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Ilustración: Luciana Peinado

La mitad del trabajo en Uruguay es invisible y sostiene toda la economía, advierte experta

9 minutos de lectura
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A pesar de que los cuidados son el sector más grande de la economía si se lo compara con los rubros tradicionales del PIB, no está reflejado en las cuentas nacionales y recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, dijo a la diaria la economista Soledad Salvador.

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En Uruguay, una parte central de la economía no aparece en las cuentas nacionales. Se trata del trabajo de cuidados: tareas cotidianas como cocinar, limpiar, hacer compras o cuidar niños, personas mayores o dependientes que, aunque no son remuneradas, sostienen el funcionamiento del sistema productivo, señaló, en diálogo con la diaria, la economista y secretaria ejecutiva del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo, Soledad Salvador.

“Los cuidados están por encima de cualquier sector de la economía. Es el sector más grande en comparación con los otros que hoy se miden en la estructura sectorial del PIB. Sin embargo, el funcionamiento del sistema económico y del mercado laboral se apoya implícitamente en la idea de que estas tareas están resueltas”, indicó la economista, remarcando que son un “pilar invisible pero fundamental del sistema, cuya distribución desigual es una de las bases de la desigualdad de género”.

Mientras los cuidados alcanzan el 23,8% del PIB, los bienes inmuebles y servicios a las empresas llegan a (19,9%), seguidos por comercio, restaurantes y hoteles (15,6%), industrias manufactureras (12,2%), otros servicios comunales, sociales y personales (10,6%), servicios del gobierno general (10,1%), agro, pesca, minas y canteras (9,5%), transporte y comunicaciones (8,7%), establecimientos financieros y seguros (5,1%), construcción (5,1%) y electricidad, gas y agua (3,2%). Esto es lo que se desprende del trabajo realizado por Salvador, titulado “La valorización económica del trabajo no remunerado”.

Según explicó la economista, si se mide el trabajo en términos de tiempo, incluyendo tanto el remunerado como el no remunerado, la distribución es prácticamente equivalente. Sin embargo, ese trabajo está lejos de distribuirse de forma equitativa. “Son las mujeres quienes asumen la mayor parte de estas tareas y, dentro de ellas, especialmente aquellas de menores ingresos, que concentran una carga aún mayor”, explicó, aludiendo a una desigualdad que también se cruza con factores de clase y raza.

La experta señaló que el trabajo de cuidados opera como una condición indispensable, un “subsidio invisible”, para que exista el trabajo remunerado. Sin ese sostén, no estarían dadas las condiciones básicas para que la economía funcione. En ese sentido, si se incorporara plenamente el trabajo de cuidados al cálculo económico, su peso estaría en torno al 24% del PIB, considerando el valor hora de estas tareas según los salarios del mercado, que además se encuentran entre los más bajos, agregó.

A este respecto, Salvador advirtió que se trata de una “subvaloración”. “No es que el servicio doméstico no tenga valor, sino que el mercado lo subvalora por la connotación que existe detrás de este tema, sobre todo por la invisibilización de este trabajo, que históricamente han hecho las mujeres en forma no remunerada”, explicó.

¿Qué rol ocupa el trabajo de cuidados en Uruguay?

Si se mide el trabajo en términos de tiempo, incluyendo tanto el trabajo remunerado como el no remunerado, se observa que la cantidad de horas es prácticamente equivalente. Es decir, si se contabilizan –por ejemplo, de forma semanal o anual, como se hace en la Encuesta de Hogares– las horas que la sociedad dedica al trabajo, la mitad corresponde a trabajo remunerado y la otra mitad a no remunerado.

Ahora bien, dentro de ese trabajo no remunerado existe una distribución muy desigual. Ahí es donde entran en juego las desigualdades de género, clase y también de raza, lo que explica por qué se habla de la interseccionalidad en este tema. En términos generales, son las mujeres quienes asumen la mayor parte de estas tareas y, dentro de ellas, especialmente aquellas de menores ingresos, que concentran una carga aún mayor.

Este trabajo no remunerado, vinculado principalmente a las tareas de cuidado, es la base de sustentación del sistema económico y social. Los niños no pueden ir a la escuela si no están bañados con una túnica limpia, si no tienen a alguien que hizo las compras y los cuida. Las personas no podrían ir a trabajar si alguien no se encargara previamente de tareas como cocinar, limpiar, hacer compras, cuidar a niños, personas mayores o dependientes. Incluso quienes no están en situación de dependencia directa requieren cuidados básicos para poder sostener su vida cotidiana.

Sin embargo, el funcionamiento del sistema económico y del mercado laboral se apoya implícitamente en la idea de que estas tareas están resueltas. Históricamente, esto se ha estructurado sobre el supuesto de que los hombres participan en el mercado de trabajo mientras las mujeres se encargan del cuidado en el ámbito doméstico. Incluso cuando no hay una pareja, suele haber otras mujeres (madres, abuelas, tías) que asumen ese rol.

Por eso, el trabajo no remunerado es una condición indispensable para que el trabajo remunerado exista. Sin ese sostén, no estarían dadas las condiciones básicas para participar en el mercado laboral. En ese sentido, se trata de un pilar invisible pero fundamental del sistema, cuya distribución desigual es una de las bases de la desigualdad de género.

Si se incorporara plenamente el trabajo de cuidados al cálculo económico que hace un país, ¿qué peso podría tener dentro del PIB?

El peso depende de cada país; sobre todo, si se tiene más sistema público, a veces ese trabajo puede ser menos con relación al total. En Uruguay, el peso anda en torno al 24%. Cuando lo hemos medido, llegamos a esa cifra considerando el valor hora de ese trabajo con respecto a lo que hoy se remunera en el mercado. Cabe mencionar que son los precios más bajos de la economía del mercado. Si uno mira cuánto se paga hoy por realizar tareas de servicio doméstico, cuánto se paga por realizar tareas de cuidado infantil o de personas de situación de dependencia, son de las remuneraciones más bajas.

La economista española Cristina Carrasco considera que, si en realidad lo valoráramos igual al mercado, debería ser el 100% del PIB, dado que implica el 100% de las horas de trabajo remunerado. No obstante, nosotras lo estamos valorando a un precio que es de los más bajos del mercado.

Soledad Salvador.

Foto: Alessandro Maradei

No es que el servicio doméstico no tenga valor, sino que el mercado lo subvalora por la connotación que existe detrás de este tema, sobre todo con la invisibilización de la importancia de este trabajo, que lo han hecho tradicionalmente las mujeres de forma no remunerada en los hogares. Es algo que la economía asume como dado, como que no tiene un valor significativo porque las personas lo hacen. Además, se supone que la tarea se realiza sin necesidad de formación, lo cual no es cierto. Es importante destacar que es el sector más grande en comparación con los otros que hoy se miden en la estructura sectorial del PIB.

¿Qué magnitud tiene el trabajo de cuidados en relación con los sectores tradicionales que integran el PIB?

Los cuidados están por encima de cualquier sector de la economía.

¿Hasta qué punto los cuidados funcionan como una especie de subsidio invisible?

Sí, funcionan como un subsidio invisible porque la economía está dando por sentado que alguien lo va a hacer y no lo asume como un costo. Es un subsidio que hasta ahora lo han pagado las mujeres con su tiempo y con su falta de autonomía económica. Aquellas que no entran en el mercado laboral porque se quedan en la casa a cuidar están perdiendo la posibilidad de tener ingreso y de formarse.

¿Podría decirse entonces que la economía está funcionando gracias a un volumen de trabajo que no aparece en las cuentas nacionales?

Sí. La verdad es que ha costado asumir eso en los distintos intercambios con el Banco Central que hemos tenido en diferentes períodos de gobierno, desde la primera administración del Frente Amplio en 2005. Siempre se traía este tema sobre la mesa. Actualmente, por lo que me han comentado, de vuelta este tema está siendo discutido y podría llegar a ser considerado.

Lo que hemos hecho hasta el momento es valorizarlo, en mi caso a través de consultorías contratadas por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y ONU Mujeres. Pero, en realidad, es algo que tiene que asumir el gobierno y, en este caso, el Banco Central y el Instituto Nacional de Estadística (INE).

¿Existe alguna posibilidad de que el Estado empiece a medir los cuidados como parte del PIB?

Sí, está en discusión en el INE. Hemos estado hablando con ellos. La responsable de la Unidad Especializada de Género del INE, Jenny Segovia, está en conversaciones para que el tema se considere como parte de una batería de indicadores a tener en cuenta en el PIB para hacer una valorización económica del trabajo no remunerado y saber cuánto pesa.

¿Cómo impactan los cuidados en la participación laboral de las mujeres y en la informalidad?

Aunque en un principio se podría pensar que en Uruguay no existe una relación fuerte entre cuidados e informalidad, dado que el país presenta niveles relativamente altos de formalización, los estudios que realizamos muestran que, en la práctica, la informalidad termina funcionando como un refugio para las mujeres que tienen responsabilidades de cuidado y no cuentan con alternativas para resolverlas de forma remunerada.

Los resultados indican que las mujeres que logran insertarse en empleos formales, en general, lo hacen por dos factores principales: por un lado, tienen mayores niveles educativos y, por otro, pueden resolver los cuidados mediante la contratación de servicios en el mercado, como trabajo doméstico, niñeras o centros educativos privados.

En cambio, para quienes no pueden acceder a esas soluciones, la informalidad aparece como una opción que permite compatibilizar el trabajo con las tareas de cuidado. Esto genera una dinámica que tiende a reproducirse: las mujeres permanecen en la informalidad porque necesitan flexibilidad para cuidar, y al mismo tiempo esa situación limita sus posibilidades de acceder a empleos de mejor calidad.

En ese sentido, la informalidad funciona como un nicho que refuerza estas desigualdades. Además, esta situación se ve agravada por las limitaciones en la expansión de políticas públicas de cuidados. Si bien hubo avances importantes con el Sistema Nacional Integrado de Cuidados, especialmente en el período 2015-2019, en los últimos años su desarrollo ha mostrado cierto estancamiento.

Esto es particularmente relevante en relación con la disponibilidad de servicios que permitan cubrir jornadas completas, por ejemplo, centros de cuidados o educación, que son clave para que las mujeres puedan insertarse en el mercado laboral formal en igualdad de condiciones.

¿Cómo influye todo esto en términos de desigualdad económica y social?

Reproduce la desigualdad. Hay una diferencia importante entre aquellas mujeres que primero se forman, entran a la universidad, después tienen hijos y postergan la carga del cuidado para luego de tener una carrera profesional, con las mujeres que empiezan por tener hijos. Existen transiciones distintas a la adultez que lo que hacen es generar desigualdad entre las propias mujeres, entre las que llegan a niveles terciarios y postergan la maternidad, y aquellas que postergan estudiar o no terminan su formación y tienen hijos, ya que todo eso les limita su inserción laboral. Es muy difícil para esa mujer encontrar un empleo formal o transicionar a mejores oportunidades de trabajo. Por tanto, se reproduce la desigualdad social y de género.

¿Podría la economía del cuidado convertirse también en un motor de empleo y de desarrollo económico si el Estado impulsara más políticas en ese sentido?

Sí. Ahí es donde está el déficit, porque no se ve de esa forma. Podría impulsarse a través de cooperativas de trabajo como con las asistentes personales, por ejemplo, que ha funcionado muy bien, pero también podría hacerse con otros rubros.

La inversión en cuidados genera un triple dividendo, porque con ella no solo se estimula el desarrollo infantil para los niños que acceden a ese servicio, sino que por otro lado se le da a la madre la posibilidad de tener un empleo formal que genera aportes y a su vez se contabiliza en el PIB. Por tanto, es beneficioso para todas las partes.

No hay que olvidar que el desempleo en Uruguay representa mayormente a mujeres jóvenes con bajo nivel educativo. A través del sistema de cuidados se puede cambiar eso, mejorar la formación, que tengan otras oportunidades. Además, siempre hay un público que necesita cuidados. No solo se trata de atender a la población que ya necesita, sino que, si se desarrolla un buen sistema, se puede brindar servicios a un turista que por un tiempo precisa de asistencia. Es un tema poco visibilizado. La inversión en cuidados tiene retornos económicos que van más allá de los recursos que se destinaron.

¿Tienen alguna estimación de cuánto podría impactar la inversión en cuidados en el crecimiento del PIB, por ejemplo?

Existe un trabajo previo, realizado hace algunos años, que estimaba el peso del cuidado infantil y lo ubicaba en torno al 0,5%. Sin embargo, es una medición que sería importante actualizar, especialmente en el contexto actual, donde el tema vuelve a estar en discusión.

En este sentido, hay un creciente interés, desde el Sistema de Cuidados, en contar con información más precisa sobre el gasto de los hogares en servicios de cuidado, en particular aquellos que se contratan en el mercado privado. Para eso será clave el desarrollo de nuevas herramientas estadísticas, como la encuesta de gastos e ingresos de los hogares prevista para los próximos años.

Este interés se vincula, además, con la posibilidad de crear un fondo de cuidados que contribuya a financiar el sistema. La idea es que las familias puedan visualizar que ya destinan recursos a estos servicios y que, a través de un esquema de aportes, similar al del sistema de salud, puedan acceder luego a prestaciones garantizadas. Si bien aún está por definirse el alcance concreto de ese fondo, avanzar en este tipo de mediciones resulta fundamental para diseñar políticas más efectivas y sostenibles en el tiempo.

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