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Lanzamiento del 44° Festival Internacional de Cine de Cinemateca, el 17 de marzo.

Foto: Inés Guimaraens

Crónica y balance del Festival de Cine de Uruguay

12 minutos de lectura
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En una de sus mejores ediciones, el evento llenó salas con nuevas generaciones de entusiastas.

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En uno de los discursos anticipatorios del 44º Festival Internacional Cinematográfico del Uruguay, que tuvo lugar del 30 de marzo al 12 de abril, Alejandra Trelles, su directora artística, expresó la confianza en que la edición que comenzaba sería la mejor de todas (hasta ahora). Es muy probable que así haya sido.

Obviamente, en lo estrictamente referido a la programación, la visión que cada uno pueda armarse de una avalancha de más de 200 títulos es siempre una mezcla de puntería y suerte. Me siento afortunado de haber podido ver 20 de esas películas (menos del 10%: 19 largos y un corto). Tres cuartos de ellas están de muy buenas para arriba, y de casi la mitad puedo decir que son excelentes y recomendar efusivamente. Sin embargo, solo una de estas películas está incluida entre los 29 títulos que recibieron algún premio o mención en las diversas competencias, un indicio de que había margen para hacer muchos recorridos distintos con un resultado por lo menos igual de gratificante.

Sin embargo, el éxito de un festival se mide en más cosas que la programación. Sobre todo, estuvo su papel cultural y social: estaba lleno de gente, como no recuerdo en otra edición desde inicios de la década de 1990. Cuando se habilitaban las localidades online, a las 0.01 de cada día, era una locura intentar hacernos de un asiento mientras los cuadraditos que representan las butacas se iban poniendo rojos (el color de los reservados). Aun en la nueva etapa de las salas de Cinemateca, inauguradas en 2019, siempre había alguna función de una película medio desconocida y en un horario desfavorable que se daba para un público muy exiguo, de cinco o seis personas. Esta vez no me tocó ninguna así: todas tenían más butacas llenas que vacías, y unas cuantas estaban totalmente llenas.

Dos momentos de Uruguay

Recuerdo, en el festival de 2002, una función en el Alfabeta con el estreno local de Elogio del amor, una de las mejores películas de la última etapa de Jean-Luc Godard, y la platea éramos el crítico Pablo Ferré, yo y tres o cuatro personas más. En ese momento me pareció que Uruguay se venía provincianizando y que el interés por películas radicalmente fuera de lo convencional, de las que “no se entiende el mensaje”, aun cuando fuera firmada por uno de los directores más prominentes de toda la historia del cine, no convocaban a casi nadie.

Ahora, en cambio, sentí una alegría inmensa al ver las salas repletas, con mayoría de jóvenes y en clima de franca excitación y entusiasmo en las dos películas en las que pude estar –de tres que se estrenaron– de la argentina Lucía Seles. Ese cine poético, bizarro, realizado con recursos económicos ínfimos, completamente original, ya tiene en Montevideo, por lo menos, una cantidad de público capaz de llenar una de las salas de Cinemateca, y que manifiesta cierta idolatría por la autora, la aclama y parece sentir que esas obras audiovisuales inclasificables se corresponden –de alguna manera productiva– con su tiempo y su sensibilidad. Esa movida, claramente, deriva del superlativo trabajo cultural de la Cinemateca en nuestro medio, que no solo exhibió cuatro obras de Seles entre 2023 y 2025, sino que generó el clima, la cultura, la educación sensible y el efecto potenciador del encuentro entre personas con intereses similares, que prepararon la recepción de una cineasta con esas características.

Todo marcha

Los Q&A (sección de preguntas y respuestas con los cineastas) fueron todos animados e ilustrativos, y en algunos casos hubo que cortarlos a prepo porque el tiempo asignado no resultó suficiente para la curiosidad del público, y hubo que dar lugar a otra función. En los pasillos y en el hall de Cinemateca el ambiente era de fervor, intercambio de opiniones y recomendaciones, encuentros y reencuentros o charlas exaltadas sobre cualquier cosa. Esto no es nuevo: fue así en estos festivales desde la inauguración de las salas nuevas en 2019, recuperando el espíritu de los festivales de la década de 1980 e inicios de la década de 1990. Sin embargo, las funciones de las demás salas no lograban replicar siempre ese clima y uno sentía en forma medio triste la lejanía del epicentro de la movida. Ese problema parece irse corrigiendo: las funciones en el Alfabeta (ahora remodelado en un atractivo centro cultural) también fueron animadísimas. No me tocó ver ninguna película en la sala B, pero me contaron que pasaba algo similar.

No tengo noticia de cómo anduvieron las funciones que se hicieron en departamentos extracapitalinos (hubo en Canelones, Rocha, Florida y San José), pero el mero hecho de que exista ese brazo de festival itinerante, y que viene abarcando cada vez más departamentos y mayor cantidad de funciones, ya es un aspecto positivo. Una buena cantidad de títulos estuvo disponible en la plataforma +Cinemateca (y seguirá allí hasta el 8 de mayo), incluso Redlight to LImelight (de Bipuljit Basu, India), ganadora de la competencia de derechos humanos.

La calidad de proyección y sonido en todas las salas viene siendo excelente. No parece haber habido percances organizativos. El proceso para la votación del público es cada vez más ágil. El anuncio de los premios y menciones en la ceremonia de clausura se acompañó de carteles con una imagen de la obra galardonada, su título y director. Y toda la movida se acompañó de un programa en el canal de streaming de TV Ciudad, diario y con 90 minutos de duración, conducido por Soledad Castro Lazaroff y Jorge Temponi, en el que anunciaron y comentaron las actividades y entrevistaron a muchos de sus participantes, lo que funcionó como una especie de Q&A extendido en duración y en alcance de público.

Política y archivo

En el Festival de Berlín de este año, el presidente del jurado, Wim Wenders, había desempeñado el triste papel de vocero de la recomendación de que los artistas presentes se abstuvieran de opinar sobre la candente situación política mundial. En su discurso inaugural del festival, María José Santacreu, directora de Cinemateca, comentó ese disparate y recordó que todo festival de cine es eminentemente político. Creo que fue medio general, o al menos fuimos muchos quienes sentimos una relación especialmente cercana entre esta edición del festival y el clima político, social y cultural de nuestra época.

Por un lado, está el hecho muy inmediato de que la actividad cultural, y en especial el cine, viene siendo enfatizada como un enemigo por la derecha sudamericana. El actual gobierno de Javier Milei en Argentina y el de Jair Bolsonaro en Brasil desmantelaron valiosas estructuras de soporte a la producción, la difusión, la preservación y la formación cinematográfica. La mera realización de un festival de cine, en este contexto, luce como un acto de resistencia.

Inevitablemente, además, la programación refleja los tiempos que corren y el contexto propicia observar esos reflejos. En esta inesperada era de nuevos fascismos, prácticas autoritarias y apología de las dictaduras pasadas, muchos cineastas se vieron motivados a describir y reflexionar sobre las dictaduras históricas: la última dictadura argentina en LS83, la chilena en Hangar rojo, el breve gobierno autoritario protofascista de Gabriele D’Annunzio en la ciudad de Rijeka (Croacia) en Fiume o morte! En el ámbito argentino, además, Nuestra tierra se ocupa de la compleja situación de las poblaciones originarias, mientras que, en forma tangencial, Pin de fartie menciona con inquietud el libertarismo mileísta.

El príncipe de Nanawa.

También estuvieron presentes algunos de los conflictos más agudos que afectaron al mundo en años recientes: La voz de Hind enfoca la situación de Gaza bajo ocupación israelí; Do You Love Me condensa aspectos de un Líbano que experimentó sucesivas olas de guerra y destrucción en el último medio siglo; No hay hombres buenos es una coproducción internacional sobre el momento en que Afganistán cayó bajo el control de los talibanes, y Drácula (del rumano Radu Jude) tiene algún apunte colateral sobre la invasión de Ucrania. También aparecen aspectos de la llamada micropolítica: la maternidad adolescente en Jeunes mères, los efectos sociales y existenciales de los desarrollos tecnológicos en Good Luck, Have Fun, Don’t Die (de Gore Verbinski, Estados Unidos) y distintos aspectos del machismo en la mencionada No hay hombres buenos.

Otro aspecto llamativo de este festival fueron las películas totalmente basadas en material de archivo. Son los casos de LS83 y Do You Love Me, y me hablaron también de una película que no pude ver, la argentina Diciembre (de Lucas Gallo), sobre la crisis de 2001. Ese tipo de películas parece dialogar directamente con Cinemateca, en el sentido de que constituyen una ejemplificación contundente del valor de los archivos fílmicos y de su preservación.

Más recomendaciones

En el correr del festival publiqué un artículo en el que recomendé específicamente películas importantes que había visto y de las que quedaba todavía una segunda pasada en el festival, algunas de las cuales aparecen nombradas aquí. No me di cuenta entonces de que también era posible ver _LS83 _ (de Herman Schwarcbart), disponible hasta el 8 de mayo en la plataforma +Cinemateca.

Es un montaje de imágenes de noticieros argentinos de cuando Canal 9 estuvo en manos del gobierno dictatorial. Luego de que lo privatizaran, en 1983, unas 12.000 latas con rollos breves de película en 16 mm quedaron olvidadas en un galpón. Recientemente ese material empezó, a duras penas, a ser restaurado (incluye negativos sin revelar, que ni siquiera salieron al aire). El realizador decidió entrar a una porción de todo eso (más o menos el 1% del total, que es una enormidad), que funciona como un compendio de Argentina en los últimos momentos del gobierno de Isabel Perón y el gobierno de la junta militar. Hay discursos de Videla, obispos y cardinales fachos, gente facha, periodistas fachos, y hasta aparecen Los Chalchaleros en el triste papel de manifestar a Videla su apoyo al proceso, y este les devuelve un simpático comentario sobre el valor de la tradición. Galtieri intenta hacerse el canchero con unos soldados rasos de alguna localidad apartada, y es de una mediocridad patética. No son las típicas imágenes de la dictadura: nada de tanques, desfiles o manifestantes gaseados: aquí hay inauguraciones, festejos, sonrisas y optimismo. Junto con las cuestiones gubernamentales, también hay niños en la escuela, fiestitas, jóvenes tocando la guitarra en la plaza, Monzón, Hugo Gatti y el Mundial de 1978. En contrapunto con todo eso, Martín Kohan lee fragmentos de su libro Me acuerdo (2020), con sus memorias de aproximadamente el mismo período retratado. Excelentemente escrito y leído, el texto es de frases sencillas, breves y con pocos adjetivos, y usa ciertas reiteraciones a lo Albert Camus o Marguerite Duras, como eso de que muchos de los nombres o epítetos se reiteran siempre igual (“Hernán de al lado”, “Luisito de la vuelta”, “el colegio Daniel Wolfsohn”). El vínculo entre el visual puede ser de correspondencia total (menciona el entierro de Troilo y vemos imágenes del entierro), de correspondencia inventada (habla de dos amigas de su madre y vemos dos señoras que, obviamente, no son ellas) o una superposición totalmente caprichosa. El resultado es un panorama riquísimo de la cotidianidad en ese lugar y momento históricos, insinuando lo vistoso, que tapa todo lo que había de terrible, pero trayendo a colación que la vida seguía para la mayoría de la gente, e incluso algún componente nostálgico en el aspecto de las calles, autos, ropas, peinados, formas de ser, rostros que ya no están.

Dos títulos importantes del festival empezaron inmediatamente su ciclo de exhibición regular en salas. Uno es Padre madre hermana hermano, del estadounidense Jim Jarmusch. El otro es la obra que abrió el festival, la uruguayo-argentina Un cabo suelto, de Daniel Hendler, una película ligera y sin pretensiones, pero muy entretenida y vital. La historia es la de un cabo de policía argentino que, pronto lo confirmaremos, anda por Uruguay huyendo de colegas involucrados en actividades criminales con las que él no se quiso meter. Sabe bastante de los procesos de confección de quesos, y busca trabajo en esa área para tener de qué vivir y un ámbito inofensivo en que ocultarse. Nada de eso lleva a mucho, pero acompañamos con interés cierta “habilidad en la torpeza” que tiene el cabo para improvisar maneras de zafar en los momentos de aprieto y, por si fuera poco, ganarse la simpatía de un exótico vendedor de quesos con un puestito en medio de la nada (interpretado por Mandrake Wolf) y la algo más que simpatía de la cajera de un freeshop (la siempre excelente Pilar Gamboa).

La escena inicial está inspirada en un momento notable de Pulp Fiction, pero es curiosa por otros motivos: por un largo rato tenemos nuestro foco en lo que se ve, desde el auto, a través del parabrisas, pero no vemos a los dos personajes que dialogan. Ese tramo sería la primera parte en tiempo presente de un juego de doble flashback (un flashback dentro de otro), tratado de manera no totalmente explicada de antemano, y que contribuye a mantener a los espectadores atentos por cierto estado de incertidumbre con respecto a la cronología y, por ende, a la cadena causal.

Un cabo suelto.

El montaje ágil incluye unos curiosos solapamientos de ideas o motivos: el personaje de Mandrake espía al cabo, que está escuchando una canción en un equipo de audio; en la escena siguiente, esa misma melodía aparece como música incidental tocada en guitarra, y en la otra escena tenemos al personaje, ya en su casa, que la está tocando (es decir, la “música incidental” era más bien un adelanto de audio de esa escena en que está tocando), y en la escena siguiente, la guitarra sigue sonando (una sobra de audio de la escena previa) mientras Mandrake la tararea en tiempo presente. Además, el principal tema musical de la película, en guitarra eléctrica solista, surge como armonización de algo que Mandrake está tocando en otra escena, y luego sigue en forma autónoma, desperdigado por todo el metraje.

Hay unos diálogos muy buenos, de tono quirky kaurismakiano, en especial entre el cabo y la cajera. En una escena aparece un grupo haciendo una versión cumbiera de “Siempre vas” de Rada, y la canción final es esa misma obra maestra en la maravillosa versión original por El Kinto.

Aguardando oportunidades

Por las demás excelentes películas que me tocaron en suerte habrá que aguardar. Pin de fartie (de Alejo Moguillansky, Argentina) es un armado, con ribetes múltiples, a partir de distintos pares de personas repasando o ensayando la obra teatral Fin de partida, de Samuel Beckett, en contextos que oscilan entre un lago suizo y un contenedor de basura en Buenos Aires. A falta propiamente de una anécdota que conduzca una narrativa unificada, la tendencia centrífuga de la dispersiva asociación de ideas queda contenida por la tendencia centrípeta de las interrelaciones formales, temáticas y motívicas entre elementos diversos. A veces la correlación parece ser intelectual, pero hay pasajes en que la construcción audiovisual fluye con la potencia de una obra musical. El trabajo sonoro es especialmente estimulante.

Otra película con un tratamiento sonoro sensacional es la también argentina Nuestra tierra, de Lucrecia Martel. Capaz que suena un poco obsceno arrancar por ahí el comentario de una película cuyo cuerpo temático (el asesinato del cacique chuscha Javier Chocobar, el juicio a sus asesinos, la condición vital y existencial de la comunidad de Chuschagasta, en Tucumán) es tan relevante. No es mi intención disminuirlo, ni mucho menos relegar lo importante de los registros audiovisuales que aportan tantas reflexiones removedoras sobre la identidad, la herencia y el colonialismo, pero asumo que esos aspectos se destacan por sí mismos. Volviendo a enfatizar el costado poético de esta obra excepcional, nunca vi un uso tan extensivo y bello de los drones en una filmación, en especial en ese momento tan zarpado, onírico, en que el pasto se ve de patas para arriba, con las vacas colgadas, mientras los sonidos se diluyen en un clima medio ambient y escuchamos una suave y peculiar voz en over desarrollar la reflexión más penetrante de toda la película.

Hangar rojo (de Juan Pablo Sallato, Chile) es un thriller político que puede hacer pensar en Siete días de mayo (1964), con un estilo que remite a El hijo de Saúl (2015). La situación es increíble, y la historia es real: el capitán Jorge Silva, de la Fuerza Aérea chilena, fiel a la Constitución y a sus deberes legítimos, es sorprendido por el golpe de 1973 y tiene que manejarse para no evidenciar su rechazo al proceso ilegal que se está iniciando y, al mismo tiempo, tratar de minimizar los daños a las víctimas en lo que esté a su alcance. Resulta inusitado y sumamente rico –en la ficción política cinematográfica latinoamericana– ese punto de vista desde adentro del aparato golpista, asumiendo el punto de vista de un militar no cómplice.

La argentina Lucía Seles estuvo presentando su tríptico de largometrajes de no ficción internacionales, mostrando, respectivamente, Chile, Uruguay y Galicia. Me gustó especialmente Gallega invernal, centrada en un curioso boliche que ocupa la casi totalidad de una plaza en La Coruña (Lucía se propone sentarse a filmar en cada una de las mesas que dan contra los ventanales). Hay encuadres increíbles de puntos de vista inauditos, comentarios escritos que juegan con las cosas que se muestran y a veces se divagan con lo que no se muestra, funcionando como una especie de silenciosa voz íntima autoral en seudopresente, unos diarios gallegos que corren más rápido que nuestra velocidad de lectura, una curiosa galería de seres humanos observados de lejos, pero no tanto, y aun unas bellas instancias de danza y música.

Shahrbanoo Sadat, autora de No Good Men, es la primera mujer afgana en dirigir una película. Su film, que funcionó como clausura del festival, se reparte en, por lo menos, tres ejes: es la descripción de la situación de la mujer en Kabul (desde el punto de vista de una persona ilustrada y con mentalidad crítica), es el relato de los momentos inmediatamente previos a la toma de poder por los talibanes en 2021 (sabemos que todo lo que se describe respecto de la mujer, de por sí bastante embromado, se va a agravar), y es un emotivo relato de amor y sacrificio.

Hasta aquí lo que pude ver y puedo recomendar. Dos jóvenes cineastas uruguayos me comentaron El príncipe de Nanawa (de Clarisa Navas, Argentina) como la mejor película del festival o el mejor documental de la década. Para una amiga cinéfila (que no vio El príncipe de Nanawa) su preferida fue la georgiana Hoja seca, de Alexandre Koberidze, cuya obra anterior me suscitaba la mejor de las expectativas. Este festival magnífico pasó como un ciclón de información y estímulo estético, dejando varios sedimentos a digerir y encendiendo el apetito para mucho de lo que transcurrió fuera del campo de visión de cada uno.

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