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Sandra Mihanovich.

Foto: Alessandro Maradei

Sandra Mihanovich llega al Sodre con su legendario disco Soy lo que soy en versión sinfónica

10 minutos de lectura
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La cantante argentina habla sobre comedia musical, jazz, autos rápidos y la historia de emancipación detrás de sus canciones.

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¿Quién era Sandra Mihanovich cuando lanzó su disco Soy lo que soy? O mejor, ¿de dónde había sacado esa audacia para encarar un puñado de canciones incendiarias y adelantadas a su tiempo? Más de 40 años después, aquel álbum de la posdictadura permanece en el lugar de un clásico de la cultura hispanohablante que ha trascendido a generaciones de reaccionarios y rupturistas.

El viernes en el Auditorio Nacional del Sodre la célebre artista argentina le rendirá homenaje a su álbum más icónico con el espectáculo Soy lo que soy, sinfónico. El repertorio previsto cubrirá la totalidad de sus canciones e incluirá otras páginas de su discografía, y tendrá, entre otras, la participación especial de Marilina Ross.

Lo que sigue tal vez responda lo del comienzo.

Te escuché decir que en una época te gustaba manejar muy rápido. ¿Por qué?

Cuando somos pendejos manejamos rápido. Yo creo que cuando uno es joven anda rápido todo el tiempo. Creo que uno aprende a aflojar un poco, al revés, cuando le queda menos tiempo. Me pone de muy mal humor tener que andar apurada. Y como soy impuntual, prefiero llegar antes que llegar tarde. Pero sí, antes conducía velozmente. Ahora no. Aparte, los autos nuevos tienen esto de la velocidad crucero, que es hermosa. Uno suelta todos los pedales y el auto anda solo. Y vas escuchando música, charlando.

Hace poquito estuvimos en La Juanita con mi madre, mi hermano y mi mujer, pasando diez días de descanso. Y esta vez, manejando en Uruguay, en un momento me equivoqué de ruta y me metí por otros caminos que no conocía, a cual más lindo y con esa cosa medio ondulada.

¿Cuál era el auto que tenías en la época en que andabas rápido?

Tenía un Fiat 128, con ese andaba volando. Mi mamá tuvo un 147 que me prestaba, y el primero que manejé fue un fitito. Me lo había prestado mi tía Verónica, hace casi 50 años. O sea, era el verano del 77. Era un fitito rojo que tenía guardado en un garaje. Ella tenía otro coche.

En ese auto nos fuimos con Sánchez, que es mi mánager actual y que tocaba la batería, con mi hermano Vane, que sigue siendo mi tecladista, y yo en el fitito por la ruta 2 rumbo a Miramar. Nos habían contratado para un laburo de verano. Llegamos al boliche de Miramar y estaba en obra. ¿Viste esas cosas de verano? Y dije: “¿Qué hago?”. No tenía un sope. Yo contaba con que me iban a pagar equis plata y nos iban a dar un hotel o algo. Así que, por suerte, cerca de Miramar estaba mi papá en Balcarce, donde tenía una chacra. Marchamos para allá buscando cobijo y alimento.

Nos metíamos de a ocho en el fitito. No sé cómo lo hacíamos, pero era hermoso. Yo tenía 19 años y salir a la ruta con un auto era una sensación de libertad increíble. Pensaba: “Soy dueña del mundo. Hago lo que quiero”. Qué locura. Aún reconozco ese sentimiento: puedo lo que yo quiera. Lo del auto es un valor de independencia muy fuerte, aunque te lo hayan prestado.

Además del auto, seguro que algo de tu carácter influía en esas ganas.

Yo quería ser independiente y me divertía mucho. Me acuerdo de que el auto no frenaba bien y tenía que poner un cambio y usar el freno de mano. Todo junto para que el auto parara.

Lo que vos decís tal vez también tenga que ver con el tema de la sexualidad y la certeza de que yo no iba a querer encontrar un marido que me mantuviera ni iba a esperar a casarme para irme de mi casa. Son cosas que uno sabe, aunque en el momento no las ponga en palabras. Entonces, para mí, cuando empecé a cantar, era muy importante autoabastecerme, poder alquilar mi departamento, por ejemplo.

Mi red de contención era mi vieja. Cuando alquilé mi primer departamento, en el 77, algún mes tuve que ir a decirle: “Vieja, dame una mano”. Ella me ayudaba y después no quería que le devolviera la plata, pero yo tenía como regla que para volver a pedirle tenía que haberle devuelto lo que ya me había prestado.

1977 es el año de lanzamiento de tu primer disco, Sandra Mihanovich.

Exactamente. Ese disco tenía una canción [“Falta poco tiempo”] que se usó para una propaganda de Jockey Club, una marca de cigarrillos argentina. Originalmente tenía una mitad de canciones en inglés y otra en castellano. Cuando me volví a popular, en 1982, lo reeditaron, pero le quitaron dos canciones en inglés y le agregaron dos canciones en castellano para que fuera un disco más lógico. Hace poco logré subir a Spotify la versión original con sus diez canciones.

En ese disco es evidente la influencia del jazz. Uno de tus abuelos tiene que ver con esa historia.

Mi abuelo Raúl tocaba el piano. Tenía un grupo vocal que se llamaba Los Blackbirds, con mi abuela y las primas de mi abuela. Tanto la familia de mi abuelo como la de mi abuela, su mujer, eran musicales. Mi abuela tenía ocho hermanos, su hermana mayor, Gracielita, era profesora de canto lírico y cantaban todos. Horacio era la oveja negra de la familia porque era cantante de tango y era peronista. Chau, ¡fuera de la familia! En chiste o no. La verdad es que todo esto que te cuento fueron relatos que recibí. A Gracielita la conocí, a Horacio no.

Mi abuelo era un artista vocacional. Cuando mi tío Sergio Mihanovich, músico de jazz y amigo de los Fattoruso, quiso dejar la carrera que estudiaba, no sé si abogacía o arquitectura, para dedicarse a la música, mi abuelo le dijo: “No te preocupes, yo te voy a mantener toda la vida”. En ese momento no te podías ganar la vida como músico.

Yo crecí en ese contexto: un sótano en la calle Montevideo al que iban los Mac Ke Mac’s de los hermanos McCluskey, o Nini Marshall. Los músicos que venían a Buenos Aires terminaban en ese lugar de los Mihanovich, que era una casa medio abierta. Había chupi, había un piano y estaba todo bien. Mi abuelo murió un año antes de que yo naciera, pero mis primeros ensayos con mis primeras bandas fueron en ese sótano.

Y en Navidad o en cualquier cumpleaños, cantar con el piano sonando era una costumbre. A los 11 años tuve mis primeras lecciones de guitarra y empecé a cantar. Yo vine con un instrumento power que sonaba bien, ya de chiquita. Era tímida, pero si tenía la guitarra la cosa cambiaba. No tenía conflicto en cantar nunca.

¿Reconocés que, aunque hayas grabado canciones de pop, rock o folclore, tu forma de cantar está muy influida por el jazz?

Me parece que sí. No sé si es una cuestión de ADN o de cultural familiar y de la música que escuché. Mi vieja, cuyo padre era francés, habla inglés, francés y castellano a la par, y cuando yo nací me hablaba todo el tiempo en inglés. Era así, y las primeras palabras que yo dije fueron en inglés, así aprendí. Cantar en inglés, por su fonética, te permite hacer otras cosas con la voz, con la dicción. Este fin de semana acabo de hacer en El Tazo dos noches, viernes y sábado, un show todo en inglés al que llamé My Favorite Songs. Hubo un par que putearon, pero yo avisé. Y dije: “Cumplo 50 años con la música, me voy a hacer mis propios regalos”.

Es como si cantara de otra manera. En ese disco que vos decís, el primero, es muy ostensible. Claro. Hay una persona, una cantante y una nena que canta en castellano.

Foto: Alessandro Maradei

¿De dónde viene tu gusto por la comedia musical?

La comedia musical fue uno de mis grandes amores. Yo viajé a Nueva York a visitar al tío Sergio cuando tenía 14 años. Vi ocho comedias musicales y me volví loca.

Me acuerdo de sentarme en la platea para ver Aplauso, con Lauren Bacall. Con solo escuchar cómo afinaban los instrumentos me puse a llorar. Para mí eso era magia pura. Y cuando empecé a cantar se me cruzó Pepito Cibrián [bajo su dirección participó en la obra teatral Aquí no podemos hacerlo, en 1978]. Disfruté mucho de esa experiencia, pero era vaga, me parece. Todo lo de bailar no me salía tan bien. Yo quería cantar y la voz se llevaba todo por delante. Lo que tuve claro de entrada fue: “Es distinto si me entienden que si no me entienden”. Por más que la pase bomba cantando “So close to your eyes / for that’s a lovely way to be...” [“Wave”], si canto “no me quedan más disfraces para actuar” [“Cuatro estrofas”] y vos me entendés, cambia todo.

Así que no canté nunca más en inglés hasta ahora, en los últimos años: hice un homenaje a Ella Fitzgerald en el teatro Colón que ya tengo editado y está a punto de quedar subido a plataformas. Y en 2019 hice un concierto de jazz con una big band que también está pronto para salir, pero no sé por qué todavía no lo subí a ninguna plataforma para compartirlo.

Tengo claro que empecé a encontrar mis canciones desde 1977 en adelante, y que tuve la suerte de encontrarme con canciones increíbles e inéditas de Marilina Ross, Celeste Carballo y Alejandro Lerner. Y pude armar un repertorio propio y una identidad como cantante e intérprete con todas esas canciones.

En 1984, cuando lanzaste tu disco Soy lo que soy, los sellos discográficos eran industrias muy poderosas y podían usar ese poder para tener mucha injerencia en la obra de sus artistas, algo que hoy sigue pasando aun con grandes artistas. Vos ya tenías un nombre. ¿Cómo fue lidiar con ese sistema de intereses? ¿Tenías el control creativo?

Yo había grabado mi primer disco con un productor recientemente ascendido a productor, que había sido técnico del estudio de CBS y me dejó hacer lo que se me cantó el traste. Con lo cual hice un disco rarísimo. Un productor normal no hubiera grabado un disco así, mitad en inglés, mitad en castellano.

Más adelante, mi tío Andrés Percivale me presentó a Ricardo Kleinman, que es el gran productor de Soy lo que soy. Y otra vez me crucé con alguien que me dio libertad total. Kleinman era un melómano que sabía todo y sabía lo que no sabía. Entonces no venía nunca al estudio de grabación. Yo grabé con mi banda con una tranquilidad absoluta, hice todo lo que tuve ganas. Con Kleinman [para el sello Microfon Argentina] hicimos Puerto Pollensa [1982], Hagamos el amor [1983], Soy lo que soy [1984] y Sandra en shams [1984], que fue un disco en vivo. Fue un tipo muy inteligente al que quise mucho.

Soy lo que soy también es un disco un poco raro. Tiene dos arregladores tan distintos como Ángel Mahler y Leo Sujatovich, que son agua y aceite desde el punto de vista del estilo. Y, sin embargo, convivieron en armonía. Me acuerdo de que llamé para que hiciera los arreglos vocales a Horacio Corral, a quien había conocido porque era integrante de Buenos Aires 8, un grupo con el que yo había debutado en el 76 en un boliche llamado La Ciudad. Yo no quería un corito, una segunda voz, quería algo más ambicioso. Horacio trabajó tanto con Ángel como con Leo, y armó ese disco, en el que estábamos todos aprendiendo. Leo un día me dijo: “Yo estaba medio en el horno, nunca había escrito para vientos y cuerdas”.

Tanto para los uruguayos como para los argentinos, 1984 es un año muy especial y tu música fue protagonista muy importante de ese momento. Hoy, en una etapa de otras características, también atravesamos tiempos difíciles. ¿Cómo es para vos hacer música en este presente?

Es un momento muy doloroso, muy feo, de una crueldad y de una omnipotencia muy desagradables. Y mi sensación es que quiero seguir disfrutando de todo lo que hice, reciclándolo, y seguir cantando. Al mismo tiempo, quizás es un momento de hoja en blanco para empezar de cero. Tal vez con otro compromiso, por ahí involucrándome más.

Yo no he compuesto demasiadas canciones. Mi vida es la de una intérprete. Pero en este disco que voy a celebrar en Montevideo hay un par de aportes míos a la música que casualmente tienen que ver con dos poetisas uruguayas. Una es Adela Gleijer [“Se metieron con todo”] y la otra es Débora Céspedes [“Nacer de nuevo”]. Y a mí me gusta lo que sucede en eso de buscarles la música a las palabras.

Así que tal vez este es un momento bisagra para mí, pensando en cómo transmitir nuestro punto de vista. La cultura, el arte, es la única respuesta posible. Es lo único que nos puede salvar. Porque todo lo demás está tan lleno de depresión, de grieta, de sentimientos negativos. En la cultura de cada pueblo, de cada país, se manifiestan las identidades. Tener que ver con los seres humanos que somos y no con la puja por el poder. Esto que nos pasa es una consecuencia de un mundo que se ha convertido en un banco, en una cosa comercial que no tiene nada que ver con lo que somos como seres humanos. Es un mundo tan desigual y tan desagradable en el que vivimos hoy, que no creo que la respuesta tenga que ser una guerra.

Y después tenés todas las intransigencias de todas las partes: las intransigencias del poder, las intransigencias religiosas. Es como si viviéramos en la época en la que se quemaba gente en la hoguera. Esas religiones que dictaminan que la vida debe ser de una manera, porque así lo quiere Dios… no es así. El problema es cuando alguien quiere tener la razón. Ahí estamos en el horno.

Algunos hablan de ciclos que se repiten.

Hoy lo que más me preocupa es que estas cosas sucedan desde la democracia, desde la elección de la mayoría. Eso es una garcha. Las sociedades pueden ser muy egoístas. Hasta que no nos demos cuenta de que si yo solo riego mi quinta y la de al lado se seca, yo también me voy a cagar de hambre en algún momento, no hay salida. Hay que regar todo.

¿Alguna vez te afiliaste a un partido político?

No. Nunca tuve ninguna afiliación política partidaria, aunque siempre estuve enamorada de [el expresidente Raúl] Alfonsín. Lo amé profundamente. No era perfecto ni mucho menos, pero sin duda quería el bien común. Fue alguien que hizo todos los renunciamientos posibles para lograr que la cosa funcione. Lloré mucho el día que él renunció. Me pareció una hijaputez total el golpe de Estado económico que le hicieron. Más allá de si se equivocó o no se equivocó, porque la hiperinflación fue una cagada, que el padre de la democracia no haya podido terminar su mandato habla muy mal de nosotros. Hoy sigo queriendo las mismas cosas que en aquellos días: que haya justicia social y laburo para todos.

Nadie la mencionó directamente, pero hablamos mucho sobre Buenos Aires. ¿Podés elegir una postal de la ciudad?

La que me llevaba de la mano a amar a Buenos Aires era Eladia Blázquez. Tiene una manera de hablar y cantar de nosotros genuina y maravillosa. Y si pienso en una postal, me acuerdo de las marchas de Ni Una Menos. María Luisa Bemberg una vez me retó porque yo decía que no era feminista, y el Ni Una Menos me vino a caer como una ficha fuerte. Todas y todos debemos ser feministas. Hay una cuestión de violencia de género que es ineludible. Y tengo el recuerdo de haber ido a la Plaza de los Dos Congresos con mi mujer, mi mamá, mi ahijada, hija de mi mujer; un grupete de mujeres de distintas generaciones y distintos pensamientos, en el que nos encontrábamos todas pensando que nuestros derechos eran importantes.

Sandra Mihanovich. Soy lo que soy, sinfónico. Viernes 24 de abril a las 20.30 en el Auditorio Nacional del Sodre (Mercedes esquina Florida). Entradas desde $ 1.500 a $ 3.000 en Tickantel.

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