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Crónicas del aula: lecciones cotidianas de una oficina pública

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En el área de atención al público de un centro comunal de la Intendencia de Montevideo había una sola mujer detrás del mostrador, entre varios funcionarios hombres que conversaban entre ellos. Entonces, llegó un señor muy mayor preguntando por el pago de la patente. Yo estaba allí para hacer un trámite normal, pero la irrupción de ese señor lo cambió todo.

Hace varios días presencié esa escena y desde entonces no he dejado de pensar en ella. Sentía que la tenía que publicar para el Día Internacional de la Mujer. Porque era algo tan obvio pero sutilmente oculto, que alguien debía dejar registro. Era una de esas escenas que parecen insignificantes hasta que una empieza a pensarlas. Suceden frente a nuestros ojos con tanta naturalidad que pasan desapercibidas, sin estridencias, sin conflicto abierto. Pero dejan una incomodidad, una especie de ruido interior que tarda en encontrar un nombre.

Por el desconcierto en los ojos de la muchacha, lo que el señor preguntaba no parecía ser un asunto que pudiera resolverse en esa oficina. Aun así, la funcionaria, con una actitud claramente atenta y compasiva, hizo varias llamadas telefónicas para averiguar dónde podía resolverlo, consiguió la información necesaria y le escribió en un papel, con letra apurada, los pasos que debía seguir y a dónde tenía que dirigirse.

El hombre escuchaba con atención. Era evidente que para él ese gesto no era menor. Cuando alguien llega a una oficina pública con una duda, muchas veces lo hace ya con cierta desconfianza o cansancio acumulado, con la sensación de estar molestando, de no entender los procedimientos, de no saber a quién preguntar. Pero la muchacha le allanó el camino, y el señor se fue visiblemente agradecido y aliviado.

Apenas abandonó el local, los otros tres o cuatro funcionarios, todos hombres, comenzaron a hacer comentarios entre risas. Algo así como “ahí está el ejemplo de trabajadora”, en contraposición a lo que, según ellos, habría sido una respuesta más breve y adecuada: “Acá no es”. Uno la propuso, otro agregaba un matiz más grosero, otro sumaba a las palabras un gesto, y reían. La escena había cambiado inadvertidamente de tono.

Pero la funcionaria no se reía. No dijo nada. Se quedó en silencio, como si esa conversación no tuviera nada que ver con ella.

Yo estaba siendo atendida por uno de ellos, así que de algún modo me sentía incluida en la escena, sin saber del todo cuál era el clima ni mi rol, porque mi mirada se cruzó con algunas de las de ellos. Las risas podían pasar incluso por simpáticas, pero no dejaban de marcar una diferencia. Había algo en ese tono que transformaba el gesto de ayuda de la funcionaria en motivo de burla, como si tomarse un poco más de trabajo fuera, en realidad, una ingenuidad.

Entonces, me salió decir algo. Fue una de esas cosas que salen antes de que una decida decirlas, literalmente desde el cuerpo. Dije, tratando de ser simpática, que eso era lo que hacía la diferencia, que en lugar de despachar al señor, ella se había tomado el trabajo de averiguar y orientar. Que esa clase de actitud es lo que cambia todo en el mundo.

Lo dije con una convicción que a mí misma me sorprendió. No había sido una intervención pensada. Fue más bien una reacción inmediata, casi física, como cuando una siente que si no dice algo en ese momento, las cosas van a quedar torcidas para siempre.

A partir de ahí, ellos comenzaron a hablar, ya en un tono más irónico, sobre la imagen del centro comunal, sobre “qué impresión damos”. No lo tomé como algo personal ni seguí escuchando, porque ya había terminado mi trámite y me estaba yendo.

Entonces vi que la funcionaria salía de detrás del mostrador y se dirigía a otra parte de la oficina. No explicó nada, no dijo si era su hora libre ni si iba a hacer algún mandado. No respondió a los comentarios ni se sumó a las risas. Cuando yo salí, ella salió también y se fue caminando.

Me quedé pensando en su silencio. Tal vez estaba acostumbrada; no supe si era cansancio o una forma de dignidad. No era un silencio incómodo ni avergonzado. Era más bien un silencio concentrado, como si hubiera decidido no participar en esa pequeña escena que se estaba representando detrás del mostrador. Fue en ese momento que entendí que aquella oficina se había convertido, sin proponérselo, en un aula.

La escena me dejó la impresión de estar frente a una clara lección sobre una forma de micromachismo y, al mismo tiempo, sobre la presión grupal que desalienta el trabajar más y mejor en favor de la gente. Una presión que opera casi como un bullying sutil hacia quien se sale del mínimo esperado, porque ese gesto pone en evidencia la mediocridad de los demás. El hecho de que todos los que comentaban fueran hombres y que la persona expuesta fuera una mujer, la única mujer detrás del mostrador, no me parece un dato menor.

Hace un tiempo escribí en esta misma columna sobre los micromachismos, en un texto titulado Nosotras, las microcómplices. Aquella vez hablaba de una reunión académica; ahora, el aula apareció en una oficina pública. Esta vez alcancé a reaccionar. No cambió nada. Las risas siguieron, y ya no eran solo para su compañera; ahora también me incluían a mí. Pero me fui con menos culpa que aquella vez, en 2023.

Parece que cuando una empieza a ver esos detalles ya no puede dejar de verlos.

Lo que se aprende en escenas como esta no proviene necesariamente de un buen ejemplo. A veces ocurre lo contrario; el aprendizaje aparece cuando algo nos incomoda o advertimos algo que huele a injusticia. Basta con observar cómo se castiga el simple hecho de hacer bien el trabajo, sobre todo cuando quien lo hace es una mujer. No se trata solo de generar compasión, sino de poder reconocer qué es lo que está mal, qué formas de presión, de burla o de desvalorización se naturalizan, y qué patologías sociales se expresan en gestos cotidianos.

Esa mañana, sin proponérselo, aquella oficina pública funcionó para mí como un aula inesperada. Una representación casi teatral, espontánea, en la que nadie estaba enseñando nada, pero en la que era posible aprender a mirar.

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