Uno de cada tres trabajadores –unas 512.000 personas– percibió en 2025 ingresos por debajo del umbral considerado para caracterizar los “salarios sumergidos”, de acuerdo con la definición que utiliza el Instituto Cuesta Duarte. Entre los jóvenes, la situación es todavía más grave: 52% se encuentra por debajo de ese umbral. “Estamos hipotecando el futuro”, advirtió, en diálogo con la diaria, Alejandra Picco, economista y coordinadora técnica del instituto.
“Los que más sufren esta situación son los más jóvenes y con ello estamos hipotecando el futuro. Si los más jóvenes son quienes tienen los niveles de pobreza más altos, seguramente mañana tengan calificaciones y peores condiciones para insertarse en el mercado de trabajo que las que tuvieron sus padres y sus madres. En esa situación, en el mejor de los casos, los indicadores (sobre salarios y empleo) se estancarán, pero lo más probable es que empeoren”, alertó Picco al presentar el informe “Salarios sumergidos. Año 2025”.
El dato se enmarca en un mercado laboral donde el empleo crece, pero no mejora su calidad. En ese sentido, la proporción de trabajadores con salarios sumergidos no cambió respecto de 2024 y todavía se encuentra por encima de los niveles de 2019.
La economista remarcó que hay “señales de alerta” en torno a la calidad de los puestos de trabajo que se están generando y advirtió que esta situación funciona como una trampa que les impide a las personas salir de la pobreza. “Todo eso genera un círculo en el que la persona se inserta así porque sus posibilidades de ingresar al mercado de trabajo eran menores, y después es difícil salir de esa dinámica. Hay numerosos estudios que muestran que la primera inserción laboral termina condicionando las trayectorias futuras”, agregó. En ese sentido, remarcó que “la manera más genuina de mejorar las condiciones de vida de las personas [...] es a partir del empleo”.
¿Qué es lo que más les preocupa de los resultados de 2025?
Lo que más nos preocupa es el estancamiento que vemos en la evolución del porcentaje, que es el número relevante, porque la cantidad de trabajadores que son veinticincomilpesistas también depende de la cantidad total de trabajadores. En la medida en que aumenta el empleo, en cantidad absoluta, si el porcentaje permanece constante, sube la cantidad de personas que reciben bajos ingresos. En resumen, lo que más nos preocupa es esa constancia en una problemática que enfrentan los trabajadores, que son los bajos ingresos.
Es cierto que la política salarial que se desplegó con la ronda de negociación en curso privilegia los salarios considerados más bajos, con ajustes salariales diferenciales mayores. Además, para 2026 se propusieron ajustes en el salario mínimo nacional, que también van de la mano, porque empujan al alza las categorías salariales más bajas. Pero, en realidad, esos resultados todavía no se vieron.
Si bien los resultados son esperables, nos preocupa que, por ejemplo, 52%, más de la mitad de los jóvenes ocupados, sean veinticincomilpesistas. Aunque se puede decir que en realidad es su primera experiencia laboral y que por eso quizás entran en las categorías de trabajo más bajas, también es cierto que estamos hablando de salarios sumergidos. La primera experiencia laboral después termina condicionando las trayectorias, y esto también marca que se están insertando en ocupaciones bastante precarias.
En el informe se advierte que 30% del total de ocupados percibió menos de 25.000 pesos líquidos en 2025. ¿Qué significa esto en términos concretos, tanto para la vida de una persona como para el mercado laboral uruguayo?
Ahí hay algunas precisiones que tienen que ver también con una cuestión metodológica. En realidad, hablamos de veinticincomilpesistas como una manera de mantener la terminología. Pero esos 25.000 pesos, que están anclados en noviembre de 2022, cuando uno los actualiza a diciembre de 2025 representan 28.000 pesos corrientes. Es decir, el poder de compra que tenían esos 25.000 pesos en noviembre de 2022 es el mismo que tienen esos 28.000 de fines del año pasado.
Además, son ingresos líquidos, es decir, para el trabajador formal no se refleja su salario nominal, sino que es el salario una vez que se le descuentan los aportes. Nosotros tenemos en cuenta tanto a los trabajadores formales como a los informales. Este resultado, en realidad, habla más del puesto de trabajo que del ingreso de la persona, porque para poder comparar a todos los individuos, miramos el salario por hora de la persona y suponemos que trabaja 40 horas semanales, que es la media en Uruguay.
Otro de los resultados es que la proporción de trabajadores con salarios sumergidos quedó prácticamente igual que en 2024. ¿Por qué no logra reducirse? ¿Qué es lo que está ocurriendo?
Hay varios factores. Primero que nada, cuando comparamos el crecimiento que tuvo el promedio anual del salario real en 2024 con el de 2025, el aumento fue muy bajo: 1,1%; es un crecimiento que no permite mover la aguja.
El otro factor que vemos, que seguramente está incidiendo en eso, es que la creación de puestos de trabajo que se dio en 2025, en general, fue de empleos más precarios que los que teníamos antes. Aumentó el no registro a la seguridad social y subió el porcentaje de trabajadores por cuenta propia. Estas otras aristas de precariedad se vinculan también con salarios bajos.
Creo que tiene dos explicaciones: que en 2025 el crecimiento del salario en promedio fue bajo y que los puestos de trabajo que se crearon ese año fueron de menor calidad, y eso también se vincula con menores ingresos. Entonces, hace que el porcentaje de veinticincomilpesistas no haya cambiado.
Esperamos que sí se dé un movimiento en 2026, de la mano de la política salarial que se llevó adelante en 2025. En efecto, los Consejos de Salarios arrancaron a mitad de año y los acuerdos recién se terminaron de firmar entre setiembre y octubre, por lo que no se vio el efecto en 2025. Se va a observar recién el año que viene y esperamos que el porcentaje disminuya. Eso siempre y cuando también opere más el crecimiento del salario real que la creación de puestos de trabajo de mala calidad.
¿Cuál es el factor que más está influyendo en esta situación? ¿El nivel salarial, la calidad del empleo o ambas cosas?
Las dos cosas están vinculadas, porque entre los trabajadores no registrados a la seguridad social hay un porcentaje mucho mayor de veinticincomilpesistas que entre los que están registrados. Entonces, hubo un aumento más grande del empleo no registrado y es más factible que hayan aumentado los empleos con salarios sumergidos.
Lo mismo sucede con los trabajadores no asalariados o cuentapropistas. Hubo un mayor aumento de empleos de cuentapropistas que de asalariados y, de vuelta, los cuentapropistas son puestos de trabajo no registrados, con bajos ingresos. Nosotros no hicimos simulaciones ni estimaciones como para ver qué factor pesó más, pero entiendo que eso tuvo un peso importante.
También hubo un mayor crecimiento del empleo entre las mujeres. Cuando vemos entre las mujeres, el porcentaje de veinticincomilpesistas es mayor que entre los varones. Creo que todos estos factores explican que el porcentaje de trabajadores con salarios sumergidos haya permanecido constante.
¿Se puede decir que Uruguay está generando más empleo, pero no necesariamente mejores puestos de trabajo?
Sí, creo que esa es una buena conclusión, que empezamos a ver, en particular, después de la pandemia. En lo que tiene que ver con el no registro a la protección social, encontramos que, incluso en los mejores años del mercado de trabajo, hay un piso de un 25% de trabajadores informales.
Eso cayó bastante con la pandemia, en buena medida porque los primeros puestos de trabajo que se perdieron fueron los que no estaban registrados. Los demás quedaron, en general, enganchados del seguro de desempleo, y después de la pandemia empezamos a ver un empeoramiento del no registro y un aumento de los trabajadores por cuenta propia. Muchas veces, en realidad, el trabajo por cuenta propia esconde una relación de dependencia, pero lo que se hace es trasladar al trabajador el peso de los aportes y todos los beneficios que debería tener.
Foto: Mara Quintero
El porcentaje de veinticincomilpesistas, que había caído después de la pandemia, ahora se estancó y todavía estamos por encima de 2019. Creo que hay algunas señales de alerta en torno a la calidad de los puestos de trabajo que se están generando. Si bien el empleo viene creciendo, los puestos de trabajo que se están generando son de peor calidad.
¿Y eso no puede funcionar como una trampa para las personas que entran en este tipo de empleos, que una vez que ingresan no pueden salir de la pobreza?
Sí, porque cuando vemos que, además, todos esos factores se dan mayormente entre los jóvenes, se observa que tienen dificultades para conseguir un buen empleo. Si se tiene dificultades para conseguir un buen empleo, se termina insertando en un puesto que no es de tan buena calidad o es un empleo en negro, informal, no está registrado y no se tienen los derechos de protección social.
Todo eso genera un círculo donde la persona se inserta así porque sus posibilidades de ingresar al mercado de trabajo son menores y después es difícil salir de ese círculo. Hay numerosos estudios que muestran que la primera inserción laboral termina condicionando las trayectorias futuras.
Esta situación también se vincula al hecho de que buena parte de las personas que viven en hogares pobres son mujeres, que tienen peores condiciones de empleo. El tema es que son pobres en esos hogares porque el empleo que tienen no les permite generar los ingresos suficientes para superar la línea de pobreza.
Yendo a la cuestión del interior del país y al tema de los sectores, ¿por qué la brecha territorial es tan importante? ¿por qué, por ejemplo, agro, forestación, pesca y minería, servicio doméstico y comercio son los tres sectores que concentran la proporción más elevada de salarios sumergidos?
Hay bastantes factores que también se vinculan a la diferencia entre Montevideo y el interior. En general, en el interior, muchas veces las mujeres tienen como alternativa para ingresar al mercado laboral el servicio doméstico, que es un sector en el que el porcentaje de trabajadoras con ingresos por debajo de los 25.000 pesos líquidos es más alto.
También hay en el interior una mayor proporción de trabajadores que se encuentran insertos en el sector del agro. Ahí quiero hacer una salvedad: no es que los salarios que están fijados, por ejemplo, por negociación colectiva en el sector del agro, sean necesariamente tan bajos. Lo que pasa es que son salarios por 48 horas. Entonces, como nosotros hacemos ese emparejamiento a las 40 horas, seguramente la gente gana un poco más.
También creo que eso tiene un vínculo con otro trabajo que estamos haciendo ahora, que tiene que ver con la capacitación y los estudios formales de los ocupados. Hay un vínculo directo entre los niveles de formación, las posibilidades de ingreso al mercado de trabajo y lo que después las personas reciben como remuneración. El servicio doméstico, el agro y el comercio, inclusive, son sectores en los que los requisitos de nivel educativo formal son más bajos. Entonces, eso también se vincula con los bajos ingresos que se perciben.
¿Los resultados de este informe permiten argumentar que el empleo ya no está garantizando que las personas puedan salir de la pobreza?
Totalmente. Creo que es una conclusión que se desprende de este trabajo. En ese sentido, me gustaría destacar la potencia que tiene la política de salario mínimo nacional para poder incrementar los ingresos más bajos y mejorar las condiciones de vida de las personas, de forma de facilitar su salida de la pobreza y de la situación de vulnerabilidad. Es un trabajo que es más que nada descriptivo, con datos oficiales, pero que intenta hacer una contribución a la elaboración de políticas públicas para cambiar esta problemática.
¿Se puede entender que el aumento del salario mínimo es clave para reducir la pobreza?
Sí, para nosotros eso es clave. Lo que también es cierto, y no podemos desconocer, es que, en el comercio, en el interior y en el cuentapropismo, los niveles de productividad son bajos. Sería muy sencillo decir: si aumentamos el salario mínimo, todo el mundo va a salir de la pobreza. Pero quizás mucha gente pierda su puesto de trabajo o pase a la informalidad, porque está ocupada en trabajos que, si le tuvieran que pagar más, simplemente prescindirían de ese puesto de trabajo.
Por tanto, la política salarial tiene una potencia enorme, pero también tiene que venir acompañada de un análisis para entender los sectores en los que los salarios bajos que se pagan son los más altos que se pueden dar. Eso requiere política salarial, pero también un acompañamiento para ver cómo esos puestos de trabajo se pueden reconvertir en empleos en los que efectivamente se pueda pagar más.
¿Qué otras medidas se deberían emplear?
Tiene que haber, por un lado, una política salarial potente que trate de priorizar el incremento de los salarios más bajos, en particular en aquellos sectores donde es posible que se paguen salarios más altos que los que se pagan actualmente, sin que eso genere desempleo o informalidad. También una política más potente que tiene que ver con la capacitación de los trabajadores. Se necesitan planes de formación y de capacitación más fuertes, más extensos en el tiempo, que muchas veces se tienen que complementar con ingresos para los trabajadores mientras se capacitan, porque necesitan tener ingresos para poder vivir en esos momentos. Muchas veces se tienen que complementar con políticas de cuidado. Por tanto, hay que poner más plata y más tiempo.
Teniendo en cuenta la situación de los jóvenes y de las mujeres, si no cambia la estructura actual del mercado laboral, ¿qué escenario podemos esperar en los próximos años?
Es muy difícil anticiparlo, porque de repente Uruguay puede volver a tener un boom de exportaciones, de sectores en los cuales hoy produce, que son demandantes de bienes primarios y que, por otro lado, requieren fuerza de trabajo menos calificada. Eso puede impulsar al alza la situación y, potenciado con políticas distributivas, puede permitir una inserción y una mejora en el bienestar económico de esas personas. Pero, si seguimos en esta situación de crecimiento a tasas muy bajas, vamos a estancarnos o incluso aumentar los indicadores que tenemos en materia de pobreza, que ya son preocupantes.
Los que más sufren esta situación son los más jóvenes y con ello estamos hipotecando el futuro. Si los más jóvenes son quienes tienen los niveles de pobreza más altos, seguramente mañana tengan calificaciones y peores condiciones para insertarse en el mercado de trabajo que las que tuvieron sus padres y sus madres. En esa situación, en el mejor de los casos, los indicadores se estancarán, pero lo más probable es que empeoren.
Me parece que es importante reforzar que, en definitiva, en última instancia, la manera más genuina de mejorar las condiciones de vida de las personas que están viviendo por debajo de la línea de pobreza, como de las que están en situación de vulnerabilidad, es a partir del empleo. Pero tiene que ser empleo de calidad, formal, con derechos, con protección social y buenos ingresos. La política salarial en ese sentido es muy importante, pero también es clave que estemos siempre mirando los puestos de trabajo que se generan.