David Hockney junto a su cuadro Fred y Marcia Weisman en el Centro Pompidou de París (archivo, 2017).

Foto: Martin Bureau, AFP

David Hockney (1937-2026) y la poética de la rebeldía

El artista visual británico que trascendió los límites del pop art.

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El 11 de junio murió en Londres el artista británico David Hockney. Inquieto y multifacético, asociado al arte pop por su temática y algunos de sus íconos, trascendió el movimiento con una calma y constante euforia creativa que mantuvo hasta sus últimos días. Había nacido en 1937 en Inglaterra, por lo que vivió su juventud en la época en la que surgió la concepción del arte asociado a la cultura de masas y a los problemas de la sociedad de consumo. Sus obras están vinculadas en muchos casos a su biografía, y se inspiró en situaciones y escenas cotidianas.

En su obra aparecen muchos géneros clásicos, como el retrato, el paisaje y la naturaleza muerta. Impresionan en un primer golpe de vista dos aspectos fundamentales: por un lado, el uso del color y el espacio, y, por otro, su gran versatilidad en el uso de técnicas, su imparable curiosidad por investigar nuevas formas de expresión.

En sus pinturas, concibe el espacio en composiciones abiertas, como recortes de una realidad observada por el artista de la que nos hace parte a través de la mirada, situando el acto de ver como protagonista en la construcción del sentido. Sus escenas son a su vez irónicas y ambiguas, alegres y melancólicas. Los colores a veces saturados, otras apastelados, en todo momento magnéticos, y las perspectivas distorsionadas hacen que formemos parte de su universo poético. Los habitantes son personajes que parecen estar ensimismados en sus pensamientos y nos recuerdan a los de Edward Hopper en esos espacios silenciosos, mientras observan en tensión entre quietud y movimiento.

El color es el catalizador de atracción en sus pinturas, por momentos con resonancias fauvistas (algunas obras recuerdan a Raoul Dufy o incluso a Matisse). La forma se disuelve en siluetas más cercanas al arte naíf, lo que nos permite concentrarnos en el goce del color como una experiencia más pura, como en su obra Going Up Garrowby Hill (2000).

Este uso hipnótico del color también aparece en trabajos más realistas, como su célebre serie de piscinas, en la que sugiere erotismo e intimidad, con un tratamiento más apastelado. Hockney era abiertamente homosexual y el homoerotismo resuena en estas obras de piscinas de California y desnudos masculinos. Otro aspecto llamativo de la serie es la sensación de tiempo suspendido, como diría el artista uruguayo Manuel Espínola Gómez (según recoge Oscar Larroca en La suspensión del tiempo), que se experimenta a través de esta paleta de colores pasteles y la proliferación de líneas verticales y horizontales. A pesar de representar el movimiento físico, la composición plástica paraliza la percepción del tiempo; los personajes parecieran estar detenidos para siempre.

Hockney también trabajó en cine, escenografías, grabado y fotografía, entre otros medios y formatos. Como grabador, ilustró obras de varios autores, entre ellos, los clásicos de los hermanos Grimm y del poeta norteamericano Walt Whitman. Su trazo limpio y línea pura son parte de su lenguaje, en el que utilizó técnicas que van desde tempranas litografías hasta aguafuertes y aguatintas en los años 1970 y 1980.

Su espíritu sin prejuicios ni ataduras y su libertad creativa lo llevaron a desarrollar una de las series más conocidas e interesantes de su vasta producción. Joiners fue un intento de llevar el proyecto de perspectiva cubista a la fotografía. Consiste en diversas fotografías de retratos o paisajes, tomadas desde distintos puntos de vista (las variaciones son a veces acentuados y otras apenas milimétricas) y agrupadas de forma desordenada (por eso joiners, que viene de to join: “unir”), en una representación única que descompone la perspectiva clásica renacentista en múltiples perspectivas simultáneas. Este efecto caleidoscópico se aprecia en el retrato de la madre del artista (de 1982) y en el paisaje Pearblossom Highway, 11th to 18th April 1986 N° 2 (1986). Si en las pinturas anteriores se experimenta la sensación de tiempo suspendido, en los Joiners es el movimiento lo que se transmite, como si el observador estuviera constantemente cambiando de posición, desconfigurando irónicamente una de las características propias de la fotografía, que es detener la sucesión.

Esta inquietud por explorar otros medios de expresión lo llevó en sus últimos años a investigar la representación de dibujos digitales con iPad, en la que mantiene su estética personal entre el naíf y el pop, así como un tema persistente en su obra: la representación de la naturaleza.

En este sentido, otra serie de obras relevantes son las pinturas gigantescas de paisajes inspirados en su Yorkshire natal, construidas a base de varios lienzos de menor tamaño, utilizados con criterio de cuadrícula. De estos paisajes llama la atención, además del uso voluptuoso del color, con eléctricos naranjas, rosas, verdes y violetas, el trabajo de la exuberancia de la naturaleza, la estetización del follaje, las ramas, las texturas de la vegetación que encontramos en el bosque. La experiencia estética se vuelve inmersiva en estas obras: sentimos que estamos caminando en este bosque de colores. Las pinceladas recuerdan a las de Van Gogh en sus paisajes serpenteantes y de fugantes verdes veroneses sobre colores de tierras rojizas que energizan el cuadro dándole vida y movimiento.

La influencia de David Hockney se extiende a artistas contemporáneos que continúan con su línea de investigación sobre la pintura figurativa, la perspectiva y el color, como el sudafricano Oliver Scarlin, el estadounidense Jonas Wood y los uruguayos Carolina Fontana y Matías Nin. Clásico y moderno, tradicional y disruptivo, hedonista y profundo, Hockney deja un legado extenso y multifacético que convida a la exploración continua, extendiendo límites que parecían ya cerrados. Sobre todo, nos involucra en el goce de la creación, transmutando lo cotidiano en una estética que busca exaltar lo sensorial y ampliar la experiencia de nuestra presencia en la obra.

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