Es marzo de 2026. Tras un par de cancelaciones, Milo J y su banda llegan a Washington para participar en el popular ciclo de miniconciertos online de la NPR, la radio pública estadounidense. La delegación es acorde al pequeño escritorio –el tiny desk– que sirve de escenario, y por eso incluye una versión reducida de Agarrate Catalina. Cinco componentes garantizan un destilado del canto murguero: Leonardo Gómez, Carolina Gómez, Eder Fructos, Martín Cardozo y Yamandú Cardozo.
Rumbo al último ensayo en la capital estadounidense, el pibe bonaerense y los arlequines montevideanos cantan “Brindis por Pierrot” y “Tambor tambora”, entre otras piezas, como si se tratara de una bañadera de viaje entre tablados en pleno carnaval. Cuando llegan a la sala, van a chequear que entren todos en el set. A pesar de las limitaciones espaciales, la Catalina usará sus trajes típicos. La murga es murga acá, en Buenos Aires o en la Casa Blanca.
De vuelta en Montevideo, Yamandú Cardozo cuenta que llegaron a las instalaciones de la NPR con cierta incertidumbre: “Qué iba a pasar con el sonidista, o con la gente que tenía que armar los micrófonos. Ellos estaban con miedo de saber si entrábamos, pero enseguida entendieron”. “Estos cantan así, la emisión es esta. Es un poco a los gritos, a veces. Está genial. Entonces, vamos a buscarle la vuelta”, supone que pensaron los técnicos.
Como pasó con Ca7riel y Paco Amoroso o 31 Minutos, el impacto resultó inmediato. Fue un concentrado de 16 minutos del universo estético musical que Milo J viene presentando casi como un manifiesto artístico y político, en el sentido amplio. Desde la sonoridad latinoamericana hasta los elementos que eligió para vestir la atiborrada oficina que hace las veces de escenario: una revista Folklore con Mercedes Sosa en tapa, una edición del Martín Fierro, un banderín de Deportivo Morón, el pañuelo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la chomba andina de su vestuario.
Anamaría Sayre, periodista de la radio y productora de la programación latina de los Tiny Desk, venía siguiendo al argentino desde sus primeros hits. “Me interesaba mucho el proyecto, no era un trapero rapero normal, estaba haciendo algo muy especial. No esperaba lo que iba a venir, aunque ya estaba haciendo algo distinto, con sonido único. Pero entendía que no era el momento. Y luego me mandaron el nuevo disco; creo que escuché tres canciones y los llamé como, ‘hay que hacerlo ya. Este es el momento, este es el disco, este es el concepto’”.
Según la productora, nadie en la radio conocía mucho de la cultura de Uruguay, “pero creo que se fascinaron, tipo ‘güey, ¿qué es esto? Increíble’. Estaban muy emocionados. La magia del Tiny es que realmente es una plataforma que surge en Estados Unidos, pero es una plataforma del mundo. En este lugar que es tan banal –por el escritorio– tú puedes llevar cualquier país, cualquier cultura, lo que sea, bien fácil, porque no tiene su propia identidad, es como una mezcla de todo el mundo, entonces yo creo que es el lugar perfecto para mezclar distintos elementos”.
Para Cardozo, parte de la fascinación tiene que ver con haber realizado el ritual de la transformación murguera a la vista de todos: “Habitualmente no tenés acceso a las cocinas, a las trastiendas, a los laboratorios detrás de los espectáculos. Pero la murga está súper entrenada en exponer sus talleres o sus ensayos, lo que está sucediendo atrás; sabemos que es algo que llama un montón la atención. El género tiene unos anzuelos muy efectivos. Seguramente por su cuna callejera, la necesidad desesperada de comunicar rápido. Tiene que ser un animal artístico efectivo, conectar enseguida, agarrarte y no permitir que la atención se te vaya. Todo eso sabemos que sucede sobre el escenario, una vez que la murga empieza a cantar, que empieza a hacer su función, pero en estos casos todo lo previo también funciona hacia ese lado”.
El vínculo de Milo J con Agarrate Catalina se gestó en 2023, cuando Bizarrap los convocó para la performance que realizó en la ceremonia de los Premios Grammy Latinos junto con varios artistas. A partir de entonces los convites fueron constantes. Cardozo asegura que los dos argentinos tenían muy curtido el género antes de diseccionarlo en el quirófano de la música urbana. “Habla de su curiosidad natural. Ese espíritu aventurero y desprejuiciado de tomar texturas y apoyar sobre elementos estéticos musicales que aparentemente no entrarían dentro de la ortodoxia de su género, recortarlos y coserlos y unirlos como un Frankenstein maravilloso”, señala el carnavalero, y agrega: “Resulta muy sorprendente la cuestión de su edad, el aplomo, la experiencia y la apertura mental. Son cosas que aprendés con el andar y que este gurí ya las tiene”.
Otro negrito cantor del west
Cuando Camilo Joaquín Villarroel nació, el 25 de octubre de 2006, la escena musical argentina aún estaba acomodándose tras la tragedia de Cromañón, que, entre otras cosas, provocó un quiebre en el recambio generacional del rock argentino, ya que el cierre de espacios y el endurecimiento en los permisos de habilitación dificultaron la presencia de nuevas bandas. La plataforma Youtube, que en unos años cambiaría la manera de consumir contenidos audiovisuales y en gran parte también la manera de escuchar música, estaba dando sus primeros pasos. Mientras tanto, en Uruguay, una murga joven con apenas cuatro febreros en el Concurso Oficial de Carnaval venía de ganar su segundo título consecutivo con el espectáculo El fin del mundo y sacudía las viejas estructuras del género a partir de una potente comunicación con el público.
“Te tocó nacer en este rincón del fin del mundo, en el medio de este banquete de serpientes y chacales. Te tocó crecer en este tiempo, que no es más que un inmenso montón de soledades. Niño hijo de niños recién grandes, que el mundo va envejeciendo a los golpes. Niño del fin del mundo, candilcito en la tormenta, puerta clandestina en la muralla. Niño del fin del mundo, te traigo los abrazos que precises, mis últimas y pobres barricadas, el mundo entero por cambiar y el corazón en esta retirada”, recitaba Yamandú Cardozo antes de prometer volver, sin saber que, apenas 19 años después, uno de los gurises destinatarios de aquella despedida iba a llevar a la murga, ahora adulta, a una nueva aventura, a cruzar nuevas fronteras y a catapultarla a nivel planetario.
Para eso faltaba un vertiginoso periplo que empezó en Morón, ciudad natal de Milo J, cabecera del partido homónimo de la provincia de Buenos Aires, ubicada al oeste de la ciudad autónoma –a unos 45 minutos en tren de la estación Once– y con una población de aproximadamente 100.000 habitantes. En un hogar de clase trabajadora, “donde nunca sobró nada”, según el periodista Gabriel Plaza, responsable de la primera entrevista en profundidad que colocó al moronense en la tapa de la revista Rolling Stone en marzo de 2024. “Madre, abogada; padre, empleado de comercio, seguidor del folclore; dos hermanas, un hermano y dos abuelas”, explica.
En los años de colegio nada era más importante que la pelota, hasta que la canción lo cruzó como un recio zaguero antes de entrar al área. “A los 8 años, mientras despuntaba gambetas en la plaza del barrio, empezó a lanzar sus primeras rimas influenciado por Alma, una de sus hermanas mayores, que ya participaba en competencias de freestyle de la zona oeste del Gran Buenos Aires”. El 1° de enero de 2023, Milo J resumía sus inicios en el programa de stream The Mila Show: “En 2019 descubrí un estudio a la vuelta de mi casa, un conocido del barrio y empecé a grabar mis primeras maquetas ahí, y ya a finales de 2021 conocí a Bajo West, mi crew de ahora... Jugaba a la pelota en Sacachispas de Villa Soldati, y medio que me di cuenta de que era muy difícil y frustrante el camino del fútbol, y al mismo tiempo hacía temas. Tuve que decidir a qué realmente me quería dedicar. Soy una persona que quiere hacer algo y se focaliza en eso, no se pierde en otra cosa. Le metí a la música en ese momento y me dediqué al 100%”. No volvió a ponerse los cortos, pero mantiene el vínculo con el fútbol a través del club Deportivo Morón, del cual es espónsor, lo que convirtió a la camiseta en parte del merchandising del cantor.
En 2020, como todo púber, empezó a cambiar la voz hasta llegar al registro grave de hoy, esa voz de otro cuerpo y de otro tiempo que es uno de sus sellos de distinción. Con YSY A (su máxima referencia), The Kid Laroi, Neutro Shorty y Justin Bieber como norte, comenzó a publicar sus primeras canciones de manera independiente. En 2021, “Tus vueltas”; en 2022, “Tu paz”, y en 2023, “Milagrosa”, el éxito que lo catapultó vía virales de Tiktok. Ese mismo año participó en la “Bzrp Music Sessions, vol. 57” con Bizarrap (fue el artista más joven en una sesión hasta ese momento) y grabó “Dispara” con Nicki Nicole, nominada a los Grammy Latinos como mejor canción de rap/hip hop.
Tenía 16 años y el huracán ya se había desatado. Los EP junto con Bizarrap 511 y En dormir sin Madrid y el larga duración 166 lo convirtieron en uno de los artistas más novedosos y convocantes del género urbano, como demostró el 25 de octubre de 2024 –el día de su cumpleaños– en un concierto para 30.000 personas en el estadio Nuevo Francisco Urbano del club de sus amores.
Aún le faltaba el volantazo que lo llevaría de estrella del trap al olimpo pop. En paralelo a la grabación de 166, que sucedía en las noches, y a partir de una propuesta del productor Tatool, empezó a construir, en las mañanas y mate de por medio, el álbum La vida era más corta, una obra atravesada por el folclore latinoamericano, al que ya venía tirándole guiños y que fue parte de la banda sonora de su infancia. Para la tarea se zambulló en ese territorio “al 100%”. Convocaron al multiinstrumentista Santiago Alvarado y entre los tres le dieron forma al que seguro será uno de los discos de la década. Beats efectivos, melodías pegajosas, versos que piden murales y una precisa lista de colaboraciones: Trueno, Soledad, Paula Prieto, Cuti y Roberto Carabajal, Akriila, Silvio Rodríguez, la participación interestelar de Mercedes Sosa y los arreglos corales de Agarrate Catalina.
Milo J y Agarrate Catalina, en el Tiny Desk Concert.
A marcha camión
26 de abril de 2026. Camilo Joaquín Villarroel lleva adelante la segunda de sus dos noches en el Antel Arena. Viene de presentar el álbum, también por partida doble, en el estadio de Vélez Sarsfield, de copar el mítico escenario del Festival Nacional de Folclore de Cosquín, y de llevarse la Gaviota de Oro del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. El show rueda a la perfección y la ecléctica banda suena afiatada. El frontman, a medio camino entre Eminem y Jorge Larralde, sostiene un vasito de espuma plast del cual cuelga la etiqueta de un sobre de té. No sabemos que hay adentro, pero el gesto es simpático. En la platea, 10.000 gurises con sus padres, madres o abuelas cantan a grito pelado: “Tengo unos tatuajes bajo de la piel/ que no cicatrizaron y otros se reencarnan/ no me siento propio y al ver el ocaso/ quise ir más despacio/ que el tiempo no falta”. Agitan aires de zambas, chacareras, carnavalitos y litoraleñas, además del trap, el sonido de su generación.
Gabriel Plaza viene siguiéndole la pista desde sus inicios y confiesa que lo primero que le llamó la atención fue la cantidad de referencias a músicas de otras tiendas, como las citas a Spinetta o Héctor Lavoe, que no coincidían con lo que uno espera de un adolescente. “Cuando lo vi en vivo por primera vez, en el Primavera Sound, lo primero que sonó fue un sámpler de Facundo Cabral diciendo uno de sus textos. Ahí pensé: acá hay algo que está trascendiendo lo que él está haciendo como voz generacional, y se está metiendo en un diálogo o en una conversación con una tradición”.
Para el periodista, Milo J es una especie de “médium” entre las almas de hoy y de ayer, tiene una visión muy clara de lo que quiere contar, desde dónde lo quiere contar, además de un posicionamiento musical inusual para su generación. “Se rodea obviamente de gente que también traduce sus ideas, pero creo que él tiene una visión muy fuerte de hacia dónde quiere llevar su música y siempre tuvo clara esta especie de conversación con la historia musical de su continente. Esa conversación se termina de plasmar en La vida era más corta, por eso está pasando hoy todo lo que está pasando con él. La presencia de Mercedes Sosa tampoco es casual. Ella fue una de las que aunaron un montón de géneros en su momento, en la vuelta de la democracia, en el 82; el rock, el tango y el folclore, que iban por carriles separados, los aunó en una sola canción popular. Milo, con este disco, hizo algo parecido”.
Es difícil augurar hasta dónde puede llegar la apertura de la industria musical que empieza a apuntar sus focos hacia lo local, pero propios y extraños coinciden en que es una gran oportunidad. “Creo que el mundo hoy está más dispuesto a escuchar el arte que tiene algo muy humano, muy auténtico. Tú puedes ver a Benito –Bad Bunny–; la mayoría de la gente no conoce su tierra –Puerto Rico–, tal vez no entienden todas las referencias, pero entienden el alma, entienden lo que habla, esto de perder tu casa, perder tu hogar, perder tu cultura. Esto es muy universal”, reflexiona Anamaría Sayre.
En la misma línea, Yamandú Cardozo acota: “Empiezan a masificarse sonoridades que generalmente eran más marginales, estaban guardaditas, no les caía la luz o el oído. Y de repente también la industria empieza a ver que eso es atractivo y que hay en lo tradicional una novedad. El disco de Bad Bunny, lo de Rosalía, o lo de C Tangana con el flamenco. Hay un viraje de músicos y músicas que hacían estilos más urbanos o los estilos más resonantes, los que estaban más cerca de la industria masiva, que empiezan a recalcular, por la razón que sea, y sumergirse en una búsqueda que tiene que ver con lo anterior y lo interior”.
El murguista asegura que esta apertura es una oportunidad no solo para afuera, sino también para adentro, en la conquista de las nuevas generaciones. “Ahora, esto –la murga– que era la música que escucha el padre, la madre o un tío, ahora está acompañando con gran protagonismo los shows de los artistas que les sacuden la vida, los que anotan en las tapas de los cuadernos o escriben en los bancos, los que hacen las canciones con las que lloran”.
Milo parece ser la cara visible de un elenco que viene a romper definitivamente con la carga estética de la cultura tercermundista. “Aunó toda una serie de criterios, como evocar las memorias de diferentes íconos de Latinoamérica, y los puso dentro de un concepto súper contemporáneo en cuanto a producción, pero también con una raíz muy fuerte. En esa conversación con lo ancestral, con la memoria, para mí ahí está un poco el tuco de la cuestión”, concluye Plaza. Y como dice su colega Sayre, a 8.000 kilómetros de distancia: “Güey, el cielo es el límite”.