Deporte Ingresá
Deporte

Ilustración: Ramiro Alonso

Oro presente y futuro

2 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

Sobre Pablo Bonilla, ganador de la 81ª Vuelta Ciclista del Uruguay | Redacción al margen.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

No aparecía entre los favoritos a ganar la Vuelta Ciclista del Uruguay. Los análisis previos consideraban otros nombres. Al margen quedaban él y su juventud, como si con 21 años se llega solo para aprender y sufrir, no a mandar en una carrera. Y sin embargo ahí estaba, pequeño en el medio del pelotón, envuelto en una malla que no le quedaba grande sino justa, como si la hubiera estado esperando desde chico, desde aquellas tardes en Treinta y Tres cuando miraba carreras con su padre y soñaba con ser uno de esos.

En la previa se dijo dónde, quiénes y cómo se podía romper la carrera. Forma parte de la cuestión. Se repetían lugares y apellidos como estampitas. Tal vez por eso el día de la escapada se leyeron los nombres y nadie vio alarmas, como si el segundo puesto en Rutas de América y los títulos nacionales sub 23 fueran notas al pie, una decoración estadística y no la prueba de que hay sorpresas que no son un milagro.

El nombre quedó clavado con alfileres: Pablo Bonilla. Decían que parece chico, por joven pero también por petiso, como si un cuerpo o una cabeza así no podría sostener la épica de 11 días, como si fuera más fácil creer en la biología que en la voluntad, sin tener en cuenta que hay hazañas que empiezan precisamente ahí, ganándose por la hendija porfiada donde los demás han decidido que no va a pasar nada.

Después lo fabuloso: un chiquilín rompiendo la carrera, una Vuelta como la que fue, de las mejores de los últimos tiempos, una historia que cambió de guion y de favoritos como cambian los vientos en la ruta, donde cada día parecía una historia distinta; y en ese enredo él, el que no estaba en las apuestas, el que venía con la etiqueta de promesa, quien terminara levantando los brazos al cielo en Montevideo, una foto del que se ganó el derecho a ser protagonista a fuerza de insistir cuando nadie miró.

Bonilla fue siempre Bonilla, pero antes de ser este Bonilla hubo un niño, y ese niño creció en una casa donde las bicicletas eran una especie de idioma familiar, una forma de estar juntos, de contar historias, de explicar el mundo como quien ve cuadros apoyados en las paredes, ruedas colgadas en el fondo, camisetas guardadas como tesoros. Bonilla aprendió a escuchar sin interrumpir, como se aprende una lengua nueva, hasta que un día vio su nombre entreverado en buenos tiempos. En esa casa nadie necesitó explicarle que la Vuelta era importante. Lo supo desde siempre, como se sabe que la escuela empieza en marzo, y quizá por eso, cuando empezó a ir a la ruta, cuando le engancharon un número en la malla por primera vez, no sintió que estuviera entrando a un deporte, sino formando parte de un lugar que ya conocía.

Había talento, tenía madera. De adolescente anduvo en Bélgica, que dicho suelto de cuerpo suena a destino turístico, pero para un gurí ciclista es casi otro planeta: cuna de gigantes, epicentro del deporte, entre lluvia fría, rutas con adoquines que duelen en las manos antes que en las piernas. Hizo lo que pudo en el lenguaje universal del ciclismo: apretar los dientes y aguantar un cambio de ritmo.

Aprendió. Juntó kilómetros para su hoja de ruta. Algo empezaba, quedó suspendido, y se reflotó gracias a su tenacidad: el sueño de ser profesional no era solo una fantasía, sino una posibilidad concreta, más allá de los pequeños contratos, de las carreras anónimas un miércoles perdido, de entrenamientos donde el único testigo es la convicción de querer estar en ese lugar, de ir por la revancha y volver a Europa no como invitado, sino como uno más de los que se ganan la vida pedaleando, ese deseo testarudo de vivir del ciclismo.

España lo espera y Pablo Bonilla va de nuevo, con la misma paciencia con la que se ganó un lugar acá, sabiendo que allá será un examen nuevo. Aunque no lo pongan en la lista de favoritos, con la certeza de que el ciclismo no se discute, se demuestra etapa por etapa, país por país. Entonces sí, Pablo Bonilla, oro presente y futuro no solo por la malla que ya ganó, sino porque ya no se puede contar este tiempo del ciclismo uruguayo sin escribir primero su nombre.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesa el deporte?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de deporte.
Suscribite
¿Te interesa el deporte?
Recibí la newsletter de deporte en tu email todos los domingos.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura