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Simpatizantes de Pedro Castillo y Keiko Fujimori discuten durante una movilización "contra el comunismo", este domingo, en la Plaza San Martín, en Lima.

Foto: Paolo Aguilar, Efe

Balotaje en Perú: aviso de incendio

11 minutos de lectura
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Pedro Castillo y Keiko Fujimori en la recta final de las elecciones.

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Leído por Andrés Alba.
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El próximo domingo se definirá quién ocupará la presidencia de Perú por los próximos cinco años: Pedro Castillo, un maestro rural de izquierda, o Keiko Fujimori, hija de Alberto, expresidente del país entre 1990 y 2000. Castillo obtuvo 19% de los votos en la primera vuelta y la dirigente derechista, 13%.

Asegurar que quien gane acabará su mandato es casi un deporte de alto riesgo, puesto que Perú pendula hace tiempo en un caótico ajedrez institucional en el cual el presidente y el Congreso alternan sus movidas entre denuncias de corrupción o inoperancia.

Nadie, literalmente, pudo anticipar que la definición sería entre estos dos candidatos. Para ilustrar esto alcanza con echar una mirada a los números publicados por la empresa Ipsos una semana antes de la primera instancia electoral, celebrada el 11 de abril: de un total de 18 candidaturas, cuatro se encontraban en un supuesto empate técnico –en orden, Yohny Lescano, Hernando de Soto, Verónika Mendoza y George Forsyth–; recién después, apenas con 9,3% de intención de voto, asomaba Keiko Fujimori. Pedro Castillo, el candidato de Perú Libre, se contaba en un segundo pelotón, varios puntos más abajo.

De Lava Jato a la “generación del bicentenario”

El anterior presidente electo, Pedro Pablo Kuczynski (un banquero conocido más usualmente como PPK), renunció el 21 de marzo de 2018. PPK había vencido en un balotaje a Keiko Fujimori el 5 de junio de 2016, casi sin disputas ideológicas de por medio. Keiko, sin embargo, obtuvo entonces un sólido control del Congreso peruano (debido a su casi 40% en primera vuelta) y saboteó activamente la gobernabilidad.

El mar de fondo de la crisis peruana pos Fujimori ha sido el capítulo autóctono de Lava Jato y en especial el proceso judicial que enfrentó la empresa constructora brasileña Odebrecht. Ollanta Humala, presidente entre 2011-2016 y quien representó tímida y fugazmente la posibilidad de un gobierno progresista, a tono con Lula o Evo Morales, empezó con una aprobación de 57% y terminó con 19%; durante nueve meses cumplió prisión preventiva.

Alan García, que hizo su segundo mandato en 2006-2011, se pegó un tiro en 2019, cuando se ordenó su detención: con él desapareció el último líder del partido más importante de la historia peruana, el APRA. Alejandro Toledo (2001-2006), de quien PPK fue primer ministro, está bajo arresto domiciliario en Estados Unidos. El propio PPK cayó enredado en acusaciones por tráfico de influencias en favor de Odebrecht.

Martín Vizcarra, vice de PPK, quedó entonces a cargo del gobierno. Vizcarra disolvió el Congreso obstruccionista en que Keiko tenía mayoría (el 30 de setiembre de 2019), con apoyo mayoritario de la población y de manera constitucional. Vizcarra había obtenido gran popularidad planteando una lucha contra la corrupción, pero, al elegirse un nuevo Congreso en elecciones parlamentarias extraordinarias (26 de enero de 2020), fue destituido en noviembre de 2020, a falta de ocho meses para que terminara el ciclo constitucional y sin que hubiera un fallo judicial en su contra. Todo esto generó una situación muy particular, en la cual el Poder Legislativo, muchas veces visto como el organismo “más democrático” de la división de poderes, llegó a niveles de popularidad bajísimos, muy por detrás del presidente vacado.

Lo disruptivo en este escenario es que todavía están muy frescas las marcas que han imprimido las protestas contra el ilegítimo gobierno de Manuel Merino (que sucedió a Vizcarra). En ese entonces, Inti Sotelo (de 24 años) y Bryan Pintado (de 22) murieron como consecuencia de la represión y decenas de personas resultaron desaparecidas. Merino sólo duró cinco días, Perú vivió su propio “que se vayan todos” y su juventud comenzó un despertar político en la línea de los procesos de Chile o Colombia.

Fujimorismo sin (Alberto) Fujimori

Si tomamos únicamente las cinco elecciones generales que tuvieron lugar durante este siglo, el promedio de candidatos presidenciales fue de 13,2 por elección. Este año se presentaron 18 candidaturas, sólo por detrás de las 20 que compitieron en las elecciones de 2006, aún dentro de la transición posfujimorista. Salvo algunas excepciones, como la propia Keiko Fujimori, los nombres que suenan en una elección son recordados por unos pocos cinco años después, cuando hay que volver a las urnas. Actualmente en Perú prácticamente no hay referencias políticas duraderas.

La inestabilidad es moneda corriente, especialmente porque, a diferencia de casi todos los países de América Latina, Perú a primera vista parece un país hiperpresidencialista, pero en concreto tiene características de un régimen semiparlamentario, donde el Congreso puede imponer mociones de censura que pueden dinamitar el gabinete y el presupuesto. Por otro lado, existe la figura de la vacancia “por incapacidad moral del presidente”, muy utilizada y que sobrepasa ampliamente las posibilidades que ofrece el juicio político.

Alberto Fujimori, con su alquimia de neoliberalismo económico y político, conservadurismo social, autogolpismo institucional y represión como única respuesta a cualquier reclamo, fue uno de los principales paladines del neoliberalismo latinoamericano en los años 90. Pero, a diferencia de lo ocurrido en otros países de la región, Perú no atravesó una ruptura clara con este modelo en el terreno político y mucho menos en el económico. Mientras en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela y, en alguna medida, Uruguay se fantaseaba con enterrar el neoliberalismo, en Perú se instaló una suerte de fujimorismo sin (Alberto) Fujimori.

Aun repudiando sus crímenes, los gobernantes que sucedieron al dictador mantuvieron su Constitución y una organización social que basa la acumulación en el desempleo, la precarización laboral, la exclusión de amplias capas sociales y la depredación ambiental.

“En 2019 27,7% de los peruanos pertenecían al nivel socioeconómico E [marginal] y 32,0%, a la clase D [baja inferior]”,plantea Giovanna Peñaflor, directora de Imasen y analista política.

¿Quién es Pedro Castillo y por qué nadie lo vio venir?

Pedro Castillo tiene 51 años y nació en Chota, localidad situada en el andino departamento de Cajamarca. Lideró durante 75 días la imponente huelga de maestros de 2017.

Quizá por eso podemos hacer nuestra la descripción de lo ocurrido en Perú durante la primera vuelta que ofreció Mario Riorda, politólogo y consultor en comunicación política de alcance latinoamericano: “Poner el ojo en todo opuesto –o al frente– de lo que las élites limeñas expresan, promueven o anhelan políticamente”.

Castillo hizo hincapié a lo largo de la campaña en su pasado como “rondero”, es decir, miembro de organizaciones comunales de autodefensa que habrían sido importantes en la derrota de Sendero Luminoso sin haberse integrado al Estado. Esto le permite deslindarse –al menos parcialmente– del trágico derrotero de la izquierda peruana, cuya historia de participación en las luchas populares es muy rica (construyendo incluso referencias electorales importantes de la mano de líderes como Hugo Blanco o Ricardo Napurí), pero que en el correr de los años 80 perdió casi toda importancia en favor de grupos terroristas descompuestos.

Si había alguien que los medios tenían visibilizada como capaz de entrar en el balotaje desde la izquierda no era Castillo, sino Verónika Mendoza, de orientación centroizquierdista. Mendoza había quedado sólo dos puntos abajo de PPK en 2016. Como sostuvo la periodista María Sosa Mendoza, basándose en la encuesta de Ipsos publicada en El Comercio el 4 de abril: “A pesar de que varios periodistas y algunos analistas plantearon en varias ocasiones que la candidatura de Pedro Castillo le restó votos a la de Verónika Mendoza [...] Mendoza concentra votos en los niveles socioeconómicos A y E y en la zona oriental del país; por su parte, Castillo no tiene prácticamente intención de voto en el nivel socioeconómico A, su voto se aglutina en los sectores D y E, y en las zonas del centro y sur del país”.

Su modo de hacer campaña lo posicionó claramente en oposición a todos los demás candidatos, como explica el economista Silvio Rendón: “Pedro Castillo viaja por todo el país en cinco tramos [...] Castillo tiene una riesgosa campaña presencial en medio de una pandemia. Es una campaña sacrificada en la cual él mismo se sacrifica y se contagia de covid-19. Con esto conecta con un pueblo golpeado por la pandemia [...] Una estrategia sacrificada y riesgosa, muy a la vietnamita”.

Pedro Castillo toma distancia de Keiko Fujimori

El 24 de mayo, el diario limeño El Comercio publicó en su portal el resultado del simulacro de votación realizado por Ipsos: encabeza Pedro Castillo (52,6%), alejándose de Keiko Fujimori (47,4%), calculado sobre la intención de votos válidos. Teniendo en cuenta a quienes declaran que anularán su voto o votarán en blanco, los guarismos caen hasta 45% y 40,7%, respectivamente, mientras el voto no afirmativo escala hasta 14,3%. Estos números fueron publicados más de un mes después de la primera vuelta; durante el transcurso de este, y hasta la publicación mencionada, todos los estudios de opinión pública coincidieron en mostrar una sostenida disminución de la brecha entre el candidato de Perú Libre y la de Fuerza Popular.

Menos de una semana después y faltando dos para la segunda vuelta electoral, el 23 de mayo, La República puso en circulación la encuesta de intención de voto confeccionada por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Para esta se utilizó una muestra aleatoria de teléfonos celulares ponderada por datos demográficos. En este caso, que además toma en cuenta votos nulos y no afirmativos, la distancia entre los candidatos es mucho mayor: Pedro Castillo escala hasta 44,8%, mientras Keiko Fujimori crece, pero a un ritmo menor y no llega a los 35%. El análisis se completa con 12,8% de votos en blanco o nulo –número considerable, pero con un retroceso de más de diez puntos respecto de la medición anterior–, 5,1% de indecisos y 2,9% que no iría a votar.

Las preguntas del balotaje

En cada elección las sociedades se plantean unas pocas interrogantes. Una de las más claras, en esta ocasión, tiene que ver con la continuidad del fujimorismo. Como señaló la socióloga Alejandra Dinegro, el fujimorismo se presentó fragmentado en distintas vertientes: Keiko Fujimori como heredera del fujimorismo original, pero también “Hernando de Soto (el fujimorismo tecnocrático), López Aliaga (el fujimorismo ultraconservador)” y otros candidatos que difícilmente puedan representar una ruptura, como Yohny Lescano y George Forsyth. De Soto, López Aliaga y Victoria Nacional, de Forsyth, ya han expresado su apoyo a la candidata de Fuerza Popular, e incluso colocado algunas de sus figuras en sus equipos técnicos.

Los bordes de este bloque son nítidos: la apuesta clara por la continuidad. No existió ninguna discusión sobre cómo reorganizar Perú ni sobre modificar o redactar una nueva Constitución. Keiko, que en 2016 buscaba borrar su apellido de la discusión y se distanciaba de su padre, hoy se aferra a él y anticipa que lo indultará en caso de que sea electa presidenta. Es un equilibrio complicado, porque el balance del fujimorismo es sumamente divisivo en la sociedad peruana, y se pone al rojo vivo cuando sus consecuencias en el vaciamiento de la salud pública y las capacidades estatales se hacen más evidentes en el contexto de la pandemia. Por eso, el discurso de la candidata de Fuerza Popular busca desplazar el centro de gravedad en esta campaña, transformándola en un plebiscito sobre el comunismo.

Campaña del miedo, de contención

Como sugiere el estudio del IEP, y por otra parte es evidente en cualquier pieza de campaña de Fuerza Popular, el núcleo duro del voto fujimorista descansa sobre este miedo, relacionado con la corrupción –los permanentes intentos de la campaña de la derecha por subir al ring a Vladimir Cerrón, fundador de Perú Libre y gobernador de Junín suspendido por causas de corrupción en su contra– y la incapacidad de la izquierda para gobernar por falta de saber técnico.

Datos del Informe Mayo III, elaborado por el IEP y publicado por La República el 23 de mayo.

La estrategia de Perú Libre implica reformular la pregunta que se plantea en la contienda electoral. Aunque es un partido que se define como socialista, moderó sus propuestas más radicales, entre ellas la reforma constitucional, que perdió peso dentro de su programa (recordemos que era un aspecto central hasta la primera vuelta). A fines de abril, tras recibir a Hernando de Soto, el propio Castillo aclaró que su formación no es comunista. Cabe dudar si esta fue la mejor estrategia; quizás por casualidad, pero esta etapa coincidió con el momento de mayor crecimiento de Keiko Fujimori en las encuestas. Negar el calificativo que aplica el adversario, generalmente, sirve para fortalecer el marco que le resulta más favorable. Lo peor que podría ocurrirle a la campaña de Perú Libre es entrar en ese juego, en el que también se quiso vincular al partido a remanentes de Sendero Luminoso y, obviamente, a Venezuela.

Por el contrario, lo que les conviene a las izquierdas es convertir la elección en una disyuntiva entre la continuidad o el quiebre con el fujimorismo. Nuevamente, podemos revisar los datos recolectados por el IEP y publicados por La República:

Datos del Informe Mayo III, elaborado por el IEP y publicado por La República el 23 de mayo.

El voto a Castillo es la exigencia de cambios profundos en la matriz social fujimorista, y que rechaza a Keiko por miedo a volver a ver a un(a) Fujimori en el poder.

La pregunta que encierra la elección puede ser un factor clave para definir su voto: ¿se arriesga Perú a ver nacer un gobierno vinculado al terrorismo y que llevará adelante expropiaciones contra la pequeña propiedad, o lo que se define es la continuidad de un modelo hambreador y excluyente o su superación? Cada votante enfoca esto desde un punto de vista y, a partir de allí, busca las respuestas que ofrece cada candidato a ese interrogante. Puede ser más importante controlar la pregunta que la respuesta.

Obviamente, existen otros determinantes del voto. Por ejemplo, el predominio de Keiko Fujimori es muy claro en la región metropolitana de Lima, mientras Castillo se hace fuerte en el interior, particularmente en el sur y el centro y en las regiones rurales. En cualquier caso, de cara al balotaje, cada voto cuenta y la importancia del interrogante es insoslayable.

Recta final: el bloque contra Keiko y el atentado en el Vraem

De cara a la segunda vuelta, el principal apoyo recibido por Perú Libre ha sido el de Juntos por el Perú, la coalición encabezada por la centroizquierdista Verónika Mendoza, que se postulaba como candidata a pasar a segunda vuelta. Históricamente, han existido rispideces entre la izquierda cosmopolita, basada en las grandes ciudades (llamada despectivamente “izquierda caviar”), y la izquierda de las regiones rurales o de pequeñas ciudades. Es sabido, por ejemplo, que Castillo ha sido un histórico oponente a los derechos de la comunidad LGBT y de las mujeres, además de estar en contra de legalizar el aborto. En un país tan diverso y desigual como Perú, las combinaciones posibles de posicionamientos sobre temas diversos son infinitas y eso sucede en el caso de Castillo.

En el acuerdo publicado el 5 de mayo, donde se hizo patente el apoyo de Juntos por el Perú de cara a la segunda vuelta, sólo se desarrolla la coincidencia antifujimorista. Una vez más, se refuerza el marco, lo cual es correcto desde la lógica de la campaña electoral. Pero no resuelve las profundas diferencias que anidan en esta eventual coalición y se complican dentro de un país sumamente heterogéneo y atravesado por fisuras históricas.

El 23 de mayo, en Vizcatán del Ene, se produjo un ataque que dejó un saldo de 16 civiles muertos, entre ellos dos niños.

Esta pequeña localidad está situada en la zona selvática conocida como Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), una remota región rural donde se cultiva gran parte de la coca destinada a la producción de clorhidrato de cocaína, en la que, por eso mismo, tienen una gran influencia los grupos narcos.

Justo un día antes, el sábado 22 de mayo, miles de personas se manifestaron en más de 20 ciudades contra el regreso de una Fujimori al poder, en lo que fue la expresión callejera del bloque formado por Castillo y Mendoza de cara al balotaje. El atentado impregnó de manera negativa esas movilizaciones.

En el lugar del atentado se encontraron panfletos firmados por el Militarizado Partido Comunista del Perú, llamando a la “limpieza” de Perú y al boicot a las elecciones. Es difícil determinar las motivaciones exactas del atentado, perpetrado por este grupo, que es una escisión de Sendero Luminoso y que es liderado por Víctor Quispe Palomino. Muchas veces, los grupos armados marginales tienen agendas propias y existe una fuerte posibilidad de que actúen en connivencia con sectores del Estado. En 2011, 2014 y 2016 ocurrieron sendos atentados en vísperas de las elecciones. Posiblemente estos ataques tengan un impacto negativo en la participación en las urnas, sobre todo en la región donde fueron perpetrados.

Indudablemente, el atentado puede favorecer la campaña de Keiko Fujimori si logra presentar el acto terrorista como una asonada de “guerrillas de izquierda”, aunque estas últimas, en verdad, tengan un programa social reaccionario que tiene poco que envidiarle al de las ultraderechas. No es casualidad que Pedro Castillo haya salido a repudiar el ataque con más celeridad que la candidata de Fuerza Popular: además de la sensibilidad que indudablemente tiene por la población rural, sabe que el atentado puede golpear duramente su desempeño.

Sea cual sea el resultado en las urnas el 6 de junio, la sociedad seguirá polarizada en muchos niveles. Una moneda girando en el aire. El resultado dirá si las fuerzas que impactaron las calles de Perú contra el fujimorismo social logran vetar la continuidad que representa Keiko. Buscan dejar atrás una larga secuencia de presidentes que llegaron al poder a la cabeza de promesas de cambio que se vieron rápidamente frustradas.

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