Lo normal era leer qué atrevido fue Tom Cruise, o cualquier otro “hombre de acción”, al asumir escenas de riesgo sin usar dobles. No que la actriz de King Kong(en la versión dirigida por Peter Jackson en 2005) accediera a hacer fotos promocionales de la remake al borde de un rascacielos, poniendo a prueba su vértigo, aunque su agente de prensa le dijera que no era imprescindible, o que prosiguiera con largas secuencias, maniobrando una moto pesada, cuando filmaba Promesas del este(David Cronenberg), después de enterarse de que estaba embarazada nuevamente, luego de un aborto espontáneo.
La atractiva portada de Me atrevo a contarlo (Diana/Editorial Planeta, 2025, 269 páginas, $ 499) le coloca a Naomi Watts (Inglaterra, 1968) un megáfono en llamas, elemento que, junto a su foto en blanco y negro, remite a colegas suyas que enarbolaron otras luchas. Por citar una, la incansable Jane Fonda, quien desde la guerra de Vietnam hasta ahora, octogenaria, sigue pronunciándose públicamente. Pero lo que Watts osa vociferar es que atravesó un climaterio precoz, que la condujo a todo tipo de desequilibrios psíquico-físicos y que si buena parte del sistema sanitario no se mostró calificado para enfrentar sus síntomas difusos (sin tildarla de demente) y unir los puntos para un diagnóstico certero, ella no está dispuesta a que eso le siga pasando a otras mujeres. De hecho, el último tramo del libro se llama “Un guion para hablar con tu médico”.
Paseo infame
“Todo lo que me habría gustado saber sobre la menopausia” es el subtítulo de un libro que administra memorias personales y consultas a profesionales de distintas especialidades, desde obstetras y endocrinólogos hasta dermatólogos, nutricionistas y psiquiatras. El relato empieza con una Watts de 36 años, con una carrera en ascenso, y el sorpresivo y devastador diagnóstico de que a su vida fértil le quedaba poco tiempo. Esos sudores nocturnos y malestares digestivos que sufría en los sets no se debían a la falta de sueño ni al estrés. Cómo navegó esa etapa, incluyendo los procedimientos de inseminación, los mejunjes que probó, los desacuerdos y malentendidos en los consultorios y la terapia hormonal, salpicados con anécdotas de rodajes, casos cercanos que le contaron amigas, datos estadísticos y opiniones calificadas son los insumos con los que organiza un ensayo que pone orden y comenta, un poco con indignación y otro poco con gracia.
Si hace falta, Watts brinda “demasiada información”, desnudando intimidades como estrategia de aproximación, como cuando detalla cómo se colocó un tampón para fingir, frente a sus compañeras de colegio, que ella también menstruaba, o al recordar que aprendió a masturbarse con la revista Cosmopolitan y que pasó un verano concentrada en los pasajes picantes de los bestsellers de Sidney Sheldon, o cuando relata la noche en que finalmente iba a tener un encuentro sexual, por primera vez fuera de cámaras, con su colega Billy Crudup –coprotagonista en Gipsy y actual pareja– y se demoró en el baño tratando de arrancarse el parche de hormonas que pensaba que delataría su “madurez”.
Sobre la presión en general por retrasar y disimular los signos de envejecimiento, más que nada en la industria audiovisual, donde, como remarca esta artista británica y es vox populi, la edad no es un asunto menor, escribe: “He llegado a la conclusión de que el mejor enfoque ante esta preocupación es buscar el humor en las ideas de los demás sobre cómo debería ser tu cuerpo. (Tras una noche de rodaje, cuando estábamos terminando a las cinco de la mañana, me vi de refilón en una mesa de espejo, te juro que parecía Nick Nolte.) Merece la pena preguntarnos a lo largo del día y cuando nos preocupamos por nuestro aspecto: ¿a quién percibimos como público y por qué nos importa tanto esa persona?”.
Con libreto propio, la protagonista de Mullholland Drive (su debut, a las órdenes de David Lynch, en 2001) dedica un capítulo íntegramente a la vergüenza, donde, como en la Barbie que dirigió Greta Gerwig, recapitula de qué manera se oscila en la valoración femenina y cuán internalizado está entre las propias mujeres: “Según mi experiencia, no hay casi nada relacionado con ser una chica o una mujer que no esté tocado por la vergüenza. Algunas de las cosas por las que podemos sentir vergüenza: no tener aún el período o tener un período muy abundante. Que te hagan una cesárea, que te pongan la epidural, no dar el pecho, no tener hijos, tener demasiados hijos. No trabajar lo suficiente o trabajar demasiado. Demasiado femenina, demasiado intimidante. Demasiado húmeda, demasiado seca. Demasiado pequeña, demasiado mujer. Demasiado ambiciosa, demasiado perezosa. Demasiado guarrilla, demasiado frígida. Preocuparte demasiado por tu aspecto, no preocuparse lo suficiente... ¡Por favor!”.
Watts es una reputada intérprete y productora de cine y series (recientemente se la vio en Feud: Capote vs. The Swans), que estuvo nominada al Oscar por 21 gramos (Alejandro González Iñárritu, 2003) y Lo imposible (Juan Antonio Bayona, 2012), y en octubre pasado estrenó su estrella en el Paseo de la Fama. Pero además, como despeja desde la solapa del libro, fundó Stripes Beauty, “una compañía dedicada a concientizar sobre la menopausia y ofrecer a las mujeres educación, herramientas y una comunidad para abordar esta etapa de una manera holística”.
Al final de cada sección deja un punteo de los temas clave abordados y en las páginas finales del volumen están los créditos de los expertos que participaron. Hay un índice de notas en el que aparecen estudios de la Clínica Mayo y referencias de la FDA, y un listado alfabético de nombres, términos, disfunciones, medicaciones e incluso marcas de productos. Encabeza los agradecimientos a sus abuelas, que con su ejemplo vital le mostraron que era posible sobrevivir a la mediana edad y recorrer los capítulos que siguen.