La revista New York, publicación quincenal fundada en 1968 y adquirida por Vox Media en 2019, publicó en enero del año pasado una portada que rápidamente dio la vuelta al mundo. Porque, aunque no te importe lo que ocurra en Estados Unidos, es indiscutible que allí surgen tendencias que luego generan réplicas, como los peores terremotos. Había pasado apenas una semana desde que Donald Trump comenzara su segundo mandato, que constitucionalmente debería ser el último, cuando Brock Colyar escribió un artículo titulado “The Cruel Kids’ Table” (“La mesa de los chicos crueles”), acerca de “los trumpistas jóvenes, confiados y ocasionalmente crueles” que “luego de conquistar Washington tienen la mirada puesta en Estados Unidos”. La foto de la portada mostraba gente joven, bien vestida, hegemónica, blanca.

Con claro ánimo provocador, la nota ponía el foco en la nueva juventud conservadora, que “está de regreso por primera vez desde los años 80”, pero que, según Colyar, lo hacía “como una fuerza cultural, no solamente como una condición política”. Lejos habían quedado los rednecks que tomaron el Capitolio por la fuerza, que parecían salidos del cine distópico… y que fueron perdonados por Trump II con la misma indiferencia mediática con la que fueron recibidas cada una de sus siguientes arbitrariedades, pataletas e incitaciones al odio.

Rascando muy poco en el texto de Colyar quedaba claro que estaba en juego la “batalla cultural”, ese último trofeo de guerra para un Partido Republicano que controlaba con holgura las dos cámaras del Parlamento y que (de nuevo) tenía a los medios a mitad de camino entre el temor a las represalias económicas y la hipnosis de un artista de circo. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que el trofeo podía cambiar de bando.

En ese artículo se ponía de manifiesto algo que se notaba al tomar el pulso de las redes sociales. “La postura política más visible de este grupo (los chicos crueles) es una reacción a lo que considera una obsesión puritana de la izquierda por controlar el lenguaje y hablar de la identidad”. Cabe aclarar que en “izquierda” Colyar (quien se identifica como persona no binaria) incluye al Partido Demócrata, pero esa es harina de otro costal.

Ya no alcanza con acusar a los progresistas de ser snowflakes (“copos de nieve”), por su fragilidad ante discursos ofensivos. En este nuevo contexto se busca la ofensa, y no solamente porque funciona como un detector de copos de nieve, sino porque “los chicos crueles” llevaban demasiado tiempo pidiendo perdón por decir “puto” o “retardado”. La palabra woke, que refiere a todo aquello que apoya la inclusión y la igualdad, comenzó a ser utilizada como mala palabra. Ese terremoto también tuvo réplicas, y pueden verlas asomando su cabeza en editoriales periodísticos y hasta en informes políticos de nuestro país, que todavía usan la palabra como un chiche nuevo.

Algunos epicentros son más fáciles de hallar que otros. Las generaciones más jóvenes vieron cómo las anteriores podían comprar una casa con el trabajo de uno solo de los padres, recibieron los restos de un sistema que se acelera hacia su singularidad (una sola persona con todo el dinero), y su acto de rebeldía fue el nihilismo de jugar a ser fascistas. Muchos se convirtieron en el brazo violento, al menos desde la retórica, de los gobiernos que mejor se sienten administrando restos. De celebrar que por fin podía volverse a contar chistes racistas (como si alguna vez se hubieran dejado de contar) pasaron al discurso racista, antisemita o xenófobo, en cualquiera de sus combinaciones, dependiendo de las circunstancias.

X, tras el peor cambio de nombre de un producto en la historia del marketing moderno, prometió ser un paraíso de la libertad de expresión, y con la llegada de Elon Musk restituyó cuentas abiertamente nazis, al tiempo que censuraba palabras como cis o cisgénero (lo contrario a trans o transgénero) por entender que son un insulto, cuando la realidad es que se usan en discursos relacionados con la identidad de género, sin mencionar el más reciente escándalo por las imágenes sexualizadas de menores.

El poder de los conservadores, siempre hablando de la batalla cultural, parecía ineludible (aunque “también lo era el derecho divino de los reyes”, para citar esa frase de Ursula K Le Guin a la que uno suele abrazarse con fuerza). Si Estados Unidos se acostumbraba a su rey loco, el mundo se acostumbraba al reporte diario de atrocidades que (vale decirlo) no son una característica única de este siglo, pero que nunca se mostraron con tanta inmediatez y en 4K. Pero el nuevo clima convertía la denuncia de las atrocidades en un “suicido mediático”.

Ni Estados Unidos ni el mundo están mucho mejor un año y pico después, y el rey loco continúa con su proceso de desestabilización global que beneficia (entre otros y como siempre) a eso que se conoce como “complejo industrial-militar”. Porque mientras haya gente que se hace multimillonaria vendiendo armas, la paz va a ser mucho menos tentadora. Sin embargo, cambiando la metáfora del reinado por la del imperio, volvió a ponerse de moda decir que el emperador está desnudo, senil y lleno de manchas.

Lo malo, si breve

“The Hilarious Decline of MAGA’s Brief Cultural Relevance” (“El hilarante declive de la breve relevancia cultural del movimiento MAGA”) es un artículo de The New Republic escrito por Alex Shephard y publicado en febrero, cuando Irán estaba “a un mes” de obtener armas nucleares, como desde hace años. Shephard utilizaba el Super Bowl como ejemplo de que aquella mesa de chicos crueles volvía a ser mirada con malos ojos. Quizás está demasiado cerca del baño y cada vez que se abren las puertas batientes la invade el olor a orina.

En 2025, recuerda el texto, Donald Trump se hizo presente en la edición 59 del Super Bowl, llevada a cabo en febrero. Recibió aplausos y vio cómo los atletas celebraban las anotaciones imitando su bailecito, aquel que popularizó al ritmo de “YMCA” de los Village People. Shephard utiliza el espectáculo deportivo más popular de Estados Unidos como termómetro de la simpatía de Trump: en la edición 60 no se hizo presente, alegando que quedaba “demasiado lejos”. “Trump no asistirá al Super Bowl porque, después de un año en el cargo, tiene la peor popularidad desde la insurrección del 6 de enero”, argumentaba el periodista. “Sabe que cuando las cámaras inevitablemente lo encuentren en su palco, va a ser abucheado con fuerza y sin piedad. Es preferible quedarse en casa y rumiar, y publicar pavadas incesantes y muy probablemente racistas en Truth Social”, escribió, en referencia a la red social que promueve el presidente. “Sigue siendo humillante, pero un poco menos”.

En un año, el clima interno había cambiado por diferentes razones. Una de ellas fue la brutalidad del despliegue de los agentes de la Policía migratoria ICE, quienes a comienzos de este año asesinaron al menos a dos estadounidenses en su búsqueda de ese “otro” a quien demonizar para mantener al núcleo duro de votantes. Parece algo lejano en el tiempo, pero antes de Irán parecía que Trump estaba a punto de desplegar tropas y anexar Groenlandia, como si fuera un juego de mesa.

Los artistas, soldados fundamentales de la batalla cultural, empezaron a ser menos tibios en sus publicaciones en redes sociales (con eso no alcanza, pero aquí estamos hablando de valores simbólicos). Bruce Springsteen, seguramente cansado de que 40 años después sigan sin entender su “Born in the U.S.A.”, escribió una canción llamada “Calles de Minneapolis”, que citaba con nombre y apellido a dos de los muertos por la violencia del ICE. Desde entonces, Trump le ha dedicado varios comentarios negativos en sus posteos.

“Antes de agradecerle a Dios, voy a decir: ‘Fuera ICE’”, dijo Bad Bunny al recibir un Grammy pocos días después de que se estrenara la canción del Jefe. El músico puertorriqueño terminaría la ceremonia haciendo historia al ganar el premio a álbum del año con un disco íntegramente en español. Como suele ocurrir, los votos estaban teñidos de actualidad: en setiembre se había anunciado que encabezaría el popularísimo espectáculo del entretiempo en el Super Bowl y los “chicos crueles” no se lo habían perdonado. “No sé quién es. No sé por qué lo están haciendo”, dijo el mismísimo Trump cuando le preguntaron por la elección del boricua. “Creo que es absolutamente ridículo”.

Es innegable la importancia del fútbol americano y de su “gran final” en la lucha por el dominio de unos valores y creencias por encima de otros. Este deporte nunca había sido una cuna de ideales progresistas, y alcanza con recordar lo sucedido con Colin Kaepernick en agosto de 2016. Como forma de protesta ante el racismo sistémico en Estados Unidos, este mariscal de campo decidió plantar una rodilla en el suelo durante la emisión del himno nacional. Recordando una famosa frase de Alberto Olmedo en el sketch de Álvarez y Borges en No toca botón: “¡Para qué!”.

En aquel momento el presidente era Barack Obama, quien dijo que Kaepernick tenía derecho a protestar. “No dudo de su sinceridad. Creo que le interesan asuntos legítimos de los que tenemos que hablar. En el peor de los casos, generó más conversación sobre esos temas”, declaró Obama en su momento. De todos modos, Kaepernick se quedó sin contrato al finalizar la temporada. Al año siguiente, el presidente Trump dijo que los dueños de cada club deberían despedir a aquellos deportistas que protestaran durante el himno.

Por eso llamaron tanto la atención las circunstancias que rodearon la final de este año, que incluyeron declaraciones de numerosos conservadores que llamaron a no mirarlo debido a la presencia del puertorriqueño. “No puedo creer que la derecha perdiera el Super Bowl en el divorcio nacional”, reaccionaron con humor muchos internautas, comparando la famosa “grieta” con el reparto de bienes después de una separación.

Los despechados no solamente llamaron a boicotear la actuación de Bad Bunny, sino que organizaron un espectáculo “alternativo” del entretiempo promovido por la organización conservadora Turning Point USA (TPUSA), fundada en 2012 por el activista de derecha Charlie Kirk. Es un buen momento para hacer una pequeña digresión y recordar que Charlie Kirk fue asesinado en setiembre de 2025 durante un evento en la Universidad Utah Valley.

Kirk puede considerarse un símbolo del momento en que comenzó a cambiar el viento para los chicos crueles. En primerísima instancia su muerte fue “aprovechada” por el gobierno de Trump, que ordenó ondear las banderas a media asta y lo llamó “un gran patriota estadounidense”. La importancia de este podcáster fue inflada y su viuda se convirtió en una estrella pop de la noche a la mañana. Pero la forma en que se persiguieron algunos discursos críticos hacia Kirk pareció dar a entender que ahora los copos de nieve soplaban desde la derecha.

Que Kirk difundiera públicamente la teoría racista del Gran Reemplazo, según la cual existe un complot para sustituir a los ciudadanos blancos por otros, además de fomentar discursos de odio hacia la mujer, los homosexuales o la población trans, hizo que muchas voces mostraran lo contrario al dolor luego de su muerte. Un analista político del canal MSNBC fue despedido después de declarar que “los pensamientos de odio llevan a palabras de odio, que luego llevan a acciones de odio”, y agregar: “No podés tener estos pensamientos horribles, decir palabras horribles y esperar que no ocurran acciones horribles”.

Mientras el vicepresidente JD Vance llamaba a denunciar a compañeros de trabajo que se manifestaran en forma poco respetuosa sobre lo ocurrido, el conductor televisivo Jimmy Kimmel veía cómo la cadena ABC suspendía “indefinidamente” su late night show luego de un monólogo televisado en el que Kimmel acusó a los crueles MAGA (de cualquier edad) de tratar “desesperadamente de describir al chico que asesinó a Charlie Kirk como cualquier cosa que no fuera uno de ellos, y haciendo todo lo posible para sacar rédito político”.

Para muchos, lo de Kimmel fue demasiado y se llamó a un boicot contra Disney (propietaria de ABC), que terminó en el levantamiento de la suspensión esa misma semana. En cuanto a la figura de Kirk, más allá de los intentos de convertirlo en mártir, los internautas lo convirtieron en un meme.

La suspensión temporal había llegado pocas semanas después de que la cadena CBS, que buscaba tener el favor de Trump para concretar una fusión, anunciara el fin de otro programa similar, The Late Show, conducido por un Stephen Colbert que se había convertido en una de las voces mediáticas más críticas hacia el gobierno de Trump. El programa de Colbert se termina este mes, pero volvamos al Super Bowl.

La oferta alternativa para mirar entre mitades del encuentro, bautizada “Espectáculo de medio tiempo totalmente estadounidense”, se anunció con bombos, platillos y la actuación principal del cantante Kid Rock, que lleva una década como ferviente admirador de Trump.

En su artículo sobre el desplome del trumpismo cultural, Shephard se regodeaba en las características de este show. “Kid Rock es terrible, no solo musicalmente, sino por sus letras”, argumentaba en referencia a un tema que se hizo viral en el que dice que le gustan las chicas menores de edad. “Una organización nominalmente cristiana como TPUSA está feliz de abrazar a un hombre que celebra la violación de menores, porque es un artista públicamente pro-Trump y ya no quedan muchos de ellos”.

Esa posición hipócrita le resulta familiar al autor. “La derecha pasó la mayor parte del último medio siglo quejándose de lo cruel que era la cultura popular estadounidense con los conservadores”. Sin embargo, después de estar en la cresta de la ola (con la ayuda de los medios), el clima cambió y “lo que se está viendo en todas partes es una fuerte reacción contra Trump”. Si el Super Bowl era un entretenimiento asociado a la gente del Partido Republicano, imagínense lo que sería la lucha libre, pero incluso allí se escucharon los gritos de “¡a la mierda el ICE!”.

“La noticia más importante del último año es que Trump, en muy poco tiempo, desperdició la mayor parte de su capital político al dirigir un régimen beligerante, ilegal y fascista. Pero la segunda noticia más importante es que la derecha desperdició todo el capital cultural que le dio la elección”, escribió Shephard. Pasó de “estar cerca del dominio total de la sociedad estadounidense” a “pretender que les gusta Kid Rock”.

El resultado final de esta rencilla cultural fue que unos 126 millones de estadounidenses escucharon a Bad Bunny cantar en español, mientras que poco más de seis millones entraron al canal de Youtube de TPUSA para ver a Kid Rock. E incluso los que lo hicieron se quejaron de que el músico estaba cantando sobre una pista de audio, en una presentación que ni siquiera fue en vivo, sino que había sido grabada previamente. Kid Rock no lo admitió y le echó la culpa a la transmisión por no haber sincronizado la imagen y el sonido.

“Si hubiera sido playback, como quieren hacer creer, porque la izquierda está tratando de tirarme de nuevo a los leones y los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales lo amplifican, hubiera sido muy fácil de sincronizar si era pregrabado”, argumentó al ser entrevistado por la cadena Fox News. “Fue un tema de sincronización y sé que trataron de arreglarlo, pero era muy difícil”.

Jon Stewart, legendario conductor de The Daily Show, habló después de la polémica y aprovechó para reflotar el tema de los copos de nieve. “¿En qué momento los derechistas se volvieron tan cagones?”, dijo en su programa. “¿Se acuerdan de 2017? ¿Se acuerdan de lo que odiaban acerca de los liberales? Ofendidos todo el tiempo, hablando de espacios seguros, censurando la libertad de expresión, el tema de la cultura de la victimización. ¿Les hace acordar a alguien? ‘¡Ay! No puedo estar 15 minutos sin escuchar música country. Necesito un espectáculo independiente’”.

“La guerra cultural de este fin de semana demostró una cosa: que, a pesar del triunfalismo de los MAGA, no es un movimiento que se sienta seguro en su posición. Estas personas, que controlan todas las ramas del gobierno, se sienten tan provocadas por alguien que canta 20 minutos en español, que necesitan su propio espacio seguro de entretenimiento alternativo, donde ‘Trad Bunny’ [por Kid Rock] canta canciones sobre cómo ya no se puede disfrutar de estar en un camión tomando cerveza, porque saben que en alguna parte ahí afuera hay una persona trans”, agregó Stewart. “Es patético. La diferencia entre el poder que ejercen y la victimización que reclaman es la verdadera ofensa. Si no tuvieran el poder de hacer tanto daño a nuestro país, los descartaríamos como un partido débil y lastimoso”.

Como tantos enfrentamientos, esta batalla se da en numerosos frentes y en simultáneo. Mientras las plantas de caña de azúcar ensayaban sus coreografías para el Super Bowl, llegaba a las salas de cine el documental sobre Melania Trump, filmado durante el comienzo del segundo mandato de su esposo. Ya sabemos que la historia la escriben los ganadores, pero en algunas batallas nadie quiere admitir la derrota: el documental fue al mismo tiempo un éxito relativo de taquilla, pero un fracaso económico para la compañía Amazon, que gastó 75 millones de dólares para poder distribuirlo, lo que para muchos fue un soborno encubierto a Donald Trump, como cuando Paramount llegó a un acuerdo y pagó 16 millones de dólares a Trump en un juicio que seguramente quedaría en la nada.

La guerra nueva del emperador

La mejor forma de distraer de un escándalo es generar tantas situaciones escandalosas que el receptor quede completamente sedado. Entonces pierden importancia datos como que Donald Trump aparece mencionado en los archivos Epstein más de 38.000 veces, de acuerdo con The New York Times. Y si no es suficiente con inundar a la prensa con mentiras y disparates, siempre estará Oriente Medio para apuntalar la carrera de cualquier presidente estadounidense, sin importar qué tan canchero sea ante las cámaras.

Desde febrero, Estados Unidos comenzó y terminó la guerra con Irán en numerosas ocasiones. El gobierno se vanaglorió de liberar un estrecho que antes de los ataques estaba abierto, y Jimmy Kimmel siguió posicionándose como uno de los entertainers más combativos. Durante la última entrega de los Oscar, a la hora de presentar el premio a mejor documental, el comediante aludió al presidente y dijo: “Debe estar furioso porque el documental de su esposa no va a recibir un Oscar”. No sería su último chiste dirigido a Melania.

Para entender este último ida y vuelta hay que conocer una histórica tradición de los periodistas que trabajan en la Casa Blanca, quienes todos los años invitan a cenar al presidente y lo someten a eso que los estadounidenses llaman roast, que es cuando el homenajeado es “cocinado” mediante una sucesión de tomadas de pelo. Es famosa la participación de Stephen Colbert durante la presidencia de George W Bush, y hay quienes afirman que la idea de Trump de ser presidente surgió luego de que Obama hiciera varios chistes sobre él en la cena de 2011.

Trump faltó a la mayoría de las cenas durante sus mandatos, pero eso no impidió que su administración se horrorizara luego de que Michelle Wolf hiciera lo que mejor hace (humor) con la secretaria de prensa Sarah Huckabee Sanders en la edición de 2018. Por eso, en las contadas ocasiones en que Trump se hizo presente, la comedia voluntaria brilló por su ausencia.

Inspirado en el Super Bowl, Kimmel parodió la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca en su programa. “Pensé: ¿por qué no seguir el ejemplo del espectáculo alternativo de Kid Rock y contar algunos de los chistes que haría un comediante si nuestro presidente no fuera un dramático al que le da miedo la comedia?”. Entre varios chistes que apelaron a los lugares comunes (Epstein, las manos pequeñas de Trump) hubo uno que fue considerado excesivo para la misma administración, que enterró el protocolo y el decoro en el jardín de la Casa Blanca. “Miren a Melania, tan hermosa. Señora Trump, tiene el brillo de una futura viuda”.

El día en que efectivamente se llevó a cabo la cena se registraron disparos a la distancia y los presentes fueron evacuados. Más allá de buscar el rédito político luego del atentado, como especifica el manual de cualquier gobierno, los republicanos se blindaron detrás de una consigna que no tenía que ver con Irán, la portación de armas ni fraudes electorales: salieron en masa a apoyar, por razones de seguridad, el nuevo salón que se está construyendo en la Casa Blanca. Trump no ha parado de refaccionar y redecorar su residencia oficial, llenándola de colores dorados y otros elementos que hacen daño a la vista. Y si bien prometió que se construiría con fondos privados (lo cual genera infinitos conflictos éticos), por estas horas su partido propuso derivar 1.000 millones de dólares para el asunto.

Esta nueva digresión es importante porque los ataques hacia Jimmy Kimmel por el chiste se refirieron al hecho. “La retórica cargada de odio y violencia de Kimmel tiene como objetivo la división de nuestro país”, dijo un comunicado firmado por Melania Trump. “Su monólogo acerca de mi familia no es comedia; sus palabras corroen y agravan la enfermedad política dentro de Estados Unidos. Las personas como Kimmel no deberían tener la oportunidad de entrar en nuestros hogares cada noche para difundir el odio”. El texto pedía que la cadena ABC tomara una postura. “Esto ya es demasiado”.

Atrás vino Donald, quien se encargó de aclarar a sus seguidores que el video de Melania frente a Kimmel mientras contaba el chiste era falso, y relacionó el sketch con el atentado. “Un día después un lunático trató de entrar al salón de la cena de los corresponsales de la Casa Blanca, armado con una escopeta, una pistola y muchos cuchillos. Estaba ahí por una razón muy obvia y siniestra. Agradezco que tanta gente esté indignada por la despreciable incitación a la violencia de Kimmel, y normalmente no prestaría atención a nada de lo que dice, pero esto va mucho más allá de lo aceptable. Jimmy Kimmel debería ser despedido inmediatamente por Disney y ABC”.

Como aquellas vedetes que se peleaban (¿todavía lo hacen?) en diferentes programas de la tarde, Kimmel aprovechó su monólogo para una sensata aclaración... y para continuar la contienda. “Obviamente fue un chiste sobre la diferencia de edad y la cara de alegría que pone ella cada vez que están juntos. Fue una burla muy sencilla sobre el hecho de que él tiene casi 80 años y ella es menor. No fue, ni por asomo, una incitación al asesinato. Y ellos lo saben”. A diferencia de lo ocurrido el año pasado, las repetidoras de ABC no clamaron por la suspensión del comediante, lo que también puede interpretarse como un cambio de postura. Trump volvió a pedir el despido, y ambos se ven beneficiados por el tira y afloja.

Los rounds de la batalla cultural, y de esta pelea en particular, se siguen sumando. En el mismo lodo se mezclan bombardeos con refacciones del hogar y complejos turísticos en Gaza. En este clima parece tonto hablar de música, deporte y monólogos de humor, pero es importante recordar que el silencio también suma puntos para un púgil o para el otro.