Los sótanos son, sin lugar a dudas, un lugar que encierra misterios. Subterráneos y sombríos, suelen albergar cosas que no se usan, trastos viejos de los que por alguna razón se decide no deshacerse. Su propia arquitectura los concibe secretos, sin luz natural y, por lo tanto, el mejor lugar posible para alojar secretos.
El sótano que propone Mario Levrero en el cuento funciona como una invitación a investigar, más como un camino guiado por la curiosidad que como un objetivo (más allá de que es el hilo conductor del cuento y la obsesión del protagonista). La trama podría resumirse, brutalmente, en “un niño quiere conocer lo que guarda el sótano de su casa”, pero, por supuesto, su periplo es mucho más interesante que eso, incluso más que lo que sea que responda la pregunta que lo guía. Cada paso del protagonista abre más y más ventanas, en una catarata de relatos dentro de otros relatos que se encadenan y dan la ilusión vertiginosa de infinito.
Incluido originalmente en La máquina de pensar en Gladys, que se publicó en 1970 y quedó descatalogado por varios años hasta que recién en 2010 fue reeditado por el sello Irrupciones, se independizó del conjunto y tomó vida propia: en 2008, por ejemplo, lo publicó Santillana con ilustraciones de Hogue. Ahora vuelve en una edición a cargo de Virginia Mórtola y con ilustraciones de Denisse Torena, vigente, desafiante y tan fresco como el primer día. “En El sótano, Mario Levrero se divierte y nos perturba con una aventura atravesada por el asombro, la incertidumbre y el humor, donde lo cotidiano se vuelve insondable”, afirma Mórtola en la contratapa.
En El sótano, lo cotidiano por antonomasia, la casa, ese refugio de lo íntimo, es un lugar abismal e indescifrable, sin límites espaciales ni temporales. Y eso resulta a un tiempo perturbador y maravilloso: la tonalidad no es la del miedo, sino la de la curiosidad obstinada que solo permite una dirección: seguir adelante en busca de respuestas. Pero cada respuesta, cada paso, conduce a nuevas preguntas, en un mecanismo que encuentra en la acumulación y la digresión el tiempo narrativo. La tensión entre curiosidad e incertidumbre marca el ritmo y da cauce a una aventura donde el asombro y el humor son protagonistas, a medida que se suceden hechos disparatados y personajes a la altura de las circunstancias.
Podría decirse que El sótano funciona como un sueño, en la medida en que una cosa lleva a la otra y se cambia abruptamente de escenarios y personajes, y en alguna medida hay una atmósfera onírica en el tenaz ir y venir del protagonista tras su obsesión. Sin embargo, la lógica inquebrantable de su búsqueda de respuesta lo coloca en un lugar más corpóreo: la idea de infinito es desafiada por el límite que impone esa necesidad de saber.
Divertido e inquietante, dialoga con la tradición del nonsense de Alicia en el país de las maravillas y plantea una profundidad y una densidad de capas de sentido y de caminos para recorrer que ofrecen una lectura múltiple, diversificada, que no se agota. Sobre todo, aparece en la irrupción del absurdo en lo cotidiano, aunque en la experiencia de Carlitos, el protagonista, se da en un proceso, más que en una caída abrupta. Hay, también, presencia del surrealismo, sobre todo en las descripciones: “La habitación era muy grande y estaba llena de repisas colmadas de relojes, de todas formas y tamaños; algunos ni siquiera parecían relojes, parecían más bien naranjas o caballos blancos”, por mencionar un solo ejemplo.
La búsqueda de conocimiento, la casa como refugio y como trampa, la vida como trayecto indescifrable, la sed inagotable de respuestas son algunos de los caminos de lectura que abre el cuento, además de ese sótano incognoscible. En una lectura de El sótano, resulta ineludible la clave simbólica: la casa, el sótano, la llave, la búsqueda, el jardín-bosque, el tiempo. La literatura desborda en una manera de decir singular, en los desvíos que encuentra todo el tiempo, y el oficio de escritor se cuela en intervenciones que interpelan al lector y desnudan procedimientos.
Las ilustraciones de Torena juegan con la perspectiva y con las sombras, crean atmósferas, refuerzan la idea de laberinto y de misterio mediante carteles en encrucijadas, e invitan, también, a observar y descifrar. La ilustración de la portada, volumen desplegado de una caja/casa que adopta forma humana en movimiento, vuelta un mapa en manos del protagonista, con el dedo índice en acción, es síntesis perfecta.
Más que bienvenida esta nueva edición del cuento levreriano, que lo trae una vez más y que, con su cuidado en los detalles y la ajustada ilustración, seguramente tenga una excelente conversación con todas las lectoras y lectores, en particular con los más jóvenes.
El sótano, de Mario Levrero y Denisse Torena. Planeta/Destino, 2026. $ 890.