Parque

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Se construye un nuevo parque y lleva el nombre de alguien a quien vimos en persona. Alguien con quien, aunque no fuéramos allegados, podríamos haber intercambiado un saludo. Más sorprendente es que lleve el nombre de quien, no hace tanto, fue perseguido: un proscripto que afrontó severos castigos, no hay que olvidarlo, y ahora un parque lleva su nombre. Sentado al borde de la pista de skate,...
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Se construye un nuevo parque y lleva el nombre de alguien a quien vimos en persona. Alguien con quien, aunque no fuéramos allegados, podríamos haber intercambiado un saludo. Más sorprendente es que lleve el nombre de quien, no hace tanto, fue perseguido: un proscripto que afrontó severos castigos, no hay que olvidarlo, y ahora un parque lleva su nombre.

Sentado al borde de la pista de skate, un joven se queja de quienes rompen las cosas y no respetan las reglas. “Esos niños, por ejemplo, no deberían estar allí, es peligroso”, dice, refiriéndose a los pequeños que se tiran de panza por la pendiente de esa olla de hormigón resbaladizo pensada para skates y bicicletas. Tiene una opinión definitiva acerca de la incapacidad uruguaya para compartir espacios públicos. Pero el lugar le gusta.

“Es como una rambla, un lugar de encuentro, un checkpoint. Además es funcional. Fijate la Plaza de la Bandera, no va nadie. Tiene el piso rugoso” reflexiona. En la pista la solidaridad consiste en no chocarse y poco más. Algunos, incluso, van de auriculares.

¿Qué tiene que ver aquel hombre con este parque, o debería llamarse plaza, una designación más acorde a su tamaño? ¿Acaso fue concebida como una metáfora del individuo que, sin saberlo, le dio su nombre? “Anoche rapeamos hasta las once de la noche”, cuenta entusiasmado otro joven y señala un rincón al costado del hueco resbaladizo. Mucho más allá, tirados a sus anchas como si se tratara de arena y no de hormigón, tres muchachos conversan alrededor de una cerveza: “Es la primera vez que venimos pero se va a convertir en un ritual”. Una señora de Rivera vino a conocer el lugar, trajo a su nieta, le gusta. Un hombre de treinta años juega a la pelota con los chiquilines como si fuera uno más: “Traje a mis hijos con sus amigos. Toda la semana laburando, vine a despejarme un poco”, cuenta.

En la cancha de básquetbol son tres mujeres contra dos varones y hay mucho roce. Una barra fuma porro. Otros hablan plancha. Hay quienes leen o estudian. Veteranos contemporáneos del hombre que dio su nombre al parque y gurises que no pueden saber quién fue. Parejas, familias, mates, triciclos. Muchos niños del barrio hacen su verano allí. Es arriesgado decir de qué manera el parque Liber Seregni pueda ser un símbolo del general Liber Seregni. Riesgo de una asociación traída de los pelos o de una evocación sentimental. El parque está allí y quien lo desee puede intentar descifrar su sentido. Lo que puede afirmarse es que es un éxito de público y, contra la opinión del joven skater, quizás, también de convivencia.

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