Deporte Ingresá
Deporte

La sonrisa que volvió del fuego: Literatura de la pelota, de Santoro

4 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

A más de medio siglo de su aparición, la antología que unió fútbol y literatura regresa como símbolo de memoria y resistencia y es homenajeada en la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Ahora ese libro sonríe. Porque los libros, más o menos como las criaturas o como quienes se enamoran, saben sonreír. Sonríe Literatura de la pelota, libro maestro, libro audaz, libro borrado, libro arrasado, libro recuperado, libro resistente, libro abrazado a otros libros en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un otoño que se empecina en que, aunque entibiado, persista el sol. Sonríe Literatura de la pelota, de Roberto Jorge Santoro, también maestro, también audaz, también borrado, también arrasado: un desaparecido entre los 30.000 desaparecidos que dejó el genocidio que sufrió la Argentina. Literatura de la pelota, publicado en 1971, la primera gran antología que reúne textos sobre fútbol, ocupa un espacio en “Censura planificada”, el muro destinado a los libros prohibidos por la dictadura militar, empresarial y eclesiástica que imperó entre 1976 y 1983, y que la feria ofrece justo en el aniversario 50 del comienzo de ese horror. Anda cerca, por ejemplo, de Operación Masacre, cumbre entre las cumbres de Rodolfo Walsh, también maestro, también desaparecido. Andan y andan ahí esos libros, porque homenajear a los libros que desaparecieron es homenajear a quienes los hicieron. Y porque homenajear a quienes los hicieron es generar justicia, y es promover verdad, y es sembrar memoria.

Literatura de la pelota representó un desafío a cualquier prejuicio. Por su cuenta, empecinado en evidenciar la existencia de un territorio en común entre los libros y el fútbol o, de otro modo, en demostrar que es falaz distanciar “lo culto” de “lo popular”, Santoro dedicó tiempo, recorridos, búsquedas y consultas infinitas hasta armar ese trabajo hermoso y desmitificador. Allí reunió alguna frase futbolera de Jorge Luis Borges con el canto de las tribunas y, en el ancho valle que cabe entre esas dos expresiones, les hizo sitio a un montón de voces. Incluso, a unas cuantas uruguayas, empezando por la de Horacio Quiroga y su insalteable relato “Juan Polti, half back”, que apareció en la revista Atlántida en 1918. Impresionante Santoro: publicó, de manera autogestiva, esa obra sin abandonar nada de lo que para entonces era. ¿Quién era? Un poeta mayúsculo, un militante revolucionario, un hincha de Racing que hasta interrumpió su luna de miel porque tocaba domingo de partido, un hijo, el marido de Dolores, el papá de Paula, un pintor de brocha gorda, un vendedor de feria, un generador de proyectos artísticos siempre originales y siempre colectivos, un amante tan consecuente del fútbol como para diseñar su propio álbum de figuritas, un preceptor en una escuela porteña, la escuela en la que lo secuestraron el primer día de junio de 1977. Ese Santoro. El del libro que ahora sonríe.

O mejor, mucho mejor, el Santoro de esta autodefinición que brota en la revista Rescate, en 1973: “Roberto Santoro: sangre grupo A, factor Rh negativo, 34 años, 12 horas diarias a la búsqueda absurda, castradora, inhumana del sueldo que no alcanza. Dos empleos. Escritor surrealista, es decir, realista del sur. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser un hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, un infarto en el cuore, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca”.

Muy prohibido –si es que esa categoría existe–, Literatura de la pelota. Durante décadas solo fue posible detectarlo, con su tapa verde y sencilla, en los estantes personales de aquellos que habían logrado atesorarlo o en algún volumen autografiado que el autor envió, con criterios invariablemente democráticos, a las bibliotecas populares que cimentaron tanta historia argentina. Y no más. Jorge Valdano, campeón mundial con la selección en México 86, solía recordarles a sus amistades que en otra biblioteca, la suya, había un agujero. “Falta Santoro”, susurraba, porque Santoro falta –y falta porque se lo llevaron–, y porque reponerlo a través de un libro constituía un camino para manifestar que la pretensión criminal de los dictadores no había podido terminar con todo. Cuando recibió su Literatura de la pelota hace un cuarto de siglo, consciente a pleno de lo que esas más de 300 páginas significaban, Valdano se conmovió como si de nuevo corriera para su gol en la final en el estadio Azteca.

Al compás de otras luchas complejas, Literatura de la pelota fue reeditado una sola vez, en 2007, con prólogo de Alejandro Apo y ensayo preliminar de Lilian Garrido. En 2013 salió Obra poética completa, en la que Santoro brilla entero con sus versos desde 1959 hasta 1977 y que tiene un estudio introductorio de Rosana López Rodríguez. Cerca del final, sacude “El gran bonete”, que arranca así: “A mi país se le han perdido muchos habitantes/ y dicen que algún cuerpo del ejército los tiene/ yo señor?/ sí señor/ no señor”, y que acaba diciendo lo aún no dicho: “pues entonces quién los tiene?/ pues entonces quién los tiene?/ pues entonces quién los tiene?”.

Nadie sabe quién tiene a Santoro. Pero las escuelas de periodismo TEA y Deportea le pusieron el nombre de Santoro a su archivo, en tributo a la tenacidad de sus curiosidades y a la luminosidad de su arte. Y, en 2021, Racing restauró en sus padrones la condición de socio de Santoro, porque pelear por una sociedad más justa implica pelear por la identidad, y pocas identidades son más fuertes que ser de un club. Y, en más lugares y en más gargantas, Santoro suena, Santoro está. Al cabo, a dos metros de donde se expone Literatura de la pelota, refulge una frase de Osvaldo Bayer, notable periodista: “Pese a las hogueras y a los verdugos, los libros destruidos vuelven a nacer”. Suena y está también en la feria, en medio de otros libros hermanos, que son hermanos por lo prohibidos que fueron y por lo bellos y lo necesarios que son. Suena y está Santoro, a pesar de tanta barbarie, hecho poesía invencible, hecho utopía, vivo en su Literatura de la pelota, que es una sonrisa rumbo a la eternidad.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesa el deporte?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de deporte.
Suscribite
¿Te interesa el deporte?
Recibí la newsletter de deporte en tu email todos los domingos.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura