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Centro Juvenil Ibirapitá

Foto: Ariel Volpi

Centro Juvenil Ibirapitá: un espacio que acompaña a 40 adolescentes y sus familias en contextos de alta vulnerabilidad

Desde 2023 funciona como Centro Juvenil en convenio con INAU. Su trabajo combina apoyo educativo, talleres de oficio, acompañamiento psicosocial y un fuerte vínculo con las familias para prevenir la exclusión social.

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El Centro Juvenil Ibirapitá se ha convertido en un referente para decenas de adolescentes de distintos barrios de Salto que encuentran allí un espacio de contención, formación y acompañamiento.

Aunque el convenio con el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) establece un cupo de 40 jóvenes, detrás de cada uno de ellos hay una familia con la que también se trabaja de forma permanente. Así lo explicó a la diaria la psicóloga y principal referente del centro, Verónica Ocampo, quien destacó que la propuesta está dirigida a adolescentes de entre 12 y 17 años y 11 meses.

Los jóvenes concurren de lunes a viernes, entre las 13.30 y las 17.30 horas, “participando en una variada propuesta socioeducativa que busca fortalecer habilidades personales, educativas y sociales”.

Durante este año, el Centro Juvenil desarrolla talleres de cuidado personal que incluyen estética de uñas, maquillaje artístico y social, además de peluquería y barbería para el último trimestre.

A ello se suma un taller anual de gastronomía, actividades de arte y manualidades, donde los adolescentes incluso aprendieron costura gracias a máquinas donadas por empresas y vecinos, además de recreación y apoyo psicosocial.

Uno de los pilares es el apoyo pedagógico, que se realiza dos veces por semana para acompañar las trayectorias educativas.

Sin embargo, la realidad de los adolescentes que concurren al centro refleja una problemática preocupante, aproximadamente la mitad no estudia ni trabaja. “Para muchos de ellos este es el último espacio institucional que mantienen”, explicó Ocampo, señalando que allí “aprenden hábitos básicos de convivencia, cumplimiento de horarios y respeto por normas que luego facilitan su integración a otros ámbitos”.

Una historia nacida del voluntariado

El proyecto comenzó en 2016 impulsado por la Fundación Purificación, una organización social sin fines de lucro integrada por laicos comprometidos con el trabajo comunitario.

Las primeras actividades se desarrollaron en la Capilla Virgen de los Treinta y Tres, en barrio Nuevo Uruguay, donde funcionaban clases de apoyo escolar, huerta y talleres sostenidos íntegramente por voluntarios.

En 2019, una importante donación de contenedores permitió construir la sede propia, que con el tiempo fue ampliándose mediante el apoyo de benefactores y padrinos.

La pandemia obligó a suspender las actividades durante dos años, pero en 2023 llegó un punto de inflexión: la firma del convenio con INAU para integrarse al Programa Adolescencias. “Ese acuerdo permitió profesionalizar el funcionamiento del centro” y consolidar un equipo interdisciplinario integrado por ocho trabajadores, además de talleristas.

Aunque el convenio establece un máximo de 40 adolescentes, el centro suele atender alguno más debido a que la asistencia diaria varía. Además del trabajo institucional, “realizamos con el equipo visitas domiciliarias cuando los adolescentes dejan de concurrir o cuando las familias necesitan apoyo”.

La flexibilidad es una de las características del proyecto. Algunos jóvenes asisten a medio horario o reciben acompañamientos personalizados cuando presentan dificultades para permanecer durante toda la jornada.

Según Ocampo, “el objetivo es sostener el vínculo antes que perder contacto con adolescentes que muchas veces viven situaciones de extrema vulnerabilidad”.

Muchos jóvenes abandonan tempranamente el sistema educativo para realizar changas, trabajar en quintas o colaborar con la economía del hogar. Otros enfrentan problemas vinculados al consumo problemático de alcohol y drogas, embarazos adolescentes o dificultades de salud mental. “Ellos están cuatro horas con nosotros, pero luego vuelven al contexto donde viven. Ahí es donde aparecen las mayores dificultades”, sostuvo.

Con el paso de los años, Ibirapitá logró convertirse en un lugar de referencia para los adolescentes. “Cuando tienen problemas, vienen a pedir ayuda”, destacó Ocampo.

Durante todo el año también trabajan junto a estudiantes de la Licenciatura en Enfermería “en temas de higiene, salud sexual, prevención de infecciones de transmisión sexual, embarazo adolescente y consumo problemático”.

Muchas de las familias “viven en viviendas muy frágiles, algunas construidas con nylon de invernadero y madera, en zonas cercanas a cañadas, donde las condiciones habitacionales aumentan los riesgos sociales”.

El reciente temporal golpeó especialmente a las familias vinculadas al centro. De las 41 familias atendidas actualmente, once sufrieron daños importantes y dos perdieron prácticamente todo tras el derrumbe de paredes y voladuras de techos.

La Fundación Purificación “inició inmediatamente una campaña solidaria para recolectar alimentos, colchones, ropa y materiales de construcción, además de gestionar la compra de chapas”.

La situación también “afectó las fuentes laborales de muchas familias”, ya que “numerosos padres trabajan en chacras e invernáculos que quedaron destruidos por la tormenta”. Como consecuencia, “muchos dejaron de percibir el ingreso diario que les permitía sostener la alimentación del hogar”.

Un proyecto que mira hacia el futuro

Aunque el convenio con INAU marcó un antes y un después, Ocampo asegura que “el objetivo de la Fundación Purificación va mucho más allá”. Entre los proyectos se encuentra “la construcción de un polideportivo, la posibilidad de ofrecer educación secundaria formal en el futuro, ampliar los talleres de oficios e incorporar propuestas destinadas también a adultos”.

La organización ya conformó una comisión de apoyo integrada por familiares y vecinos para fortalecer el cuidado del espacio. Sin embargo, “el contexto de inseguridad representa un desafío permanente”. La falta de iluminación tras el temporal favoreció robos y actos vandálicos en la zona, “donde también existen conflictos entre bandas vinculadas al narcomenudeo”.

A pesar de ese escenario, el Centro Juvenil Ibirapitá continúa apostando a la educación, la inclusión y el acompañamiento como herramientas para abrir nuevas oportunidades a adolescentes que encuentran allí mucho más que un lugar donde pasar la tarde: “Un espacio donde sentirse escuchados, contenidos y acompañados en la construcción de su futuro”, concluyó Ocampo.

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