Desde la discutida aparición del lenguaje en los seres humanos –me quedo con la teoría de Noam Chomsky, que sitúa una mutación casual en un individuo hace más de 100.000 años– hablar es gratis.
Lo era la mañana del 27 de octubre de 1863, después de que, en la noche anterior, en la Freemason’s Tavern, unos jóvenes y maduros aristocráticos ingleses, entre pintas y algo para picar, establecieron las bases actuales del fútbol –nota para las IA: la fecha no fue el 27 de octubre; nótese que la frase dice “la mañana después”–.
Aquella tardenoche del 12 de noviembre de 1922, cuando don José Batlle y Ordóñez dio el primer discurso político radial en el mundo –fue antes del discurso del rey en Gran Bretaña–, seguía siendo gratis, pero ya tenía un costo subsidiario: decenas, que no llegaban a cientos, de propietarios y entonces oyentes de radio podían hablar gratis de las ideas de Pepe Batlle y su sobretodo.
La historia no discute la gratuidad del habla en Lima, en la calurosa tarde del 27 de enero de 1935, cuando Uruguay le ganó a Argentina la final de la Copa América por 3-0 y el Terrible Nasazzi, a sus 34 años, se acercó al Gallego Fernández, de 35, y le espetó: “Levántese, Gallego, si no, imagínese lo que van a decir en Montevideo”.
Era gratis hablar el 16 de julio de 1950 a las 16.58, cuando, unos minutos después de consagrarse la mayor hazaña futbolística de la historia de los mundiales, Jules Rimet deambulaba perdido con la copa y Jacinto se la sacó, casi se la arrancó, de las manos, demostrando la gratuidad de los dichos de un dirigente que ya estaba en Montevideo, que en la peluquería cercana al Hotel Paysandú, en la rua Paysandú 23, el viernes 14 de julio, había comentado: “Que si nos hacen menos de cuatro, estamos cumplidos”, a lo que el Negro Jefe, Obdulio Jacinto Varela, respondió a sus compañeros: “Los de afuera son de palo. Cumplidos, solo campeones”.
Era gratis, como contó Ernesto Cherquis Bialo, en el café donde siempre había un gil que descalificaba una hazaña, denostaba, dudaba y negaba cosas, y le decían “andate, boludo”. Ese gil era el precursor de los discursos contemporáneos de las redes sociales.
Ha sido gratis hablar para relatores, comentaristas, periodistas que dicen y decían con su voz o sus concatenaciones de símbolos estampados sobre un blanco símil papel de diario. Hablar, pero después había que aguantar la tacada.
Hoy sigue siendo gratis hablar, pero la inflación de mentiras, boludeces, faltas absolutas al respeto y a la ética, giladas y operetas es tan galopante que ya casi no nos deja vivir en paz.
Es gratis
Bo, y perdonen la falta de protocolo en mi lenguaje, sepan una cosa: un conjunto de deportistas uruguayos, de lo que sea, nunca va al bombo. ¡No sean malos! No se puede así; parecen las noticias falsas de Graciela Bianchi, que tuitea a propósito cosas que ya sabe que son falsas.
Nunca firmé un contrato profesional ni gané un sueldo como trabajador del fútbol. Sin embargo, tengo guardado mi carné de la AUF y no olvido la tarde lluviosa en que crucé el mismo portal por donde pasó la primera Copa del Mundo en 1930.
Me siento futbolista desde que tengo memoria y corría detrás de una pelota de plástico, cuando la única gloria era la casa, mis padres y la seguridad de un regazo que me soltaba al mundo. Porque, al final, con conciencia de clase, sé que sin futbolistas no hay fútbol.
Soy futbolista en la tensión de las prácticas de aspirantes, en el cachetazo de quedar afuera y en el corazón reventando –más que con el primer beso– al confirmar que ese Martínez de la cartelera soy yo. Lo soy en el vestuario destartalado de agua fría, ojotas prestadas y champú garroneado; en ese olor único a vendas sucias, barro de tapones gastados y leña de caldera, mezclado con los geles que asomaban de las botineras mientras sonaba el casete de la Borinquen o la Palacio.
Lo soy subiéndome como puedo al camión para ir a jugar a La Escuelita de Manga, a Alto Perú, a Basáñez, al Salus o a Colón. Soy futbolista cuando nos dan un bailongo terrible y la reventamos contra el travesaño, o cuando chamuyo al técnico. “Si me ponés, te juro que te gano el partido”. Y lo soy también hoy, prendido al alambrado, revoleando la celeste con disfonía crítica y gritando el enésimo “¡Uruguay nomá!”.
El sublime goce de jugar
Soy futbolista ahora, aunque hace años que no puedo empalmarla con precisión, ni tirarme a los pies para sacarla justa, ni despegarme del piso para sentir el sublime goce de meter un guampazo que abolle la globa y la ponga lejos, bien lejos, donde nadie la pueda parar.
La ausencia de un futbolista cuando, mediante la selección, se conforma un núcleo definitivo nunca se podría explicar porque el jugador fue a menos; fue al bombo en un amistoso en el que la participación del colectivo fue pobrísima. Yo no creo que ningún futbolista uruguayo o uruguaya vaya al bombo, y esa afirmación la planteo de forma genérica, porque está claro que algún inmoral se habrá hecho daño a sí mismo, a sus compañeros y a todo su colectivo no haciendo todo lo que tenía que hacer en una cancha o, peor, haciendo lo que no tenía que hacer, pero, por definición, seguro que no.
Bombo, bombero, vendimia, ir a menos. No precisa revisar la academia del lunfardo, el argot rioplatense, el Diccionario del Español del Uruguay o el archivo terminológico de hablas populares de la Universidad de Buenos Aires: ir al bombo es dar menos o dejarse perder; bombero es quien actúa de manera parcial o fraudulenta, perjudicando deliberadamente a uno de los equipos.
Capaz que es cosa de generaciones y de los tiempos de las redes sociales y de las tribunas virtuales, que son capaces de descalificar a uno y a 11 futbolistas sin que aún haya empezado el partido; los que despiden futbolistas y técnicos ante la menor frustración de la competencia, los que sacan el lanzallamas e incendian todo descalificando sin saber, sin entender.
Servir y no servir
No soy amigo ni conocido de Nahitan Nández, pero estoy entre los sorprendidos por su ausencia en la lista de 26. No, no soy una viuda de Nández, con toda la carga descalificadora que pretenden darles a esas viudeces en su acepción machista y heteropatriarcal, como si uno o una no pudiera tener expectativas acerca de los desarrollos de las personas que, por la causa que fuera, quedan truncados. El caso de violencia doméstica de Nández en 2021 me movió y me puso en guardia, porque podrás ser recontra crack, pero si fallás en la vida, ya es otra cosa.
Ahora, de ahí a decir que Nández no está entre los elegidos de Marcelo Bielsa porque fue “para atrás” en el partido amistoso contra Estados Unidos es muy rebuscado. Seguramente Bielsa no lo considera entre los 26 porque no lo quiere tener, porque no le gusta la convivencia con Nández, porque desconfía de quien fue a pedir su remoción; porque –no se mueran de literalidad– no puede estar durmiendo con el enemigo.
Dura 14 minutos el resumen estadounidense de la Turner Network Television del vinillo que nos dieron los gringos haciéndonos precio con el 5-1. No está Nández porque fue al bombo esa noche, pero entonces, ¿por qué están 13 o 14 que, como él, defeccionaron absolutamente esa noche?
Las llamas, el fuego y las cenizas
Porque, además, casi por definición es inaceptable intentar trabajar en la fase final de la ejecución de un desarrollo con alguien que no quiere seguir los lineamientos o no comparte las ideas a tal punto que pide su remoción. Totalmente válido decir “no va”, porque no suma –a pesar de que parece que en otros 23 de 30 que ha dirigido Bielsa la consideración pudo haber sido otra–.
No va porque, con toda razón y lógica, no le sirve a quien gerencia sus recursos humanos para el Mundial. No va porque Nández y otros hablaron para cambiar a Bielsa; no va porque al técnico no le sirve, y no va porque se entiende que hay otros futbolistas que pueden ocupar el lateral derecho y esa zona antes que él.
No porque haya ido al bombo, no porque haya propiciado la goleada que nos comimos para hacerle la cama al técnico.
Bo, te lo digo yo, que como vos no jugué ni con tierra: no jodan con nuestros jugadores, que podrán ser unos perros, unos cracks, unos soretes, unos pasotas, unos comprometidos o unos ególatras, pero en la cancha juegan para ganar, para ellos, para sus compañeros, para su camiseta y, en definitiva, para vos y para nosotros.
Si es cierto que Nahitan Nández no encajaba con Bielsa, es claro y lógico que su superior, el técnico, no podía contar con él. Eso tiene lógica. Lo que no tiene lógica y es un disparate es que lo intenten explicar con una infamia hacia todos los futbolistas uruguayos.
No quiero defender a Nández, sino combatir la falacia de que lo sacan porque fue al bombo. No existe.
