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Andy López y Kevin Sotto, de Boston River, disputan la pelota con Rodrigo Contreras y Carlos Sarabia, de Millonarios, durante el partido de la fase de grupos de la Copa Sudamericana, en el Estadio Nemesio Camacho El Campín, en Bogotá, el 15 de abril.

Foto: Raúl Arboleda, AFP

Copa Sudamericana: Boston River cayó con altura

3 minutos de lectura
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En Bogotá, Millonarios lo derrotó 1-0 sobre el final.

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Con un gol de Carlos Darwin Quintero, el científico del gol, a falta de ocho minutos para el final, Millonario derrotó 1-0 a Boston River en la altura de Bogotá y dejó a los uruguayos al fondo de la tabla del grupo C que es liderado por San Pablo, que le ganó a O’Higgins y ya suma 6 puntos, mientras que los chilenos y los colombianos quedaron en el segundo escalón con 3 unidades.

De este tipo de encuentros de 100 partidos se pierden 90, se empatan 9 y se gana 1. Boston estuvo lejos de ese 1 pero cerca de esos 9, y al final lo perdió como se pierden la mayoría de este tipo de juegos.

El escenario: lluvia, altura y un campo de jabón

La noche bogotana recibió a Boston River con un combo de adversidades que pondría a prueba el temple de cualquier equipo. A la ya conocida neuralgia que provoca la altura, se le sumó de entrada un factor sorpresa: las intensas lluvias que habían caído sobre la capital colombiana dejaron una cancha muy rápida y mojada. Para los uruguayos el césped se transformó en un verdadero jabón, obligando a un acostumbramiento forzado para no comprar terreno en cada frenada. La globa, empapada y veloz, adquirió una velocidad inusitada, desafiando la precisión de un equipo que, fiel a su estilo mañero y trabajador, intentó no perder la facha frente al malón local.

Antes de que el árbitro ecuatoriano diera la orden y la globa empezara a rodar en el césped del Campín, el ambiente ya se sentía enrarecido por una decisión que pocos vaticinaban. Ignacio Ithurralde, que supo defender la camiseta del embajador y conoce como pocos los secretos de la altura bogotana, decidió patear el tablero de la lógica. No fue un capricho, sino un movimiento de ajedrez fundamentado en el conocimiento empírico de quien sabe que en Colombia el aire falta y las piernas pesan el doble.

La sorpresa fue mayúscula cuando se confirmó la oncena de Boston River. El sastre saltó a la cancha con un equipo que, en su absoluta mayoría, venía ocupando un lugar en el banco de relevos durante el torneo Apertura. Desde el arco, custodiado por Juan Ignacio González, hasta la última línea de ataque, el entrenador confió en futbolistas de probada capacidad pero con menos rodaje en el certamen local. Fue una apuesta al despliegue físico y a la frescura mental, buscando que el combinado uruguayo no se viera desbordado por el ritmo vertiginoso que suelen imponer los equipos de Fabián Bustos en su feudo.

La aduana de Gastón Ramírez

Durante los primeros 45 minutos el sastre logró imponer su orfebrería técnica. Fue clave la figura del fraybentino Gastón Ramírez, quien fue trascendente por su capacidad técnica y dominio de la pelota. Ramírez se adueñó del útil, sirviendo como una aduana que permitía a Boston River enfriar el partido, quitarle ritmo al vértigo de Millonarios y así anular las posibilidades de ataque de los colombianos. Gracias a ese despliegue el equipo de camiseta blanca y pantalón rojo —una estampa albirroja que aguantó con hidalguía— logró llegar al entretiempo con el marcador cerrado, cumpliendo la primera parte del libreto de Ithurralde.

El rugido del Tigre y la zona de desesperación

Para el segundo tiempo, el panorama cambió drásticamente. Millonarios mandó a la cancha a Radamel Falcao García, y tal como estaba clavado, el equipo local salió a matar. La jerarquía del Tigre quedó absolutamente de manifiesto: pivoteando con maestría, generó espacios y permitió tiros de frente peligrosísimos que pusieron en jaque al rancho uruguayo.

Fue en este tramo, muy tempranamente, cuando Boston River entró en la zona de la desesperación. La sensación para los aficionados era que el equipo difícilmente pudiese seguir aguantando. El partido se puso muy pero muy espeso, y la salida de Ramírez antes de los 10 minutos del complemento —buscando aire con los relevos que Ithurralde tenía planificados— acentuó la pérdida de control del útil. A pesar del asedio, emergió la figura de González, un golero que se transformó en un frontón, sacando pelotas complicadisimas que mantenían la ilusión del cero.

El plan de Ithurralde y el desenlace fatal

El plan de Nacho Ithurralde incluía colocar a los cinco posibles titulares que habían quedado como relevos, apostando a refrescar las piernas para el tramo final. Sin embargo, Millonarios atacó, atacó y atacó, martillando una defensa que ya no tenía salida limpia.

Cuando faltaban solo seis minutos para el cierre, y el sastre acariciaba un punto de oro, llegó el mazazo. Carlos Darwin Quintero desenfundó un remate estupendo y majestuoso de media distancia. La guinda, favorecida por la física de la altura, viajó con una violencia que hizo estéril la estirada de González. Fue el gol azul que clausuró el certamen de esa noche.

Después Boston tuvo 10 minutos queriendo y casi que pudiendo tomar el área rival, pero con casi nadie anota.

Boston River se retiró de El Campín con la amargura de la derrota, pero con el orgullo intacto. En un suelo que no da revancha y ante figuras de talla mundial, el sastre demostró que puede dar batalla. Se perdió por un detalle, pero la postura de este equipo en la adversidad quedó grabada en el césped mojado del Campín.

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