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Murga Jorge, el 21 de enero, en la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social.

Foto: Martin Hernández Müller

La puerta entreabierta: una mirada al vínculo histórico entre Murga Joven y el carnaval mayor

4 minutos de lectura
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Actualmente son siete las agrupaciones surgidas en el Encuentro de Murga Joven que participan en el concurso.

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Las murgas provenientes del Encuentro de Murga Joven siempre llaman la atención cuando aparecen en el concurso oficial. En estos 25 años, el pasaje de un espacio al otro fue leído de formas muy distintas. Para algunos, amplió la categoría, abrió el juego y permitió reinterpretar la murga incorporando nuevas herramientas expresivas, otras formas de decir y nuevas sensibilidades. Para otros, esas murgas evitaron un colapso que parecía inevitable a comienzos de los 2000. Y también están quienes sostienen lo contrario: que ese ingreso cambió el género para siempre y que aquello que era ya no volverá.

Desde el comienzo existió circulación entre ambos mundos: integrantes que migran, técnicos que repiten experiencias y modos de trabajo que se trasladan de un lado al otro. Sin embargo, el vínculo más visible sigue siendo el de aquellas murgas que llegan a la prueba de admisión del concurso oficial después de haber cerrado su ciclo en el Encuentro. Esa instancia funciona como puerta de acceso a un espacio de mayor visibilidad, donde el mensaje de la murga puede amplificarse a través del concurso, el sistema de tablados y los medios de difusión.

Además, implica un cambio material relevante: la posibilidad de acceder a circuitos de trabajo remunerado —actuaciones pagas, contratos en tablados comerciales y mayor visibilidad profesional— que transforma la práctica murguera de una experiencia principalmente formativa o potencialmente vocacional hacia una inserción dentro del sistema económico carnavalero.

En este carnaval, de las 19 murgas, siete surgieron del Encuentro, pero provenientes de distintas generaciones y estilos. El término “murga joven” funciona como una etiqueta útil para englobar ese origen común, pero detrás de esa simplificación conviven historias, lenguajes y trayectorias muy distintas.

Cuando se revisan los datos aparece cierta periodicidad en el pasaje del Encuentro y el concurso oficial. Las primeras generaciones de murga joven que ingresaron al concurso oficial crecieron en un contexto distinto. Los encuentros eran más pequeños, había menos competencia interna y la relación con el carnaval oficial era más directa. Salvo el caso de Queso Magro, que acumuló seis participaciones, las murgas que lograron ingresar en ese período lo hicieron con trayectorias breves dentro del Encuentro: La Mojigata (3), Agarrate Catalina (2) y La Trasnochada (3). Una vez dentro, transformaron ese tránsito inicial en recorridos largos y exitosos. No se trataba únicamente de talento; también había menor saturación, reglas más flexibles y una continuidad generacional más clara con el campo murguero ya establecido. Mirado en perspectiva, fue una cohorte que llegó cuando la puerta estaba más abierta.

Murga La Mojigata, durante el Desfile Inaugural del Carnaval, el 22 de enero, por la avenida 18 de Julio.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

A partir de la década de 2010, el escenario empezó a cambiar. El Encuentro no paraba de crecer y el volumen de murgas aumentaba año tras año, llegando a su pico máximo de 77 murgas en 2010, mientras que el ingreso al concurso comenzaba a mostrar mayor dificultad (un promedio de éxito para las murgas jóvenes rondaba el 50%).

Títulos como Correla Que Va en Chancletas, Harzo Monigote, La Milanga Nacional o Háganse Cargo –cuatro veces ganadora de la mención a mejor espectáculo; hasta ahora la más ganadora– son ejemplos de que las murgas se mantenían por más tiempo en el Encuentro antes de dar el salto, mientras que perfeccionaban un estilo propio y afianzaban un grupo y una forma de trabajar. De esta etapa se mantienen activas murgas como Cayó la Cabra, Metele Que Son Pasteles o La Venganza de los Utileros.

Desde 2020 el ingreso se vuelve todavía más difícil. Las trayectorias dentro del Encuentro son más cortas o intermitentes. La promesa La sandía de la Torta –la murga con más menciones en la historia del Encuentro– o ¡Ay Alberto! reflejan un escenario en que la profesionalización exigida es mayor y las barreras simbólicas e institucionales parecen más altas. Hay experiencia, hay técnica, pero también un límite claro. Murga Joven continúa siendo un espacio de creación y pertenencia, aunque el pasaje al concurso oficial se vuelve cada vez menos previsible.

Por otro lado hay una clara inhibición de muchas murgas que ni siquiera se plantean dar la prueba por no compartir esa manera de entender el carnaval y otras por el significativo valor económico que representa: 100 UR si no sos socio de Daecpu (hay una devolución del 50% si la murga no pasa la prueba). De esta última etapa provienen títulos como Sorda de un Oído, Mi Vieja Mula, A la Bartola o Jorge. Si se pasa raya, los datos no permiten identificar una estrategia clara sobre cuándo es el momento propicio para dar el salto ni qué reconocimientos garantizan el ingreso. Sin embargo, aparecen algunas constantes llamativas.

Por un lado, las murgas que se presentaron a la prueba y no accedieron en el primer intento nunca lograron hacerlo en intentos posteriores. Por otro lado, las murgas que sí ingresaron al concurso tampoco lograron, ese mismo año, clasificar a la liguilla; la única excepción fue Agarrate Catalina, en 2003.

El Encuentro de Murga Joven es cada vez menos una cantera de murgas nuevas para transformarse en un campo autónomo dentro del carnaval, con sus propias dinámicas, reconocimientos y lenguajes. En el encuentro se siguen viendo cosas que en otro lado no. De todas formas, el vínculo con el concurso persiste; nunca definió el destino de las murgas jóvenes, pero ahora lo hace cada vez menos. También hay que considerar que no hay muchos más ámbitos que tengan el género murga para desarrollarse.

El vínculo entre el Encuentro y el concurso oficial ya no puede leerse solo como una escalera ascendente ni como una transición natural. Más bien parece un sistema de vasos comunicantes en el que circulan personas, lenguajes y experiencias, pero donde cada espacio ha desarrollado su propia lógica. Si antes la pregunta era cuándo y cómo dar el salto, hoy tal vez sea otra: qué significa permanecer. Porque mientras algunas murgas siguen buscando el ingreso al circuito profesional, otras consolidan trayectorias que encuentran sentido en el propio Encuentro, confirmando que Murga Joven dejó de ser únicamente un punto de partida para convertirse también en un destino.

Pablo Martín Rodríguez es archivólogo y sociólogo.

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