¿Quién habló de la metáfora? ¿Quién fue? ¡Que confiese! O, peor aún: ¿quién habló en metáfora? Porque sabemos que para lo único que sirve la lengua es, acaso, para comunicarnos, para expresar, suprema emotividad del hablante, lo que tenemos embuchado en la garganta o indigesto en la boca del estómago, o para describir limpiamente la prístina y consensuada realidad.
“El lenguaje no vive sino de la separación entre las palabras y las cosas. Es decir, que vive de suscitar y decepcionar constantemente el fantasma de su adecuación”. Jacques Rancière, El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética.
1. La mudez del mundo es una bella metáfora a desbaratar
Cuando estaba en la escuela, la moña, en general, siempre desatada, el blanco de la túnica sucio de la tierra del patio donde los recreos transcurrían entre partidos de fútbol y bolitas lanzadas contra sus enemigas, la maestra de quinto año nos mandaba múltiples deberes por día, entre los cuales destacaba, con llamativa regularidad, hacer mapas mudos que devenían mapas físicos y/o políticos de diferentes lugares del planeta (así aprendí la minuciosa geografía del globo). Yo, lógica y naturalmente, obedecía. Me gustaba la tarea; me gustaba dedicar tiempo al atento trazado del contorno de las “cosas” sobre un papel manteca o, cuando no había (porque la economía era restricciones), sobre un papel previamente empapado en aceite y secado al sol.
Sin embargo, lo que verdaderamente me llamaba la atención era el nombre del objeto solicitado: mapa mudo. Extraño nombre, pensaba, aunque entendía, desde luego, qué significaba (su extraña literalidad derivada de su figuralidad), a dónde apuntaba, aunque torcidamente, mediante la sinestesia. Mi relación con el objeto que debía llevar a la clase comenzó siendo, en primer lugar, una relación con la lengua y, a través de ella, y solo a través de ella, con la “cosa-mapa mudo”. El nombre, a pesar del adjetivo, hablaba claramente; el objeto tenía un nombre que, desde su “mudez”, “hablaba”, como si estuviera diciendo mi nombre es mapa mudo. La mudez del mapa era compensada, me parecía entonces, por las líneas que era preciso dibujar (en definitiva, la palabra escrita y el dibujo de un contorno son lo mismo: trazo, marca sobre el papel, como recuerda Foucault respecto del cuadro Esto no es una pipa de Magritte). Encuadre de lo vacío, nominación de una ausencia que reclama voz, las líneas del mapa mudo me parecían, y me siguen pareciendo, la metáfora del nombre del objeto (nombraban, a la vez, propia e impropiamente): se referían a algo “inexistente”, como, por lo demás, ocurre con cualquier palabra.
2. La lengua como un instrumento: una metáfora nefasta para el sistema educativo
Pensar la asignatura Idioma Español –o, para salirnos de las asignaturas como ciertas formas de la disciplina, la lengua en general– como una materia instrumental (si, como sabemos, al fin y al cabo, la lengua no sirve para otra cosa que no sea expresar ideas o sentimientos en el campo yermo de la comunicación) es un problema contra el cual hay que sublevarse, puesto que esta concepción de las cosas acarrea una serie de consecuencias indeseadas e indeseables, profundamente negativas. Entre estas consecuencias se cuenta muy especialmente –digamos que es la consecuencia más importante de todas– la despolitización de la enseñanza, coadyuvada por una radical pragmatización (la “oikosización” de la vida escolar) de los contenidos, transformados en y/o combinados con las competencias y habilidades para la vida y otros elementos que se presentan como algo que debemos desear, como horizonte supremo de los planes de estudio a los que necesitamos propender. En este sentido, la metáfora es una inutilidad que se levanta como un obstáculo para el transparente y aproblemático objeto más deseado, el fetiche mismo al que debería subordinarse la lógica escolar: el mercado laboral, que demanda la línea recta de la productividad y rechaza, por ende, las oblicuidades del sentido, lo que se interpone como interpretación en la lógica misma de la economía.
La despolitización de la enseñanza es también, desde luego, la despolitización de los alumnos (en tanto es una despolitización de la lengua), a quienes se los concibe como “clientes” que reciben un “servicio”: de esto que, en el terreno de la lengua y su enseñanza –en el terreno de la reflexión sobre el ser como un ser de palabra, un ser de lenguaje–, se hable de “usuarios”. Sin embargo, muchos, no sin algo de razón, discreparán con esta interpretación de la palabra usuarios, en la medida en que, en ciertas teorías de la comunicación o del lenguaje, es un tecnicismo. Aun así, deberán concederme, creo, la posibilidad interpretativa en virtud del equívoco que afecta a la palabra en cuestión. Incluso más, es plausible sostener que esa pragmatización radical de las cosas, particularmente en el ámbito de la enseñanza de la lengua –que es la enseñanza de la lectura y la escritura como formas superiores del pensamiento–, ha encontrado en la expresión usuarios de la lengua –para referirse a todos nosotros– una manera de volver una caricatura la disciplina lingüística llamada pragmática.
De esta manera, el resultado está a la vista de todos o de quien quiera/sepa verlo: una simplona idea de comunicación domina el ambiente general de las consideraciones sobre el lenguaje en el ámbito de la Educación Básica Integrada (ni que hablar en el magisterio nacional). Y no se trata, insistamos en el punto, de un mero cambio de perspectiva teórica, adoptado en función de las corrientes que siguen los estudios sobre el lenguaje y sobre su enseñanza, como si estos fueran inocuos, como si fueran cambios de dirección necesarios para estar aggiornados (palabra detestable) a las últimas tendencias, desconociendo el modo en que se construyen históricamente los conocimientos y las disciplinas.
La perspectiva instrumental de la lengua que se ha instalado hace largo tiempo (pongamos los 90 como momento de referencia), para la cual el hablante, decía, es un “usuario” de la herramienta comunicativa, conlleva un desinterés por el sentido, por las formas en que se produce la significación en el juego de las prácticas discursivas, donde se articulan la lengua, la historia, la ideología y el sujeto hablante; un desinterés, en suma, por la interpretación, una de las formas más acabadas de la lectura. En la misma medida, implica un rechazo del equívoco (una palabra nunca es idéntica a sí misma; una palabra siempre puede decir más de lo que dice, de lo que creemos que dice o queremos que diga) como un fenómeno irreductible que define al sistema lingüístico, atravesándolo de un lado a otro.
Para esta manera plana de ver las cosas, el equívoco es un escollo que se interpone, lo repito, en la límpida línea recta de la comunicación, en el transporte expresivo que opera el lenguaje desde el emisor hacia el receptor (o, mejor, al receptor). En este contexto, el equívoco es, sin embargo, para nuestra felicidad, un “recurso político” que interfiere en el funcionamiento de la máquina económica, de esa apabullante literalidad de la vida misma. Así, los efectos del equívoco deben ser conjurados mediante una pragmática caricaturizada del tipo del “mientras haya comunicación…”. Ergo, la perspectiva instrumental de la lengua, en el sentido dado aquí, “superficializa” su funcionamiento, lo que implica, igualmente, una “superficialización” del lugar del sujeto hablante en las prácticas discursivas, en el lugar que le cabe en la interpretación, en el juego entre el decir nuevo y lo ya dicho. Y esta “superficialización” es, casi no hace falta decirlo, una profunda despolitización de todo el campo de lo social, en la medida en que este campo está hecho de sentidos ambiguos, polisémicos, justamente, equívocos; sentidos superpuestos, indefinidos, indecidibles, no calculables y, por lo tanto, sentidos discutibles, criticables. Esto es algo que la perspectiva instrumental de la lengua, en líneas generales, procura evitar, ignora campantemente o, de muchas formas, propone desconocer.
3. Los poderes persistentes de la metáfora
Batirse por la metáfora es, entonces, una actitud y un modo de ser, de decir y de actuar que pretenden poner en el centro de esta cuestión la opacidad inherente al lenguaje, el hecho de que, además de hablar la/una lengua, somos hablados por ella, tanto como somos sujetos deseantes de representación hablados por el inconsciente, lo que implica el movimiento cuya lógica es la de la referencia errática (nunca decimos exactamente lo que queremos decir). Lejos de constituir un terreno de propiedad y dominio plenos de las palabras lanzadas o arrojadas al otro, el discurso es un campo en el que el sentido se ve inevitablemente enfrentado a oquedades, vacíos, desplazamientos, ambigüedades, indefiniciones, resistencias referenciales, etcétera. Todo esto trabaja, digámoslo así, en la producción del sujeto como sujeto del lenguaje y, por ello, animal constituido de sentido, tanto como de la realidad de la que hablamos. Producido y produciéndose el sujeto como se produce, el lenguaje es decisivo en la configuración de la política, entendida como la práctica de tomar la palabra y ejercer el desacuerdo a fin de abandonar el espacio de un decir impertinente y transformarlo en un decir que no grita, que no hace ruido, sino que fabrica logos (o que confunde grito, protesta, demanda y logos), afectando la relación entre los cuerpos, los lugares que los cuerpos ocupan en la estructura social y los nombres con los que hablamos de esos cuerpos y “sus” lugares.
Al mismo tiempo, hay que señalarlo con claridad, la política busca producir, también, un decir impertinente (en un sentido distinto a la impertinencia de la phoné como un animal que exclama su dolor, su sufrimiento, sin considerar la ambigüedad de que tal dolor, tal sufrimiento, es decir, ciertas formas de la queja también son, en esa ambigüedad constitutiva, una demanda política: mi queja sobre la falta de baldosas de la vereda de mi casa puede ser una demanda al gobierno municipal para que arregle el problema; mi queja sobre la reducción de las jubilaciones y las pensiones por tales o cuales motivos puede ser un cuestionamiento de cierto orden de sensibilidad en el cual dicha reducción es aceptada como parte de un consenso sobre las tareas de la gestión gubernamental).
En este sentido, metáfora es el nombre del funcionamiento defectuoso del lenguaje, de una imperfección irreductible que constituye la gracia misma de la “herramienta comunicativa”, a partir de la cual (hablo de la gracia) el sujeto aparece como sujeto y la política puede tener lugar. Asimismo, metáfora también es el nombre de la relación de las palabras con una falta inherente a ellas que no puede ser llenada ni compuesta, en la medida en que esta falta es constitutiva de la lengua, la estructura desde adentro.
Así pues, la actividad interpretativa, especialmente puesta en funcionamiento y de relieve por la metáfora (a fin de cuentas, se trata de darles relieve a las cosas), es su sucedáneo más notable, aquello que debe ser reclamado una y otra vez. En suma, metáfora es el nombre del espacio en el que el lenguaje tolera, exhibe y hace productiva la ambigüedad, la contradicción (la posibilidad de que un enunciado diga, al mismo tiempo, A y no-A, sin que podamos eliminar ninguna de las posibilidades), por lo que constituye, si se quiere, una negación de la comunicación tal como la vengo criticando, su puesta en suspenso y su superación dialéctica.
Esta es la cuestión, siempre ha sido, en muchos sentidos, la cuestión: la pobre y humilde metáfora maltratada en nombre de la literalidad (la servil línea recta) de la vida y la comunicación.
4. Metáfora y enseñanza de la lengua: un asunto de política
En el interior de la enseñanza de la lengua, y quizás de la consideración corriente sobre el lenguaje que, por defecto, tenemos todos los hablantes, la metáfora es una figura retórica que integra, finalmente o al principio, un abigarrado inventario de figuras de la misma especie, entre las cuales recibe, vale decir, cierto destaque o, por el contrario, cierta ingenua atención. En el mejor de los casos, parece estar ahí para auxiliarnos en la necesidad de referirnos a las cosas del mundo, en el embellecimiento del discurso (la metáfora y la metaforicidad misma como cosmética del decir, como adorno o maquillaje de lo que decimos, según una larguísima tradición que se remonta, por ejemplo, a la condena platónica de la retórica).
De esta manera, la metáfora queda desprovista de todo su espesor teórico, de su poder político y de su capacidad de nombrar al propio funcionamiento del lenguaje, reducido finalmente a instrumento o vehículo de comunicación, como si el contenido a transmitir estuviera dado de antemano (¿en la conciencia del emisor, en la esencia de los objetos del mundo?) y el instrumento viniera a ofrecerle el soporte formal para su expresión. En este contexto, la metáfora, por sofisticada que sea, es vista siempre de la misma manera: o bien como un soporte más complejo, más refinado, para expresar contenidos preexistentes igualmente complejos y refinados, o bien como un obstáculo a sortear o con el que no hay más remedio que convivir, al que es preciso eludir cada vez que se pueda.
Para la idea defendida en este artículo, en cambio, la metáfora es el lenguaje, la figura que se contiene a sí misma y que pone de manifiesto, pero también soporta (diciendo y no diciendo), la estructura imperfecta del lenguaje, en cuyo interior ocurre como metáfora. De esta manera, la metáfora redobla la distancia entre las palabras y las cosas, mostrando o, al menos, sugiriendo que las primeras no están en lugar de las segundas, en tanto no hay una relación de lugartenencia según la cual las palabras “representarían” a las cosas en el orden del lenguaje. Distancia irreductible e irrepresentable entre las palabras y las cosas y distancia de la distancia (mostración de la distancia como distancia y del juego mismo de la distancia), la metáfora exhibe el desajuste crónico entre los signos lingüísticos y sus referentes, el decir excesivo, deficitario y/o torcido que domina el decir y que la comunicación, en el sentido superficial criticado, quiere permanentemente conjurar.
Volviendo al principio, que nunca es un punto cero: el mapa mudo me resultaba atractivo como objeto, como tarea, como solicitud o demanda de la maestra (era, además, la promesa de algo que habría de “hablar”). Pero ¿cómo un objeto de ese tipo –ciertamente, político, porque ocurría, en ciertas circunstancias, en la escuela– podía causar tal impresión a un niño de quinto o sexto año? El objeto estaba ligado, desde siempre, a su nombre (en este se ubicaba, pienso, el requerimiento que despertaba al deseo); su inteligibilidad y su atractivo dependían completamente de la sinestesia: mapa mudo escribía algo sobre el silencio, dibujaba trazos en diversas direcciones sobre la superficie blanca del papel, que era una superficie sin palabras, sin significados, una superficie política que esperaba su verificación como política por los efectos de las palabras pertenecientes al logos. Entonces, el trabajo con el mapa mudo devenía la deseosa tarea de dar significado a las cosas, esto es, al mundo (o al fragmento de mundo concernido en el mapa mudo). Algo estaba siempre por hacerse; algo estaba esencialmente inacabado e invitaba a su construcción, pero lo hacía desde el “resplandor silencioso” del papel de calco o de la hoja bañada en aceite.
¿No es, en este sentido (recordemos: sentido como significado, dirección, percepción y afectación), el mapa mudo una metáfora de sí mismo, la metáfora del vacío sobre el cual se apoya el funcionamiento del lenguaje? ¿No es, también, la metáfora del deseo por el conocimiento, por la lengua? ¿No representa el mapa mudo, en algún sentido posible de lo que hemos planteado acá, la potencia política de la tarea alfabetizadora de la escuela?
Santiago Cardozo González es maestro de Educación Primaria, profesor de Idioma Español y doctor en Lingüística, y se desempeña como docente en la Universidad de la República.