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Sebastián Méndez, durante el encuentro entre Juventud e Independiente Medellín, el 5 de marzo en el estadio Gran Parque Central.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

La trituradora de ilusiones: anatomía de la inestabilidad de los cuerpos técnicos

8 minutos de lectura
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Los clubes de Uruguay y del bloque regional contratan por dos años, pero no soportan procesos de dos meses.

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Tras la décima fecha del Apertura 2026, apenas dos meses después de iniciada la temporada, fueron cesados, dispensados o dieron un paso al costado Sebastián Méndez, director técnico de Juventud de Las Piedras, Diego Monarriz, entrenador de Danubio, y Camilo Speranza, DT de Liverpool. No se puede decir que los tres, técnicamente, habían empezado a dirigir esos equipos este año, pero casi casi, porque el Gallego Méndez había llegado en el final de 2025, cuando increíblemente habían cesado en Juventud –uno de los mejores cuatro clubes de toda la temporada 2025– a Monarriz. Monarriz y Speranza sí empezaron en 2026. Con ellos la cifra llegó a seis cuerpos técnicos removidos, porque antes habían salido Nelson Abeijón, de Cerro, Israel Damonte, de Boston River, y Jadson Viera, de Nacional.

Que pase el que sigue

La destitución de directores técnicos es un tema que siempre me ha generado perplejidad. Supongo que debo haber sido así toda la vida, pero, sin lugar a equivocación, podría centrar este nadar contra la corriente desde el principio de mis 40 años de ejercicio en la profesión. Es que no logro entender cómo se puede evaluar el trabajo de un profesional a mediano o largo plazo después de unos pocos partidos o una racha de resultados negativos.

Si la premisa es contratar a un profesional para establecer un proyecto basado en los desarrollos de un equipo, ¿no debería haber un margen de error y un plazo razonable para evaluar su desempeño? En el fútbol uruguayo esa pregunta parece retórica. Administrativa y protocolarmente existe un respaldo: se firman contratos de trabajo por un año, a veces dos. Sin embargo, en nuestra geografía, un empate o una pelota en el palo terminan despidiendo al técnico que había sido recibido con bombos y platillos apenas unas semanas antes. Es la institucionalización del fracaso anunciado: se contrata un proyecto, pero se despide una racha.

Podríamos analizar la sinrazón de estos ceses tempranos, pero solo repasaremos lo que le sucedió a Sebastián Méndez, que, jugando las fases iniciales de Juventud en la Libertadores, consiguió los partidos más trascendentes e históricos de la vida del club, llegando a las puertas de los grupos de la Libertadores y metiéndose en la fase de series de la Sudamericana; lo de Liverpool, que inició un nuevo ciclo con un plantel renovadísimo con Speranza, que estuvo a un gol de avanzar en la Libertadores y que estaba en proceso de afianzar su plantel en el Uruguayo; y, muy subjetivamente, lo que le sucedió a Monarriz con Danubio, que –por las razones que fuere– había devuelto al club su forma de ser.

Pero no lo digo yo ni esta sección. Lo dijo, con su presencia irrestricta en las canchas, la gente de la franja, que había vuelto a llenar el cemento vacío de otros tiempos. Monarriz, con su locuacidad y frontalidad, dijo casi de inmediato que los procesos son “todo verso”.

El huevo o la gallina: el relato de la quintaesencia

Hay inexplicables cambios en apenas un par de meses entre la llegada de un mesías y su cese fulminante por dos partidos sin ganar. Esta caja de Pandora tiene su origen en un discurso circular, en el que no se sabe si el huevo o la gallina fue primero: si se inició en la propuesta de entrenadores que vienen presentados como el técnico definitivo, o en el edulcorado y cuasi demagógico relato del establishment del periodismo deportivo que pareció, creyó o alentó la idea de que la propuesta futbolística basada en la posesión, la buena técnica y la disposición ofensiva era la quintaesencia del fútbol.

Parecería que con solo verbalizar el propósito de jugar un fútbol de precisión técnica, ataque y manejo del balón ya desde la línea misma de su propio arco, sale un fútbol ideal, primo hermano del Barcelona de Pep Guardiola. Para algunos, como para el que suscribe, está claro que eso no es así. Seguramente la gran mayoría de nosotros quisiera proponer y ver equipos que sean un ejercicio de la perfección, pero casi nunca se puede acercar al umbral de esa fantasía.

Es entonces cuando, en el desarrollo de un partido de fútbol, protagonista y antagonista, sin importar linaje, presupuesto y pasado, suceden alternativas que concluyen en un resultado final. Ignorar esto es comprar un buzón que luego, inevitablemente, termina en el despido del vendedor cuando la realidad golpea la puerta, que lo llevan tan cerca del abismo que al final cae.

Rendirse jamás

La observación siempre es una buena herramienta para asumir nuevas lógicas. Mantengo desde hace décadas un discurso encendido por la defensa del trabajo propuesto, por el respeto a los tiempos de desarrollo pautados, por la idea de que hay un espacio de tiempo, formación y competencia en donde ejecutar lo aprendido y lo trabajado. Sin embargo, ante la naturalización absoluta y descarnada de los cambios, he llegado a pensar si se podrá seguir defendiendo como un principio básico el respeto al trabajo.

No es posible que, casi fin de semana tras fin de semana, interesantes contiendas deportivas queden desviadas y mal contadas por la ejecución sumarísima –o la absolución por unos días– de un técnico, de un cuerpo técnico.

Estamos cambiando el mundo del fútbol para mal. Durante más de 100 años, la gente, los futbolistas, los hinchas esperábamos el partido para jugar, para ser, para estar en esa contienda haciendo foco en el encuentro, en quién ganaba, en quién era mejor. La expectativa por el fútbol era pura y floreciente, y todo apuntaba al juego.

Ahora parece que los partidos no son por el juego ni por cómo evolucionan los equipos y los futbolistas en la cancha, sino por si van a echar o no al técnico. Esto es fútbol, no tenis, pero todo se ha transformado en un match point de desesperación. Y no debe, no puede ser, pero, como dijo el vicepresidente de Nacional, Flavio Perchmann, antes de que echaran a Jadson Viera: los empujan, los empujamos tanto al borde del abismo sin necesidad, que cuando les dan el empujón final y hacen desaparecer al director técnico de turno, se preguntan: “¿Por qué?”.

El espejo regional

No somos una isla de impaciencia; somos parte de una forma desviada y disparada de evaluaciones sumarísimas de trabajo sin análisis calificado en el núcleo del Mercosur que desprecia el tiempo.

En Argentina, la lista de cuerpos técnicos triturados en este inicio de 2026 es una estadística demoledora que deja de ser una sensación térmica para convertirse en un hecho de violencia institucional inaudita. En poco más de dos meses, 11 cuerpos técnicos han quedado fuera en la vecina orilla en la A. La carnicería argentina no distingue linajes ni éxitos previos: desde proyectos con peso como los de Eduardo Domínguez en Estudiantes u Oldrá en Instituto, hasta procesos más modestos como los de Orsi-Gómez en Newell’s, Hugo Colace en Atlético Tucumán, Iván Delfino en Estudiantes de Río Cuarto, Damián Ayude en San Lorenzo, Guillermo Farré en Aldosivi, Ariel Broggi en Gimnasia de Mendoza, Gustavo Benítez en Riestra y, apenas hace unas horas, Fernando Zaniratto en Gimnasia y Esgrima La Plata.

En Brasil, el panorama roza lo ridículo. Con apenas diez rodadas del Brasileirão y con menos de tres meses de temporada, diez clubes de primera división ya descabezaron a sus comandantes. La rotatividad ha alcanzado niveles de delirio. La nómina de directores técnicos sustituidos recientemente parece un cementerio de jerarquía y proyectos truncos: Jorge Sampaoli (Atlético Mineiro), Fernando Diniz (Vasco da Gama), Juan Carlos Osorio (Remo), Filipe Luís (Flamengo), Hernán Crespo (San Pablo), Tite (Cruzeiro), Juan Pablo Vojvoda (Santos), Martín Anselmi (Botafogo), Gilmar dal Pozzo (Chapecoense) y Dorival Júnior (Corinthians).

Paraguay no se queda atrás en esta lógica de destrucción. La nómina de técnicos sustituidos allí refleja una impaciencia que no perdona ni siquiera a los ídolos o a los técnicos de probada capacidad, con salidas recientes tras goleadas que dejaron nuevos puestos vacantes en el Apertura 2026.

El fútbol sudamericano se ha convertido en una carrera contrarreloj donde el prestigio no sirve de escudo ante la urgencia de los dirigentes. Si se hacen añicos proyectos con esta voracidad, queda claro que el continente ha renunciado a la planificación para entregarse al “meta y ponga” de los resultados semanales.

La tribuna ampliada

Es horrible que esto suceda con miles de puntos aún por jugar, pero es así. Al grito de la tribuna ampliada que son las redes sociales y de los ambientes viciados que se recrean a través de la prensa pueden pasar cosas que en otros tiempos serían inesperadas.

El círculo vicioso de los haters ya no son cinco personas de peso ante el micrófono, sino que se multiplican por miles en cada medio social al grito de “ese tipo no puede seguir”. Nuestros clubes conviven con asambleístas virtuales que, en juicios sumarísimos, le bajan el pulgar a la gestión y se retroalimentan de opinadores profesionales sumidos en el utilitarismo que piden veladamente la cabeza del técnico de turno.

Y así salen cabizbajos, tristes y enojados de las canchas, incluso después de haber alcanzado en cancha el máximo puntaje de los líderes, porque la manija no para. Somos nosotros, los de afuera que no somos de palo, los que generamos e inflamos situaciones críticas con episodios naturales y normales de la vida pública. Un desastre.

La voz de Monarriz y el miedo del dirigente

El técnico argentino, tras su salida de Danubio, puso voz a la frustración de quien intenta establecer una idea de juego en un entorno hostil a la espera y permeable al ruido digital: “Uno sabe que pudo haber tenido más puntos, sí. Estuve conforme, obviamente, con un montón de cosas que no han faltado de lo deportivo, pero yo estaba completamente convencido de a qué club vine, qué intentamos y lo que pudieron hacer. [...] Siempre se intentó poner la pelota, intentar proponer una idea de juego, jugar. [...] La impaciencia pasa a partir de las redes sociales. En algún momento se asustan porque la gente les cae. Son procesos perdidos”.

El desperdicio del capital intelectual y el efecto sangría

Cuando un técnico menciona que los dirigentes se asustan porque “la gente les cae”, como dijo Monarriz, está describiendo la claudicación de la dirigencia ante el celular. Al cesar a un técnico por tres resultados adversos el club tira a la basura meses de conocimiento acumulado. El que se va ya sabía qué juvenil de la cuarta estaba pronto para subir o qué sociedades funcionaban en el barro de los entrenamientos.

Es una crueldad deportiva evaluar procesos desmantelados con la misma vara que procesos consolidados. Si un club vende a sus dos goleadores y a su volante creativo a mitad de temporada, ¿por qué la culpa de que el equipo no genere fútbol o no repita victorias como las esperadas recae siempre en el banco? Casi no hay forma de retener a los futbolistas de destaque por más de una temporada.

Ante esa sangría permanente de jugadores, el técnico es el único hilo de continuidad posible, y, sin embargo, es al primero que se apunta y se arrima al abismo. Al final, aquel proyecto traído para que un cuerpo técnico gerencie sus recursos humanos futbolísticos con 30 jugadores y una o varias ideas de desarrollo colectivo es pura teoría o, como dice Monarriz, un verso. Los únicos que están convencidos son los técnicos y el plantel; el resto del mundo juzga y señala, a veces sin seriedad.

El que llega aterriza con sus propios preconceptos y suele empezar de cero. En una liga de recursos escasos, darnos el lujo de tirar el conocimiento a la basura es una inconsistencia que pagamos caro. Uruguay, al igual que sus socios del Mercosur, es un mercado exportador. Ante esa sangría permanente de jugadores, el técnico es el único hilo de continuidad posible y, sin embargo, es al primero que cortamos. No hay memoria táctica porque cada tres meses hay un librito nuevo en el vestuario. Es la victoria de lo efímero sobre la construcción profesional.

El tiempo como insumo técnico

El mejor refuerzo que puede contratar un club no es un goleador de renombre, sino un año de paciencia para quien está al frente del plantel. Hasta que no entendamos que el tiempo es un insumo técnico tan importante como el juego colectivo, un ataque demoledor o una buena defensa, seguiremos siendo una trituradora de ilusiones que corre muy rápido para no llegar a ninguna parte.

Al sumar los 11 de Argentina, los diez de Brasil, los seis de Uruguay y los seis de Paraguay, el bloque regional ha devorado 33 cuerpos técnicos en lo que va del año –número que seguirá creciendo–. El personaje central de este desastre no es el entrenador, sino quien contrata sin convicción y se ve presionado. Debemos dejar de naturalizar lo irracional. La tendencia sigue amenazando con devorarse a profesionales idóneos por caprichos coyunturales.

Sobrevivir al borde de la raya requiere hoy una resistencia sobrehumana. Pero el fútbol, como actividad profesional, no debería depender de la suerte o de un posteo viral. Debería depender del trabajo y la consolidación, más allá de un resultado, de un rebote o de una marca perdida en un centro.

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