El británico Christopher Froome (d) durante la última etapa del Tour de France, ayer, en París. Foto: Philippe López, AFP

El británico Chris Froome ganó ayer por cuarta vez el Tour de France

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La penúltima etapa del Tour de France, que se celebró el sábado, fue una contrarreloj de 22 kilómetros y medio con principio y final en el fantástico estadio Vélodrome de la ciudad de Marsella. En esa prueba Froome lo hizo de nuevo: aferrado al manillar de su bicicleta, el británico fue una máquina que atravesó el recorrido dispuesto a quedarse con la carrera, tal vez la mejor manera de defende...
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La penúltima etapa del Tour de France, que se celebró el sábado, fue una contrarreloj de 22 kilómetros y medio con principio y final en el fantástico estadio Vélodrome de la ciudad de Marsella. En esa prueba Froome lo hizo de nuevo: aferrado al manillar de su bicicleta, el británico fue una máquina que atravesó el recorrido dispuesto a quedarse con la carrera, tal vez la mejor manera de defender el maillot jaune, la malla amarilla que ostentan los líderes de la mítica competencia estival francesa. Le alcanzaba con mantener la diferencia de tiempo que les llevaba a sus rivales directos, el colombiano Rigoberto Urán y el local Romain Bardet (en ese orden subieron al podio ayer), pero fue por todo. Sin ser especialista en ese tipo de etapas, Froome casi logra ganarla. Terminó tercero en la contrarreloj, a cinco segundos de su compañero de equipo, el polaco Michał Kwiatkowski, y a seis del ganador, Maciej Bodnar, otra flecha polaca; eso le alcanzó para mantener el número 1 en la clasificación general en la previa a la última etapa, la de ayer, que es una especie de camino triunfal por consenso que tuvo su cierre, como todos los años, en los Champs Élysées de París. El que ganó ayer fue el cuarto Tour de France para Froome, que quedó a uno de los máximos ganadores de la historia.

Los demás premios fueron repartidos entre el francés Warren Barguil, que fue el mejor escalador, el australiano Michael Matthews, ganador por puntos, y el inglés Simon Yates, quien se coronó como el mejor competidor joven de la prueba. Por equipos, el título fue para Sky Team, al que pertenece Froome.

El origen

Froome nació en Nairobi, Kenia, en 1985, donde sus padres, que son británicos, estaban viviendo por motivos laborales. Eso testifica que es humano, aunque cueste creer que no sea una máquina armada con huesos y recubierta de piel. Compitió por su país natal en categorías juveniles y cuando tenía 15 años se mudó a Sudáfrica para desarrollarse y proyectarse como ciclista. Recién en 2007, a los 22 años, se convirtió en profesional en su primer equipo, Konica.

En adelante todo fue embalaje: en 2008 obtuvo la nacionalidad británica y fue contratado por Barloworld, equipo sudafricano que lo llevó al Tour de France por primera vez. Luego llegaron las citaciones para correr por Gran Bretaña en los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos de 2012 celebrados en Londres, en los que obtuvo una medalla de bronce. Pero el salto de calidad lo había dado dos años antes, en 2010, cuando le llegó la oferta de Sky Team, uno de los equipos de ciclismo más importantes del mundo. Fue ahí donde comenzó a gestarse la leyenda.

Ganador de las ediciones de 2013, 2015 y 2016, esta fue la primera vez que Froome logró el título del Tour de France sin haber ganado ninguna etapa. Así es el ciclismo: se premia la regularidad, las horas acumuladas en las piernas. Pero más allá de no haberse quedado con ninguna etapa, el británico hizo todo bien en las casi tres semanas de competencia.

En la quinta etapa, la segunda con tramos en la montaña, se puso la malla amarilla de líder. Mantenerla no fue fácil, porque no le dieron respiro y lo atacaron desde todos lados. En la 12ª tembló la banca: el italiano Fabio Aru le arrebató el primer puesto de la clasificación. Pero el espejismo duró dos días: en la 14ª Froome recuperó el liderato y ya no lo soltó, ni en subida ni en bajada, tirado por sus compañeros o defendiéndose solo. Chapeau.

Una vida a pedal

Este año se cumplió el bicentenario de la invención de la bicicleta. Del aparato que se justifica como precursor, para ser más justos con la historia: un marco de madera sostenido por dos ruedas, con manillar y asiento, pero sin cadena ni pedales; el aparato se empujaba con los pies, así como hacen los niños en sus primeros intentos. La máquina andante; así la llamó su inventor, el alemán Karl Christian Ludwig Drais von Sauerbronn.

En la era de atribuirse los inventos, a finales de la década del 30 del siglo XIX aparecieron los pedales, cuyo crédito le correspondió al escocés Kirkpatrick Macmillan, mientras que sobre finales del mismo siglo se vio por primera vez una cámara de caucho forrada en tela que se inflaba con aire. Pasaron casi 70 años desde el invento primigenio del alemán Drais hasta las bicicletas más o menos parecidas a las actuales. En el medio, el vehículo ayudó a la emancipación de la mujer, mejoró la calidad de vida de los trabajadores y hasta dio un poco de respiro a los caballos.

Cuándo llegó la bicicleta a Uruguay es tarea para historiadores. Para mí, existe de toda la vida, como la pelota o como mis padres. Una cosa primitiva con la que algunos tendrán más, otros menos, pero ¿quién no tuvo episodios cercanos a una bicicleta? Recuerdo nítidamente tres, tal vez cuatro, pero como uno fue un porrazo cuando daba la vuelta a la manzana escapado y volví bañado en sangre a la casa de mi abuela, prefiero obviarlo. Tres momentos, una vida.

El primero que me acercó al ciclismo fue mi padre. En los hombros o de su mano fui a cuanta carrera hubo en el pueblo. Eran tiempos en los que las domingueras se vivían a pleno entre la botijada que corría por correr (para ganar) y los grandes que se jugaban los buenos pesos en cada embalaje después de que sonaba la campana. Eso y las grandes carreras: Rutas de América y la Vuelta Ciclista del Uruguay. Algunos dirán que ver aquello duraba un suspiro, un viento entre griteríos victoriosos. Para mí, dura toda la vida.

Papá también fue quien me regaló la primera bicicleta de carrera, comprada de segunda mano pero pintada de impecable rojo cromado. Recuerdo que aquel pedazo de chiva me quedaba enorme. Tenía el manillar para abajo, encintado con aisladora verde, un asiento angosto y duro, la palanca de cambios estaba en el cuadro y desde ahí administraba los tres piñones de las ruedas semitubo rodado 26. Esa bicicleta me hizo feliz por buena, por linda y por algo que todavía siento: me hizo grande, ya no niño.

El segundo episodio cercano al ciclismo se lo debo a la radio. A la de siempre, a la de todas las horas, pero cuando me tocó (y decidí) vivir afuera. Los días eran en Euskadi. La tierra de los antepasados fue la oportunidad de salir adelante cuando en casa los números y las expectativas no daban. Era joven y ahí fui.

Era 2006. Los primeros tiempos de internet 24 horas, sin límites, fueron un cable a tierra. Uruguay estaba ahí. Sonaba, era palpable. Hablaban como yo, transmitían como yo, pensaban cosas en el vocabulario que necesita escuchar la gente cuando la vida aprieta el pecho. A riesgo de quedar como un loco, mi refugio predilecto para escaparme de tanta realidad europea fue escuchar carreras de ciclismo. “Aguanta, corazón, aguanta”, decía el relator mientras el nudo en la garganta no dejaba pasar el sorbo de mate que tomaba solo. Solo. Solo y con la radio. Solo con la soledad, ese instrumento que conduce a caminos desconocidos, algunos de ellos –tal vez– sin retorno.

Estaba en Euskadi. El Tour de France pasaba ahí. Pero ahí nomás, ¿eh?, salvo que los indocumentados no podíamos regalarnos a cruzar la frontera. La gente se alborotaba, todo el mundo parecía saber de ciclismo, se armaban excursiones para ir a las etapas en los Pirineos, viajes a los que más de una vez me invitó, pero no fui. Las excusas eran el “mucho trabajo”. La verdad era el puñetazo que nadie vio. Eso que llaman impotencia.

El tiempo pasa y nos reinventamos. Hoy el Tour de France tiene otro sentido. Son 20 días por televisión en los que hasta tu madre se puede sentar ahí, a tu lado, por el solo hecho de estar contigo, de acompañarte para compartir los mates hasta la hora que tenga que ser. Unas carreras de mierda, claro, en las que vos podés saber (o especular con) quiénes tienen la chance de ganarla, más allá de que a ella no le interese, no tenga ni idea, pero sea el trampolín para que te cuente las historias de ciclismo de su papá, tu abuelo, el que nunca conociste pero de quien sabés que pasaba las horas conversando con un tal Ruben Vasco Etchebarne. Eso es mágico. Insisto, por si la magia no existe: es mágico.

Así como la vida se parece a la pelota amarilla de tenis que coquetea con la red en Match Point, la película de Woody Allen, la verdadera consecuencia de que el ciclismo sea importante para mí la tiene mi tío Checho. Rubio, de ojos claros, era uruguayo, decía que de origen vasco, pero parecía nórdico. Desde que tengo uso de razón, Checho siempre anduvo en bicicleta. Tuvo buenas naves y capaz que hasta las cuidaba en exceso. Lo cierto es que no le quedó ruta ni camino por recorrer en la vuelta de Soriano. A veces solo, otras en pelotón, de mañana o al mediodía, pero ahí estaba: bien empilchado y deseoso de sentir el viento en la cara.

Él siempre intentó que me gustara el ciclismo. Nada del otro mundo, pero es lo que hacen los familiares cuando quieren. Bastante tiempo le llevó. Recién a los 30 y largo le dije que iba a comprar una bicicleta con la intención de entrenar. Atesoraré para siempre la enormidad de sus ojos cuando lo escuchó. No pasó ni un mes y Checho llegó con un casco, una malla del Euskaltel Euskadi y unos lentes de sol de regalo. Fue a la única persona que le conté mi progresión en ruta: primero diez, luego 20, luego 30 kilómetros. Nunca le pude contar que pasé los 50 mojones, porque se murió. Hace mucho, y todavía lo extraño aunque lo sienta en cada pedaleada, porque nunca, jamás, se pedalea en soledad.

Del puñado de cosas que hicimos juntos, una de las últimas fue ir a ver a Fray Bentos una contrarreloj de Rutas de América. Fuimos en auto, llevamos unas sillas playeras, el mate y la radio. Entre tanta conversación, Checho aprovechó para tirarme el fardo: “A ver si entre tanta cosa que escribís, algún día le dedicás páginas al ciclismo”. No estaba hablando del Tour de France ni de ninguna otra de las carreras grandilocuentes. Se refería a las nuestras, las comunes de todos los domingos, al campeonato de invierno, a las Rutas y a la Vuelta.

Hoy la excusa que encontré fue Froome y su cuarto título en la más relevante de las carreras del mundo. Como en toda conversación familiar, sirve para romper el hielo. Lo importante se cuenta después. Algún día lo haré. Lo sé. Ese es el tesoro que tenemos en los pies.

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