Cuando éramos muy jóvenes, antes, tiradas en los sillones del living, veíamos películas de Ozu por las tardes (casarse, tener hijos, formar huecos en las paredes, entre las paredes, cocinar huevos, hervir arroz, acercar los alcoholes necesarios). Bajábamos un poco las persianas, creábamos ese pequeño mundo sin actividad y sin luz, solo nuestros cuerpos boca arriba, flojos y extendidos, las miradas fijas en la pantalla del televisor 20 pulgadas.
Y cuando terminábamos de hacer eso (eso que era nada, delirar, acompañar el delirio de alguien más), rebobinábamos el VHS y salíamos alegres y raudas a buscar otra película de Ozu, sin importarnos que fuesen tres, siempre las mismas tres, las que había en el culto videoclub del barrio. Las rotábamos, entonces, cada final de tarde (sentarse allí, bajo la sombra del padre, hablar, mirar, alimentarse, sonreír, sonreír igual).
Solo una vez nos aventuramos. Solo una vez traspasamos el perímetro de nuestra zona conocida en busca de otro videoclub, uno que tuviese una película de Ozu que no hubiésemos visto antes. Recuerdo que no encontramos nada. Nadie conocía a Ozu. No sabían quién era. Les parecía que no era ni siquiera una persona. Les parecía que sería como un peluche, algo blando y gracioso para dar a un niño de regalo. Desde ese día no insistimos más en la búsqueda y empezamos a mirar otras películas, de otros directores, lo que sea que encontráramos o nos recomendaran en nuestro videoclub de confianza.
Tenía cierta belleza la necesidad de trasladarse. Ir hasta el lugar, divagar en el camino, imaginar de antemano una elección, y una vez allí demorar en decidirse, dudar más, dudar mejor, recibir un consejo, repasar preferencias, comparar tardes y elecciones, tolerar a los demás. Todo era parte del asunto. Ver cine nos hacía mejores personas, realmente nos mejoraba.
Durante un tiempo indagamos allí, hasta que, sin saber por qué, terminamos viendo solo Aguirre, la ira de Dios, de Herzog. Aguirre y su búsqueda de El Dorado. Aguirre y nuestros comentarios sobre él. Algo sobre su forma de sufrir, sobre la forma de hundirse de a poco, paulatinamente, en el sufrimiento. Nos gustaba, nos atraía eso de dejarse llevar hacia lo más hondo. Brillaba el casco de Aguirre y su brillo nos encandilaba. Lo seguíamos, lo perseguíamos en la balsa sobre el río, en medio de la oscura maleza, entre los árboles altos. Dejábamos que la terrible tensión de la espera nos inundara, mientras que, sin quererlo y sin darnos cuenta casi, revivíamos la caída, el final previsto, la debilidad del proyecto y su completa incapacidad de ser llevado a cabo. Soportábamos que, inmersas en el delirio, en el delirante relato de alguien más, las cosas tomaran ese espesor raro.
Y cuando volvíamos a Ozu, lo comprendíamos mejor. El contraste lo beneficiaba. Entendíamos qué era exactamente el sufrimiento y por qué ejercía ese efecto en nosotras, como si nos hipnotizara, como si nos fascinara. El sufrimiento aparecía en las situaciones más prosaicas, más cotidianas: la mujer subiéndose el cierre de su vestido, solo esa solera corta, de verano; un joven desanudándose la corbata y dejándola extendida, a un costado; los hombres en grupo, sentados en el piso junto a la enorme mesa rectangular de la sala, o juntos, uno al lado del otro, inclinados sobre el mostrador de un bar, y siempre alguien, siempre esa especie de sombra movediza, acercando los alcoholes necesarios.
Y el sufrimiento resbalándose por allí como si fuese agua. Metiéndose por las rendijas de las maderas, cayendo, suave, casi imperceptible, y deslizándose. Abarcándolo todo, empapándolo. Ya podíamos decir que lo conocíamos, que sabíamos exactamente lo que era. Una muchacha allí, cepillándose el pelo y mirándose al espejo un momento. Un joven de pie y de perfil, pensativo, casi cabizbajo, junto a la puerta de calle. Dos hombres tomando sake en silencio a la hora en que cae la tarde.