan atrapados entre el temor y la resignación. ¿Cuántos policías más? ¿Cuántos operativos más? ¿Cuánto dinero público más vamos a destinar para contener una situación que se repite una y otra vez? También debemos preguntarnos eso.

Estamos destinando enormes recursos del Estado para proteger eventos que terminan exigiendo dispositivos de seguridad cada vez mayores. Entonces, surge una pregunta incómoda: ¿a quién estamos protegiendo realmente? Por ejemplo, en los casos de violencia de género e intrafamiliar, sabemos que la cantidad de órdenes de alejamiento es tan grande que muchas veces resulta difícil garantizar el seguimiento que cada situación requiere, aunque sea enorme el esfuerzo que realizan la Policía, la Justicia y los equipos especializados. Aun así, se suman las víctimas y nos duele cada mujer muerta, a veces por fallas del sistema.

Por otro lado, tiramos alegremente esos escasos recursos policiales en los circos romanos en los que se ha transformado el fútbol. Es muy indignante. No se trata de buscar culpables fáciles. Tampoco de señalar a una institución o a una hinchada. Se trata de reconocer que algo está profundamente mal.

El derecho a la vida está por encima de cualquier espectáculo. El derecho a vivir en paz está por encima de cualquier clásico.

Si seguimos haciendo lo mismo, los resultados serán los mismos. O peores. Por eso creo que debemos animarnos a discutir medidas que hace algunos años parecían impensables. Si la violencia continúa, si las amenazas continúan, si el riesgo para la vida de las personas continúa, entonces, debemos considerar seriamente la realización de partidos sin público, como han hecho otros países cuando la situación se volvió insostenible. O que se suspendan directamente los partidos como penalidad, y por la salud de la población. No es exageración. Lamentablemente, es una infame realidad. El derecho a la vida está por encima de cualquier espectáculo. El derecho a vivir en paz está por encima de cualquier clásico.

Y aquí quiero detenerme en una pregunta que me duele. ¿En qué se transformaron los clásicos? Aquellos encuentros que movilizaban familias enteras, que llenaban barrios de alegría, que generaban recuerdos compartidos entre generaciones. ¿Qué quedó de aquello?

Cuando la previa se vive con miedo, cuando se anuncian venganzas, cuando circulan amenazas y cuando la sociedad entera teme que ocurra una tragedia, estamos frente a algo muy distinto al deporte. Y no podemos seguir naturalizándolo.

No podemos acostumbrarnos. No podemos resignarnos. Por eso hoy hablo desde un lugar muy sencillo y muy humano. Desde el lugar de una madre que piensa en los hijos e hijas de este país. Desde el lugar de una abuela que piensa en las nuevas generaciones. Y desde el lugar de una representante nacional que cree que el Estado tiene la obligación de actuar cuando la convivencia está siendo amenazada.

Mi mensaje es simple: piensen, actúen, atrévanse a hacer algo diferente. Si no hacemos algo diferente, nada va a cambiar. Y si nada cambia, lamentablemente, todo indica que esto seguirá empeorando.

Todavía estamos a tiempo de recuperar el fútbol para la gente. Todavía estamos a tiempo de recuperar las tribunas para las familias. Y a tiempo de no seguir enseñando brutalidad a nuestros niños y niñas. Por un lado les enseñamos buenas prácticas y por otro actuamos totalmente al revés, y se educa más con lo que se hace que con lo que se dice, eso es obvio.

Todavía estamos a tiempo de impedir que una tragedia anunciada termine convirtiéndose en otra tragedia consumada.

Susana Andrade es senadora de la República por el Frente Amplio.

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