El cierre del ciclo 2025 de la Cátedra Unesco de Transformaciones Sociales y Condición Humana de la Universidad Claeh puso el foco en un desafío clave: cómo articular identidades locales, nacionales y globales en tiempos de fragmentación. Desde el museo Ralli de Punta del Este, especialistas coincidieron en que la paz solo es posible si se construye desde la interdependencia, la empatía y el reconocimiento de un destino común.
En un mundo atravesado por nacionalismos excluyentes, guerras persistentes y crisis ambientales, el último conversatorio del ciclo “Educación y cultura de paz” propuso una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿quiénes somos hoy y cómo podemos convivir?
Bajo el título “Identidad, pertenencia y ciudadanía planetaria. La paz como horizonte”, el encuentro reunió a tres voces diversas, pero convergentes, con la idea de repensar la identidad como puente y no como frontera.
La cálida bienvenida de la directora del museo Ralli, Virginia Prunell, dio marco a la actividad. Luis Carrizo, coordinador de la cátedra, abrió el diálogo retomando el recorrido del ciclo y puso foco en las identidades complejas. “Somos al mismo tiempo locales, nacionales y planetarios”, planteó, y subrayó que construir una identidad común sin borrar diferencias es condición para pensar la paz como horizonte civilizatorio.
La escritora española Raquel Martínez-Gómez propuso un giro provocador: dejar de pensarnos como centro del mundo y reconocernos como una especie más dentro del planeta. Sostuvo que la cultura de paz exige revisar las categorías con las que entendemos la convivencia: se trata de aprender a convivir con otros seres y con el propio planeta.
Su intervención destacó dos desafíos: enfrentar los discursos de odio y construir nuevas narrativas colectivas. En un mundo percibido como deteriorado, especialmente por las nuevas generaciones, la posibilidad de imaginar futuros posibles resulta clave. La empatía y la escucha aparecen como condiciones centrales: no hablar por otros, sino construir comunidad desde el diálogo real.
Por su parte, el geógrafo costarricense Alonso Brenes aportó una mirada atravesada por la urgencia. Señaló un escenario global marcado por la acumulación de crisis y el debilitamiento de marcos éticos, pero fue directo: no hay cultura de paz sin condiciones materiales mínimas. “No se puede construir paz con hambre”, afirmó.
En América Latina, indicó, persisten déficits estructurales en educación, salud y acceso al agua que condicionan cualquier proyecto de convivencia. Sin embargo, también destacó experiencias esperanzadoras: comunidades organizadas, redes locales y prácticas cooperativas que reconstruyen tejido social. La ciudadanía planetaria, sostuvo, solo puede construirse reconociendo desigualdades reales.
Enrique Gallicchio, director de la Maestría en Desarrollo Regional y Local de la Universidad Claeh, llevó la discusión al territorio. Identificó un problema creciente: la intolerancia en sociedades fragmentadas, donde distintas “tribus” no dialogan. Frente a ello, propuso recuperar la idea de múltiples pertenencias: somos parte de diversos colectivos y es en esa complejidad donde se juega la convivencia.
Gallicchio subrayó el papel del territorio como espacio clave para construir paz, donde conflicto y cooperación se entrelazan. Destacó la importancia de la gobernanza multinivel –articulación entre lo local, lo nacional y lo global– y del capital social, entendido como confianza y capacidad de cumplir acuerdos. Además, dejó una imagen potente: la necesidad de formar “ingenieros de puentes”, capaces de construir vínculos en contextos de fragmentación.
Un momento especialmente significativo surgió en el intercambio con el público, que planteó una crítica directa: la desconexión entre discursos académicos y realidades territoriales, en particular del mundo rural. El señalamiento reforzó una idea transversal: no hay cultura de paz sin reconocimiento de la diversidad de experiencias.
A lo largo del encuentro, la cultura y el arte aparecieron como herramientas fundamentales para construir sentido. Desde iniciativas comunitarias hasta proyectos narrativos, se destacó su capacidad para generar relatos que conecten y abran horizontes. En un escenario saturado de discursos negativos, imaginar futuros posibles se vuelve una tarea urgente.
En el cierre, Carrizo retomó una idea simple: no hay una solución única. La paz es un proceso hecho de múltiples prácticas, en distintos niveles. “Se trata de sembrar”, dijo. Sembrar en los territorios, en los vínculos, en las instituciones y en las narrativas. Sembrar aun en contextos adversos, sin garantías inmediatas.
El ciclo concluyó así con una convicción compartida: la paz no se decreta ni se alcanza de una vez. Se construye –con tensiones, pero también con esperanza– en la trama viva de nuestras múltiples identidades y en la posibilidad de reconocernos como parte de una misma humanidad.
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- La paz se construye todos los días: cooperativismo, territorio y cultura en diálogo
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